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martes, 19 de marzo de 2013

Welcome to Blabla City

Anoche, como todas las noches, soñé con mundos de mierda,
muertes injustas y plagas antediluvianas,
apenas importa, pues también soñé
con paraísos patrocinados por refrescantes bebidas,
y en el telón de azúcar un terrón de acero
y al fondo una postal de una palmera
y un Welcome to Blabla City arañado en la arena,
a los pies de la barbacana de un castillo.
Un niño, un muchacho algo torpe, había robado mi cara
y pisoteaba y pateaba la atalaya arrancándose del pecho
los sueños con napalm y aceite de colza.
El oso del escudo lanzaba besos
y el cerro de los colores se volvió negro.
Mamá, mamá grito al pasillo
sin apenas abrir la puerta, pues me da miedo,
mamá, mamá insisto y no hay respuesta,
así que repto sobre mi barriga helada
hasta el fin de la noche, la mañana.
Pero de nada sirve andar si no hay camino,
ni éxodo que mi nariz ladina no huela,
de nada sirve despertar en el fango
de esta plasta vacuna y pestilente
a la que según parece los dueños del mundo apenas hacen caso
o peor aún: se han acostumbrado
como el tullido a cagarse en las muelas de los otros,
como el fantasma a esconderse de los ojos del adulto,
como el que llega a este jodido verso esperando que al fin
en el siguiente,
no, no, en el siguiente
el autor diga algo interesante o al menos bello,
una imagen que explique porque (mal)gastó su tiempo
sentado en este trono por el que huyen los desperdicios
tres, quizá cinco, minutos mas de lo que se merece.
 Aunque onírico un mojón lleva su tiempo.


lunes, 2 de mayo de 2011

el final de las historias que me cuentan

Tengo la mala costumbre de no escuchar jamás el final de la historias que me cuentan. Supongo que tengo un déficit de atención bastante importante. Otros dicen que importante no es, que es severo, pero si empiezan a esgrimir razones cargadas de ejemplos de gente seria que tuvo, tiene, o ha tenido el mismo problema, genios los dicen, personajes fuera de lo común que dan palmas con las orejas o se apagan cigarrillos en la lengua o el sobaco, mi mente comienza un vuelo en ala delta que dibuja círculos en derredor a mi cabeza y termina estampándose contra el suelo, rompiéndose en mil ideas que huyen desesperadamente hacia el conducto del aire, hacia el desagüe, o hacia las minúsculas fisuras de las negras paredes de mi alma. Así, el día en que un compañero de la facultad, quejicoso, me hablaba de lo mal que le iba a ir en los próximos exámenes a causa de su no asistencia a clase, en mi mente se empezaron a garabatear las primeras pellas adolescentes y sus bocadillos de calamares en la Plaza Mayor. Una a una las ideas se substituían y atropellaban, así del bocadillo birbaniano viajaba a las visitas a los billares y aquella partida en la que gané dinero apostando en mi contra, a las veces, las más de las veces, que perdí dinero jugando a las cartas, a las cartas que escribía cuando Bécquer me nublaba la vista, a las iniciáticas lecturas de Kerouac y Ginsberg, a la noche del tripi y a la que dormí en la orilla norte del Sena, al viaje que nunca hice a París, a los cruasáns de la pastelería del barrio, a los desayunos con mamá peinándome las cejas a lametones, a las mañanas que salía de casa hacia el colegio y me bajaba veinte o treinta paradas después... y entonces mi mente despertaba ante la pregunta que alcanzaba a reconocer el oído sano ¿Y tú qué opinas de todo esto? Pero... yo qué voy a opinar, quizá musito un No sé, todo eso es muy complicado, y Voy al baño o a la cafetería o a clase, o a dónde sea pero me muevo físicamente, que descansa de viajar en sueños cuando no se debe. El caso es que digo o hago algo parecido, no se vayan a enterar de que soy tonto de baba.

Supongo que debido a esta carencia, de la cual lentamente mis mas cercanos amigos y enemigos se han percatado con mayor o menor fortuna, interrumpen mis historias avanzando un final sorprendente que pierde toda originalidad. Y me miran desconfiados, y resoplan o se llevan las manos a la cabeza, o aparentan falsa emoción al mismo tiempo que sonríen, o ríen escandalosamente. Quizá sea sólo a causa de mi discurso dubitativo, de mis eternas digresiones, mis estultas enumeraciones y mis cultismos desubicados. Como si no quisiera que nadie me entendiese, como si disfrutase con mi discurso muerto y me enroscase de placer en diatribas furibundas de parvulario eructadas frente a un espejo achaflanado.

Así es que me invento el final de las historias que me cuentan y las poso aquí, para que alguien las tome.

domingo, 23 de enero de 2011

la orquesta ibérica

Recién me abordó una idea colosal. A mano armada se me ha colado en la cama, bajo el edredón del son y la rumba, y me ha tocado las teclas del piano que es mi colchón: Os reuniré a todos en un gran salón semicircular, habrá un banquete y apuestos jóvenes y preciosas mujeres pasearán vinos del país, oportos, alvarinhos, txacolí, vinho verde, riojas, ruedas, valdepeñas, finos, y espumosos cavas, entre otros , ustedes los traerán, háganse cargo. Habrá de comer para todos, no se impacienten. Este come más que yo gritará uno ¡Toma, claro! Soy yo el que paga contestará. Ese es un sucio y su señora luce un bigote fenomenal. Y mirarán todos ustedes al suelo muertos de vergüenza. Vendrá el silencio. Lentamente, timoratos, empezarán a hablarse unos a otros de nuevo. El jamón de su tierra es muy rico, señora. No hay nada como su cava en el mundo, por mucho que digan en la Francia republicana. ¡Qué envidia, oiga, menudos quesos tienen ustedes! ¿Ha probado usted este bacalao? ¡Riquísimo! Tome usted estas anchoas, haga el favor. No es por hacerle un feo a nuestros tomates pero... ¡qué ricos pimientos tiene en el norte, Gervasio! A mí me falta un caldito, que hace mucho frío en estas latitudes.

