martes, 15 de enero de 2013
Nazareth
jueves, 4 de agosto de 2011
El personaje (o La butaca) y III
Pero súbitamente, cuando ya había perdido toda esperanza de que un cuerpo ocupase la huérfana butaca, cuando estoy absolutamente abstraido en las anécdotas que cuenta don Mario y me dispongo a declararme su discípulo así le arranque la oreja a simones o judases, unas piernas colgando de un cuerpo ocupan el lugar abandonado. Son, eran, unas piernas hermosas y largas, femeninas; unas piernas que deliberadamente se cruzan al ritmo contrario que las de don Mario y todos sus discípulos, entre los que, felizmente, por supuesto, me encuentro. Así que me molesta el acto de rebeldía como si fuera propio, como si esas piernas insurgentes me estuviesen declarando la guerra a mí, únicamente a mí, y voy levantando mi vista con intención de decirle cuatro cosas bien dichas a la señora o señorita ¡Es que no sabe usted que cuando el maestro se atusa el pelo la pierna izquierda se superpone a la derecha! ¡Y que cuando se arrasca la cara es al revés! ¡Por dios! ¡Que hay que venir de casa con su obra leida!
Mis ojos suben por sus piernas, alcanzan su falda y su camisa, y se entretienen con su pechos, se estancan en su cuello, y cuando pasan la frontera que es su barbilla observan sus ojos brillantes observando al maestro. ¡Dios mío, es la mujer más hermosa que he visto en mi vida! ¡Don Mario! Grito, abandono, no le seguiré más, ahora cruzaré las piernas al ritmo que me mande esta señorita. Por alguna extraña razón las ganas de regañarla se esfuman. Y la observo, absorto y babeante, y un gran charco de esputos se forma en el piso, y mis pies en rebeldía chapotean.
Apenas tardaron 6 segundos en aparecer dos señores de gris con unos palos atados a la cintura que venían a buscarme; me echaron de allí sin golpes, sin empujones, y sin darme ninguna razón por ello. Pero lo peor de todo fue que no me dijeran quién era aquella señorita.
Desde entonces vivo en la puerta del edificio en el cual en la última planta hay un salón en el que un día estuvo don Mario. Duermo entre cartones que el mismo Andrés Herrera, o lanada, envidiaría. Hay muchos eventos, grandes reuniones con personajes famosos, artistas, toreros, modelos, damas de clase alta, políticos, empresarios. Todos me conocen ya, y me saludan por mi nombre, incluso los porteros y los seguratas me conocen, y me traen algo de bollería y un café con leche cada tarde, alrededor de las seis. A veces, me encabrono y quiero entrar, tengo la curiosidad ¡qué coño curiosidad! Es mucho más... ¡has perdido la cabeza! de saber si volverá a aparecer la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Pero, obviamente, nunca me dejan entrar, están todos enamorados de ella y tienen miedo, no sea que la vaya a raptar.
No necesité mucho tiempo para darme cuenta de que necesitaba la ayuda de Andrés Herrera para sacar a el coso de allí. Desgraciadamente la nada no atendía al teléfono; tardé casi una semana en dar con él, aunque cuando lo hice, he de decir, vino presto a buscar al coso. Sobra decir que nos lo llevamos por la fuerza, la oratoria de Andrés, que es escasa, no funcionó; no logramos engañarle así que no hubo más remedio que agarrarle de brazos y piernas, golpearle repetidas veces en el hígado y los riñones y precipitarle al coche de Mateo Lorenzo, que siempre está para arrimar el hombro, que esperaba en ralentí frente a la acera.
El coso está bien, no preocuparse; está en casa, encerrado en su habitación, al parecer. Su madre dice que tiene fiebres y no nos deja subir a verlo, dice que el médico ha dicho que nada de visitas, y menos de los amigotes, que siempre son mala influencia. ¡Acabáramos!
miércoles, 27 de julio de 2011
El personaje (o La butaca) II
En mi crecimiento, ¡lo has dicho como si en algún momento se dejase de crecer, sigo creciendo ahora, carajo! he tenido serios problemas con él. No han sido, estos problemas, mas que dilemas internos que sencillamente se pueden resumir en dos palabras: tengo prejuicios. ¡Qué novedad! Pues claro que tienes prejuicios. ¿Quién mierda te crees que eres? Por un lado me apasionaba su manera de narrar, de transportarme con dos frases a la selva amazónica o a un internado militar, pero por otro lado un prurito nacía en mi espalda cada vez que le oía hablar de cómo solucionar los problemas de su país de nacimiento, los obstáculos de América Latina, o las dificultades de su país de acogida. Políticamente estábamos, y estamos, muy lejos. Reconozco que tiene él una formación mayor que la mía, sí, seguramente... y seguramente también aunque dirás probablemente probablemente tenga mejores razones que las mías y, por supuesto, mayor discernimiento. Son asuntos estos que no me preocupan en absoluto. Pues algún día, al mismo ritmo en que yo adquiera esos valores iré perdiendo la pasión, la vehemencia y la creencia irracional en mis palabras por el simple hecho de que son las mías. Y, sobre todo, perderé también las ganas de incordiar por el simple placer de incordiar, porque llamar la atención ha sido y es la única oportunidad que tengo de participar en unos Juegos Olímpicos, siempre y cuando aprueben la propuesta que hice al COI con las 3 millones de firmas adjuntas, reunidas a lo largo y ancho del planeta con el fin de declarar el nudismo espontáneo en los recintos deportivos como lo que es: el más grande espectáculo que puede verse hoy en día. Estaremos todos y ninguno de nosotros de acuerdo en que un Madríbarça no vale doscientos euros. Sin embargo, ver saltar al campo a Jimmi Jump con barretina, mientras los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado resbalan, ridículos, al tratar de atraparle los vale. ¡Pues claro que los vale!
Pero no era, no es, Jimmi Jump a quien fui yo a ver aquella tarde, sino al último premio Nobel de Literatura. Sí, don Mario. Don Mario serio, don Mario atusándose el flequillo, don Mario cruzando las piernas, don Mario escuchando con atención, don Mario conversando, don Mario agarrado del brazo de su esposa, don Mario con el brazo encima del hombro de un amigo, don Mario apoyando a Ollanta Humala. Don Mario, el elegante don Mario, respirando a menos de diez metros de mi butaca, y mi butaca entre una orgía de butacas, y cabezas, y cuerpos con dos piernas que se cruzan cada vez que cruza don Mario sus piernas. Yo estoy, estuve, absorto lo reconozco, con sus palabras. Tanto que apenas me percato que tengo a mi lado, sentado con las piernas cruzadas igual que yo, igual que todo el salón, igual que don Mario, a uno de los más importantes editores del país de adopción de don Mario, que es el mío. Le miro de repente porque me resulta familiar, no le reconozco, caigo en la cuenta de su nombre cuando otro escritor, de cierta fama y que me cae mejor que don Mario pese a que no es ni tan bueno, ni tan alto, ni con el cráneo tan poblado como don Mario, aterriza en el salón y llamándole por su nombre le dice ¡Qué alegría verte! No te esperaba. Y se me queda la carita de tonto habitual; sí, esa de estoy aquí en medio y no tengo la más mínima idea de por qué. El editor pierde el interés a los veinte minutos de comenzar el acto y se va, sin hacer ruido, a un señor así no le hace falta decir adiós para que todo el mundo sepa que se marcha. El asiento queda vacío unos minutos y yo me inquieto, me faltan unas piernas cruzadas a mi derecha, me falta un cuerpo a mi lado respirando discontinuamente, un cuerpo que deje escapar gases sin justificarse ¡Que se jodan todos esos pelotas que vienen a cruzar las piernas al ritmo en que lo hace don Mario! La pierna izquierda sobre la derecha si se retoca el flequillo, la derecha sobre la izquierda si se arrasca en la mejilla.
