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martes, 15 de enero de 2013

Nazareth

Como viene siendo normal desde que el calendario romano se implantó en la totalidad del viejo imperio por la gracia de uno o varios seres imaginarios creados por la necedad y la necesidad humana de explicar todo lo que sucede alrededor, un año cuenta con trescientos sesenta y cinco días, si no es bisiesto, agrupados en doce meses. Mas allá de la clásica controversia de si aquel primer año dedicado a Rómulo contó con diez o doce fases lunares. El calendario gregoriano, heredando el corte en juliana de los romanos, mantuvo la docena, una magnífica coincidencia con la caterva de discípulos que siguieron a aquél hombre de barba rala que naciera en el pequeño Belén y que entre otros muchos nombres llevó a su cargo el de el Nazareno.

En uno de esos doce meses que tuvo 2010, mi amiga Nazareth coincidió con el Coso al sur de Albión y, sin embargo, no se vieron mas que en una o dos ocasiones según mis investigaciones, y ninguna o una vez tan solo y a lo lejos, rodeados de gente en un centro comercial, según me dijeron ambos por separado, como siguiendo un guion previamente redactado por ellos mismos. Las razones del desencuentro son, aún hoy, tan desconocidas como evidentes en la fantasía del que escribe. No obstante, siempre sospeché que estuvieron viviendo juntos durante casi todo el mes.

Inglaterra es un país mucho más grande de lo que uno se imagina al curiosear un mapamundi, lo sé porque jamás estuve allí; no hace falta abrir los ojos hasta que se levantan las costuras de los párpados para ver que no es la estepa siberiana, pero por mucho que te broten lágrimas y se te despunten una a una las pestañas es prácticamente imposible apreciar la individualidad de las almas apelotonadas en esas grandes ciudades de casas bajas con escaleras en los portales o en su innumerable entramado de ciudades dormitorio; ni siquiera en la virtualidad aumentada de una lupa descubrimos hormigueantes británicos conduciendo nerviosos por el margen izquierdo sus Jaguar, sus McLaren, sus Aston Martin, sus Rolls Royce, sus MG, o sus Land Rover, siempre con una pipa detectivesca en los labios, siempre con un monóculo capado pero elegante, siempre bebiendo té y engullendo galletas de jengibre. Esta grandeza imperial, geográfica y por tanto física a la par que espiritual y metafórica, podría ser la única razón de su frustrado encuentro, y sin embargo no fue así: un día Nazareth me llamó y me dijo Boa, lo siento mucho pero no he podido ver a tu amigo; no he tenido tiempo. Meses después el Coso me escribió un email en que relataba una y mil llamadas sin respuesta al número de Nazareth que yo mismo le había proporcionado. 

Los dos mentían. Yo sabía que habían pasado al menos un par de semanas juntos en el bosque en que vivía entonces el Coso.

¿Por qué lo sabía? ¿Qué me hacía sospechar que el encuentro se produjo con dolorosas consecuencias para ambos? Fueron muchas las razones que me invitaron a pensar que estuvieron viviendo juntos durante ese mes. En una ocasión, Nazareth colgó una foto de lo que parecía un camino por en medio de un bosque en una conocida red social de internet. Sí, podría ser un bosque en cualquier lugar del mundo, pero la foto era muy parecida a las que colgaba el Coso, un camino con árboles a los lados cuyas ramas se unían formando una especie de túnel sobre el sendero. Sí, es cierto, el bosque en el que vivió mi amigo no es el único bosque inglés, pero aquella foto desapareció ante un comentario sin maldad de una amiga común que decía Hala, zorra, ¿dónde estás?

Fue a partir de aquella desaparición cuando empecé a dejar volar a mi fantasía. Imaginé el primer encuentro en una estación de autobús o de tren, los dos mirándose a lo lejos, dudando ¿es él?, ¿es ella?, hola, no estaba seguro de que fueras tú, hace mucho que no nos vemos. Sí, mas o menos desde el cumpleaños de Cataratas. ¡Sí, es cierto! Viniste acompañada por alguien... un tipo rubio, alto. Sí, Jota. Era mi novio, hace años que no estamos juntos. Él cogería alguna de sus bolsas haciéndose el caballero, pero a ella eso ni le gustaba ni le llamaba la atención en un hombre. ¡Vamos, tenemos que subirnos a un bus hasta mi pueblo y tenemos solo diez minutos para llegar a la parada!

Y qué haces por aquí, qué estudiaste, por qué Inglaterra, están las cosas tan mal por allí, ¿fumas?, me gusta tu pelo, a mí tus ojos, qué manos mas suaves, las tuyas sin embargo están secas y agrietadas, ahora te enseño donde curro, ¿te gusta la cerveza amarga?, me gustas mas tú pero que no se entere Boa, qué tendrá él que decir, no lo sé, soy vegetariana, yo no.

Y así, sin quererlo, una noche uno de los dos tocaría la puerta del otro o quizá se escondería furtivamente como el cazador espera a su presa entre las sábanas del otro durante horas hasta sorprenderle. Y se amarían profundamente una y otra vez, y otra, y otra. Noche tras noche hasta alcanzar las madrugadas, y después a la hora de comer, y en la siesta los fines de semana, y en los baños de los pubs si salían a emborracharse, y en las terrazas de los restaurantes, y en el asiento de atrás de un coche de alquiler. Hasta que un día, en la cúspide, Nazareth le diría Llámame Nazi. ¿Qué? inquiriría el Coso incrédulo ¿Que te llame qué? Nazi, llámame Nazi. Y claro, conociendo a el Coso aquella era una historia imposible. Se terminó el rubor. Se terminó la magia. Y Nazi huyó del bosque.

jueves, 4 de agosto de 2011

El personaje (o La butaca) y III

III. La huérfana butaca (o no elegir bien los títulos y subtítulos)


Pero súbitamente, cuando ya había perdido toda esperanza de que un cuerpo ocupase la huérfana butaca, cuando estoy absolutamente abstraido en las anécdotas que cuenta don Mario y me dispongo a declararme su discípulo así le arranque la oreja a simones o judases, unas piernas colgando de un cuerpo ocupan el lugar abandonado. Son, eran, unas piernas hermosas y largas, femeninas; unas piernas que deliberadamente se cruzan al ritmo contrario que las de don Mario y todos sus discípulos, entre los que, felizmente, por supuesto, me encuentro. Así que me molesta el acto de rebeldía como si fuera propio, como si esas piernas insurgentes me estuviesen declarando la guerra a mí, únicamente a mí, y voy levantando mi vista con intención de decirle cuatro cosas bien dichas a la señora o señorita ¡Es que no sabe usted que cuando el maestro se atusa el pelo la pierna izquierda se superpone a la derecha! ¡Y que cuando se arrasca la cara es al revés! ¡Por dios! ¡Que hay que venir de casa con su obra leida!

Mis ojos suben por sus piernas, alcanzan su falda y su camisa, y se entretienen con su pechos, se estancan en su cuello, y cuando pasan la frontera que es su barbilla observan sus ojos brillantes observando al maestro. ¡Dios mío, es la mujer más hermosa que he visto en mi vida! ¡Don Mario! Grito, abandono, no le seguiré más, ahora cruzaré las piernas al ritmo que me mande esta señorita. Por alguna extraña razón las ganas de regañarla se esfuman. Y la observo, absorto y babeante, y un gran charco de esputos se forma en el piso, y mis pies en rebeldía chapotean.

Apenas tardaron 6 segundos en aparecer dos señores de gris con unos palos atados a la cintura que venían a buscarme; me echaron de allí sin golpes, sin empujones, y sin darme ninguna razón por ello. Pero lo peor de todo fue que no me dijeran quién era aquella señorita.

Desde entonces vivo en la puerta del edificio en el cual en la última planta hay un salón en el que un día estuvo don Mario. Duermo entre cartones que el mismo Andrés Herrera, o lanada, envidiaría. Hay muchos eventos, grandes reuniones con personajes famosos, artistas, toreros, modelos, damas de clase alta, políticos, empresarios. Todos me conocen ya, y me saludan por mi nombre, incluso los porteros y los seguratas me conocen, y me traen algo de bollería y un café con leche cada tarde, alrededor de las seis. A veces, me encabrono y quiero entrar, tengo la curiosidad ¡qué coño curiosidad! Es mucho más... ¡has perdido la cabeza! de saber si volverá a aparecer la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Pero, obviamente, nunca me dejan entrar, están todos enamorados de ella y tienen miedo, no sea que la vaya a raptar.

No necesité mucho tiempo para darme cuenta de que necesitaba la ayuda de Andrés Herrera para sacar a el coso de allí. Desgraciadamente la nada no atendía al teléfono; tardé casi una semana en dar con él, aunque cuando lo hice, he de decir, vino presto a buscar al coso. Sobra decir que nos lo llevamos por la fuerza, la oratoria de Andrés, que es escasa, no funcionó; no logramos engañarle así que no hubo más remedio que agarrarle de brazos y piernas, golpearle repetidas veces en el hígado y los riñones y precipitarle al coche de Mateo Lorenzo, que siempre está para arrimar el hombro, que esperaba en ralentí frente a la acera.

El coso está bien, no preocuparse; está en casa, encerrado en su habitación, al parecer. Su madre dice que tiene fiebres y no nos deja subir a verlo, dice que el médico ha dicho que nada de visitas, y menos de los amigotes, que siempre son mala influencia. ¡Acabáramos!

miércoles, 27 de julio de 2011

El personaje (o La butaca) II

II. Presentación del salón y baile.

En mi crecimiento, ¡lo has dicho como si en algún momento se dejase de crecer, sigo creciendo ahora, carajo! he tenido serios problemas con él. No han sido, estos problemas, mas que dilemas internos que sencillamente se pueden resumir en dos palabras: tengo prejuicios. ¡Qué novedad! Pues claro que tienes prejuicios. ¿Quién mierda te crees que eres? Por un lado me apasionaba su manera de narrar, de transportarme con dos frases a la selva amazónica o a un internado militar, pero por otro lado un prurito nacía en mi espalda cada vez que le oía hablar de cómo solucionar los problemas de su país de nacimiento, los obstáculos de América Latina, o las dificultades de su país de acogida. Políticamente estábamos, y estamos, muy lejos. Reconozco que tiene él una formación mayor que la mía, sí, seguramente... y seguramente también aunque dirás probablemente probablemente tenga mejores razones que las mías y, por supuesto, mayor discernimiento. Son asuntos estos que no me preocupan en absoluto. Pues algún día, al mismo ritmo en que yo adquiera esos valores iré perdiendo la pasión, la vehemencia y la creencia irracional en mis palabras por el simple hecho de que son las mías. Y, sobre todo, perderé también las ganas de incordiar por el simple placer de incordiar, porque llamar la atención ha sido y es la única oportunidad que tengo de participar en unos Juegos Olímpicos, siempre y cuando aprueben la propuesta que hice al COI con las 3 millones de firmas adjuntas, reunidas a lo largo y ancho del planeta con el fin de declarar el nudismo espontáneo en los recintos deportivos como lo que es: el más grande espectáculo que puede verse hoy en día. Estaremos todos y ninguno de nosotros de acuerdo en que un Madríbarça no vale doscientos euros. Sin embargo, ver saltar al campo a Jimmi Jump con barretina, mientras los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado resbalan, ridículos, al tratar de atraparle los vale. ¡Pues claro que los vale!