Y la fiesta habrá empezado con buen pie, y de entre un manantial de conversaciones animosas brotará la orquesta. Primero sonará una zambomba tímida y ronca como mi voz en domingo, y se vendrán los golpes madereros de la txalaparta, fundiéndose y hasta ahogando al navideño instrumento. Lentamente se colarán por debajo de las piernas, como a Khan una falta que chutó Roberto Carlos, los acordes de un cavaquinho meloso y envolvente. Una alboka vomitará sus vientos acompañando a una dolçaina guerrera. Aparecerá la guitarra flamenca, y estará sola un momento, un largo minuto de gloria reconocido y acompañado de castañuelas. Pero estallarán de nuevo los demás con sus hermanos. Y al fin tendremos el caldo de esta orquesta ibérica con que sueño.

Firmado:
El aún nonato Presidente de la República Ibérica.

jueves, 13 de enero de 2011

el chamán

El día que William Donovan Fernandes me abordó en el tren hacía demasiado calor para la época del año en que estábamos. Había llovido esa misma mañana. Fue un chaparrón breve aunque rabioso descargando rayos a lo lejos. El cielo se ennegreció de repente, en un instante, sin que apenas nos diésemos cuenta. Por suerte pudimos resguardarnos en una pequeña cueva. Nos pareció increible que aquella guarida estuviera allí, precisamente allí, en el mismo camino que tantas veces habíamos andado, sin que jamás nos hubiésemos percatado de su presencia, como si hubiese estado esperando convenientemente a ese día de lluvia para abrirse a nuestros ojos. Reconozco que yo dudé en entrar, no sé muy bien por qué pero sentí un escalofrío como el filo de una guadaña arañándome la espalda de abajo a arriba, empujándome súbitamente hacia dentro de la extraña caverna al sentir dicho espasmo jugueteando en mi cuello. Mi amigo Montañero no dudó un instante en adentrarse en el refugio improvisado, encendió su linterna y desde dentro me llamó Coso, venga, sin miedo. Ahí fuera te vas a empapar entré muerto de miedo y cegado por el foco con que me apuntaba. Tropecé. La cueva no era tal, era tan solo un recoveco entre rocas, un recodo de unos dos o tres metros de profundidad en el que ni los pocos animales salvajes que quedaban se escondían. Mi amigo Montañero se tumbó en el suelo y me dijo, entre bostezos, que le avisara cuando pasase la tormenta, que entonces proseguiríamos la caminata, esta vez en dirección al pueblo, a la estación de trenes. Sin embargo, justo cuando cerraba los ojos, la tormenta se interrumpió repentinamente y de un brinco se puso en pie diciendo ¡Venga, vámonos! con un punto de excitación que no había percibido en él en todo el día.

En menos de treinta minutos llegamos a la estación de tren. Mi amigo Montañero impuso un ritmo muy alto al paseo y arrivamos justo en el momento en que el tren con dirección a birbam se aproximaba. El tren estaba bastante lleno pero sin agobios, y aunque había sitio suficiente Mi amigo Montañero se empeño en recorrer tres vagones buscando el lugar ideal en que sentarse y poder estirar las piernas. Bien lo encontró, se sentó, y se durmió, dejándome huérfano de conversación.

Fue entonces cuando William Donovan Fernandes apareció, se me presentó, y comenzó a narrarme una historia que no puedo contar hoy. Quizá mañana tampoco pueda, ni siquiera pasado mañana. Probablemente no sea capaz en toda mi vida de narrar aquella historia como él lo hizo, amén de que juré no desvelarla nunca. Y, aunque no soy de fiar, me siento incapaz de traicionar a aquél hombre de menos de metro sesenta y acento boliviano que se me había sentado cerca a contarme el secreto de su vida.

Bueno, amigo me dijo cuando creyó conveniente yo me apeo acá, espero que sea muy feliz en su vida, y que esto que le he contado le sea de utilidad. No se da cuenta que la vida es como este tren, como este viaje. Vamos pasando, nos cruzamos con lugares y personas, nos hacemos compadres y nos separamos. No hay otra. Me estrechó la mano, dudé, no podía creer que su historia terminase con unas frases tan vacías y manidas. Los ojos se me salían de las órbitas a la vez que trataba de retener que manasen de las cuencas de mis ojos unas lágrimas tímidas y traicioneras Cuídese, y cambiese la ropa no más pueda, no se vaya usted a resfriar.

Mi amigo montañero se despertó algo agitado poco antes de llegar a birbam He tenido un sueño rarísimo... se te sentaba al lado un tipo que te contaba la historia de su vida me dijo ¿En serio? pregunté ¿Y qué decía? Había matado a todas sus mujeres solo porque no podían hacer que lloviese cuando él quería. Sería un chamán interrumpí. No volvimos a hablar jamás del tema.