lunes, 25 de julio de 2011
El personaje (o La butaca) I
No me gusta hablar solo porque siempre me contesto ordinarieces. No me gusta lavarme la cara y despojar a mis ojos de legañas. Me enerva mirarme en el espejo del baño y recitarme un texto apocalíptico, señalando con el índice esta pánfila cara reflejada. No obstante, no encuentro remedio a este ataque de histerismo diario ausente de histeria, y plagado de luces y focos que imagino colgados del techo necesitado de una mano de pintura última. Me enerva, y por eso tirito. Unos dicen que es el pehachecé del jabón que se cuela en las cuencas de mis ojos lo que los irrita, sin embargo, ya en lo más superfluo de mi piel cuarteada y seca reconozco que no es así; no tiene, pues, sentido profundizar, pero lo haré: Me consta que la razón de las lágrimas que brotan y caen en cascada por mis mejillas está únicamente en el convulso cerebro que he ido educando, a lo largo de estos años, como si fuera esta viscera un ordenador desfasado y casi inútil cuya memoria vale sólo para recordarnos aquellos marcianitos, comecocos, lemmings, o simuladores de deportes a los que jugábamos impulsivamente. Siempre en solitario, contra la máquina decíamos aporreando compulsivamente la barra espaciadora del teclado; como abuela con azotador.
Se nubla la vista y no hay vapor en el aseo, miro a ambos lados porque mi imagen en la pared vidriosa me yerve las tripas. Excitado, busco mi doblez diaria, y así, al fin, fraccionado, aparece el coso con aire distraido, tarareando mmm mmm mmm mmm de Crash Test Dummies: Once there was this kid who got into an accident and couldn't come to school... Con intención de contarme alguna de sus anécdotas inacabables.
No hace mucho más de dos meses que fui a ver de cerca a un personaje al que admiro pero que no me resulta simpático. Le llamo personaje porque considero que todo aquel al que sólo alcanzo a ver en los medios, ya sean impresos o audiovisuales, son parte de la mentira mediática que asola este y otros muchos paises del mundo. Todos. Lo llamo personaje porque si no le conozco, si no he hablado con él o al menos he oido su dulce tonada en vivo, no existe.
Pero no es este un personaje normal, no es el protagonista de la última serie televisiva de moda sobre adolescentes incapaces de hacer un gallito al hablar, porque pasaron esa desorientada etapa entre despistes, embustes y juegos adultos, diez o quince años atrás. Llevo años siguiéndole, pero no como la exmiss y exmodelo. Te explico: Yo sí he leido su obra. No toda, no te voy a engañar, pero sí me he permitido el lujo de vivir en alguno de los mundos que ha creado. Llevo años siguiéndole, esperando la oportunidad de estar en el mismo salón que él y decirle: Disculpe maestro... y cualquier pavada que se me ocurra; que si fírmeme aquí si es tan amable, que si definitivamente su novela no va de perros, que si apártate que te aúllo, que si mantiene usted un pelazo estupendo, que si de aquellos polvos, estos lodos.
Reflexiona: quizá llamarle personaje sea demasiado... definitivamente me hace falta más vocabulario.
martes, 7 de junio de 2011
Cataratas y el quince eme IV
Por un lado está la falta de tiempo, por mucho que seamos dos el día mide 24 horas, no hay más. Por otro lado está la falta de ganas: las ganas de sentarse a escribir, las ganas de acercarse a Sol todos los días, las ganas de achicharrarse bajo el sol de Sol y con razón me dicen que no estoy lo suficientemente comprometido con las causas que predico. Y, por último, está el tercer cateto de este triángulo equilátero: Cataratas empezaba a repetirse cada día que le veía por el kilómetro cero.
Este parlamento que sigue es, básicamente, lo que piensa Cataratas. Con él quiero poner fin a esto. Sol me desborda, lo apoyo, lo sigo con ilusión e, incluso, participo. Pero es una ola que no se puede frenar y a la que yo no puedo dar voz desde aquí. Sobre todo porque esto es una ficción, como todo lo que vertimos, el coso y un servidor, en esta palangana trespuntocero.
Entonces, Cataratas dice que Todo esto es tan ilusionante que, en ocasiones se me cae alguna lágrima al vernos en televisión, al ver a los compas de Barcelona, al ver todas las acampadas en las plazas españolas, europeas y latinoamericanas... pero también me yerve la sangre al ver cómo los políticos responsables de esto están tenientes, al ver que los banqueros miran para otro lado y mantienen su impunidad, al ver que los señores de bien miraron y miran con buenos ojos las revueltas en la otra orilla del Mediterráneo y no le dan importancia a lo que está pasando en su propio país. Porque, no nos engañemos, el país pertenece a estos señores encorbatados y ciegos, y no al pueblo... pero eso va a cambiar, está cambiando. Ya sabes, Boa, que si por mi fuera el movimiento estaría más cargado de ideales políticos... poco a poco esto va tomando forma, no lo voy a negar, pero si por mi fuera... Si por mi fuera estaría pidiendo la abolición de la monarquía, no me gusta que pidamos el fin de los privilegios de banqueros y políticos y no el de un rey que puso un señor bajito con bigote y mala leche. Un señor descaradamente afeminado y monotesticular que se vanagloriaba de su hombría y de salvar a España. Pues mira tú como al final es el pueblo el que tiene que salvarse a sí mismo.
Y esto es precisamente uno de los puntos del movimiento que no me gustan: su españolismo. Es cierto que el movimiento se propaga allende las fronteras del estado pero en su inicio, quizá por modestia, no estaba previsto iluminar al mundo como se está haciendo. Intuyo que el internacionalismo que está adquiriendo tiene más que ver con iniciativas propias de españolitos indignados que viven en el extranjero, y no creen que sea posible volver a su país de origen, y la adhesión improvisada y eventual de indignados nacionales. Y entonces le interrumpo ¿Insinúas que aquí el movimiento ha estado orquestado por alguien en la sombra? Y me contesta casi antes de que termine de expresarle mi duda Para nada, si todo esto hubiese sido promovido por alguien o algo no habría tenido el éxito que está teniendo. Por cierto, gran parte de ese éxito tiene que ver con que no es una revolución. Se trata de tomar medidas revisionistas. Y ese es el otro punto que no me gusta del movimiento, aquí lo que hace falta es una revolución, no hablo de tomar el Palacio de Invierno con la fuerza, hablo de tomarlo con la razón.
Y se hace un momento de silencio, Cataratas se seca la frente de sudor con un pañuelo que le presta su chica, una jóven que ha conocido gracias a todo esto, y de la que me dice en susurros que puede llegar a enamorarse.