Pero no era, no es, Jimmi Jump a quien fui yo a ver aquella tarde, sino al último premio Nobel de Literatura. Sí, don Mario. Don Mario serio, don Mario atusándose el flequillo, don Mario cruzando las piernas, don Mario escuchando con atención, don Mario conversando, don Mario agarrado del brazo de su esposa, don Mario con el brazo encima del hombro de un amigo, don Mario apoyando a Ollanta Humala. Don Mario, el elegante don Mario, respirando a menos de diez metros de mi butaca, y mi butaca entre una orgía de butacas, y cabezas, y cuerpos con dos piernas que se cruzan cada vez que cruza don Mario sus piernas. Yo estoy, estuve, absorto lo reconozco, con sus palabras. Tanto que apenas me percato que tengo a mi lado, sentado con las piernas cruzadas igual que yo, igual que todo el salón, igual que don Mario, a uno de los más importantes editores del país de adopción de don Mario, que es el mío. Le miro de repente porque me resulta familiar, no le reconozco, caigo en la cuenta de su nombre cuando otro escritor, de cierta fama y que me cae mejor que don Mario pese a que no es ni tan bueno, ni tan alto, ni con el cráneo tan poblado como don Mario, aterriza en el salón y llamándole por su nombre le dice ¡Qué alegría verte! No te esperaba. Y se me queda la carita de tonto habitual; sí, esa de estoy aquí en medio y no tengo la más mínima idea de por qué. El editor pierde el interés a los veinte minutos de comenzar el acto y se va, sin hacer ruido, a un señor así no le hace falta decir adiós para que todo el mundo sepa que se marcha. El asiento queda vacío unos minutos y yo me inquieto, me faltan unas piernas cruzadas a mi derecha, me falta un cuerpo a mi lado respirando discontinuamente, un cuerpo que deje escapar gases sin justificarse ¡Que se jodan todos esos pelotas que vienen a cruzar las piernas al ritmo en que lo hace don Mario! La pierna izquierda sobre la derecha si se retoca el flequillo, la derecha sobre la izquierda si se arrasca en la mejilla.

lunes, 25 de julio de 2011

El personaje (o La butaca) I

I. Presentación del personaje.

No me gusta hablar solo porque siempre me contesto ordinarieces. No me gusta lavarme la cara y despojar a mis ojos de legañas. Me enerva mirarme en el espejo del baño y recitarme un texto apocalíptico, señalando con el índice esta pánfila cara reflejada. No obstante, no encuentro remedio a este ataque de histerismo diario ausente de histeria, y plagado de luces y focos que imagino colgados del techo necesitado de una mano de pintura última. Me enerva, y por eso tirito. Unos dicen que es el pehachecé del jabón que se cuela en las cuencas de mis ojos lo que los irrita, sin embargo, ya en lo más superfluo de mi piel cuarteada y seca reconozco que no es así; no tiene, pues, sentido profundizar, pero lo haré: Me consta que la razón de las lágrimas que brotan y caen en cascada por mis mejillas está únicamente en el convulso cerebro que he ido educando, a lo largo de estos años, como si fuera esta viscera un ordenador desfasado y casi inútil cuya memoria vale sólo para recordarnos aquellos marcianitos, comecocos, lemmings, o simuladores de deportes a los que jugábamos impulsivamente. Siempre en solitario, contra la máquina decíamos aporreando compulsivamente la barra espaciadora del teclado; como abuela con azotador.

Se nubla la vista y no hay vapor en el aseo, miro a ambos lados porque mi imagen en la pared vidriosa me yerve las tripas. Excitado, busco mi doblez diaria, y así, al fin, fraccionado, aparece el coso con aire distraido, tarareando mmm mmm mmm mmm de Crash Test Dummies: Once there was this kid who got into an accident and couldn't come to school... Con intención de contarme alguna de sus anécdotas inacabables.

No hace mucho más de dos meses que fui a ver de cerca a un personaje al que admiro pero que no me resulta simpático. Le llamo personaje porque considero que todo aquel al que sólo alcanzo a ver en los medios, ya sean impresos o audiovisuales, son parte de la mentira mediática que asola este y otros muchos paises del mundo. Todos. Lo llamo personaje porque si no le conozco, si no he hablado con él o al menos he oido su dulce tonada en vivo, no existe.


Pero no es este un personaje normal, no es el protagonista de la última serie televisiva de moda sobre adolescentes incapaces de hacer un gallito al hablar, porque pasaron esa desorientada etapa entre despistes, embustes y juegos adultos, diez o quince años atrás. Llevo años siguiéndole, pero no como la exmiss y exmodelo. Te explico: Yo sí he leido su obra. No toda, no te voy a engañar, pero sí me he permitido el lujo de vivir en alguno de los mundos que ha creado. Llevo años siguiéndole, esperando la oportunidad de estar en el mismo salón que él y decirle: Disculpe maestro... y cualquier pavada que se me ocurra; que si fírmeme aquí si es tan amable, que si definitivamente su novela no va de perros, que si apártate que te aúllo, que si mantiene usted un pelazo estupendo, que si de aquellos polvos, estos lodos.

Reflexiona: quizá llamarle personaje sea demasiado... definitivamente me hace falta más vocabulario.

martes, 7 de junio de 2011

Cataratas y el quince eme IV

Por un lado está la falta de tiempo, por mucho que seamos dos el día mide 24 horas, no hay más. Por otro lado está la falta de ganas: las ganas de sentarse a escribir, las ganas de acercarse a Sol todos los días, las ganas de achicharrarse bajo el sol de Sol y con razón me dicen que no estoy lo suficientemente comprometido con las causas que predico. Y, por último, está el tercer cateto de este triángulo equilátero: Cataratas empezaba a repetirse cada día que le veía por el kilómetro cero.

Este parlamento que sigue es, básicamente, lo que piensa Cataratas. Con él quiero poner fin a esto. Sol me desborda, lo apoyo, lo sigo con ilusión e, incluso, participo. Pero es una ola que no se puede frenar y a la que yo no puedo dar voz desde aquí. Sobre todo porque esto es una ficción, como todo lo que vertimos, el coso y un servidor, en esta palangana trespuntocero.

Entonces, Cataratas dice que Todo esto es tan ilusionante que, en ocasiones se me cae alguna lágrima al vernos en televisión, al ver a los compas de Barcelona, al ver todas las acampadas en las plazas españolas, europeas y latinoamericanas... pero también me yerve la sangre al ver cómo los políticos responsables de esto están tenientes, al ver que los banqueros miran para otro lado y mantienen su impunidad, al ver que los señores de bien miraron y miran con buenos ojos las revueltas en la otra orilla del Mediterráneo y no le dan importancia a lo que está pasando en su propio país. Porque, no nos engañemos, el país pertenece a estos señores encorbatados y ciegos, y no al pueblo... pero eso va a cambiar, está cambiando. Ya sabes, Boa, que si por mi fuera el movimiento estaría más cargado de ideales políticos... poco a poco esto va tomando forma, no lo voy a negar, pero si por mi fuera... Si por mi fuera estaría pidiendo la abolición de la monarquía, no me gusta que pidamos el fin de los privilegios de banqueros y políticos y no el de un rey que puso un señor bajito con bigote y mala leche. Un señor descaradamente afeminado y monotesticular que se vanagloriaba de su hombría y de salvar a España. Pues mira tú como al final es el pueblo el que tiene que salvarse a sí mismo.

Y esto es precisamente uno de los puntos del movimiento que no me gustan: su españolismo. Es cierto que el movimiento se propaga allende las fronteras del estado pero en su inicio, quizá por modestia, no estaba previsto iluminar al mundo como se está haciendo. Intuyo que el internacionalismo que está adquiriendo tiene más que ver con iniciativas propias de españolitos indignados que viven en el extranjero, y no creen que sea posible volver a su país de origen, y la adhesión improvisada y eventual de indignados nacionales. Y entonces le interrumpo ¿Insinúas que aquí el movimiento ha estado orquestado por alguien en la sombra? Y me contesta casi antes de que termine de expresarle mi duda Para nada, si todo esto hubiese sido promovido por alguien o algo no habría tenido el éxito que está teniendo. Por cierto, gran parte de ese éxito tiene que ver con que no es una revolución. Se trata de tomar medidas revisionistas. Y ese es el otro punto que no me gusta del movimiento, aquí lo que hace falta es una revolución, no hablo de tomar el Palacio de Invierno con la fuerza, hablo de tomarlo con la razón.

Y se hace un momento de silencio, Cataratas se seca la frente de sudor con un pañuelo que le presta su chica, una jóven que ha conocido gracias a todo esto, y de la que me dice en susurros que puede llegar a enamorarse.

Por supuesto que hay cosas de esto que sí me gustan, estamos demostrando que no hace falta la violencia para hacernos escuchar. Estamos demostrando que sólo estábamos dormidos. Estamos trabajando para terminar de una vez por todas con la Transición que dejaron a medias nuestros mayores. Probablemente nuestros hijos tendrán que terminar nuestro trabajo, pero nosotros tenemos que avanzar todo lo que podamos. Sin embargo... como te decía, Boa, falta mucho trabajo por hacer. Se oyen cosas muy raras dentro y fuera de Sol, gran parte de la sociedad está en contra de Sol, y eso es estar en contra de la sociedad misma, es estar a favor de mantener el orden establecido. Se oyen voces extrañas hablar de asuntos que no han pensado antes, se nota que no hay gran recapacitación en muchos de los argumentos de los tertulianos, ya sean de televisión, de salón, o de tasca. Pero también se oyen argumentos vacíos dentro de las asambleas, gentes que buscan el aplauso, ese minutito en el que sentirse un Fidel con el poder de la oratoria, materia que jamás estudiaron, por cierto.

Es uno de los grandes problemas de este país, de esta sociedad parcialmente enferma: No hay formación política. Te lo diré de otro modo: a tí te gusta la música asiento te gustan muchos estilos musicales, te gusta el rock and roll, el hip hop, el blues, el jazz, el flamenco, la bossa nova, el reggea, no sé, te gustan muchos estilos diferentes pero... ¿te consideras un experto en todas ellas? ¡Por supuesto que no! contesto ¿te consideras experto en alguna de ellas? ¡No! vuelvo a contestar. Pero te gusta la música, realmente disfrutas de escuchar música y es posible que no concibas el día a día sin oir al menos una canción. Se calla un momento, vuelve a limpiarse la frente y aprovecho Entiendo lo que dices. Creo que sé a dónde quieres llegar. ¿Tocas algún instrumento? me pregunta ¿Sabes solfeo? niego con la cabeza ¿Entonces, por qué hablas de música como si fueras una personalidad en la materia? No, no lo hago vuelvo a negar. ¡Exacto! grita excitado No lo haces, y sin embargo si hablamos de política nos enervamos todos y defendemos posturas indefendibles que no mantendríamos si tuviéramos una formación política adecuada. Este es el mayor problema de este país: la educación aborregante, y estamos aquí dando pasos para solucionarlo.

Sin embargo, y con todo esto, Cataratas dice que no se va a bajar de este burro, ha hecho un duro ejercicio de consenso consigo mismo, y está encantado de sentarse al lado de compañeros que no piensan lo mismo que él, demostrando la madurez y el compromiso social del movimiento. Y cuando se decida en asamblea abandonar Sol, apoyará al movimiento en los barrios porque, según dice, es la continuidad lógica del movimiento. Y yo estoy de acuerdo.

Salud, compas!