jueves, 2 de diciembre de 2010

el inútil poder de la barba

Ayer andábamos mi amigo Peludge y yo por el centro de birbam. Peludge se ha marchado a vivir a Valencia y, aunque la distancia no podía ser más corta, su ausencia se me hace se nos hace, en realidad, a todos sus amigos inmensa, insostenible, e indigesta como un desayuno inglés seguido de un buen chocolate caliente con churros o porras ¡o ambos, qué carajo! Caminábamos por la calle Mayor observando las apagadas luces navideñas; habíamos doblado la esquina poco antes, en Bordadores, donde habíamos tomado un par de cañas en ese asturiano que tanto le gusta. Ya en Mayor, mientras Peludge embelesado hablaba degustándose en cada una de sus verdades con aroma a mentira, nos cruzamos con tres actores dos actores y una actriz hube de decir, ya que minutos antes habíamos estado discutiendo sobre lo machista de la lengua castellana. Yo les reconocí de inmediato, siempre he tenido buena memoria para las caras aunque no para los nombres. Los miré dos veces, sobre todo a ella que, preciosa, caminaba entre medias de los dos hombres. En ambas ocasiones ella me devolvía la mirada y en sus ojos creía ver el deseo irrefrenable de pararme. Sueño que se estaba preguntando qué cojones hago yo con estos dos carcas pudiendo ir de la mano de esos dos muchachotes. Lo debo soñar durante mucho rato porque apenas soy consciente de cuándo nos hemos cruzado y cuándo ha desaparecido a mi espalda.
Sé que no me miraba a mí deliberadamente. No soy tan iluso. Soy tremendamente consciente de que era mi barba lo que le había maravillado. Mi barba no es una barba cualquiera, ni tiene tres días ni es digna de poblar las mejillas de Bakunin. Pero tiene algo que incita a varones y  a mujeres a mesarla en cuanto miro para otro lado. Si soy honesto debo decir que odio mi barba, pues me roba todo protagonismo; no son pocos los que se me quedan mirando el perfil de mi mentón barbado buscando ese momento en que algún rayo perdido de sol torna unos pocos de mis castaños pelos en rojizos. Mi judaica nariz se siente profundamente agraviada ante esas inquisitoriales miradas. 
Hace unos años, casualidades de la vida, fuí a ver al mismo amigo a su barrio. Un barrio señorial en el que podía sentir cómo los policías que patrullaban las nobles calles me vigilaban. Obsesiones mías. Aquél día llegué antes de tiempo, cosa poco frecuente en mí y mucho menos en mi amigo,  así que aproveché para pasear por ese barrio que tan buenos y malos recuerdos me provoca. Me crucé en dos ocasiones con una actriz, mucho más famosa que la de ayer, y más mayor. Las dos veces fue ella la que se me quedó mirando ¡Está bien! No me miraba a mí, lo reconozco, sino a mi barba, que por entonces estaba asilvestrada. Muchos eran los que aquellos días, como si fuese lo más original del mundo, me decían  talibán o náufrago. Eran aquellos días convulsos del No a la guerra,  aquellos días en que no llovía en birbam, sino que birbam lloraba.
Cuando volví a casa miré una de esas revistas de cotilleos ya atrasada y, por casualidad, una más,  me encontré a esta actriz en un robado en la playa, con su novio, que no era ni más ni menos que una barba negra mucho más lustrosa que la mía.

Hace un par de fines de semana fui al monte con unos amigos y algunas personas que desconocía esa misma mañana al despertar. Habíamos alquilado un autocar de unas treinta plazas y fuimos cantando y riendo unos ochenta kilómetros hacia la sierra. Una señora que no había visto en mi vida llevaba consigo una perrita blanca que estaba enferma. Hacía frío, y las rampas del inicio del camino resultaban altamente perjudiciales para el pobre animal, su dueña se autocompadecía por tener que cargar con ella pero es que no la podía dejar solita en casa, me da una penita horrible, la pobre... Así que hartos de sus quejas, y por solidaridad no vayas a pensar que me junto con una panda de bestias sin sentimientos, dos de mis compañeros se ofrecieron voluntarios para cargar con la perrita. La metimos en la mochila de uno de ellos, con la cabecita del animal sobresaliendo, para que pudiera respirar. La pobre perrita temblaba de frío y de miedo a la vez que agradecía cualquier mano acariciando su cabeza. Durante la operación, la dueña se me presentó, me agarró del brazo y me contó historias de la perra que, evidentemente, no me interesaban en absoluto. Discutimos sobre los Estados Unidos, sobre el capitalismo y el viejo comunismo, sobre el cambio climático y lo muy provechoso que era el cáñamo como material Demasiados plásticos vestís los jóvenes de hoy, con lo bueno que es el cáñamo No pude resistir la tentación de contestar sinceramente Yo... es que el cáñamo lo utilizaba para otras cosas ante los incrédulos oídos ajenos que dejaron escapar leves risas por lo inapropiado de mi respuesta. Aquella señora me miraba la barba con la mirada perdida, como tantas otras veces tantas otras mujeres de la generación de mi padre se habían quedado embobadas mirándome las barbas, probablemente fantaseando con una cara joven y peluda que amaron secretamente hace ya muchos años y, descubiertas en  un peculiar éxtasis místico, se inventaban alguna pelusa entre mi bello facial por el simple  deseo de acariciarla con delicadeza, como quien da una palmada en los cachetes de un bebé, para observar cómo tiemblan las púberes carnes. Otras muchas señoras de la misma generación han sentido repulsa al verme aparecer por sus casas como un vagabundo, como ellas mismas me han dicho. Siempre he tenido debilidad por estas señoras, por la aplastante sinceridad que manifiestan y el pie que dan a ser vaciladas. Amén de que te dan gustosamente dos besos mientras te insultan, cacho guarro.