Por supuesto que hay cosas de esto que sí me gustan, estamos demostrando que no hace falta la violencia para hacernos escuchar. Estamos demostrando que sólo estábamos dormidos. Estamos trabajando para terminar de una vez por todas con la Transición que dejaron a medias nuestros mayores. Probablemente nuestros hijos tendrán que terminar nuestro trabajo, pero nosotros tenemos que avanzar todo lo que podamos. Sin embargo... como te decía, Boa, falta mucho trabajo por hacer. Se oyen cosas muy raras dentro y fuera de Sol, gran parte de la sociedad está en contra de Sol, y eso es estar en contra de la sociedad misma, es estar a favor de mantener el orden establecido. Se oyen voces extrañas hablar de asuntos que no han pensado antes, se nota que no hay gran recapacitación en muchos de los argumentos de los tertulianos, ya sean de televisión, de salón, o de tasca. Pero también se oyen argumentos vacíos dentro de las asambleas, gentes que buscan el aplauso, ese minutito en el que sentirse un Fidel con el poder de la oratoria, materia que jamás estudiaron, por cierto.
Es uno de los grandes problemas de este país, de esta sociedad parcialmente enferma: No hay formación política. Te lo diré de otro modo: a tí te gusta la música asiento te gustan muchos estilos musicales, te gusta el rock and roll, el hip hop, el blues, el jazz, el flamenco, la bossa nova, el reggea, no sé, te gustan muchos estilos diferentes pero... ¿te consideras un experto en todas ellas? ¡Por supuesto que no! contesto ¿te consideras experto en alguna de ellas? ¡No! vuelvo a contestar. Pero te gusta la música, realmente disfrutas de escuchar música y es posible que no concibas el día a día sin oir al menos una canción. Se calla un momento, vuelve a limpiarse la frente y aprovecho Entiendo lo que dices. Creo que sé a dónde quieres llegar. ¿Tocas algún instrumento? me pregunta ¿Sabes solfeo? niego con la cabeza ¿Entonces, por qué hablas de música como si fueras una personalidad en la materia? No, no lo hago vuelvo a negar. ¡Exacto! grita excitado No lo haces, y sin embargo si hablamos de política nos enervamos todos y defendemos posturas indefendibles que no mantendríamos si tuviéramos una formación política adecuada. Este es el mayor problema de este país: la educación aborregante, y estamos aquí dando pasos para solucionarlo.
Sin embargo, y con todo esto, Cataratas dice que no se va a bajar de este burro, ha hecho un duro ejercicio de consenso consigo mismo, y está encantado de sentarse al lado de compañeros que no piensan lo mismo que él, demostrando la madurez y el compromiso social del movimiento. Y cuando se decida en asamblea abandonar Sol, apoyará al movimiento en los barrios porque, según dice, es la continuidad lógica del movimiento. Y yo estoy de acuerdo.
Salud, compas!
P.D.: Pese a las reminiscencias franquistas que nos trae el dichoso nombre, el movimiento vencerá, porque este es un movimiento real y popular, no como aquél. Termina diciendo el punki.
domingo, 22 de mayo de 2011
Cataratas y el quince eme III
El jueves hubo muchísima más gente que el miércoles, y el miércoles más que el martes, aún no sabía que conforme irían pasando los días las visitas a Sol crecerían más y más. Quedé ojiplático al oír a un organizador decir por megafonía hoy somos demasiados, pero rápidamente se corrigió Compañeros, compañeras, nunca somos demasiados, simplemente estamos desbordados. Hoy somos muchos más que ayer.
La cuestión es que me encontré tarde al punki, iba deambulando por los alrededores de la bocacalle de Alcalá, más o menos a unos diez metros de donde reubicaron hace poco la estatua del oso y el madroño, cabizbajo y pateando latas de cerveza que luego recogía ¿Qué haces, tú? Saludé como saludamos los callejeros. ¡Coño, Boa! Pensaba que hoy no te iba a ver. Pues nada aquí, que me he juntado a la comisión de limpieza y ¡joder! Esto parece un puto botellón. Yo entiendo que te bebas un par de birras, o seis pero ¡hostias! venirte a hacer botellón con tu botella de güisqui, tu refresco, tus hielos y tu jodido jersey colgado en los hombros, aprovechando que hay una concentración, para irte a la puta discoteca de pijos de la calle Arenal... no me cabe en la cabeza. Mañana saldrá en la caverna mediática que aquí no hay una revolución sino un botellón.
En ese momento, un ciudadano bangladeshí nos roza las caras con una lata de cerveza ¿Cerveza? No, gracias dice Cataratas. Pues yo no te voy a engañar pero... me he tomado lo menos siete cervezas. ¿Y qué? Me dice Pues claro que te has tomado siete ¡qué más da! En este caso lo que me jode es que he oido a un par meterse con ellos. Y en esta revolución no puede haber xenofobia, no hay cabida para el racismo o la homofobia. Todos podemos aportar, todos aportamos. Y sin duda ninguna necesitamos a los inmigrantes para que este movimiento concluya positivamente.
Seguimos hablando durante, al menos, veinte minutos, pero me dijo que no contase más que lo reflejado hasta ahora. Sí puedo decir que me dió la sensación de que cada día está más comprometido con el movimiento, así lo dicen, así lo decimos. Pese a que vengan con el nombre reminiscencias del franquismo.
Cuando llegué a casa miré el móvil, tenía muchas llamadas perdidas y tres mensajes. Uno de ellos, el último que había recibido era de Cataratas: x cierto, sabes q la junta electoral dice q el sábado la concentración es ilegal?
Sí, lo sé, mñn t veo contesté.
Cataratas y el quince eme II
Parafraseando a Fray Luis de León diré que decíamos ayer que el punki sin cresta, en el alborozo y la algazara de las concentraciones en la Puerta del Sol, me pedía que contase en este humildísimo y bipolar blog sus disertaciones, siempre y cuando estas fuesen recibidas de primera mano y cara a cara.
El miércoles 18 me volví a encontrar a Cataratas con su uniforme de gala, pantalón de cuadros y una camiseta sin mangas. Para picarle le comenté que todo era una chapuza y que había mucha fiesta y poca política. Más o menos eso era lo que me había dicho el día anterior. ¡Vamos, no jodas! me dijo Se trata de una fiesta democrática, del derecho del pueblo soberano a pedir más libertades sociales, más participación ciudadana, mayor protagonismo del pueblo en los obsoletos engranajes democráticos españoles. A estos me inquirió señalando a un pureta y a los medios se les llena la boca diciendo lo ejemplar que fue la Transición. ¡Una mierda ejemplar! Un pan como unas hostias es lo que hicieron. Una chapuza que nos han colado por el aro y nos hemos callado, hemos estado apollardados treinta años... Está claro que estamos mejor ahora que con el dictador, pero no estamos bien. No, no lo estamos. Si te soy sincero, Boa, yo vengo por inercia, estoy asistiendo a las asambleas, a todos los grupitos que se están formando pero... no sé si hay alguien detrás, y si alguien no sé quién es.
jueves, 19 de mayo de 2011
Cataratas y el quince eme
Sin embargo, su actitud no era la actitud festiva que suele tener en este tipo de saraos. Hay algo que no te convence ¿verdad? Pregunté. Pues sí, Boa, me faltan fundamentos. Esta no es mi revolución, no es la revolución que necesitamos, no es por la que tanto luché, lucho y lucharé, no hundiremos al capitalismo con una acampada comenzó ¡Hombre! Algo es algo Interrumpí ¡Por supuesto! Por eso estoy aquí, aunque pienso que los discursos de estos tipos están vacíos, que no han tenido la formación política necesaria para llevar a cabo la revolución. Su posición es legítima, y yo voy a participar, me adheriré a cualquier decisión que tomen sus asambleas. ¿Sabes por qué? Porque estos son de verdad el pueblo, apolítico, guerrero y festivo. En fin, tú... que me voy a ver a los de xxxxx, luego te veo por aquí, o mañana, o pasado, porque esto va para largo. Y desapareció entre la gente.