P.D.: Pese a las reminiscencias franquistas que nos trae el dichoso nombre, el movimiento vencerá, porque este es un movimiento real y popular, no como aquél. Termina diciendo el punki.

domingo, 22 de mayo de 2011

Cataratas y el quince eme III

El jueves volví a ver a Cataratas. Fue tarde, alrededor de las 4 de la mañana. Me acerqué a Sol sin móvil, lo cual me dificultó encontrar a muchos amigos y conocidos que sabía que andarían por ahí. Pensándolo bien no andaban mucho, el tránsito por la plaza del kilómetro cero resultaba imposible dada la altísima afluencia de gente.
El jueves hubo muchísima más gente que el miércoles, y el miércoles más que el martes, aún no sabía que conforme irían pasando los días las visitas a Sol crecerían más y más. Quedé ojiplático al oír a un organizador decir por megafonía hoy somos demasiados, pero rápidamente se corrigió Compañeros, compañeras, nunca somos demasiados, simplemente estamos desbordados. Hoy somos muchos más que ayer.

La cuestión es que me encontré tarde al punki, iba deambulando por los alrededores de la bocacalle de Alcalá, más o menos a unos diez metros de donde reubicaron hace poco la estatua del oso y el madroño, cabizbajo y pateando latas de cerveza que luego recogía ¿Qué haces, tú? Saludé como saludamos los callejeros. ¡Coño, Boa! Pensaba que hoy no te iba a ver. Pues nada aquí, que me he juntado a la comisión de limpieza y ¡joder! Esto parece un puto botellón. Yo entiendo que te bebas un par de birras, o seis pero ¡hostias! venirte a hacer botellón con tu botella de güisqui, tu refresco, tus hielos y tu jodido jersey colgado en los hombros, aprovechando que hay una concentración, para irte a la puta discoteca de pijos de la calle Arenal... no me cabe en la cabeza. Mañana saldrá en la caverna mediática que aquí no hay una revolución sino un botellón.
En ese momento, un ciudadano bangladeshí nos roza las caras con una lata de cerveza ¿Cerveza? No, gracias dice Cataratas. Pues yo no te voy a engañar pero... me he tomado lo menos siete cervezas. ¿Y qué? Me dice Pues claro que te has tomado siete ¡qué más da! En este caso lo que me jode es que he oido a un par meterse con ellos. Y en esta revolución no puede haber xenofobia, no hay cabida para el racismo o la homofobia. Todos podemos aportar, todos aportamos. Y sin duda ninguna necesitamos a los inmigrantes para que este movimiento concluya positivamente.

Seguimos hablando durante, al menos, veinte minutos, pero me dijo que no contase más que lo reflejado hasta ahora. Sí puedo decir que me dió la sensación de que cada día está más comprometido con el movimiento, así lo dicen, así lo decimos. Pese a que vengan con el nombre reminiscencias del franquismo.

Cuando llegué a casa miré el móvil, tenía muchas llamadas perdidas y tres mensajes. Uno de ellos, el último que había recibido era de Cataratas: x cierto, sabes q la junta electoral dice q el sábado la concentración es ilegal?

Sí, lo sé, mñn t veo
contesté.

Cataratas y el quince eme II

Si hay alguien que me lea (nos lea) y que no sea amigo de el coso o de un servidor se habrá dado cuenta ya de la poca palabra que tengo. Dice mi psicoanalista que es debido a que me autoimpongo una serie de deberes que yo mismo sé de antemano que no soy capaz de cumplir. Trataré hoy de cumplir, sin atender a recursos estilísticos, la promesa que hice en la anterior entrada.

Parafraseando a Fray Luis de León diré que decíamos ayer que el punki sin cresta, en el alborozo y la algazara de las concentraciones en la Puerta del Sol, me pedía que contase en este humildísimo y bipolar blog sus disertaciones, siempre y cuando estas fuesen recibidas de primera mano y cara a cara.

El miércoles 18 me volví a encontrar a Cataratas con su uniforme de gala, pantalón de cuadros y una camiseta sin mangas. Para picarle le comenté que todo era una chapuza y que había mucha fiesta y poca política. Más o menos eso era lo que me había dicho el día anterior. ¡Vamos, no jodas! me dijo Se trata de una fiesta democrática, del derecho del pueblo soberano a pedir más libertades sociales, más participación ciudadana, mayor protagonismo del pueblo en los obsoletos engranajes democráticos españoles. A estos me inquirió señalando a un pureta y a los medios se les llena la boca diciendo lo ejemplar que fue la Transición. ¡Una mierda ejemplar! Un pan como unas hostias es lo que hicieron. Una chapuza que nos han colado por el aro y nos hemos callado, hemos estado apollardados treinta años... Está claro que estamos mejor ahora que con el dictador, pero no estamos bien. No, no lo estamos. Si te soy sincero, Boa, yo vengo por inercia, estoy asistiendo a las asambleas, a todos los grupitos que se están formando pero... no sé si hay alguien detrás, y si alguien no sé quién es.

jueves, 19 de mayo de 2011

Cataratas y el quince eme

Ayer, en realidad fue el diecisiete de mayo, me encontré a mi amigo Cataratas en la Puerta del Sol gritando todo tipo de improperios justificadísimos contra el sistema. El punki, que lleva diez años sin leer un periódico, ha sido capaz de entender por qué la juventud ha salido a la calle. Él mismo me decía ¡Cómo no puede, esa gente leída, ver lo necesario de unos mínimos cambios. Cómo no pueden ver que el sistema ha fracasado y que hay que transformarlo!
Sin embargo, su actitud no era la actitud festiva que suele tener en este tipo de saraos. Hay algo que no te convence ¿verdad? Pregunté. Pues sí, Boa, me faltan fundamentos. Esta no es mi revolución, no es la revolución que necesitamos, no es por la que tanto luché, lucho y lucharé, no hundiremos al capitalismo con una acampada comenzó ¡Hombre! Algo es algo Interrumpí ¡Por supuesto! Por eso estoy aquí, aunque pienso que los discursos de estos tipos están vacíos, que no han tenido la formación política necesaria para llevar a cabo la revolución. Su posición es legítima, y yo voy a participar, me adheriré a cualquier decisión que tomen sus asambleas. ¿Sabes por qué? Porque estos son de verdad el pueblo, apolítico, guerrero y festivo. En fin, tú... que me voy a ver a los de xxxxx, luego te veo por aquí, o mañana, o pasado, porque esto va para largo. Y desapareció entre la gente.

A los diez minutos volvió y me dijo No te importará escribir lo que te he dicho en el coso bipolar. Por supuesto que no contesté.

Ayer, y esta vez ayer sí fue ayer, le volví a ver pero trataré de contaros mañana que fue lo que me dijo. Ahora no tengo tiempo. Me voy a Sol.

martes, 29 de marzo de 2011

era nuestro reino, mi taifa

Hace ya cinco meses que no vivo en mi barrio. Es la primera vez que estoy fuera del manto familiar. Aunque no me he alejado mucho, vuelvo varias veces a la semana, con cualquier escusa estúpida, por el simple placer de pasear por esas calles que un día imaginé mi reino. ¿Mi reino? No, mi reino no, ¡mi taifa!

Vuelvo a mi taifa a menudo, y aunque sólo hace cinco meses que no habito en ella se me sugiere un lugar extraño, un pais extranjero que visité hace tiempo y que se me presenta ahora tan distinto que ya jamás volverá a pertenecerme sino es en mi retina, en el recuerdo de calles de tierra y balones de trapos. Sí, cuando yo era niño mi barrio era un barrio de posguerra en los años ochenta, una barriada lentamente asolada por el caballo. Los jóvenes desaparecieron poco a poco, tras sus sombras. Primero poblaban, como pueblan o invaden los zombis, el prado donde más tarde nos imaginaríamos peligrosísimos macarras. Y digo más tarde, porque en aquellos primeros años de la década de los ochenta el descampado estaba vetado. No tardé tanto como creo en comprender que no eran muertos vivientes sino mi primo mayor, el hermano de Cataratas, la hermanastra de Perico Abad, la hija del dueño del Linares... eran los jóvenes del barrio, no había que temer; sólo estaban enfermos, adictos a un caballo que por mucho que buscaba desde la ventana de mis padres, la única habitación que daba directamente al descampado, era incapaz de encontrar; mi madre en su sabiduría de madre lo solucionaba todo con No les mires, esos chicos han caido en la droga, si no quieres que te se lleve contigo no les mires. Nunca entendí si me iban a llevar los zombis, la droga, o el caballo fantasma. Así que un día, harto de espiar por la ventana, bajé a la droguería y pregunté por el caballo. La respuesta no pudo ser más tajante, aunque no me quedó muy clara, honestamente: Un bote de agua oxigenada que andaba empapelando la señá Dolores surcó la habitación golpeándome en la frente, abatiéndome y dejándome en el suelo hasta que un cubo de agua sobre mi cabeza logró despertarme. Tendría yo unos ocho años, los ochenta terminaban, los zombis caían a gran velocidad, huían de las patrullas vecinales, o terminaban en principio en la cárcel por trapichear y finalmente en el camposanto, ya que no hay peor lugar para quitarse de la droga que la cárcel lloraban las madres sufrientes y amatísimas.

Las patrullas vecinales las formaron los propios familiares de los zombis, las madres, hartas del expolio de sus cachorros, fueron las más belicosas e intransigentes con su propia sangre. Bien sabemos que llevaban el sufrimiento por dentro y por fuera, ya que jamás se quitaron el luto desde aquellos días. Gracias a ellas, a su lucha, se salvó la siguiente generación, según decían. Cuando lograron echar a todos los zombis del descampado, empezaron a limpiarlo todo, a sabiendas de que el ayuntamiento de birbam no se preocuparía por ellas; también comenzaron a acampar una noche a la semana en esas tierras que se habían llevado a sus hijos. Lo hicieron durante años, de primavera a invierno, sin importar si llovía, nevaba o hacía un calor del infierno. Y lentamente fueron cayendo también, por la edad, por la pena, por la gripe,... Nunca se supo quién introdujo el caballo en el barrio, unas culpaban al entonces presidente González, otras al comisario de policía que quiere acabar con nosotros, para él somos ratas gritaban las más plañideras. Nunca se supo, y pronto dejó de interesar. En realidad sólo interesó mientras duraron las madres.

Tan pronto las madres dejaron de ir al prado empezamos a ir nosotros. Recuerdo que los primeros días lo creíamos limpio, de vez en cuando encontrábamos alguna jeringuilla usada o una aguja huérfana, pero nos callábamos para no alarmar a nuestras madres. Nos colábamos a hurtadillas en el descampado, era evidente que nos veían deambular por allí, pero jurábamos y perjurábamos que el prado estaba limpio, y como nadie más que nosotros se atrevía a entrar... Sabíamos que en cuanto supieran de nuestros hallazgos nos prohibirían jugar allí, y nosotros no estábamos dispuestos a abandonar nuestro territorio, allí sólo entrábamos nosotros, y en alguna ocasión Vicky, si la invitábamos. Era nuestro reino, mi taifa. Estábamos realmente concienciados del daño que había causado la heroína en el barrio, éramos muy cuidadosos con todo instrumento que encontrábamos y relacionábamos con los zombis. Pero no estábamos preparados para ahuyentar otras drogas más blandas, y nos volvimos a esconder en el prado donde nos juntábamos a soñar que éramos peligrosísimos macarras. Sin embargo, esta vez, a mis dieciséis años, no se me ocurrió ir a comprar chocolate ni a la droguería ni a la tienda de dulces. Sabía dónde encontrarlo.