Me he acordado de la señora del cáñamo y la perrita enferma porque al final del día volvíamos cantando en el ómnibus. Cantábamos con mucho éxito pero pocas aptitudes a Serrat, a Victor Jara, a Aute, y a algunos grupos vascos entre otras barrabasadas incendiarias. Cantábamos básicamente canciones revolucionarias, probablemente trasncochadas,  himnos anarquistas y estúpidas canciones de amor a mujeres que en realidad no son amadas pero que muestran al autor como un fervoroso amante, aunque en cada puerto tenga un marinero que le introduzca su vigoroso aparato en aquél orificio posterior y último de la digestión.  En un momento dado, entre una desafinada Internacional y un ronco tarareo de A las barricadas, la doña, que se sentaba un asiento más atrás de en el que posaba yo mi culo de juez de silla, me llamó por mi nombre y me dijo dando los rodeos típicos de quien no sabe si va a introducir la pata en la trampa o no Yo no sé, porque no te conozco, qué piensas tú de esto que te voy a decir. A los otros, que ya los conozco ,no se lo diría porque sé cómo piensan pero... antes hablábamos de política y ahora... oyéndolos cantar, oyendo las bromitas que disparan... ¿No te da la sensación de que están en el 36, de que así no vamos a llegar nunca a una reconciliación nacional, de que no os interesa cerrar la herida? No me extraña que el Papa dijese lo que dijese el otro día en Barcelona. Ella no se había percatado de que yo cantaba como uno más, en un tono más relajado,  mucho más bajo que el resto, sin hacerme notar para no mostrar a todos mi horripilante voz, pero cantaba con todos ellos y reía las burlas que propinaban a los órganos de poder establecidos, sintiéndome uno más en la sorda queja. Miré para ambos lados sin mover la cabeza y, quizá algo timorato, espeté Mujer, yo entiendo que todo lo que se está diciendo es una broma, que nadie está llamando a tomar las armas y mucho menos aún se ha propuesto encender la mecha para quemar la primera de las muchas iglesias que no ardieron en el 36. Y además nadie lo haría hoy en día. Bueno, bueno, pero sabes lo que te quiero decir Interrumpió. Y yo me dí media vuelta y seguí cantando y riendo las salidas de tono de mis compañeros. 

Fue un viaje de vuelta muy rápido, pese al tapón con que nos brindaba birbam su bienvenida. Y, como siempre, me marché sin despedirme del resto, a escondidas. ¿Qué quieres? Me pongo nervioso, me quiero ir y me voy cuando me quiero ir. Antes, miré a la perrilla andando lentamente por la vereda, temblando, y un  latigazo de compasión me meneo las entrañas. A los pocos días me enteré de que el pobre animal tenía cáncer de pulmón y había sido sacrificado.

Yo, mientras tanto, me voy a afeitar, que no estoy en sierras bolivianas ni estepas siberianas. A ver si al menos así  dejo de mezclar estas historias.

miércoles, 13 de octubre de 2010

agua en Madama

¿Sabes esa ilusión de ver el arco iris dentro de tus ojos? ¿Esa gota de sudor que sortea tus cejas y pestañas y sala tu córnea? Pues esa mañana empecé a andar algo despistado, sin sentido, quizá turbado por la gente, y fuí andando un buen rato, demasiado, probablemente una tarde entera por aquella avenida., nublado con ese arco iris clavado en la mirada. No sé muy bien si dormí aquella noche o me desmayé cuando amanecía. En cuanto desperté volví a caminar de manera instintiva hacia el sol, cruzando un campo casi yermo, tropecé, me caí, me arrastré como culebra buscando sombra. Imaginé cóndores negros planeando en redor de mi, como estancia previa a la estigia barca. Yo allí sentado, en mi yo onírico, en aquél banco de madera y jugueteando con los pies en el agua, tocando ligeramente con el dedo gordo la superficie, dibujando círculos concéntricos que proyectaba hacia la otra rivera. Tardó en llegar pero al fín nos subimos a la barca, dos chicos chipriotas de unos quince años, seis señoras bolivianas que no habían parado de cantar, y yo. Era evidente que aquella embarcación no era muy estable, te aseguro que nos embargó el miedo con el primer trueno, la barca se meneaba demasiado, cada vez más y más agua entraba por entre las maderas mohinas, llovía con tanta violencia que apenas podía ver a las cantoras bolivianas, sabía que estaban delante de mí porque podía oírlas. 
De pronto el mar nos tragó. Y desperté debajo de una tormenta en aquél páramo inicial. Era la primera vez que llovía en los últimos 6 meses en la proximidades de Madama, Níger. 

lunes, 27 de septiembre de 2010

empezar a escribir un nuevo sueño

Clavada te tengo amada en otra latitud
en plenitud de sueños que me empeño en no olvidar
en volátiles dátiles que se lanzaran eva y adán.

Clavada te tengo en el aire, un buen aire que voltea choripanes desde tu costado,
pintándome de amarillo los viernes y sus labios...
los labios que no se ofrecen los viernes,
esos malditos labios que se amoratan lentamente,
esos labios cardenalicios incitándonos al vicio,
al temblar de piernas si me estás faltando como no te tuve nunca.

Incrustada como una mancha de café en esa camisa que jamás vestí, ni vestiré,
repito que ni siquiera tengo intención de vestir esa camisa
pues ya no me hacen falta más ropajes que tu brazo cubriéndome las espaldas,
no necesito más que atarnos como un nudo de piernas en la cama,
no preciso más de lenguas yermas y abalorios dentales enmarañándose en el cuello,
con calcáreas arias, con tronadoras odas, con sombrías elegías.
No.

Solicito un quitamanchas, un alicate, una goma de borrar, medialunas en la cama, algo,
el valor para agarrar una nueva hoja en blanco y empezar a escribir un nuevo sueño.

lunes, 13 de septiembre de 2010

le costó desperezarse

Le costó desperezarse ventitrés horas. Se había vuelto a acostumbrar a aquella primigenia posición fetal con la rapidez con que se nubla la memoria cualquier noche bañada en güisquis. Pero ya era demasiado tarde, ya no había rastro de los caminos ingleses simulando verdes y olorosos túneles, no quedaba dónde husmear a pickle and cheddar sandwich. Y se volvió a acurrucar en la cama, sin esconderse bajo las sábanas porque el calor de birbam no se lo permitía, con el más ladrón de los dedos en la boca y la mirada perdida dirigida a la ventana, para que sus ideas volasen, para que sus sueños escapasen de aquellas paredes, de aquél asfalto con olor a grasientos bocadillos de calamares.

