jueves, 12 de noviembre de 2009

2.

Cayó el silencio como una lápida en el cementerio. Ningún muerto la oyó.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

1.

No sé si anochece o el sol merienda una lata de mejillones.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Mateo Lorenzo alias Malo.

Los sábados por la mañana eran mañanas de fútbol. Uno se despertaba con lombrices en las piernas, a las siete, se enfundaba la equipación del colegio al completo (espinilleras incluidas) y se dirigía en silencio a la cocina a prepararse el desayuno mientras esperaba a que sonase el horrible timbre del telefonillo y despertase a toda la casa. Al fin había llegado el día. Habías estado esperando ese sábado desde que se acabó el último partido contra el colegio de niños pijos que había al lado del tuyo, que no era más ni menos pijo que el tuyo, pero tenías que odiarlos como odiaste todo lo desconocido hasta que te topaste de narices contra el suelo que pisaba la señora Realidad.

Jugábamos en la vieja y minúscula pista de baldosines grises y resbaladizos del colegio, soportando los gritos de padres frustrados convencidos de que sus hijos sí alcanzarían sus sueños, los de los padres. El bocadillo nublado dentro de un bocadillo nublado dentro de otro bocadillo nublado dentro de... Jugábamos con las piernas moradas de frío y castañuelas en la boca, e imitábamos a los profesionales que veíamos en la caja tonta tirándonos al suelo y rodando tanto que nos salíamos a la calle. Un auténtico desbarajuste que tomábamos muy en serio, tanto que todas nuestras vidas se resumían en esa hora escasa en la que jugábamos el partido.
Mateo Lorenzo, no era ni de lejos el mejor futbolista de su edificio. En principio este título inútil hubiese sido harto sencillo teniendo en cuenta que era el único vecino con edad para practicar algún deporte, pero no, para Mateo resultaba dificilísimo correr sin tropezar. No porque fuera especialmente torpe sino porque no veía nada. Portaba unas gafas con unos cristales tan oscuros y tan gruesos que tardaba en identificar el sol en el cielo cosa de cinco minutos, e incluso mirándolo fijamente preguntaba si aquella ligera luz era lo que él estaba pensando que era. Le encantaba patear el balón aunque en raras ocasiones lo lograse, durante años nos acordamos de aquél día en que jugábamos contra el colegio San Francisco un encuentro a vida o vida y nuestra estrella, Epifanio, un chico mayor que nosotros, burló a tres defensores en el córner pisando el balón y girando sobre sí mismo unos trescientos sesenta grados, eso que luego en la prensa deportiva dijeron que lo había inventado cierto astro francés y a lo que llamaron la Ruleta. Epifanio encaró al portero, dió dos pedaladas dejándole en el suelo y sirviendo en bandeja el balón a Mateo, quien solo ante el arco, fue capaz de patear al aire aproximadamente tres segundos antes de que el balón llegase a sus pies. Perdimos aquél partido por un gol, pero siempre se recordó por un cántico espontáneo de todo el colegio y una salida a hombros del mismo. ¡Torero, torero, torero!
Mateo, era y es, el más inteligente de mis amigos, lograba las mejores calificaciones en Matemáticas y en Ciencias, en Lengua castellana y en Historia. Era, de largo, el niño más interesante e inteligente de la clase, alcanzaba razonamientos con una facilidad realmente pasmosa, razonamientos que a los demás nos costó años lograr y que en ocasiones ni siquiera logramos. Su secreto estaba en saber escuchar. Durante años nadie le prestó atención, ni siquiera en casa, y se había dedicado a escuchar las opiniones de los demás y a leer sobre los asuntos que le interesaban. Bien podría haber sido su mote Pitagorín, Tiolisto, Enciclopedio, Telediario, Marisabidillo, Mateomático, Pepe el sabio... Sin embargo le bautizamos como Malo, y no fue como muchos creían por aquél episodio en que le dió un gran pase al balón y no a un compañero. La razón era mucho más sencilla y respondía a la primera sílaba de su nombre y de su apellido. Malo era un niño excepcional y es hoy una gran persona, y además ya me iba tocando hablar bien de algún amigo.

jueves, 29 de octubre de 2009

Una mala fotografía


No tengo ni idea de fotografía, pero lo que sí sé es que es una foto horrible. Está mal enfocada, y el tipo que la ha tomado debe ser más aficionado a beber patxarán que a esta vaina que retrata. Y es que ahora cualquiera que tiene una de esas maquinitas se cree que es el Cartier-Brensson, el tal Man Ray, o el Robert Capa. ¡Qué enfermedad tienen algunos con copiarle a la vida! Que yo no digo que esté mal eso de retratar una cena, dejar una huella, algo que nos pueda recordar un momento (un día) agradable con amigos, ....está bien, si quieres puedes quedarte ahí parado mientras te fotografío con el Big Ben, sí, sí, haz como que entras en esa cabina... Pero, amigo, eso de pasear por el Retiro como si fueras un paparazzi, esta ardilla era la hostia, mírala mordisqueando unos piñones, y no te pierdas esta rubia que hacía footing, jajaja, y estos dos retozándose, no, no, no, mira lo que me he encontrado cerca del palaciodecristal... ¿a que da asco? Pero si es que encima hay que ver las fotos... que no valen nada. Nada, no dicen nada, ni sugieren, ni, ni, ni...