Nosotros fuimos a la escuela, nos criamos en unos hogares más estructurados que los de nuestros primos los zombis, pero caímos en trampas parecidas, igual que años antes nuestros padres tuvieron otras trampas que no supieron esquivar. Cada generación tiene sus cosas.

Ahora no queda más de un tercio del prado aquél en que soñábamos con ser mafiosos. Parece que estuvieran esperando a que me mudase para empezar la obra. Dicen que va a quedar así, para que los muchachos puedan jugar al fútbol, para que nunca se nos olvide aquella generación perdida. Para mi siempre será mi taifa, así construyan un centro comercial yo seré el dueño, el visir Boabdil.

(otro día os cuento sobre mis súbditos)

viernes, 11 de marzo de 2011

también nos bajamos los pantalones

Como dijo el Coso el otro día, ayer nos reunimos otra vez en la parroquia. Esta vez él y yo solos, a las 20.30 en la puerta del Linares me escribió, y pensé que parecía una película del oeste en la que no sabía si yo era el sheriff o el forajido malvado que roba las gallinas, siendo estas simpáticas pero estúpidas aves las mujeres inteligentísimas y preciosas que bailan en el saloon. No me dio la mano al encontrarnos, yo tampoco se la estreché a él. Dos botellines, pidió por mí. ¿Vamos a sentarnos a esa mesa? Aquí somos canción para oídos ajenos espetó, y cuando el Coso se pone así de metafórico más vale hacerle caso. ¡Chicos, aquí tenéis! dijo el párroco señalando un plato de alitas de pollo con salsa del infierno. Me levanté por el plato, que estaba ardiendo, y al sentarme comenzamos a hablar.
No puedo leer más. Lo siento. No puedo contar cómo fue la conversación, sí tengo permiso para decir que hubo reproches mutuos como si fuéramos una pareja a punto de romper. Hubo un momento especialmente tenso que el Coso os contará, al menos eso dijo. Pero no te creas, también nos bajamos los pantalones, nos declaramos amor eterno, pase lo que pase, nos lleve a donde nos lleve la vida y, por fin, tras la ingesta masiva de zumo de cebada me contó el ansiado asunto. Aquello que le había dicho la semana pasada a Cataratas cuando le encontró en la calle, y que tan tocado había dejado al punki. No tengo permiso para desvelarlo, supongo que él lo hará.
Nos marchamos del Linares sujetándonos espalda con espalda porque no nos encontramos los hombros ya que el párroco tenía que cerrar. Así que tuvimos que ir al bar del padre de Afano, que ya apenas se acordaba de nosotros, y si lo hacía disimulaba mejor que Fraga ante una bandera nacional con el pollo. En el camino cambiamos de tercio, y la conversación se fue hacia estas letras, no éstas precisamente sino las que hemos vomitado en los dos últimos años he perdido la cuenta ya en estos instrumentos dospuntocero que llaman blog. No decidimos saltarnos las reglas que redactamos al principio, aquellas sobre la confidencialidad de cada uno y el mínimo de entradas trimestrales de cada cual, pero sí vamos a ser más flexibles. No tiene sentido el eterno rebote de el Coso dadas mis increíbles aptitudes para hacer lo que me venga en gana.
He amanecido tarde hoy, con resaca y la ausencia de aquél dolor en el costado. Un alivio.

martes, 1 de marzo de 2011

reunión en la parroquia

Fue la semana pasada, no recuerdo el día exacto pero sí puedo decir cuál era el número de cervezas que me había bebido cuando Cataratas apareció. Hasta entonces estaba todo bien, no sé... normal... como siempre, supongo. A veces, cuando estoy con mis amigos en alguna parroquia pierdo la consciencia, no ya por la ingesta masiva de alcohol en tiempo récor sino porque la sola presencia simultanea de más de dos de estos bastardos sin corazón me embriaga. Habíamos terminado ya de ponernos al día cuando Cataratas apareció. Nos habíamos reido mucho con las historias que Sir Walter, que ha estado los tres últimos meses en Australia, nos contó, pero sobre todo nos desternillamos cuando Malo intentó ligar con dos rubias que mareaban huesos de aceituna en el cenicero, que aunque eran rubias no eran las dos jovencitas que él veía. Hecho éste que le ha ocurrido tantas veces que no por repetido nos deja de hacer gracia al grupete de hijos de puta que somos todos reunidos. Uno por uno no estáis mal decía años atrás Vicky pero cuando os juntáis no hay imbéciles como vosotros. Y como no le faltaba razón no se lo cuestionamos nunca.

Para ser sincero recuerdo bastante poco. Únicamente risas y más risas, provocadas por ese ansia de pasarlo bien a toda costa, ese ansia por exprimir cada segundo que pasásemos juntos esa tarde, conscientes de que esos ratos ocurren cada vez con menos frecuencia. Sí recuerdo a Andrés hablando de lo maravilloso que era montar en bicicleta por birbam, esgrimió unas razones buenísimas que soy incapaz de reproducir y que debió surtir efecto en el siempre presente empeño de Andrés por vencer y convencer ya que nos dedicamos a tirarle de la lengua con el fin de descubrir qué había detrás de que un día Andrés, el que espía los tejados, decidiera subirse a una bicicleta cochambrosa y pedalear hasta el centro de birbam. El otro día, pojemplo, tuve que í en metro, no sabeh lo que eh eso... ¡tú no sabeh lo que eh eso! Tío, que me voy ziempre a casa con un doló de guevoh quepaqué. Otra cosa no, pero como orador Andrés Herrera no tiene precio. Ejque no ze pué consentí eso ¿eh? ¡No se pué consentí! Decía Andrés o La Nada así como entredientes y a voz en grito al mismo tiempo. Una vergüenza, por un lao loh vagoneh tópetaoh, que no cabe un pene en vaso de tubo... dezpuéh lah niñah, que ca día están máh guapah, y ejque... ¡claro! Con esta jeta que me ha tocao a mí... ¿quién me ze va a quedá mirando? ¡Dime quién! ¡Claro, como vohotroh soih cada día máh niño pera! Bien vestiditoh, bah, la misma mierda que yo soih, la misma piel de mojón de perro soih. Desde las primeras melopeas Andrés solía perder el control de sus palabras cuando bebía. Como aquél día en que, semanas después de haber delatado al viejo Curruca, se fue al Linares y se tomó tres licores de yerba que vomitó según salía por la puerta en los pies del agente Fraile, al tiempo que acusaba al camarero y dueño del bar de haberle obligado a beberse una botella entera de licor. Por un lado tenía que hacerse el gallito, pero también tenía que justificarse ante el agente, que entró como un rayo al Linares a poner un poco de orden. En un principio multaron al dueño y se le sancionó sin poder abrir un tiempo por dar de beber a un menor de edad. Pero el padre de Andrés, que no quería problemas en el barrio, intercedió alegando que el niño era un embustero y un ladrón, que le había robado una botella y que se la había bebido en el prado. El padre de Andrés Herrera vivía por entonces cagado de miedo, no sabía que habia sido su propio hijo quien había delatado al viejo Curruca. Al parecer tenía sobradas sospechas para creer que el traidor había sido el dueño del Linares, que conocía el secreto del viejo y le había protegido durante años. Así que no es extraño que creyera que por culpa del torpe borrachín de su hijo fuese a dar con sus huesos a la sombra unos añitos. Estuvimos un tiempo sin ver a Andrés, y cuando volvió fue cuando empezó a mirar hacia arriba como si espiase los tejados de birbam. Después pasó tres meses de un verano trabajando en el Linares, intuyo que sin cobrar, pues según decía el propio Andrés sí que había robado una botella, pero no a su padre sino al Linares, y como ya he dicho el padre por miedo a ser delatado ofreció a su hijo como mano de obra al dueño del templo del barrio.

Marino y el Coso anduvieron hablando un buen rato en voz baja, algo separados del resto. En un momento en que Marino marchó al baño, el Coso se me acercó y me dijo Me voy, no aguanto más, Marino está cada día más brasas, y además tengo cosas que hacer. Pagó un par de rondas y se fue. Marino, como suele ser habitual, no se percató de su ausencia hasta que llegó Cataratas. Justo en el momento en que pedíamos la séptima ronda (lo reconozco, a partir de aquí perdí la cuenta).

La tarde ya era noche y como tal había cambiado. El grupo estaba cada vez más pesado, chillábamos más, babeábamos más ante la presencia de las niñas y empezamos a cantar, a gritar improperios a todo el que nos retaba con la mirada. Alguno incluso trató de desnudarse ante la mirada acusadora de una pareja de ancianas que bebía biterkas. Todos menos Cataratas, que miraba el fondo de una caña de cerveza esperando que el Nautilus emergiera de repente. Me acerqué al punki y pasándole un brazo por el hombro pregunté ¿Qué ocurre? Pensé que tenías ganas de vernos. A lo que contestó sin levantar la mirada Sí, sí que tenía ganas de veros, venía muy animado pero... mira, iré al grano, no te lo puedo contar todo pero... sí te voy a decir que me he encontrado con el Coso y no me ha gustado lo que me ha contado... ¿Pero qué te dijo? interrumpí, No te puedo decir nada, le he dado mi palabra, pero... simplemente no está cómodo. Y se hizo un breve silencio molesto como el goteo de un grifo en la noche Sí, yo ya me había dado cuenta... creo que se quiere volver a marchar de aquí, pero... ¡joder! No puede huir toda la vida. Cataratas me miró No es eso dijo, es más serio. Lo siento, no te puedo decir más. Dejó un billete de 10 euros sobre la barra y se marchó esbozando una sonrisa. No le dijo nada a nadie, los demás, un atajo de curdas, ni siquiera se percataron de su huida. Ya en la calle se dio media vuelta y me miró con complicidad, como implorándome a un tiempo que hablase con el Coso y que fuese discreto.

Aún no he hablado con él, no contesta al teléfono. Si soy sincero no recuerdo cuándo fue la última vez que hablé con él, no me refiero a hablar sobre fútbol, coches, literatura, cine, etcétera, sino sentarnos juntos, remover un café y mirarnos a los ojos, como antes. Pero tampoco recuerdo cuántas cañas nos tomamos aquella tarde, ni adónde fuimos después de salir del Linares (¿dónde pensaste que estábamos? De tal palo tal astilla, y ya que nos juntábamos qué mejor que hacerlo en el barrio, ¿no te parece?). Todavía me dura la resaca y un dolor en el costado que alguien me tendrá que explicar, aunque dudo mucho que cualquiera de estos cafres recuerde qué paso.

miércoles, 2 de febrero de 2011

el único niño consecuente

Ahora que se me supone adulto, que me imaginan hombre de fuertes convicciones horadadas en el hipotálamo con la pericia del alfarero. Ahora, sé que mi amigo Andres Herrera fue el único niño consecuente que conocí en mi vida. Cuando digo ahora quiero decir en este preciso instante, esta tarde de viernes de finales del mes de Enero, después del brusco chaparrón imprevisto regando el parcheado asfalto de birbam. Cuando digo el único niño, me refiero al niño que permanece alojado en el alma, si existiera, del supuesto adulto que es hoy Andrés Herrera mirando los tejados destilar límpidas gotas de lluvia sobre el parcheado asfalto de birbam. Y cuando digo mi vida hablo de lo único que conozco, de lo único por lo que alguna vez me interesé: yo, birbam, y el parcheado asfalto de birbam. Y no en ese orden precisamente.