Y los sueños chocaron una y otra vez contra el techo, y rebotaron contra el suelo rompiéndose en tres pedazos, tres migajas de sueños irracionales y sustituibles languideciendo en el piso como serpientes  decapitadas y agonizantes, condenadas a morir ahogadas en sus propias babas, en su venenosa bilis, incluso sin cabezas aquellos zigzagueos nerviosos supuraban corrosivos líquidos por inercia de la imaginación.

Entonces llamaron a la puerta y su vida cambió.

martes, 24 de agosto de 2010

Segundos fuera.


Yo quiero volver al principio pero ya es tarde, ha sonado demasiadas veces la campana.

K.O.: ¡Diez!... ¡Ding, ding, ding. ding! Fin del combate... combate nulo... así no gana nadie... ¡Nueve!... será posible... ¿cómo puede ser posible?... ¡Ocho!... ella tampoco se levanta... ¡Siete!... un último esfuerzo... ¡un último esfuerzo!... ¡Seis!... yo no soy capaz... ¡Cinco!... al menos que ella se levante... ¡Cuatro!... las piernas no me responden y ella se agarra a las cuerdas... ¡Tres!... atrás escupo sangre... ¡Dos!... no se puede volver... ¡Uno!... no, no se puede quiero escupir.

Octavo y último asalto: Pondré mi rodilla en la lona si hincas la tuya primero. Ni lo sueñes contestó. Intercambiamos golpes ya sin ganas, de manera inconsciente inyectábamos en el cuerpo del otro mucho veneno Sufrir ha de sufrir a la fuerza pensé, sin saber que el daño era recíproco y me minaba en el alma. Ojalá pudiéramos volver a empezar susurré en el preciso momento en que nuestros puños chocaban definitivamente en el rostro del otro.

Séptimo asalto: ¡Por dios que alguien tire la toalla ya!

Sexto asalto: Los dos estamos ya cansados, pero no nos sabemos decir adiós, no nos entendemos, no nos odiamos pero nadie quiere bajarse del ring con la vitola de perdedor. Vas a morder la lona me susurra siempre pierdes, perdiste y volverás a hacerlo. Ella tiene razón, no me defiendo, no merece la pena levantar los brazos, merezco todos sus golpes ¡Venga! Destrózame el hígado. No me ves cómo tengo ya los ojos, sigue atacándolos, ya no puedo sangrar más, me duele verte. Que me atice, que me arañe, que me arranque las legañas a puñetazos.

Quinto asalto: Crochet, uppercut y directo. Dos ganchos de izquierda, esquiva, directo de derechas al mentón y crochet al riñón. Nos agarramos No, no te pienso soltar, de aquí sola no te vas. Se zafa Yo no tengo dueño ¿te enteras? Directo al vientre, otro más, uppercut de izquierda y me remata con un gancho de derecha que no veo venir. Otra vez los labios van al agua, otra vez sus labios se alejan de los míos que manan sangre coagulada y venenosa.

Cuarto asalto: Lo reconozco, salí a matar.

Tercer asalto: Era un ambiente suave y placentero, como un Vals de verano, hasta que algunos espectadores, sintiéndose estafados, empezaron a arrojarnos las sobras de sus comidas. Pudimos evitar los impactos un tiempo, pero el árbitro disfrazado de serpiente me tendió una manzana y yo mordí una almeja. Ella también tenía la boca llena.

Segundo asalto: Sí, tuvo que agarrarse a las cuerdas tras el primer intercambio de golpes, salí con la guardia bajada y no pude ver los dos primeros rápidos crochets al mentón, así que me escondí en mi esquina y besé los labios del agüita milagrosa. Primero ella y después yo fuimos necesitando más y más de la ayuda de las cuerdas para aguantarnos, para chocar más tarde nuestros cuerpos, abrazarnos para no caer, y surgió de ese roce el amor, que no el cariño.

Segundos fuera: Lentamente el sol surgió de entre los montes, colándose por entre las ramas de los pinos, esquivando columnas, tejados de paja o de pladur, zigzagueando por entre la patilla y la lente de unas gafas de sol hasta lamerle la córnea. Bailaban, sorteaban trémulos golpes a los riñones, ganchos al aire, y un directo a la boca como un beso. Empezamos a sudar y las gotas caían temblorosas al piso.

Presentación del combate: No sabes si besarme u odiarme Me dijo como quien golpea y no espera ser golpeado, sin guanteo previo. Simplemente me miró a los ojos, llevaba un buen rato mirándome a los ojos y abrió su boca con una media sonrisa, no pude devolver la percusión, mi mente apenas pudo reaccionar... aunque supiera la respuesta Yo lo que quiero es besarte, para odiarnos siempre tendremos tiempo.