A los diez minutos volvió y me dijo No te importará escribir lo que te he dicho en el coso bipolar. Por supuesto que no contesté.
Ayer, y esta vez ayer sí fue ayer, le volví a ver pero trataré de contaros mañana que fue lo que me dijo. Ahora no tengo tiempo. Me voy a Sol.
martes, 29 de marzo de 2011
era nuestro reino, mi taifa
Vuelvo a mi taifa a menudo, y aunque sólo hace cinco meses que no habito en ella se me sugiere un lugar extraño, un pais extranjero que visité hace tiempo y que se me presenta ahora tan distinto que ya jamás volverá a pertenecerme sino es en mi retina, en el recuerdo de calles de tierra y balones de trapos. Sí, cuando yo era niño mi barrio era un barrio de posguerra en los años ochenta, una barriada lentamente asolada por el caballo. Los jóvenes desaparecieron poco a poco, tras sus sombras. Primero poblaban, como pueblan o invaden los zombis, el prado donde más tarde nos imaginaríamos peligrosísimos macarras. Y digo más tarde, porque en aquellos primeros años de la década de los ochenta el descampado estaba vetado. No tardé tanto como creo en comprender que no eran muertos vivientes sino mi primo mayor, el hermano de Cataratas, la hermanastra de Perico Abad, la hija del dueño del Linares... eran los jóvenes del barrio, no había que temer; sólo estaban enfermos, adictos a un caballo que por mucho que buscaba desde la ventana de mis padres, la única habitación que daba directamente al descampado, era incapaz de encontrar; mi madre en su sabiduría de madre lo solucionaba todo con No les mires, esos chicos han caido en la droga, si no quieres que te se lleve contigo no les mires. Nunca entendí si me iban a llevar los zombis, la droga, o el caballo fantasma. Así que un día, harto de espiar por la ventana, bajé a la droguería y pregunté por el caballo. La respuesta no pudo ser más tajante, aunque no me quedó muy clara, honestamente: Un bote de agua oxigenada que andaba empapelando la señá Dolores surcó la habitación golpeándome en la frente, abatiéndome y dejándome en el suelo hasta que un cubo de agua sobre mi cabeza logró despertarme. Tendría yo unos ocho años, los ochenta terminaban, los zombis caían a gran velocidad, huían de las patrullas vecinales, o terminaban en principio en la cárcel por trapichear y finalmente en el camposanto, ya que no hay peor lugar para quitarse de la droga que la cárcel lloraban las madres sufrientes y amatísimas.
Las patrullas vecinales las formaron los propios familiares de los zombis, las madres, hartas del expolio de sus cachorros, fueron las más belicosas e intransigentes con su propia sangre. Bien sabemos que llevaban el sufrimiento por dentro y por fuera, ya que jamás se quitaron el luto desde aquellos días. Gracias a ellas, a su lucha, se salvó la siguiente generación, según decían. Cuando lograron echar a todos los zombis del descampado, empezaron a limpiarlo todo, a sabiendas de que el ayuntamiento de birbam no se preocuparía por ellas; también comenzaron a acampar una noche a la semana en esas tierras que se habían llevado a sus hijos. Lo hicieron durante años, de primavera a invierno, sin importar si llovía, nevaba o hacía un calor del infierno. Y lentamente fueron cayendo también, por la edad, por la pena, por la gripe,... Nunca se supo quién introdujo el caballo en el barrio, unas culpaban al entonces presidente González, otras al comisario de policía que quiere acabar con nosotros, para él somos ratas gritaban las más plañideras. Nunca se supo, y pronto dejó de interesar. En realidad sólo interesó mientras duraron las madres.
Tan pronto las madres dejaron de ir al prado empezamos a ir nosotros. Recuerdo que los primeros días lo creíamos limpio, de vez en cuando encontrábamos alguna jeringuilla usada o una aguja huérfana, pero nos callábamos para no alarmar a nuestras madres. Nos colábamos a hurtadillas en el descampado, era evidente que nos veían deambular por allí, pero jurábamos y perjurábamos que el prado estaba limpio, y como nadie más que nosotros se atrevía a entrar... Sabíamos que en cuanto supieran de nuestros hallazgos nos prohibirían jugar allí, y nosotros no estábamos dispuestos a abandonar nuestro territorio, allí sólo entrábamos nosotros, y en alguna ocasión Vicky, si la invitábamos. Era nuestro reino, mi taifa. Estábamos realmente concienciados del daño que había causado la heroína en el barrio, éramos muy cuidadosos con todo instrumento que encontrábamos y relacionábamos con los zombis. Pero no estábamos preparados para ahuyentar otras drogas más blandas, y nos volvimos a esconder en el prado donde nos juntábamos a soñar que éramos peligrosísimos macarras. Sin embargo, esta vez, a mis dieciséis años, no se me ocurrió ir a comprar chocolate ni a la droguería ni a la tienda de dulces. Sabía dónde encontrarlo.
Nosotros fuimos a la escuela, nos criamos en unos hogares más estructurados que los de nuestros primos los zombis, pero caímos en trampas parecidas, igual que años antes nuestros padres tuvieron otras trampas que no supieron esquivar. Cada generación tiene sus cosas.
Ahora no queda más de un tercio del prado aquél en que soñábamos con ser mafiosos. Parece que estuvieran esperando a que me mudase para empezar la obra. Dicen que va a quedar así, para que los muchachos puedan jugar al fútbol, para que nunca se nos olvide aquella generación perdida. Para mi siempre será mi taifa, así construyan un centro comercial yo seré el dueño, el visir Boabdil.