Andrés decía, ante las carcajadas de unos y mientras los otros recogían del suelo los ojos atónitos que se les había salido de las órbitas y rodaban por el prado en que gastábamos el tiempo pateando un deshinchado tango blanquinegro, que el sueño de su vida era ser vagabundo. En realidad, todos lo deseábamos, pero solo Andrés era capaz de decirlo en alta voz, henchirse de orgullo como un pavo real y darse ínfulas de hidalgo hambriento del Lazarillo.

En realidad, no sé si todos compartíamos el descabellado sueño de Andrés. Solo puedo hablar por mí, y he de decir que yo sí, que espiaba al viejo Curruca desde mi ventana, que me soñaba aprendiendo de él el noble oficio, la carita de pena, el señora algo de comer haga el favó, ese escabullirse al bar Linares, ese hurgar en todas y cada una de las papeleras de lata que poblaban el barrio... Sí, yo quería ser mendigo, me imaginaba con un cartón de vino y cartel con un lema plagado de faltas de ortografía innecesarias, tirado en una esquina de una calle ancha, señorial, infestada de señoras luciendo abrigos de piel y periódicas permanentes en el cabello tan inapropiadamente rubio. No en el barrio, no, en el barrio no. Yo me iría al centro, como el padre de Andrés, sabía que allí era donde estaba el dinero, donde estaban las basílicas, las grandes iglesias, donde la mendicidad era un arte.

Andrés no lo sabía, o eso pensábamos los demás, pero su padre, efectivamente, iba todos los días al centro, se subía a un autobús y bajaba a un par de manzanas de una famosa iglesia de un barrio de esos en los que la gente anda con prisa todo el día y jamás mira a los lados. A ninguno nos importaba porque el padre de Andrés no bebía. De veras pedía para dar de comer a sus hijos y, aunque a veces Andrés pasaba más calamidades de las normales, como un águila se quitaba la comida de la boca para dársela a su aguiluchos. Jamás vi al viejo Andrés visitar el Linares, como sí hacía el viejo Curruca.

Andrés hablaba con Curruca a menudo y durante un tiempo creíamos que esas tonterías, más serias en él que en el resto de nosotros, de andar pidiendo limosna por ahí se las había cultivado Curruca. Unos decían que el Curruca era el padre de la madre de Andrés, osea su abuelo, y que la madre le descubrió robándole unos ahorillos al poco de mudarse al barrio, y que le había echado de su casa. Palabras. Otros, con más mala baba que otra cosa, decían que era el amante de la madre, sin saber muy bien qué era un amante. Palabras. Unos más allá sabían a ciencia cierta que el Curruca y el viejo Andrés habían sido socios años atrás, antes de llegar al barrio. Al parecer tuvieron en jaque a los grises, o a los nacionales o a yoquecoñoséhijomío que me decía mi padre, cauteloso, cada vez que le preguntaba, por una serie de asaltos que habían perpetrado en el sur del país y que el único refugio que habían encontrado era este barrio de mala estampa a las afueras de birbam. Las tres historias corrían de boca en boca por el barrio. Y la bocas que narraban una negaban las otras dos, sin saber que dos de ellas eran ciertas al mismo tiempo.

Poco tardó Afano en hacerse amigo del Curruca. Pero esa es otra historia.

Entonces, Andrés decía que quería ser mendigo y el descampado era su reino. En ocasiones no nos dejaba entrar en el prado, agarraba unos maderos, afilaba sus puntas, y nos amenazaba con metérnoslos por el ojete y sacárnoslos por la nariz como nos adentrásemos a ese campito que era suyo y solo suyo. ¡Como si nos fuesen a entrar todas esa estacas a un tiempo por el culo! Al rato se le pasaba y, más calmado, se quedaba embobado mirando al cielo.

El viejo Andrés enfermó un otoño y jamás volvió a salir de su casa. El mismo otoño, Andrés había empezado a ir a una instituto en el centro, o eso decía en el barrio. Pero un dia Sir Walter Bradbury de la Petanca y un servidor le seguimos. No llegábamos a creérnoslo. Bradbury tenía una moto destartalada de color naranja, una moto que hacía más ruido que velocidad alcanzaba,. Se la había comprado su padre a un chatarrero para que el niño pudiese hacerle los recados de la tienda, pero esa mañana no tenía muchas ganas de trabajar y como yo he sido siempre un vago redomado no le fue difícil convencerme de seguir al autobús en que Andrés se subía cada mañana para ir al instituto. Cuando llegamos a la que se suponía que era su parada nuestra presa no bajó, tampoco lo hizo en la siguiente parada ni en la siguiente, y en la siguiente tampoco, y así hasta la última parada estuvimos esperando sin suerte alguna. Nos cruzamos con él por casualidad en el camino de vuelta. Él, siempre tan despistado, no se percató de nuestra presencia, pero nosotros sí. Allí estaba, en la puerta principal de esa grandísima iglesia, con los ojos medio cerrados y la cara sucia. Nos sentamos uno a cada lado, pero no nos prestó atención. Sin duda llevaba en la sangre el oficio.

Por la tarde, cuando volvió al barrio, le contamos lo que había pasado esa mañana y él lo negó todo. Juraba que había asistido a clase, como todos los días, e incluso sacó de la mochila los libros y cuadernos con la lección del día. No supimos nunca quién le copiaba los apuntes y jamás nos interesó. Nos daba igual cómo se ganase la vida, no es asunto nuestro nos decíamos unos a otros. Pero un día llegó al barrio con el título. Había terminado el instituto e iba a seguir estudiando. Hoy mira a los tejados con esa pose chulesca que no puede evitar, con ese aire desenfadado y colgado de la parra que Eva lleva en la entrepierna. Hoy trabaja en una asociación que ayuda a los sin techo de un popular barrio del centro de birbam. A Bradbury y a mí nos gusta pensar que tuvimos algo que ver con su cambio, pero no es así.

Una noche, hace ya muchos años, cuando Andrés iba al instituto del centro de birbam, iba caminando por el barrio y alguien, luego se supo que el Curruca, lo tiró al suelo, lo apalizó y se quedó con el dinero que había recaudado ese día. Al parecer no volvió a mendigar. No porque un compañero le hubiese robado, sino porque había sido su propio abuelo. Una semana después el Curruca desapareció del barrio, y no volvió a dar señales de vida. Parece ser que la vieja historia de la orden de busca y captura contra él era cierta, y Andrés dió el chivatazo. Gracias a la recompensa pudo dejar de pedir en aquella grandísima iglesia del centro de birbam. Y así, Andrés Herrera, o la nada puede ir en bicicleta, vestir de azul marino en invierno, silbar si llueve y apuntar a los balcones con la barbilla.


jueves, 6 de enero de 2011

una camiseta blanca con hormigas

De niños Afano y Marino solían verse todos los miércoles por la tarde en el descampado. Solo ellos lo sabían, ninguno más estábamos invitados.

Una tarde del final de la primavera fui con mi padre al centro, a un gran almacén de esos que antes no había en los arrabales de birbam y que ahora brotan como níscalos tras las primeras lluvias del otoño. Al viejo le daba por comprarme algo de ropa elegante cada año por esas fechas. Que si un par de camisas que no estrenaba nunca, que si un pantaloncito corto y un polo con motivos marineros, que si unos naúticos. Siempre sospeché que quería que me cayesen más collejas que a Iker Jiménez en una convención de científicos. A veces me salía con la mía y me compraba un par de camisetas negras con dibujos de zoombies que pretendían ser terroríficos emergiendo de criptas abiertas. Recuerdo que un día, al volver del suplicio de ir de compras con papá, llegué a casa histérico, corrí por el pasillo hacia el cuartito de la cocina buscando la caja de la costura de mamá para tomar prestadas, y a escondidas, las tijeras de hojas puntiagudas. Empecé a sudar inmediatamente, un sudor frío cayendo lentamente por mi espalda, sorteando las escuálidas vertebras de mi escuchimizado cuerpo hasta toparse con la rabadilla y gotearme como una estalactita en los calzoncillos abanderado que mi padre me había comprado precisamente un año antes, el año que no quiso comprarme una camiseta blanca con hormigas. Corrí de nuevo por el pasillo en dirección a mi habitación. Cerré la puerta de un portazo y suspiré con el cogote apoyado en la misma. Un cuarto de hora más tarde, no creo que me demorara mucho más, aparecí en el vestíbulo con la intención de bajar a la calle para jugar con los colegas Papá... que me voy grité, y al tiempo dí un respingo al sentir la voz ronca de mi padre retumbarme entre las costillas y el esternón, desde mi espalda ¿Qué cojones has hecho, desgraciado? Y me soltó un soplamocos que me devolvió a mi habitación resbalando por el pasillo mientras pensaba que si mi padre le hubiese dado un azote en el culo a Carl Lewis en posición de preparadoslistosya! ni con toda la droga del mundo habría sido batido por el simpático canadiense Ben Johnson ¿A quién se le ocurre cortarle por la mitad las perneras al pantalón? Hijo mío eres un ridículo y un imbécil, y no por ese orden. A mí el orden me importaba una mierda, aún no había alcanzado a comprender las propiedades matemáticas, y no tenía gran interés en dominar la materia. Lo único que tenía claro era que, de cualquiera de las maneras, me iban a caer unas cuantas collejas todos los años a finales de junio, en casa o en la calle, y el orden me la sudaba, solo me preocupaba esquivarlas.

Aquel día no conseguí salir a jugar a la calle. Pero pocos días después bajé al descampado, y por casualidad era miércoles por la tarde, justo a la hora en que Afano y Marino solían verse. Creo recordar (no, no lo creo, lo recuerdo perfectamente, pero quería darme esa licencia) que bajé enfadado, huyendo de casa. Me había hecho un pequeño hatillo provisto de un pantalón vaquero y un abrigo para el invierno. No pensé en nada más que ¿y en la calle voy a vivir con el frío que hace en enero? Aparecí caminando con la cabeza gacha, con la cara sucia y bañada en lágrimas, tropezando con cada piedra, deambulando sin rumbo, nervioso, no, nervioso no, estaba acojonado, cagadito de miedo. Tanto como el hijo de un amigo extranjero que se convirtió al judaismo y que solo entendió, al ver que le bajaban los pantalones, por qué los demás le mirábamos con carita de pena y le mesábamos la cabeza cuando se hablaba de la circuncisión.