Yo no tengo ni idea de fotografía dice mi amigo Boabdil pero a mí esa me mola, me gusta la perspectiva ¿dónde crees tú que está el centro de la foto? ¿A dónde se te van los ojos? Y señala esa foto de una pareja besándose en París, una foto del Doisneau, haciéndoselas de inteligente, de entendido en la materia, cuando por debajo de la mesa se toca levemente mientras se le van los ojos a los pechos de...

La foto es una mierda, vamos a ser claros, no se puede ver bien, es la primera vez que un árbol que está detrás se interpone en la visión, y además está a contraluz, nada, un desastre. Si al menos el sol le iluminase algo más que el hombro y medio muslo... ¡si es que ni siquiera está bien cuadrada! ¿Pues sabes una cosa? A mí me gusta. Me gusta lo que veo, cómo va a tener luz un ángel castigado, no amigo, tú estás fuera del reino de los cielos, móntate uno tú si es lo que quieres, pero búscate un sitio, y el sol ya lo tenemos nosotros, sea donde sea: oscuridad eterna.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Pierdes.

Pierdes las llaves o el móvil, el dinero se escapa por un pequeñísimo agujero en tu bolsillo y rueda por el asfalto hasta una alcantarilla. Pierdes el tren, los cómics rotos de Astérix que guardabas con cariño. Pierdes la mano, anillos, un partido de fútbol, la conexión a internet.
Pierdes familia, amigos, seres queridos, pierdes miedos e ilusiones. Pierdes canicas en el gua, chapas, el sabor de los chicles, calcetines en el tendedero, viejas fotos, recuerdos, mensajes en botellas y botellas sin mensaje.
Pierden las palabras su sentido si son demasiadas veces repetidas.
Se pierden guerras, batallas, discusiones, besos, abrazos a lo largo de la vida. Se pierde el rastro, la propia sombra cuando llega la noche, el cordón umbilical cuando nacemos. Se pierde en el bosque Caperucita, y Hansel y Gretel, y además no encuentras a Wally.
Pierdes agua, aceite, un tornillo, la vida si te disparas a bocajarro, y la cabeza. Pierdes pelo, memoria, agilidad, fuerza. Pierdes agujas en pajares, azúcar en la nieve, aviones en Barajas.
Pierdes amores y, sobre todo, el tiempo si intentas recuperarlos.

domingo, 11 de octubre de 2009

¡Ah, era ella tan bonita!

Hacía mucho tiempo que no la veía. Apenas ha cambiado y sin embargo me costó mucho reconocerla. Dudé un momento, no, dudé siete momentos. Como si pudiéramos contar momentos me dijo una vez bajo los arcos de los Ministerios, y yo miré a lo lejos y afirmé Se puede, claro que se puede y abrí un pequeño cuaderno que guardaba en el bolsillo de mi chaqueta.

En realidad está igual a como la recordaba ¡Está bien! Tiene como once o trece años más que entonces pero está igual. Ahora es una mujer, ya no es la niña a la que había que acompañar hasta el portal de su casa, no es la niña que se ruborizaba si sentía mi sexo despertar cuando nos besábamos en la boca del metro, siempre en distintos peldaños de la escalera para solventar la diferencia de altura. Sigue teniendo esos ojos ligeramente achinados y hechiceros, esos ojos que invitan a perderse en su profundidad, a lamerlos y relamerlos. Sigue teniendo un pelo fuerte de caoba brillante como si escondiese el sol en sus raices, y una piel morena como si fuera la mujer primigenia, sin adanes, sin serpientes que inviten a manzanas, como si el mismo dios (el tuyo, el de ellos, el que quieras) hubiese bajado a darle forma con sus manos.

Ya entonces me perdía en sus labios deseando mordiscos de sus dientes, teclas del piano del Maharajá de Kapurthala o del onassis de turno, y los mordía con ansia y hasta rabia, deseando que sangraran en mi boca, que su sangre se mezclase con la mía. En esa época yo también era un niño y no sabía cómo hacer que se colase entre mis sábanas. Aunque, he de reconocer, que me valía con rozarle los senos con mi pecho, con acariciar su culo furtivamente, con pasear de su mano y ser la envidia de otros niños. ¡Ah, era ella tan bonita! Tan bonita como lo es ahora, qué lástima que haya perdido la tulgencia adolescente, que lástima que haya ganado manías de mujer adulta, y que tenga (seguramente) muchos prejuicios y pocas vergüenzas.