La verdad es que desconozco si la pirata idea me abordó delante de aquella caja tonta marrón que había en casa de mis abuelos, como un intruso virus beligerante y despiadado contra mi conciencia o ese gracioso músculo al que se empeñan en dar vida propia como si no fuera suficiente para él con motorizar al resto de nuestras vísceras. Pero aquellas películas romanticonas, aquellas teleseries insulsas, pedorramente ñoñas, ridículamente falsas, magníficamente estrafalarias e irreales, e incluso aquellas novelas de final feliz que leí algo más tarde, pese a que mi imaginación volase más libre en cuadriláteros de asfalto que las piernas de Cassius Clay, talaron en este bosque de recuerdos sendas en las que difícilmente volverán a brotar tan crédulos árboles. Me cago en mi infancia, me cago en hadas y ninfas, en sueños de ojos abiertos, en la espera. Me cago en pretender volver atrás cuando conocemos el final y anhelamos escribir la historia otra vez, cuando deseamos que suene de nuevo la primera campana. Segundos fuera.


sábado, 24 de julio de 2010

si callo

Tengo una extraña sensación, llevo años dándole vueltas al asunto pero jamás me atrevo a hacerlo público. Si hablo nadie me presta atención, suelo repetir mis anécdotas más de lo que me gustaría, no porque me guste contar batallas, enzarzarme con fechas inútiles o dar datos de más, que también es cierto, si no porque nadie las recuerda. Pero si callo... ¡ay, si callo! Si callo se suelen preguntar ¿Qué le pasará a Boabdil? ¿Estará triste otra vez?
Señores y señoras mías, si callo es que estoy soñando.

sábado, 17 de julio de 2010

sin palabras hacia bizarria


Otra vez sentado frente a un ordenador ingles, sin acentos ni simpaticas enes con tupe, otra vez aqui, esperando, doce dias mas esperando para volver a birbam. Aunque si soy sincero, que he de serlo, estuve alli hace tan solo cinco dias con razon de la final del Mundial de balompie, y como ni Boa ni yo, por distintas razones, estamos escribiendo nuevas entradas voy a transcribir las notas que fui escribiendo en esa jornada en la carretera hacia bizarria.

17.46 Hora britanica. Sentado en la cama repaso lo que me voy a olvidar. Mis piernas ya estan cansadas, agarrotadas de puro nervio. Aparentemente me esperan 21 horas hasta que llegue. Hay gusanos jugando al fronton en una de las paredes de mi estomago.

18.45 Subo al tren en Totton despues de 40 minutos caminando, en 6 estare en Southampton. Al pasar por la casa de apuestas he pensado en apostar por Spain, cinco o diez libras, pero no queria perder el tren. Ya he dado un par de cabezadas, creo que no me costara dormir.

18.58 En la estacion de autobuses me doy cuenta de que me he equivocado al comprar el billete de vuelta de Heathrow a Southampton. Las oficinas estan cerradas, la gente espera a los autocares en la calle, yo tengo al menos 30 minutos aqui.

21.15 Doy vueltas medio perdido por la Terminal 1 del aeropuerto, aunque no lo reconocere en la vida. Cambio dinero, cambio demasiado dinero para ser sinceros y no me queda una libra para comprarme una botellita de agua. En fin, buscare algun ditio donde planchar la oreja.

21.36 Empiezo a tener hambre y creo que he encontrado una butaca en la que podre dormir, aunque ahora no tengo ni pizca de suenio ya que he ido duermeveleando en el autobus. Por cierto! Se me olvidaba decir que cambie el billete de vuelta a Southampton previo pago de cinco libras. Me aburro, creo que es el momento de estudiar un poco.

05.30 He hecho ya el Check-in, pero aun me falta al menos una hora y cuarto para embarcar. Algo logre dormir, no mucho. Me he llevado un buen susto cuando he abierto un ojo y he visto a un forzudo policia aproximandose con mala cara. No era por mi sino por el vagabundo que tenia a mi lado y que no habia dejado de hacer ruido hurgando en las basuras cercanas y cantando por lo bajini. Mas tarde, cuando al fin dormia placidamente han irrumpido dos parejas de indios hablando a voces. 

05.58 Veo las primeras camisetas rojas. Algun que otro tarado hace el mismo camino que yo.

10.03 Hora continental. Aterrizamos en el aparentemente minusculo aeropuerto de Munich.

10.25 Celebrando que me han gustado las pocas mujeres bavaras que he visto y mientras espero que abran la puerta de embarque me voy a enfundar la camiseta nacional, ya es hora.

11.35 Despegamos mientras hablo con una pareja de canariones aficionados al baloncesto, yo quiero dormir pero la conversacion es realmente agradable y merece la pena. Aun no he llegado y ya se huele la hospitalidad hispana.

14.20 Al fin estoy en el aeropuerto de birbam, de entre un par de kioscos surge otro canario que ha venido a buscarme. Nos subimos al coche y nos vamos a bizarria.

15.09 Llegamos a bizarria, nos acercamos a casa de mi tia, despertamos a mi hermano y me doy el primer banio del verano. Necesito despejarme un poco, estoy muy cansado.

16.16 Plato combinado en un bar al que me empenio en cambiarle el nombre una y otra vez. Escucho a los parroquianos mientras ven el Tour en la sombra. Degustando un patxaran un borracho eructa Hay que tener un master pa tomarse una copa aqui Cuanto echaba de menos este tipo de cosas!

17.24 Llegamos al bar de un amigo en el que veremos la final. Empieza el reparto de abrazos, en ocasiones me siento como el Papa, la diferencia esta en que a mi me resulta placentero abrazar a quienes querian que fuese a ver el partido con ellos, a quienes necesitaba para ir a ver el partido con ellos. Empieza tambien el etilismo mesurado.

20.30 Kick-off.

Alrededor de las once, Don Andres marca el unico gol del partido. Iker alzara la Copa del Mundo. Bebemos, cantamos, bailamos, y me voy a dormir sabe dios a que hora, ni demasiado tarde ni demasiado temprano pero destrozado. Esta peregrinacion merecio la pena.