(otro día os cuento sobre mis súbditos)
viernes, 11 de marzo de 2011
también nos bajamos los pantalones
martes, 1 de marzo de 2011
reunión en la parroquia
Para ser sincero recuerdo bastante poco. Únicamente risas y más risas, provocadas por ese ansia de pasarlo bien a toda costa, ese ansia por exprimir cada segundo que pasásemos juntos esa tarde, conscientes de que esos ratos ocurren cada vez con menos frecuencia. Sí recuerdo a Andrés hablando de lo maravilloso que era montar en bicicleta por birbam, esgrimió unas razones buenísimas que soy incapaz de reproducir y que debió surtir efecto en el siempre presente empeño de Andrés por vencer y convencer ya que nos dedicamos a tirarle de la lengua con el fin de descubrir qué había detrás de que un día Andrés, el que espía los tejados, decidiera subirse a una bicicleta cochambrosa y pedalear hasta el centro de birbam. El otro día, pojemplo, tuve que í en metro, no sabeh lo que eh eso... ¡tú no sabeh lo que eh eso! Tío, que me voy ziempre a casa con un doló de guevoh quepaqué. Otra cosa no, pero como orador Andrés Herrera no tiene precio. Ejque no ze pué consentí eso ¿eh? ¡No se pué consentí! Decía Andrés o La Nada así como entredientes y a voz en grito al mismo tiempo. Una vergüenza, por un lao loh vagoneh tópetaoh, que no cabe un pene en vaso de tubo... dezpuéh lah niñah, que ca día están máh guapah, y ejque... ¡claro! Con esta jeta que me ha tocao a mí... ¿quién me ze va a quedá mirando? ¡Dime quién! ¡Claro, como vohotroh soih cada día máh niño pera! Bien vestiditoh, bah, la misma mierda que yo soih, la misma piel de mojón de perro soih. Desde las primeras melopeas Andrés solía perder el control de sus palabras cuando bebía. Como aquél día en que, semanas después de haber delatado al viejo Curruca, se fue al Linares y se tomó tres licores de yerba que vomitó según salía por la puerta en los pies del agente Fraile, al tiempo que acusaba al camarero y dueño del bar de haberle obligado a beberse una botella entera de licor. Por un lado tenía que hacerse el gallito, pero también tenía que justificarse ante el agente, que entró como un rayo al Linares a poner un poco de orden. En un principio multaron al dueño y se le sancionó sin poder abrir un tiempo por dar de beber a un menor de edad. Pero el padre de Andrés, que no quería problemas en el barrio, intercedió alegando que el niño era un embustero y un ladrón, que le había robado una botella y que se la había bebido en el prado. El padre de Andrés Herrera vivía por entonces cagado de miedo, no sabía que habia sido su propio hijo quien había delatado al viejo Curruca. Al parecer tenía sobradas sospechas para creer que el traidor había sido el dueño del Linares, que conocía el secreto del viejo y le había protegido durante años. Así que no es extraño que creyera que por culpa del torpe borrachín de su hijo fuese a dar con sus huesos a la sombra unos añitos. Estuvimos un tiempo sin ver a Andrés, y cuando volvió fue cuando empezó a mirar hacia arriba como si espiase los tejados de birbam. Después pasó tres meses de un verano trabajando en el Linares, intuyo que sin cobrar, pues según decía el propio Andrés sí que había robado una botella, pero no a su padre sino al Linares, y como ya he dicho el padre por miedo a ser delatado ofreció a su hijo como mano de obra al dueño del templo del barrio.
Marino y el Coso anduvieron hablando un buen rato en voz baja, algo separados del resto. En un momento en que Marino marchó al baño, el Coso se me acercó y me dijo Me voy, no aguanto más, Marino está cada día más brasas, y además tengo cosas que hacer. Pagó un par de rondas y se fue. Marino, como suele ser habitual, no se percató de su ausencia hasta que llegó Cataratas. Justo en el momento en que pedíamos la séptima ronda (lo reconozco, a partir de aquí perdí la cuenta).
La tarde ya era noche y como tal había cambiado. El grupo estaba cada vez más pesado, chillábamos más, babeábamos más ante la presencia de las niñas y empezamos a cantar, a gritar improperios a todo el que nos retaba con la mirada. Alguno incluso trató de desnudarse ante la mirada acusadora de una pareja de ancianas que bebía biterkas. Todos menos Cataratas, que miraba el fondo de una caña de cerveza esperando que el Nautilus emergiera de repente. Me acerqué al punki y pasándole un brazo por el hombro pregunté ¿Qué ocurre? Pensé que tenías ganas de vernos. A lo que contestó sin levantar la mirada Sí, sí que tenía ganas de veros, venía muy animado pero... mira, iré al grano, no te lo puedo contar todo pero... sí te voy a decir que me he encontrado con el Coso y no me ha gustado lo que me ha contado... ¿Pero qué te dijo? interrumpí, No te puedo decir nada, le he dado mi palabra, pero... simplemente no está cómodo. Y se hizo un breve silencio molesto como el goteo de un grifo en la noche Sí, yo ya me había dado cuenta... creo que se quiere volver a marchar de aquí, pero... ¡joder! No puede huir toda la vida. Cataratas me miró No es eso dijo, es más serio. Lo siento, no te puedo decir más. Dejó un billete de 10 euros sobre la barra y se marchó esbozando una sonrisa. No le dijo nada a nadie, los demás, un atajo de curdas, ni siquiera se percataron de su huida. Ya en la calle se dio media vuelta y me miró con complicidad, como implorándome a un tiempo que hablase con el Coso y que fuese discreto.
Aún no he hablado con él, no contesta al teléfono. Si soy sincero no recuerdo cuándo fue la última vez que hablé con él, no me refiero a hablar sobre fútbol, coches, literatura, cine, etcétera, sino sentarnos juntos, remover un café y mirarnos a los ojos, como antes. Pero tampoco recuerdo cuántas cañas nos tomamos aquella tarde, ni adónde fuimos después de salir del Linares (¿dónde pensaste que estábamos? De tal palo tal astilla, y ya que nos juntábamos qué mejor que hacerlo en el barrio, ¿no te parece?). Todavía me dura la resaca y un dolor en el costado que alguien me tendrá que explicar, aunque dudo mucho que cualquiera de estos cafres recuerde qué paso.
miércoles, 2 de febrero de 2011
el único niño consecuente
Andrés decía, ante las carcajadas de unos y mientras los otros recogían del suelo los ojos atónitos que se les había salido de las órbitas y rodaban por el prado en que gastábamos el tiempo pateando un deshinchado tango blanquinegro, que el sueño de su vida era ser vagabundo. En realidad, todos lo deseábamos, pero solo Andrés era capaz de decirlo en alta voz, henchirse de orgullo como un pavo real y darse ínfulas de hidalgo hambriento del Lazarillo.
En realidad, no sé si todos compartíamos el descabellado sueño de Andrés. Solo puedo hablar por mí, y he de decir que yo sí, que espiaba al viejo Curruca desde mi ventana, que me soñaba aprendiendo de él el noble oficio, la carita de pena, el señora algo de comer haga el favó, ese escabullirse al bar Linares, ese hurgar en todas y cada una de las papeleras de lata que poblaban el barrio... Sí, yo quería ser mendigo, me imaginaba con un cartón de vino y cartel con un lema plagado de faltas de ortografía innecesarias, tirado en una esquina de una calle ancha, señorial, infestada de señoras luciendo abrigos de piel y periódicas permanentes en el cabello tan inapropiadamente rubio. No en el barrio, no, en el barrio no. Yo me iría al centro, como el padre de Andrés, sabía que allí era donde estaba el dinero, donde estaban las basílicas, las grandes iglesias, donde la mendicidad era un arte.
Andrés no lo sabía, o eso pensábamos los demás, pero su padre, efectivamente, iba todos los días al centro, se subía a un autobús y bajaba a un par de manzanas de una famosa iglesia de un barrio de esos en los que la gente anda con prisa todo el día y jamás mira a los lados. A ninguno nos importaba porque el padre de Andrés no bebía. De veras pedía para dar de comer a sus hijos y, aunque a veces Andrés pasaba más calamidades de las normales, como un águila se quitaba la comida de la boca para dársela a su aguiluchos. Jamás vi al viejo Andrés visitar el Linares, como sí hacía el viejo Curruca.