Boa, Boaaaa
me gritaron mis amigos cuando pasaba a escasos cinco metros de ellos sin percatarme de su presencia ¿tas flipao o qué? ¿ande vas, chaval? Me sequé las lágrimas rápidamente, de espaldas, tomando todas las precauciones posibles para no ser descubierto. A esas edades toda tu reputación, por mucho que te estés escapando de casa, se puede ir al garete con una lagrimita de nada. Aún con el moquillo colgando en la nariz y voz nasal saludé ¿Qué pasa, tíos? con un gallito que alargaba la i de tíos. Me miraron de arriba a abajo, y extrañados me preguntaron qué me ocurría. Hablamos un buen rato sobre los padres de cada cual, yo tenía un berrinche realmente dramático, pero ahora me río al recordarlo porque precisamente eso es lo que no consigo: recordar por qué discutí con mi padre aquella tarde. Afano, al ver que no me animaba, sacó tras de sí una bolsa llena de lapiceros de colores, rotuladores de punta fina, gomas de borrar, cuadernos, rotuladores de punta gorda con los que más tarde empezaríamos a pintarrajear todos los muros del barrio, botes de colonia, camisetas y hasta un pajaro de madera o de plástico que movía la cabeza como si comiese alpiste de la mano de Marino. ¿De dónde sacasteis todo esto? ¿Habéis robado un banco? ¿Estafasteis a una congregación religiosa? ¿O es que habéis encontrado un tesoro escondido? Pregunté excitadísimo ante las carcajadas de mis dos amigos. Los muy guasones estuvieron retorciéndose en el suelo un buen rato hasta que, más calmados, me contaron de qué se trataba. Reconozco que yo también me arrastré por aquél barrizal arcilloso y seco al darme cuenta de la sarta de gilipolleces que había preguntado. Las más grandes me las guardo, aunque de vez en cuando a alguno de los dos le viene a la cabeza alguna de las dichosas preguntitas y se burlan de mí en secreto, mientras los demás se ríen también y preguntan ¿Eso de qué peli es, tío? Una vez empezaron los primeros avisos de agujetas en el estómago se calmaron y me contaron a qué se habían estado dedicando cada miércoles por la tarde mientras los demás íbamos a jugar al fútbol en el patio del colegio.

Hace unos meses te hablé de Afano y de cómo fue mi primer contacto con el hampa. Aquella historia, aunque real, no es del todo verdad. Fue aquél miércoles por la tarde en que yo trataba de huir de la casa de mis padres, aquella tarde en que me encontré a Afano y Marino en el descampado y croqueteaban en el suelo por mis ocurrencias, aquella tarde en que me contaron el mayor secreto que tenían de niños cuando descubrí que no hacía falta pagar para tener. Mis amigos eran un par de raterillos, dos descuideros, dos chorizos, dos ladronzuelos de poca monta que no se podían resistir a no llevarse aunque fuera una lata de cualquier refresco cuando entraban en un ultramarinos. Robaban para sentirse importantes, no revendían nunca el material, en ocasiones lo regalaban pero, generalmente, se morían de asco o de risa en un agujero que habían cavado en el descampado, precisamente donde estuvimos charlando aquella tarde en que me hice un ridículo hatillo y pretendí huir a algun país lejano.

Me he acordado hoy de ese día porque de repente, como un tartazo en la cara de esos que luego relames con gusto los restos que han quedado en las mejillas, he echado de menos una camiseta blanca con el dibujo de una fila de hormigas rojas atacando los restos de un sandwich donde se podía leer Life´s a Picnic que mi padre no me quiso comprar pero que, guiños del destino, conseguí un día que le pregunté a Afano y Marino un montón de sandeces mientras ellos se retorcían en el suelo. Aquella camiseta blanca con hormigas me la dieron ellos aquél día, la habían choriceado en un gran almacén. Toma esta camiseta, es para tí, ya que te vas supongo que necesitarás ropa me dijo Afano. Sí, toma esta también dijo Marino quitándose una camiseta negra con mil agujeritos de esos para que transpire la piel ¿A tí te gusta el basket, verdad? Te vendrá bien este verano, con tanto agujero tiene que ser fresquita. Les agradecí el detalle, creo. Nos chocamos las manos, por entonces los abrazos nos parecían afeminados, y me dí media vuelta con la intención de seguir mi viaje. A la mañana siguiente nos vimos en clase. Jamás me preguntaron por las camisetas pese a que me veían lucirlas con mucha asiduidad. Sabían que su secreto estaba a salvo conmigo, podían confiar en mí y yo en ellos.

Durante años vestí esa horrible camiseta negra con agujeros mientras todo el mundo me decía lo bien que tenía que ir yo con esa camiseta, así, tan fresca, con el calor que hace sin percartarse de que la camiseta era negra ¡Negra! Que no había dios que pudiese hacer deporte con ella, que los sobacos me empezaban a sudar a mares solo de verla doblada en el armario. La camiseta blanca con hormigas me la robaron una noche. Una putada. Olvidé una mochila con algo de ropa y los apuntes de Ciencias en un bar. Cuando volví la mochila aun estaba allí, pero dentro solo quedaban los malditos apuntes que paseé todo el verano de piscina en piscina, de excursión en excursión y de fiesta en fiesta, sin echarles un ojo hasta el quince de agosto. Así que como vino se fue aquel otro verano en que volví a hacer un hatillo y escapé.

Justicia divina, supongo; porque no aprobé Ciencias aquél septiembre.

martes, 21 de septiembre de 2010

la rabia de Cataratas

Nunca he visto el río Guadiana de cerca, lo he observado y seguido con el dedo en un mapa desde su nacimiento en los Ojos del Guadiana hasta el Océano Atlántico, como haciéndole cosquillas cuando se convierte en frontera natural con mis hermanos lusos. Desconozco si tiene alguna cascada, pero sí sé que aparece y desaparece como mi amigo Cataratas.

Ayer le ví otra vez y, como siempre, me veo en la obligación de hablar de él. Nos encontramos por casualidad en La Latina, cruzando por debajo del Viaducto, y nos fuimos a mojar la galleta de la filosofía barata en jugo de cebada. Divagamos demasiado sobre lo humano y dejamos lo divino a un lado, con los mohinos cacahuetes que nos sirvió el camarero. Que si se ven muchas banderas nacionales en los balcones desde el Mundial, que si el cierre aquél de Egunkaria, que si el juez, que si la nueva tregua de ETA, que si todos los políticos son tal, que si el portugués es un chulo y el catalán no le dió la mano con razón, que si don Andrés es dios, que si la crisis, que si qué crisis, que si somos burros, torpes, y estamos apollardados, que si los jóvenes nos merecemos lo que nos pasa por no gritar, que si hay que gritar pero con sentido, que si nos faltan contenidos, que si ahora resulta, después de todo, que me gusta el Hip-Hop.

Pero lo que más me llamó la atención fue que me dijese que creía que tenía miedo La verdad, Boa, que últimamente ando pelín acojonao ¿Has visto lo que está pasando? ¿No me digas que no es para asustarse, tronco? El fantasma del fascismo vuelve a sobrevolar Europa. Parecía que estábamos consiguiendo matar al perro pero la rabia sigue latente, y está brotando con fuerza en lugares donde nunca hubo atisbo de ella. Ya llegó a Austria hace años, el putero presidente italiano empezó a expulsar rumanos hace unos años y ahora es el presidente extranjero de Francia el que hace lo mismo ¿y qué me dices de los veinte escaños que han conseguido en la progresista Suecia? Aquí al menos se esconden detrás del ultracentrismo, aunque no todos llevan el mismo collar. Pero lo que más miedo me da es que todos se ocultan bajo las siglas de la Libertad y la Democracia, cuando precisamente contra eso es contra lo que atentan. Engañan al pueblo ignorante y se aprovechan de esta puta crisis para sembrar el odio a lo desconocido, a los extranjeros, entre las clases más humildes. Lamentable.

Es una vergüenza, tío Le dije ¡Qué pronto hemos olvidado los españoles que hace treinta años éramos aún un país pobre, que hemos sido despreciados en Europa durante años, que nos consideraban sucios, incultos, portadores de enfermedades erradicadas, mientras les estábamos ayudando a construir este jodido continente.

Al menos ellos nos ayudaron a nosotros a crecer económicamente. Ni a tí ni a mí, de acuerdo, aquí siempre se ayuda al que ya tiene Me interrumpió pero a lo que voy es que nos vamos todos a la mierda. Que a veces yo me voy al Parque de París a esperar a algún diputado y abrirle la cabeza, como hizo el hermano de tu abuelo. Sé que así no voy a arreglar nada, sé que no podemos esperar a un mesías capaz de ponernos a las nuevas generaciones progresistas de acuerdo, alguien que quiera y pueda luchar de verdad por los intereses de todos los hombres, lo sé, pero la rabia es profundamente infecciosa y yo la empiezo a salivar.

No sé, anoche me dió por pensar, quizá sea Cataratas el que tenga que buscar a ese mesías menos pasional, más práctico y educado, ese mesías al que todavía no le hayan contagiado esa rabia. No sé, sólo me dió por pensar.

martes, 18 de mayo de 2010

Salieron a volar las herraduras.

Salieron a volar las herraduras para quedarse en el cielo como un brochazo en el techo ¿Qué dices? ¿Salió... quién? Sí, tío, eso que haces con el Coso, la movida esa, la del ordenador... que escibís ahí... tío... Vale, vale, sí, el blog ¿Qué pasa con eso, tío? Nada, tío, que ahí te he tirao una sentencia de esas ¿no? ¿Qué te parece? Te la regalo ¡Ah, muy bien! Gracias, hombre.
Alcohol como fuente de recurso literario. Podría haber buscado la inspiracion en otro lado. Es habitual en mi visita a ciudades algunos de sus bares, monumentos los ví en portales, soy asi de triste ¿Por qué cambiar? me cuestiono. Ya no me importa nada, no me importa todo Suena Doble V y con la canción me voy a pedir una copita Ahora vuelvo digo.

No, macho, no. Que no puede ser. Como te lo digo, Cataratas. Oye Boa, que estaba hablando contigo, tio ¿Dónde te metes? Trae ese Ron de vuelta acá. Coño, déjate de cantar, escúchame ¿Qué pasa, que no te ha gustado? No, hombre ¡eh! Es que no me he quedado con ello, repite, tio, por favor. Salieron a volar las herraduras para quedarse en el cielo como un brochazo en el techo. ¿Qué? ¡Está chula! ¿Que no? Sí, tío, está bien, un poco difusa pero... está bien. ¿Qué, entonces la pones? ¿Dónde? ¿Dónde va a ser? En el blog ese ¡Joder! Que estás empanao ¿Boa, tú estás bien? Macho, es que yo lo flipo contigo, tío. ¡Eh, no, no, estoy bien! Es un poco difusa ¿no? Quicir que está chachi, está currada, a ver si me entiendes, pero es que... ¿Por dónde vas? Joder, pues, está ahí, eh... es como poético porque habla de algo que... no sé... que es como de esclavitud ¿No? Y sale a volar y se quedan ahí en el cielo, con las estrellas tío, como manchas de pintura en el techo tío ¿Pillas? Y luego tiene su punto crudo y tal. De lo cotidiano, tío, del día a día, veinticuatro horas con la brochita ahí, que son muchas horas también y... Sí, sí, está guapo y te viene bien sí. Pero no tiene un hilo... lógico, no sé cómo decir, tronco... son dos ideas distintas, no sé, si dijeses Salieron a volar las herraduras como mariposas, no sé, o Las estrellas son un brochazo de un mal pintor. No sé, son una mierda pero tienen más sentido ¿No?

Y estos tampoco se lo creen. ¡Joder, Cataratas! Mira que eres incrédulo y pesado ¡Tu madre! Si te lo he contado es porque es verdad, coño, que me lo ha dicho Andrés. Pero que no puede ser, que esa chica se marchó hace mucho del barrio. ¿Y no te fuiste tú y seguimos teniendo contacto contigo? Que somos garbanzos tío y birbam es un cocido. Pero... que no tiene que ver, que esa chica se fue a vivir a tomar por culo de aquí, a las Baleares, creo, o algo así. Mira que me la suda que te lo creas o no, payaso. Tú sí que eres bobo, pringao. Venga, pídete otra, que luego saco pasta.