De repente levanté la vista del cuaderno porque empezaba a llover, le miré a los ojos y sus ojos no estaban para mí sino para el suelo ¿Pasa algo? Pregunté temeroso de que no le gustase lo que le había escrito. No, no pasa nada... nada malo dijo levantando la cara y dejando que alguna gota de lluvia perdida cayese en sus mejillas Sólo trato de retener este momento, no creo que nunca nadie más me escriba poesías. Yo no lo sabía entonces pero ella ya me había buscado un reemplazo y chocaba su cuerpo contra el de otro, y la prolongación de su cuerpo en una mano empezaría a acompañarle a casa.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Andrés habla de Irineo.

Sabíamos por Andrés que Irineo trabajaba en tal o cual negocio, que si una casquería, si una famosa tienda de zapatos en el centro, que si recogiendo cartones con los chamarileros de la barriada cercana, bla bla bla. Andrés venía con noticias de Irineo cada cierto tiempo, ya que los trabajos, ya sea por desinterés o por sus insaciables ganas de prosperar, le duraban poco tiempo. Y así fue probando muchas profesiones hasta que se acomodó en una churrería. Entonces fue cuando dejó de ser necesario cruzarnos de calle si veíamos a lo lejos al adolescente Irineo, simplemente desapareció. Sólo Andrés seguía sabiendo de él en todo el barrio.

Iri sá comprao un coche nuevo, la vida le va bastante bien aunqueee… no para de currar, vive pa ese negocio que tiene, lo de loh churroh, é mu sacrificao, chaval, que ahora é su propio jefe ¿eh? É una lástima ¿verdá? Si no cualquié día déstoh se venía a tomá unos vinoh a lo del Braulio... Mía que yo se lo digo, pero ná tíoh ¡me cambial tema! A veceh dice no se qué de que oh cruzáih de acera, de que no quisistéih sé suh amigoh cuando sizo pobre, no sé, no sé de qué habla, creo que está pallá. A veceh quedamoh en el bar dese amigo suyo... ¿cómo se llama? El Culebrillah le dicen al bá, pero él... ¿cómo se llama él? No caigo, sí, joderrr, como el extremo derecho del Rayo, ese que se daba de vuelta pá envolvé a regateá a loh contrarioh...¡Sir, coño! Tú tiés que saberlo ¡Enga hombreee! Ese que jugaba cuando Hugosánches, que sí, hombre, que sí lo sábeh... ¿Cómo? ¡Tate, eso é! ¡Onésimo! Loh mismoh ricicoh tié el tío. Poeso, que amoh al bá déste pibe, que tié unos mejilloneh al vapor que son lo mejor ca parío madre, te loh pone con su mayonesita y tó ¿sabeh, niño? ¡Estáaan de puuuta madre! Anda que no mabré tirao yo allí tardeh tudiándome el Marca con una cervecita y un platico mejilloneh... Sin el Iri y tó, que me tratan como a un señó ¡y la birra! La birra tá superfrejca, entra solita, que no tiés que hacer esfuerzo alguno, se bebe con pajita ¡no teígo máh! A lo que voy... que resulta que el Iri se noh casa. Con la piba esa, la que conoció en las fiestas de Sigüenza, la morena esa que tá tó güenaaa, ¡mira el Sir cómo se ríe! Poquél la visto, quél la conoce, ¡eh! ¿a que sí? Pooo se casa el tío, tá tó pillao, dice ques la mujé de su vía y no sé qué chorráh máh. Tá hecho un pringao. Peo se le ve bien al tío. Tó colocao, tó seriecito, con su coche nuevo, uno familiar que digo yo debe seh que la parienta tié un bollo calentito en el horno. Ojo quél a mí no ma dicho ná de eso, que son cosah míah. Dice que hay que prevení, que habrá que í pensando en formá una familia ¡chorradah, no teígo! Que si el negocio funciona habrá que pensá en expandirse, que ya no somoh niñoh, que me paece a mí que tié muchoh páharoh en la cabeza el Irineo ¿no creeíh?

Y Andrés se pierde en sus ideas y dejamos de prestarle atención. Y seguimos a lo nuestro, al partido de la tele, a las chicas de la calle o de la mesa de al lado, a las noticias políticas o a las conversaciones cercanas, como si Andrés no hubiese empezado nunca a hablar de Irineo. Pero cada uno de nosotros tiene una idea en la cabeza durante toda la tarde, una idea que nos martiriza más tarde entre sábanas y nos despierta a la mañana siguiente como un martillo golpeando en la pared del vecino, como si fuese el problema de otro, el problema que agarramos por dos días y soltamos cuando empieza a quemar en las manos. Y me juro que si hoy me encuentro a Irineo por la calle no me cruzaré de acera sin saber que cuando dejé de atender a Andrés dijo que Irineo se mudaba, quenel pueblo délla no hay churrería y creen que es un negocio de futuro.