Andrés hablaba con Curruca a menudo y durante un tiempo creíamos que esas tonterías, más serias en él que en el resto de nosotros, de andar pidiendo limosna por ahí se las había cultivado Curruca. Unos decían que el Curruca era el padre de la madre de Andrés, osea su abuelo, y que la madre le descubrió robándole unos ahorillos al poco de mudarse al barrio, y que le había echado de su casa. Palabras. Otros, con más mala baba que otra cosa, decían que era el amante de la madre, sin saber muy bien qué era un amante. Palabras. Unos más allá sabían a ciencia cierta que el Curruca y el viejo Andrés habían sido socios años atrás, antes de llegar al barrio. Al parecer tuvieron en jaque a los grises, o a los nacionales o a yoquecoñoséhijomío que me decía mi padre, cauteloso, cada vez que le preguntaba, por una serie de asaltos que habían perpetrado en el sur del país y que el único refugio que habían encontrado era este barrio de mala estampa a las afueras de birbam. Las tres historias corrían de boca en boca por el barrio. Y la bocas que narraban una negaban las otras dos, sin saber que dos de ellas eran ciertas al mismo tiempo.
Poco tardó Afano en hacerse amigo del Curruca. Pero esa es otra historia.
Entonces, Andrés decía que quería ser mendigo y el descampado era su reino. En ocasiones no nos dejaba entrar en el prado, agarraba unos maderos, afilaba sus puntas, y nos amenazaba con metérnoslos por el ojete y sacárnoslos por la nariz como nos adentrásemos a ese campito que era suyo y solo suyo. ¡Como si nos fuesen a entrar todas esa estacas a un tiempo por el culo! Al rato se le pasaba y, más calmado, se quedaba embobado mirando al cielo.
El viejo Andrés enfermó un otoño y jamás volvió a salir de su casa. El mismo otoño, Andrés había empezado a ir a una instituto en el centro, o eso decía en el barrio. Pero un dia Sir Walter Bradbury de la Petanca y un servidor le seguimos. No llegábamos a creérnoslo. Bradbury tenía una moto destartalada de color naranja, una moto que hacía más ruido que velocidad alcanzaba,. Se la había comprado su padre a un chatarrero para que el niño pudiese hacerle los recados de la tienda, pero esa mañana no tenía muchas ganas de trabajar y como yo he sido siempre un vago redomado no le fue difícil convencerme de seguir al autobús en que Andrés se subía cada mañana para ir al instituto. Cuando llegamos a la que se suponía que era su parada nuestra presa no bajó, tampoco lo hizo en la siguiente parada ni en la siguiente, y en la siguiente tampoco, y así hasta la última parada estuvimos esperando sin suerte alguna. Nos cruzamos con él por casualidad en el camino de vuelta. Él, siempre tan despistado, no se percató de nuestra presencia, pero nosotros sí. Allí estaba, en la puerta principal de esa grandísima iglesia, con los ojos medio cerrados y la cara sucia. Nos sentamos uno a cada lado, pero no nos prestó atención. Sin duda llevaba en la sangre el oficio.
Por la tarde, cuando volvió al barrio, le contamos lo que había pasado esa mañana y él lo negó todo. Juraba que había asistido a clase, como todos los días, e incluso sacó de la mochila los libros y cuadernos con la lección del día. No supimos nunca quién le copiaba los apuntes y jamás nos interesó. Nos daba igual cómo se ganase la vida, no es asunto nuestro nos decíamos unos a otros. Pero un día llegó al barrio con el título. Había terminado el instituto e iba a seguir estudiando. Hoy mira a los tejados con esa pose chulesca que no puede evitar, con ese aire desenfadado y colgado de la parra que Eva lleva en la entrepierna. Hoy trabaja en una asociación que ayuda a los sin techo de un popular barrio del centro de birbam. A Bradbury y a mí nos gusta pensar que tuvimos algo que ver con su cambio, pero no es así.
Una noche, hace ya muchos años, cuando Andrés iba al instituto del centro de birbam, iba caminando por el barrio y alguien, luego se supo que el Curruca, lo tiró al suelo, lo apalizó y se quedó con el dinero que había recaudado ese día. Al parecer no volvió a mendigar. No porque un compañero le hubiese robado, sino porque había sido su propio abuelo. Una semana después el Curruca desapareció del barrio, y no volvió a dar señales de vida. Parece ser que la vieja historia de la orden de busca y captura contra él era cierta, y Andrés dió el chivatazo. Gracias a la recompensa pudo dejar de pedir en aquella grandísima iglesia del centro de birbam. Y así, Andrés Herrera, o la nada puede ir en bicicleta, vestir de azul marino en invierno, silbar si llueve y apuntar a los balcones con la barbilla.
jueves, 6 de enero de 2011
una camiseta blanca con hormigas
Una tarde del final de la primavera fui con mi padre al centro, a un gran almacén de esos que antes no había en los arrabales de birbam y que ahora brotan como níscalos tras las primeras lluvias del otoño. Al viejo le daba por comprarme algo de ropa elegante cada año por esas fechas. Que si un par de camisas que no estrenaba nunca, que si un pantaloncito corto y un polo con motivos marineros, que si unos naúticos. Siempre sospeché que quería que me cayesen más collejas que a Iker Jiménez en una convención de científicos. A veces me salía con la mía y me compraba un par de camisetas negras con dibujos de zoombies que pretendían ser terroríficos emergiendo de criptas abiertas. Recuerdo que un día, al volver del suplicio de ir de compras con papá, llegué a casa histérico, corrí por el pasillo hacia el cuartito de la cocina buscando la caja de la costura de mamá para tomar prestadas, y a escondidas, las tijeras de hojas puntiagudas. Empecé a sudar inmediatamente, un sudor frío cayendo lentamente por mi espalda, sorteando las escuálidas vertebras de mi escuchimizado cuerpo hasta toparse con la rabadilla y gotearme como una estalactita en los calzoncillos abanderado que mi padre me había comprado precisamente un año antes, el año que no quiso comprarme una camiseta blanca con hormigas. Corrí de nuevo por el pasillo en dirección a mi habitación. Cerré la puerta de un portazo y suspiré con el cogote apoyado en la misma. Un cuarto de hora más tarde, no creo que me demorara mucho más, aparecí en el vestíbulo con la intención de bajar a la calle para jugar con los colegas Papá... que me voy grité, y al tiempo dí un respingo al sentir la voz ronca de mi padre retumbarme entre las costillas y el esternón, desde mi espalda ¿Qué cojones has hecho, desgraciado? Y me soltó un soplamocos que me devolvió a mi habitación resbalando por el pasillo mientras pensaba que si mi padre le hubiese dado un azote en el culo a Carl Lewis en posición de preparadoslistosya! ni con toda la droga del mundo habría sido batido por el simpático canadiense Ben Johnson ¿A quién se le ocurre cortarle por la mitad las perneras al pantalón? Hijo mío eres un ridículo y un imbécil, y no por ese orden. A mí el orden me importaba una mierda, aún no había alcanzado a comprender las propiedades matemáticas, y no tenía gran interés en dominar la materia. Lo único que tenía claro era que, de cualquiera de las maneras, me iban a caer unas cuantas collejas todos los años a finales de junio, en casa o en la calle, y el orden me la sudaba, solo me preocupaba esquivarlas.
Aquel día no conseguí salir a jugar a la calle. Pero pocos días después bajé al descampado, y por casualidad era miércoles por la tarde, justo a la hora en que Afano y Marino solían verse. Creo recordar (no, no lo creo, lo recuerdo perfectamente, pero quería darme esa licencia) que bajé enfadado, huyendo de casa. Me había hecho un pequeño hatillo provisto de un pantalón vaquero y un abrigo para el invierno. No pensé en nada más que ¿y en la calle voy a vivir con el frío que hace en enero? Aparecí caminando con la cabeza gacha, con la cara sucia y bañada en lágrimas, tropezando con cada piedra, deambulando sin rumbo, nervioso, no, nervioso no, estaba acojonado, cagadito de miedo. Tanto como el hijo de un amigo extranjero que se convirtió al judaismo y que solo entendió, al ver que le bajaban los pantalones, por qué los demás le mirábamos con carita de pena y le mesábamos la cabeza cuando se hablaba de la circuncisión.