Este es Mario Güemes, pero le llamamos Marino porque da resaca.
Beep Beep. 15: 34. Marino: Salieron a volar las herraduras como fuegos de artificio explotando en el cielo.
Beep Beep. 15:48. Boabdil: Eso ya esta mejor, sí.
Beep Beep. 15:50. Marino: ¿Entonces la pondrás?










domingo, 25 de abril de 2010

Vicky

No era algo que sucediese con mucha asiduidad. Lo reconozco. Pero en determinadas ocasiones ocurría. Y entonces a todos nos parecía que estuviésemos o viviendo en un sueño o muriendo lentamente, embaucados por una dulce agonía empalagosamente diseñada para unos críos que se colocaban con el helio de los globos. Para ser exactos fue en tres ocasiones que alguna de las niñas de clase se dignó a acercarse al descampado donde nos juntábamos a imaginarnos peligrosísimos macarras, mafiosos ítaloamericanos que habíamos visto en el viejo cine del barrio de la mano de nuestros abuelos, cansados de jugar al fútbol, derrotados, hundidos, sumidos en un sudor pegajoso. Tal era la confianza que le teníamos a los poderes curativos de ciertos refrescos con gas que solíamos empaparnos con ellos las cabezas Mi pae ma dicho que el agua de aquí no zepué de beber dijo muy convincente Andrés Herrera.
Tres, fueron tres, las niñas que se atrevieron a acercarse cuando éramos niños todavía y los pelos no se atrevían a escapar por debajo de la camiseta. Aunque la mayoría de nosotros luciésemos blandurrios mostachos preadolescentes de tiernos pelos maleables haciéndole sombra a unas narices que no cesaban de crecer. Entonces nos peleábamos por ellas, y nos poníamos muy tontos, cantábamos, imitábamos a los cómicos de la tele, o nos marchábamos muy, muy lejos a darle patadas a un balón. Cada uno trataba de llamar la atención a su manera.
Mariví Soldevilla Peralta, Mejunja, fue una de ellas. Tenía unos ojos de un profundísimo color verde que guiñaba dos veces al unísono un segundo antes de empezar a hablar, aquel detalle provocaba que todos callásemos y prestásemos más atención que viendo el video que un día Sir Walter había encontrado entre las cosas de su hermano mayor en el que durante un segundo se le podía ver un pezón a Sabrina Salerno en el programa que despedía el año aquella nochevieja de 1987. Tenía Mejunja la piel canela y unos labios gruesos. Su boca estaba siempre abierta, bien porque reía o bien porque no paraba de hablar. Era la niña más lista de la clase pero no era la que más estudiaba, trataba de no resaltar nunca, le gustaba la clase de religión, pero no la de gimnasia donde solía llorar porque había que saltar el potro y era incapaz. Y es que Mejunja era paticorta.
Hasta que ella se acercó al descampado no entendíamos porque las niñas no jugaban al fútbol como nosotros, porque no les divertía tirarse piedras o huevos, liarse a palazos entre ellas, escalar un muro, hurgarse el sexo en público por debajo del pantalón. Tal era la sabiduría de esta niña, hablaba de tal manera sobre asuntos que en nuestras pueriles mentes no tenían cabida, que uno de nosotros un día no pudo reprimir abrir su corazón y declararle el arrollador amor que sentía. Craso error, ya que a partir de aquél día Mejunja no volvió a aparecer por allí, seguía yendo al colegio pero no volvió a hablar con él jamás. Seguía manteniendo una relación normal con el coso, con Afano y con Andrés, incluso hablaba conmigo aunque fuese sólo para pedirme prestada la goma de borrar. Al poco Mejunja dejó de ser Mejunja y empezó a ir con niños más mayores, a ir de paseo en la moto de los macarras profesionales del barrio, a fumar, a hacer pellas, y así lentamente fue desapareciendo. Afano decía que la había visto en tal o cual lugar, y que al menos una vez al mes se acercaba a verle al bar de su padre y a tratar de que le invitase a un cerveza.
El romeo en cuestión era Irineo. Yo no quiero tirar balones fuera, no quiero decir que ella fuera la culpable del cambio de actitud del bueno de Iri, todos tenemos parte de culpa, pero me consta que él tardó mucho tiempo en olvidarla.
El otro día Andrés volvió de la boda de Irineo con la memoria de la cámara fotográfica cargadita de fotos de todas las mujeres guapas que nos habíamos perdido por cruzarnos de calle cuando éramos niños y nos encontrábamos con Iri. Tuve que ver todas y cada una de las fotos mal enfocadas de aquellas muchachas. Pero bueno Andrés ¿es que no tienes ni una foto de los novios? Le pregunté. Claro que zí, tranquilo, ejque ejtán al prinsipio y he empezau po el final. ¡Joé, cómo eres! Me eructó. En las primeras no se les podía ver bien, fotografías borrosas o apuntando a los tobillos, arte lo llamaba Andrés. Y de repente allí estaba la feliz pareja. Iri está ahora algo más calvo que la última vez que le ví, pero mantiene un porte elegante y no dudo que muchas mujeres le definan como un hombre atractivo. Ella es una preciosa mujer morena con unos inmensos ojos verdes ¡Ella es ella! Espeté. Zí, eh Mejunja otra veh, pero... ahora prefiere que la llamen Vicky.

domingo, 17 de enero de 2010

Perico Abad, Afano, Robin de birbam.

Mi primer contacto con los amigos de lo ajeno fue temprano y, por lo tanto, traumático. Mi hermano estaba disfrazado de pollito amarillo y mi padre entró en la casa agarrado al tubo de la aspiradora que guardábamos en el desván, los vecinos salieron al descansillo al oirnos en la puerta Ya se han ido dijeron con aquel gracioso acento holandés; mi jovencísima madre estaba asustada pero aparentaba calma, se lo debía a sus hijos, y entró en la casa, con mi hermano de la mano preguntándose si se habrían llevado o no sus playmobil, Boabdil, quédate aquí hijo dijo mi madre y aguanta la puerta del ascensor. Y yo cumplía órdenes aterrado, con la luz del vestíbulo apagada y malsoñando con los ruidos de la escalera Vuelven, están volviendo y me llevarán con ellos. Entonces descubrí que tenía miedo a la obscuridad, pero esa es otra historia.

La segunda vez que supe del arte de sisar ya vivía en birbam e iba al colegio de las adorables monjitas. Mi amigo Perico Abad, Afano, era un especialista en limpiarte el bocadillo a la hora del recreo. Como buen vago, era más listo que el hambre y pronto se dió cuenta de su habilidad, empezó a ganarse su buena fama en las pequeñas papelerías del barrio y en los establecimientos de 24 horas de la capital, cada semana se surtía de nuevos estuches que malvendía en el recreo a los mayores, y merendaba gratis siempre que no estaba en el barrio. No tardó en ascender de división e ir a rapiñar, como él decía, a los grandes almacenes. Afano no era el Vaquilla ni pretendía serlo, se trataba de un juego, un peligroso y adictivo juego. Pero ninguno nos dimos cuenta de ello.
Un jueves por la tarde, durante una clase de pretecnología, se me acercó y llamándome por mi verdadero nombre me dijo ¿Qué quieres que te traiga? ¿Qué necesitas? Y yo, con los ojos desorbitados, un incrédulo ¿Cómo? Le espeté ¡Venga! No te hagas el tonto, todos estos cobardes están siempre pidiéndome que les traiga cosas, tú sabes, como todos, de dónde salen esas cosas ¿qué necesitas? ¿una caja nueva de rotuladores, ceras, un tipes? Yo no supe qué decir y, para ser sincero, no recuerdo qué se me pasó por la cabeza. Justo cuando abría la boca me interrumpió No te lo voy a vender, es un regalo, me caes bien. Y me quedé con el buzón abierto, tenía delante de mí a uno de mis héroes, aquí estaba el nuevo Robin Hood. Lo que quieras, cu, cu, cualquier cosa me vendrá bien, aun, aun, aunque no ne, no ne, no necesito nada en realidad. A la mañana siguiente encontré un estuche a estrenar en mi cajonera. El viernes siguiente encontré un paquete de lápices de colores que no tenía el estuche, pues era un estuche profesional, de niños mayores, cargadito de rotuladores para hacer dibujo técnico y que, evidentemente, desperdicié; y así cada viernes durante dos meses fui recibiendo un regalo y renovando todo mi material escolar.
Afano desapareció dos años más tarde. Un día llegó exultante a clase ¡Me voy! gritó dejo el cole. Y como palomas peleando por migajas de pan nos acercamos a él. Voy a trabajar con mi padre, en el bar, el cole no sirve pa ná.
He estado sin saber nada de él durante años, supuse que pronto desaparecería del barrio, se cansaría de trabajar para el padre, de servir cañas a borrachos, de levantarse pronto para preparar cafeses, de barrer el suelo y tantas otras cosas que de niño decía que él jamás haría. Reconozco que nunca me preocupé por él, que nunca me interesé por dónde podría estar o a qué se dedicaría, probablemente porque algo en mi interior me decía que no andaría haciendo nada bueno.
Hace un mes salió su foto en el telediario. Al parecer se ha escapado de una cárcel de máxima seguridad en el norte, donde había ingresado por múltiples delitos entre los que se encuentra el asesinato de... (me van a perdonar pero es casi mejor no contarlo, hay cosas que, definitivamente, es mejor no saber, por crueles y porque nunca se sabe cuál es la edad de los oídos que escuchan y los ojos que leen), también hablaron de robos con intimidación y un interminable número de pequeños hurtos. Llevaban años tras él cuando le pillaron. Se cree que ha huido a Francia, pero nada se sabe con certeza. Ayer fui al bar de su padre, el viejo aún estaba allí sirviendo vinos, triste, consumido, con el mentón golpeando el piso y esquivando huesos de aceituna. Sólo quería ver cómo era el ambiente, tomar una birra y largarme, pero justo en el momento en que me encaminé hacia la puerta entró un viejo profesor del colegio que me reconoció de inmediato. Tuve que aceptar su invitación y me tomé una cerveza más con él, tras la cual él tuvo que aceptar la mía, así funcionan las cosas entre bebedores.
En nuestra charla era inevitable que surgiese el tema Afano. Vosotros le reíais la gracia me eructó la primera en la frente, no... no me mires así, no os culpo, cómo ibais a saber vosotros que las cosas iban a acabar mal... erais unos niños, no os podíais imaginar nada. El chico empezó a tener verdaderos problemas cuando abandonó la escuela ¿sabes? No aguantaba la disciplina, no aguantaba a su padre, estaba obligado a trabajar aquí y en ocasiones se arrepentía de haberlo dejado todo ¿sabes? Yo lo sé porque llevo viniendo por aquí muchos años ¿sabes? Desde que se marchó del cole ¿me entiendes, no? Era un muchacho muy listo, y yo estaba preocupado por lo que le pudiese pasar... El caso es que una mañana el padre no lo encontró en su habitación, estaba claro que el crío no había dormido allí ¡Imagínate el enfado que agarró el señor Abad! ¿Te lo imaginas? Asentí Pues no tiene nada que ver con el que se pilló cuando descubrió que el niñito de los huevos había reventado la caja registradora y había huido con el dinero. Nunca más se supo de él directamente, de vez en cuando se dejaban caer por aquí unos polis para ver si había noticias pero... hasta hace un mes... hasta hace un mes no se supo nada. Ni siquiera avisaron a la familia cuando lo llevaron preso.
Donde estés, Afano, Robin de birbam ¡No te dejes coger!

martes, 17 de noviembre de 2009

Ayer hablé con Juanlu.