Muchisimas gracias a todos los que hicieron esto posible. No me refiero a los futbolistas, a los que ya agradecere mas adelante, sino a mis amigos (a los que no comparto con Boabdil) sin vosotros... sin vosotros... sin vosotros... no hay palabras.








domingo, 4 de julio de 2010

La mascota de Mrs Northgate

Era una mañana apacible, pese a que el cielo estuviese cubierto de nubes no corría el viento. Agarré mi bicicleta dirección al pueblo más cercano, por la acera, era temprano y alguna legaña había sobrevivido a un débil lavado de cara. Por la acera se podía pedalear con tranquilidad.

Tengo que ir un día cada semana al pueblo de al lado para asistir a clase de inglés, nunca me gustó encontrarme en un aula con unos desconocidos que no me interesan lo más mínimo con los que al principio no podía hablar porque desconocía la lengua y con los que ahora no puedo hablar porque no tenemos nada en común. Nada que no sea que somos extranjeros. No me gusta que todos pretendan llamar la atención de la profesora, me recuerdan a mí con catorce años. Sólo hay un chico eslovaco, el más joven de todos, que permanece callado y pregunta cuando le dan permiso.

Mrs Northgate salió esa misma mañana de su casa en el pueblo de al lado con una inmensa bolsa colgando de su brazo derecho. Se había despertado muy pronto para limpiar la casa vacía de hijos y marido hoy no ponen mi teleserie favorita, saldré a pasear, hace un buen día pensó. Mrs Northgate es adicta a una serie de televisión y a hacer calceta, tiene el pelo blanco y largo, pero siempre lo lleva recogido con un moño. Le gusta toda prenda de vestir con estampado de cuadritos y las botas de lluvia, añora a su marido y se emociona cuando reconoce por la calle a los amigos de sus hijos. Una vez por semana, una sola vez por semana,  va al parque que hay tras la biblioteca a tomar el sol y a sacar a pasear a su mascota. Ese era el día.

Afortunadamente hacemos dos descansos, uno de ellos es innecesario para los no fumadores, quince minutos por lo general bastante largos si no tienes con quién hablar, y la verdad que la pieza de fruta me la puedo comer mientras me dan clase. El segundo es un descanso para comer, casi una hora, generalmente desde las 12.45, si hace buen tiempo me voy al parque que hay detrás de la biblioteca y el centro social a tumbarme en una pequeña duna mientras me como un sandwich de queso cheddar, cebolla, zanahoria y mayonesa y un pequeño bocadillo de mexican chicken, no sé si es que al pollo lo crían en México o si es que como pica un poco les recuerda al Chili con Carne. El caso es que este día del que hablo estoy ahí tumbado, con los ojos semicerrados, a veces oigo ruidos y los abro con estrépito para descubrir que no pasa nada, que son mis miedos golpeando la puerta. De tantas veces que los he abierto decido reclinarme y observo que la señora de enfrente, con quien ya he coincidido alguna vez más en este mismo parque, lleva los últimos quince minutos mirando fijamente a un seto.

La señora de enfrente es Mrs Northgate, pero yo aún no lo sé. Debe estar loca pienso. En un momento dado aparace otro vecino con un perro, le suelta la correa y el perro corre como loco y sin destino fijo por todo el parque, pero de repente se para, ha olido algo y sale como un rayo hacia Mrs Northgate, ladra, jadea, mueve el rabo como un julajó, y se precipita contra una piedra que hay precisamente en el arbusto al que mira Mrs Northgate. El dueño del perro ata en corto a su mascota y habla con la señora. No puedo oirlos. El señor y su can se marchan tan contentos del parque mientras habla uno con el otro, mientras ladra el otro con el uno.

Siento que debo prestar atención  a esa piedra que hay allí donde Mrs Northgate clava su mirada. Tardo poco en percibir que la piedra se mueve y que si la lógica sirve de algo no debe de ser una piedra ese objeto que se mueve lentamente. Como soy escéptico y no llevo las gafas me acerco  lo suficiente hasta que no puedo creer lo que estoy viendo: la hija primogénita del galápago de Churchill, ahí mismo, en el pueblo de al lado y frente a mis judáicas narices. Me acerco aún más a la tortuga hasta que bruscamente, con toda la brusquedad que se le permite, se esconde en su caparazón. Miro a la señora, me presento y se presenta. Y como soy un curioso peor que bien le pregunto por su mascota. Al parecer era de su marido, el difunto Mr Northgate quien pasó a mejor vida hacía ya cuarenta años, sus hijos no se querían ocupar de ella, tampoco de la tortuga. Eso es lo que creo que debí entender, porque para mis oidos sus palabras dijeron que una mañana apareció muerto Mr Northgate en el jardín trasero de su casa, entre los tomates y acedias que cultivaba desde que compraron la casa, los enfermeros con ayuda de la policia retiraron el cadáver esa misma mañana. Una vez se hubieron ido Mrs Northgate fue de nuevo entre tomates y acedias y cual fue su sorpresa cuando vió que una piedra se movía, la agarró con las dos manos y brotaron cuatro patas y una cabeza.

Volví a hablar con Mrs Northgate, Susan para los amigos, y me contó más cosas sobre Pickle, que así se llamaba el galápago. Desmontó de una tacada la invención de mi traducción con una foto de Mr Northgate con Pickle cuando el difunto tenía alrededor de unos 10 años. 