Boa, Boaaaa me gritaron mis amigos cuando pasaba a escasos cinco metros de ellos sin percatarme de su presencia ¿tas flipao o qué? ¿ande vas, chaval? Me sequé las lágrimas rápidamente, de espaldas, tomando todas las precauciones posibles para no ser descubierto. A esas edades toda tu reputación, por mucho que te estés escapando de casa, se puede ir al garete con una lagrimita de nada. Aún con el moquillo colgando en la nariz y voz nasal saludé ¿Qué pasa, tíos? con un gallito que alargaba la i de tíos. Me miraron de arriba a abajo, y extrañados me preguntaron qué me ocurría. Hablamos un buen rato sobre los padres de cada cual, yo tenía un berrinche realmente dramático, pero ahora me río al recordarlo porque precisamente eso es lo que no consigo: recordar por qué discutí con mi padre aquella tarde. Afano, al ver que no me animaba, sacó tras de sí una bolsa llena de lapiceros de colores, rotuladores de punta fina, gomas de borrar, cuadernos, rotuladores de punta gorda con los que más tarde empezaríamos a pintarrajear todos los muros del barrio, botes de colonia, camisetas y hasta un pajaro de madera o de plástico que movía la cabeza como si comiese alpiste de la mano de Marino. ¿De dónde sacasteis todo esto? ¿Habéis robado un banco? ¿Estafasteis a una congregación religiosa? ¿O es que habéis encontrado un tesoro escondido? Pregunté excitadísimo ante las carcajadas de mis dos amigos. Los muy guasones estuvieron retorciéndose en el suelo un buen rato hasta que, más calmados, me contaron de qué se trataba. Reconozco que yo también me arrastré por aquél barrizal arcilloso y seco al darme cuenta de la sarta de gilipolleces que había preguntado. Las más grandes me las guardo, aunque de vez en cuando a alguno de los dos le viene a la cabeza alguna de las dichosas preguntitas y se burlan de mí en secreto, mientras los demás se ríen también y preguntan ¿Eso de qué peli es, tío? Una vez empezaron los primeros avisos de agujetas en el estómago se calmaron y me contaron a qué se habían estado dedicando cada miércoles por la tarde mientras los demás íbamos a jugar al fútbol en el patio del colegio.
Hace unos meses te hablé de Afano y de cómo fue mi primer contacto con el hampa. Aquella historia, aunque real, no es del todo verdad. Fue aquél miércoles por la tarde en que yo trataba de huir de la casa de mis padres, aquella tarde en que me encontré a Afano y Marino en el descampado y croqueteaban en el suelo por mis ocurrencias, aquella tarde en que me contaron el mayor secreto que tenían de niños cuando descubrí que no hacía falta pagar para tener. Mis amigos eran un par de raterillos, dos descuideros, dos chorizos, dos ladronzuelos de poca monta que no se podían resistir a no llevarse aunque fuera una lata de cualquier refresco cuando entraban en un ultramarinos. Robaban para sentirse importantes, no revendían nunca el material, en ocasiones lo regalaban pero, generalmente, se morían de asco o de risa en un agujero que habían cavado en el descampado, precisamente donde estuvimos charlando aquella tarde en que me hice un ridículo hatillo y pretendí huir a algun país lejano.
Me he acordado hoy de ese día porque de repente, como un tartazo en la cara de esos que luego relames con gusto los restos que han quedado en las mejillas, he echado de menos una camiseta blanca con el dibujo de una fila de hormigas rojas atacando los restos de un sandwich donde se podía leer Life´s a Picnic que mi padre no me quiso comprar pero que, guiños del destino, conseguí un día que le pregunté a Afano y Marino un montón de sandeces mientras ellos se retorcían en el suelo. Aquella camiseta blanca con hormigas me la dieron ellos aquél día, la habían choriceado en un gran almacén. Toma esta camiseta, es para tí, ya que te vas supongo que necesitarás ropa me dijo Afano. Sí, toma esta también dijo Marino quitándose una camiseta negra con mil agujeritos de esos para que transpire la piel ¿A tí te gusta el basket, verdad? Te vendrá bien este verano, con tanto agujero tiene que ser fresquita. Les agradecí el detalle, creo. Nos chocamos las manos, por entonces los abrazos nos parecían afeminados, y me dí media vuelta con la intención de seguir mi viaje. A la mañana siguiente nos vimos en clase. Jamás me preguntaron por las camisetas pese a que me veían lucirlas con mucha asiduidad. Sabían que su secreto estaba a salvo conmigo, podían confiar en mí y yo en ellos.
Durante años vestí esa horrible camiseta negra con agujeros mientras todo el mundo me decía lo bien que tenía que ir yo con esa camiseta, así, tan fresca, con el calor que hace sin percartarse de que la camiseta era negra ¡Negra! Que no había dios que pudiese hacer deporte con ella, que los sobacos me empezaban a sudar a mares solo de verla doblada en el armario. La camiseta blanca con hormigas me la robaron una noche. Una putada. Olvidé una mochila con algo de ropa y los apuntes de Ciencias en un bar. Cuando volví la mochila aun estaba allí, pero dentro solo quedaban los malditos apuntes que paseé todo el verano de piscina en piscina, de excursión en excursión y de fiesta en fiesta, sin echarles un ojo hasta el quince de agosto. Así que como vino se fue aquel otro verano en que volví a hacer un hatillo y escapé.
Justicia divina, supongo; porque no aprobé Ciencias aquél septiembre.
martes, 21 de septiembre de 2010
la rabia de Cataratas
Ayer le ví otra vez y, como siempre, me veo en la obligación de hablar de él. Nos encontramos por casualidad en La Latina, cruzando por debajo del Viaducto, y nos fuimos a mojar la galleta de la filosofía barata en jugo de cebada. Divagamos demasiado sobre lo humano y dejamos lo divino a un lado, con los mohinos cacahuetes que nos sirvió el camarero. Que si se ven muchas banderas nacionales en los balcones desde el Mundial, que si el cierre aquél de Egunkaria, que si el juez, que si la nueva tregua de ETA, que si todos los políticos son tal, que si el portugués es un chulo y el catalán no le dió la mano con razón, que si don Andrés es dios, que si la crisis, que si qué crisis, que si somos burros, torpes, y estamos apollardados, que si los jóvenes nos merecemos lo que nos pasa por no gritar, que si hay que gritar pero con sentido, que si nos faltan contenidos, que si ahora resulta, después de todo, que me gusta el Hip-Hop.
Pero lo que más me llamó la atención fue que me dijese que creía que tenía miedo La verdad, Boa, que últimamente ando pelín acojonao ¿Has visto lo que está pasando? ¿No me digas que no es para asustarse, tronco? El fantasma del fascismo vuelve a sobrevolar Europa. Parecía que estábamos consiguiendo matar al perro pero la rabia sigue latente, y está brotando con fuerza en lugares donde nunca hubo atisbo de ella. Ya llegó a Austria hace años, el putero presidente italiano empezó a expulsar rumanos hace unos años y ahora es el presidente extranjero de Francia el que hace lo mismo ¿y qué me dices de los veinte escaños que han conseguido en la progresista Suecia? Aquí al menos se esconden detrás del ultracentrismo, aunque no todos llevan el mismo collar. Pero lo que más miedo me da es que todos se ocultan bajo las siglas de la Libertad y la Democracia, cuando precisamente contra eso es contra lo que atentan. Engañan al pueblo ignorante y se aprovechan de esta puta crisis para sembrar el odio a lo desconocido, a los extranjeros, entre las clases más humildes. Lamentable.