Ayer hablé con Juan Luis Rovira. Hacía mucho que no sabía de él y reconozco que su llamada me extrañó. Su voz sonaba distinta de lo normal, estaba claro que las cosas no andaban bien pero me callé, no quise decirle nada en un primer momento, que hable él pensé. Si me llamó, supuse, será porque algo me tendrá que contar. Hace ya casi cuatro meses que Juanlu se marchó de birbam con una mochila cargada de ropa e ilusión y un billete de ida al enemigo. No era la primera vez que se iba así que ni me dolió ni me pareció extraño, y esta vez no se iba tan lejos como la anterior.
Juanlu sonaba triste aunque se esforzase en no parecerlo. Reía constantemente y a destiempo, como un niño nervioso la mañana de Reyes. En su voz se percibía una pequeña carraspera involuntaria y el anhelo de querer hablar eternamente, empezar a hablar y no parar jamás, contarle a todo el mundo lo que estaba pasando por su mente y por su corazón. Y es que teníamos alrededor de veinte años cuando Juanlu dejó de hablar. Nunca supimos por qué, ya que él, un niño charlatán y embustero, un niño que engañaba a su propia sombra y se reía de los poderes establecidos, decidió escuchar por el oído sano que le quedaba y esperar. Hay muchas cosas que aprender de los demás, yo no tengo nada que aportar dijo una noche con el beso de Baco rondándole los labios. Poco más supimos de él, apenas le sacábamos unas palabras en grupo, no le gustaba, ni le gusta, hablarle a más de dos personas al mismo tiempo, se avergüenza y esconde la cabeza como una tortuga si alguien le pregunta ¿cómo estás? con sinceridad. Has de estar muy atento para oír un tímido bien y en ocasiones, todo hay que decirlo Juanlu, no merece la pena prestarte atención.
Pero Juanlu me llamó ayer y estaba triste ¿Sabes qué es sentirse inútil? No ser inútil, sentirlo. Hombre Juanlu supongo que todos nos sentimos inútiles alguna vez ¿Tú también? Sí, claro... supongo, pero todo pasa, no hay que darle importancia, a veces estás haciendo cosas que no fructifican, que no tienen aparente sentido, y con el tiempo ves el mucho bien que te hizo tal cosa o tal otra, por ejemplo yo... yo siempre pensé que estudiar latín era inútil ¡una lengua muerta! ¿qué sentido podría tener? Sí, sé lo que dices, pero... y calló ¿Qué ocurre, Juanlu? Le pregunté. No sé si quiero volver a birbam hoy mismo, no estoy cómodo, no me gusta lo que hago, no aprendo esta dichosa lengua... estoy porque tengo que estar pero... y calló. Siempre que parece que va a llegar a alguna conclusión calla, esa es la herencia que le queda de tantos años de silencio voluntario. Y la conversación continuó convirtiéndose, como siempre, en un monólogo.
Creo que está derrotado, que se ha dejado vencer y que no quiere tratar de levantarse por mucho que aún le queden fuerzas, creo que tiene miedo de ponerse en pie y plantarle cara a la vida, está deseando que suene la campana y perder la pelea, sólo se aferra a las cuerdas para tratar de alcanzar la toalla. Creo que está nadando en un esputo y se quiere ahogar. Pobre Juanlu Rovira.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Mateo Lorenzo alias Malo.

Los sábados por la mañana eran mañanas de fútbol. Uno se despertaba con lombrices en las piernas, a las siete, se enfundaba la equipación del colegio al completo (espinilleras incluidas) y se dirigía en silencio a la cocina a prepararse el desayuno mientras esperaba a que sonase el horrible timbre del telefonillo y despertase a toda la casa. Al fin había llegado el día. Habías estado esperando ese sábado desde que se acabó el último partido contra el colegio de niños pijos que había al lado del tuyo, que no era más ni menos pijo que el tuyo, pero tenías que odiarlos como odiaste todo lo desconocido hasta que te topaste de narices contra el suelo que pisaba la señora Realidad.

Jugábamos en la vieja y minúscula pista de baldosines grises y resbaladizos del colegio, soportando los gritos de padres frustrados convencidos de que sus hijos sí alcanzarían sus sueños, los de los padres. El bocadillo nublado dentro de un bocadillo nublado dentro de otro bocadillo nublado dentro de... Jugábamos con las piernas moradas de frío y castañuelas en la boca, e imitábamos a los profesionales que veíamos en la caja tonta tirándonos al suelo y rodando tanto que nos salíamos a la calle. Un auténtico desbarajuste que tomábamos muy en serio, tanto que todas nuestras vidas se resumían en esa hora escasa en la que jugábamos el partido.
Mateo Lorenzo, no era ni de lejos el mejor futbolista de su edificio. En principio este título inútil hubiese sido harto sencillo teniendo en cuenta que era el único vecino con edad para practicar algún deporte, pero no, para Mateo resultaba dificilísimo correr sin tropezar. No porque fuera especialmente torpe sino porque no veía nada. Portaba unas gafas con unos cristales tan oscuros y tan gruesos que tardaba en identificar el sol en el cielo cosa de cinco minutos, e incluso mirándolo fijamente preguntaba si aquella ligera luz era lo que él estaba pensando que era. Le encantaba patear el balón aunque en raras ocasiones lo lograse, durante años nos acordamos de aquél día en que jugábamos contra el colegio San Francisco un encuentro a vida o vida y nuestra estrella, Epifanio, un chico mayor que nosotros, burló a tres defensores en el córner pisando el balón y girando sobre sí mismo unos trescientos sesenta grados, eso que luego en la prensa deportiva dijeron que lo había inventado cierto astro francés y a lo que llamaron la Ruleta. Epifanio encaró al portero, dió dos pedaladas dejándole en el suelo y sirviendo en bandeja el balón a Mateo, quien solo ante el arco, fue capaz de patear al aire aproximadamente tres segundos antes de que el balón llegase a sus pies. Perdimos aquél partido por un gol, pero siempre se recordó por un cántico espontáneo de todo el colegio y una salida a hombros del mismo. ¡Torero, torero, torero!
Mateo, era y es, el más inteligente de mis amigos, lograba las mejores calificaciones en Matemáticas y en Ciencias, en Lengua castellana y en Historia. Era, de largo, el niño más interesante e inteligente de la clase, alcanzaba razonamientos con una facilidad realmente pasmosa, razonamientos que a los demás nos costó años lograr y que en ocasiones ni siquiera logramos. Su secreto estaba en saber escuchar. Durante años nadie le prestó atención, ni siquiera en casa, y se había dedicado a escuchar las opiniones de los demás y a leer sobre los asuntos que le interesaban. Bien podría haber sido su mote Pitagorín, Tiolisto, Enciclopedio, Telediario, Marisabidillo, Mateomático, Pepe el sabio... Sin embargo le bautizamos como Malo, y no fue como muchos creían por aquél episodio en que le dió un gran pase al balón y no a un compañero. La razón era mucho más sencilla y respondía a la primera sílaba de su nombre y de su apellido. Malo era un niño excepcional y es hoy una gran persona, y además ya me iba tocando hablar bien de algún amigo.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Andrés habla de Irineo.

Sabíamos por Andrés que Irineo trabajaba en tal o cual negocio, que si una casquería, si una famosa tienda de zapatos en el centro, que si recogiendo cartones con los chamarileros de la barriada cercana, bla bla bla. Andrés venía con noticias de Irineo cada cierto tiempo, ya que los trabajos, ya sea por desinterés o por sus insaciables ganas de prosperar, le duraban poco tiempo. Y así fue probando muchas profesiones hasta que se acomodó en una churrería. Entonces fue cuando dejó de ser necesario cruzarnos de calle si veíamos a lo lejos al adolescente Irineo, simplemente desapareció. Sólo Andrés seguía sabiendo de él en todo el barrio.

Iri sá comprao un coche nuevo, la vida le va bastante bien aunqueee… no para de currar, vive pa ese negocio que tiene, lo de loh churroh, é mu sacrificao, chaval, que ahora é su propio jefe ¿eh? É una lástima ¿verdá? Si no cualquié día déstoh se venía a tomá unos vinoh a lo del Braulio... Mía que yo se lo digo, pero ná tíoh ¡me cambial tema! A veceh dice no se qué de que oh cruzáih de acera, de que no quisistéih sé suh amigoh cuando sizo pobre, no sé, no sé de qué habla, creo que está pallá. A veceh quedamoh en el bar dese amigo suyo... ¿cómo se llama? El Culebrillah le dicen al bá, pero él... ¿cómo se llama él? No caigo, sí, joderrr, como el extremo derecho del Rayo, ese que se daba de vuelta pá envolvé a regateá a loh contrarioh...¡Sir, coño! Tú tiés que saberlo ¡Enga hombreee! Ese que jugaba cuando Hugosánches, que sí, hombre, que sí lo sábeh... ¿Cómo? ¡Tate, eso é! ¡Onésimo! Loh mismoh ricicoh tié el tío. Poeso, que amoh al bá déste pibe, que tié unos mejilloneh al vapor que son lo mejor ca parío madre, te loh pone con su mayonesita y tó ¿sabeh, niño? ¡Estáaan de puuuta madre! Anda que no mabré tirao yo allí tardeh tudiándome el Marca con una cervecita y un platico mejilloneh... Sin el Iri y tó, que me tratan como a un señó ¡y la birra! La birra tá superfrejca, entra solita, que no tiés que hacer esfuerzo alguno, se bebe con pajita ¡no teígo máh! A lo que voy... que resulta que el Iri se noh casa. Con la piba esa, la que conoció en las fiestas de Sigüenza, la morena esa que tá tó güenaaa, ¡mira el Sir cómo se ríe! Poquél la visto, quél la conoce, ¡eh! ¿a que sí? Pooo se casa el tío, tá tó pillao, dice ques la mujé de su vía y no sé qué chorráh máh. Tá hecho un pringao. Peo se le ve bien al tío. Tó colocao, tó seriecito, con su coche nuevo, uno familiar que digo yo debe seh que la parienta tié un bollo calentito en el horno. Ojo quél a mí no ma dicho ná de eso, que son cosah míah. Dice que hay que prevení, que habrá que í pensando en formá una familia ¡chorradah, no teígo! Que si el negocio funciona habrá que pensá en expandirse, que ya no somoh niñoh, que me paece a mí que tié muchoh páharoh en la cabeza el Irineo ¿no creeíh?

Y Andrés se pierde en sus ideas y dejamos de prestarle atención. Y seguimos a lo nuestro, al partido de la tele, a las chicas de la calle o de la mesa de al lado, a las noticias políticas o a las conversaciones cercanas, como si Andrés no hubiese empezado nunca a hablar de Irineo. Pero cada uno de nosotros tiene una idea en la cabeza durante toda la tarde, una idea que nos martiriza más tarde entre sábanas y nos despierta a la mañana siguiente como un martillo golpeando en la pared del vecino, como si fuese el problema de otro, el problema que agarramos por dos días y soltamos cuando empieza a quemar en las manos. Y me juro que si hoy me encuentro a Irineo por la calle no me cruzaré de acera sin saber que cuando dejé de atender a Andrés dijo que Irineo se mudaba, quenel pueblo délla no hay churrería y creen que es un negocio de futuro.