Es una vergüenza, tío Le dije ¡Qué pronto hemos olvidado los españoles que hace treinta años éramos aún un país pobre, que hemos sido despreciados en Europa durante años, que nos consideraban sucios, incultos, portadores de enfermedades erradicadas, mientras les estábamos ayudando a construir este jodido continente.
Al menos ellos nos ayudaron a nosotros a crecer económicamente. Ni a tí ni a mí, de acuerdo, aquí siempre se ayuda al que ya tiene Me interrumpió pero a lo que voy es que nos vamos todos a la mierda. Que a veces yo me voy al Parque de París a esperar a algún diputado y abrirle la cabeza, como hizo el hermano de tu abuelo. Sé que así no voy a arreglar nada, sé que no podemos esperar a un mesías capaz de ponernos a las nuevas generaciones progresistas de acuerdo, alguien que quiera y pueda luchar de verdad por los intereses de todos los hombres, lo sé, pero la rabia es profundamente infecciosa y yo la empiezo a salivar.
No sé, anoche me dió por pensar, quizá sea Cataratas el que tenga que buscar a ese mesías menos pasional, más práctico y educado, ese mesías al que todavía no le hayan contagiado esa rabia. No sé, sólo me dió por pensar.
martes, 18 de mayo de 2010
Salieron a volar las herraduras.
No, macho, no. Que no puede ser. Como te lo digo, Cataratas. Oye Boa, que estaba hablando contigo, tio ¿Dónde te metes? Trae ese Ron de vuelta acá. Coño, déjate de cantar, escúchame ¿Qué pasa, que no te ha gustado? No, hombre ¡eh! Es que no me he quedado con ello, repite, tio, por favor. Salieron a volar las herraduras para quedarse en el cielo como un brochazo en el techo. ¿Qué? ¡Está chula! ¿Que no? Sí, tío, está bien, un poco difusa pero... está bien. ¿Qué, entonces la pones? ¿Dónde? ¿Dónde va a ser? En el blog ese ¡Joder! Que estás empanao ¿Boa, tú estás bien? Macho, es que yo lo flipo contigo, tío. ¡Eh, no, no, estoy bien! Es un poco difusa ¿no? Quicir que está chachi, está currada, a ver si me entiendes, pero es que... ¿Por dónde vas? Joder, pues, está ahí, eh... es como poético porque habla de algo que... no sé... que es como de esclavitud ¿No? Y sale a volar y se quedan ahí en el cielo, con las estrellas tío, como manchas de pintura en el techo tío ¿Pillas? Y luego tiene su punto crudo y tal. De lo cotidiano, tío, del día a día, veinticuatro horas con la brochita ahí, que son muchas horas también y... Sí, sí, está guapo y te viene bien sí. Pero no tiene un hilo... lógico, no sé cómo decir, tronco... son dos ideas distintas, no sé, si dijeses Salieron a volar las herraduras como mariposas, no sé, o Las estrellas son un brochazo de un mal pintor. No sé, son una mierda pero tienen más sentido ¿No?
domingo, 25 de abril de 2010
Vicky
domingo, 17 de enero de 2010
Perico Abad, Afano, Robin de birbam.
martes, 17 de noviembre de 2009
Ayer hablé con Juanlu.
domingo, 8 de noviembre de 2009
Mateo Lorenzo alias Malo.
jueves, 24 de septiembre de 2009
Andrés habla de Irineo.
Iri sá comprao un coche nuevo, la vida le va bastante bien aunqueee… no para de currar, vive pa ese negocio que tiene, lo de loh churroh, é mu sacrificao, chaval, que ahora é su propio jefe ¿eh? É una lástima ¿verdá? Si no cualquié día déstoh se venía a tomá unos vinoh a lo del Braulio... Mía que yo se lo digo, pero ná tíoh ¡me cambial tema! A veceh dice no se qué de que oh cruzáih de acera, de que no quisistéih sé suh amigoh cuando sizo pobre, no sé, no sé de qué habla, creo que está pallá. A veceh quedamoh en el bar dese amigo suyo... ¿cómo se llama? El Culebrillah le dicen al bá, pero él... ¿cómo se llama él? No caigo, sí, joderrr, como el extremo derecho del Rayo, ese que se daba de vuelta pá envolvé a regateá a loh contrarioh...¡Sir, coño! Tú tiés que saberlo ¡Enga hombreee! Ese que jugaba cuando Hugosánches, que sí, hombre, que sí lo sábeh... ¿Cómo? ¡Tate, eso é! ¡Onésimo! Loh mismoh ricicoh tié el tío. Poeso, que amoh al bá déste pibe, que tié unos mejilloneh al vapor que son lo mejor ca parío madre, te loh pone con su mayonesita y tó ¿sabeh, niño? ¡Estáaan de puuuta madre! Anda que no mabré tirao yo allí tardeh tudiándome el Marca con una cervecita y un platico mejilloneh... Sin el Iri y tó, que me tratan como a un señó ¡y la birra! La birra tá superfrejca, entra solita, que no tiés que hacer esfuerzo alguno, se bebe con pajita ¡no teígo máh! A lo que voy... que resulta que el Iri se noh casa. Con la piba esa, la que conoció en las fiestas de Sigüenza, la morena esa que tá tó güenaaa, ¡mira el Sir cómo se ríe! Poquél la visto, quél la conoce, ¡eh! ¿a que sí? Pooo se casa el tío, tá tó pillao, dice ques la mujé de su vía y no sé qué chorráh máh. Tá hecho un pringao. Peo se le ve bien al tío. Tó colocao, tó seriecito, con su coche nuevo, uno familiar que digo yo debe seh que la parienta tié un bollo calentito en el horno. Ojo quél a mí no ma dicho ná de eso, que son cosah míah. Dice que hay que prevení, que habrá que í pensando en formá una familia ¡chorradah, no teígo! Que si el negocio funciona habrá que pensá en expandirse, que ya no somoh niñoh, que me paece a mí que tié muchoh páharoh en la cabeza el Irineo ¿no creeíh?
Y Andrés se pierde en sus ideas y dejamos de prestarle atención. Y seguimos a lo nuestro, al partido de la tele, a las chicas de la calle o de la mesa de al lado, a las noticias políticas o a las conversaciones cercanas, como si Andrés no hubiese empezado nunca a hablar de Irineo. Pero cada uno de nosotros tiene una idea en la cabeza durante toda la tarde, una idea que nos martiriza más tarde entre sábanas y nos despierta a la mañana siguiente como un martillo golpeando en la pared del vecino, como si fuese el problema de otro, el problema que agarramos por dos días y soltamos cuando empieza a quemar en las manos. Y me juro que si hoy me encuentro a Irineo por la calle no me cruzaré de acera sin saber que cuando dejé de atender a Andrés dijo que Irineo se mudaba, quenel pueblo délla no hay churrería y creen que es un negocio de futuro.