Por el tamaño de Pickle y según Internet podría alcanzar ya casi los ochenta años de edad. Pensé en Churchill y la nueva biblia del conocimiento me dice que el bueno de Winston tenía un loro y no un galápago. ¿De dónde me habré sacado yo esa historia? ¿Y esta otra?

jueves, 27 de mayo de 2010

primavera

Primavera es Lorenzo incordiando cada mañana desde las 06.30. Es ducha fría incluso si vives en un bosque y no hay quien te caliente. Primavera es polen flotando en el ambiente imitando a los copos de nieve que se añoran. Primavera es Lorenzo pegajoso en el cogote ¡media vuelta! Primavera es Lorenzo hiriente en el pecho y en la frente. Es desear un té frío a las once. Es ensalada para comer, es gazpacho, porra antequerana con boquerones o filetes rusos y agua tan fría como le gustaba a la tía Paquita. Primavera es un café solo con dos hielos. Es la siesta que no me echo. Primavera es olores, colores, luz, y cervecitas al sol del que se esconden los cangrejos. Primavera es renacer y deshacerse. Es repeinarse con agua y sin cepillo, es afeitarse las barbas. Primavera es primavera, es trompetas en la lejanía, es fotografías naranjas de birbam, es silencio antagónico, es apologético himno al goce, al disfrute, a la desfloración que vendrá. Es desnacer y rehacer.

Primavera fue más horas de luz para jugar al fútbol en la calle. Fue desenfundar las pistolas de agua. Fue largos baños, patito de goma y transbordador soviético. Primavera fue calabazas veraniegas y tirarle piedras a las ventanas. Primavera fue los primeros versos. Primavera fue los primeros besos y jugar a ser novios. Primavera fue un silencio ineludible, diluible, incomprensible, irremediable, irrompible, impenetrable, incorregible.

Primavera es soñar despierto con mujeres. Es no dormir con ellas. Es tardío atardecer naranja demasiado tarde. Primavera es el penúltimo paso para decir adiós. Es abstemia. Es no querer trabajar, no querer escribir ¿Se nota, no? Evidentemente que se nota. 

miércoles, 24 de febrero de 2010

Dos sueños (silencio y abrazos).

A veces sueño silencios, y más tarde un pitido largo y molesto como de quirófano. Al principio era el desierto, un páramo caduco, evidentemente yermo, probablemente de ceniza, pero poco a poco empezaron a asomarse hojas verdes por allí y por aquí, invadiéndolo todo como las malas ideas. Las matas fueron creciendo de aquella nada y como si nada, y en las matas empezaron a brotar bayas, y las bayas atrajeron a una pareja de jipis suecos que simplemente pasaban por allí con su vieja Westfalia. Los jipis empezaron a engendrar hijos y a cultivar los campos, pero no decían una palabra, ni siquiera entre ellos se dedicaban una palabra de afecto o una tímida caricia, sólo me prestaban atención a mi. Me miraban con sus ojos grises como si fueran afilados filos de navaja y me pudieran traspasar con apenas violencia, como si yo no estuviera, no puede oirnos, no existe debieron pensar. Los campos empezaron a dar gallinas en vez de trigo. Unas gallinas adultas, muchas de ellas cluecas, pero la mayoría ponedoras; sin embargo no eran huevos lo que ponían sino granos de maiz, uno cada día, puntualmente, a las 13.52, unos granos de maiz de un tamaño tal, que pronto en las noticias empezaron a decir que aquellos frutos eran como tres campos de fútbol. Eran todas unas gallinas mudas sin gallos maleducados que despertasen por las mañanas, unas putas gallinas perezosas con muelles en los huecos de los ojos. Alguna vez al mirarlas fijamente, como tratando de hostigarlas con mi presencia y atención, ha caído al suelo algún ojo gallináceo, y tras éste un muelle ha salido disparado hacia mi, clavándoseme en el pecho, en las pantorrillas o, aún peor, en los inflados cachetes. Juro que en esas situaciones he gritado hasta quedarme ronco violentos alaridos como si estuviese la muerte acechando con su guadaña tras la puerta de mi casa, pero... nunca, repito, nunca me he oido gritar, nunca me han siquiera mirado la pareja de suecos o los múltiples críos y amigos que han venido a ocupar mi sueño de silencios. Y abro los ojos y alcanzo a ver que el desierto aquél ya no lo es, y hay grandes edificios de paja y barro y una calle principal de adoquines y una plaza con un jipi montado en un burro hecho de adobe, y un silencio que se rompe sólo con los pitidos diarios de quirófano cuando se está acercando la noche por la carretera que han construido para que vengan otros jipis al pueblo este que debería tener mi nombre pero que se llama... ¡oh, mierda, nunca consigo leer el cártel de la entrada!


A veces sueño, acto seguido, con el final de un abrazo, con dos cuerpos que se despegan después de desearse, a su manera, lo mejor en la vida. Cuando despierto y abrazo a la primera persona que me cruzo en el pasillo o en la calle nunca presto atención al velcro creado entre cuatro brazos chocando dos cuerpos, prefiero disfrutar del momento y creer que es eterno, tratar de eternizarlo en la retina, misión harto imposible ya que nos olvidamos tres abrazos más tarde de cómo fue el primigenio. Porque el primero fue un abrazo silencioso, como dos cuerpos ateridos por el frío de las noches del desierto.
Cuando despierto busco el origen del silencio y lo encuentro en la ausencia. No hay nada y, peor aún, no hay nadie. Y no lo habrá.

domingo, 29 de noviembre de 2009

How I wish you were here


Me parece a mí que esta noche corrí la Marathon en sueños, me parecé que sudé, que lloré, que me fuí en tres ocasiones, que acabé, que grité ahíto y en silencio. Me parece a mí que caí al suelo varias veces y me levanté otras tantas.

Estaba brotando la aurora detrás del bosque cuando se me abrieron los ojos con la almohada dentro de la boca, como si hubiese estado intentado exprimir el jugo primigenio. Sin embargo fue mi boca la que había expulsado salivales interrogaciones a la mañana, al amanecer, a la noche que se abre, a la noche cerrada, a las pelirrojas huidizas de mis sueños.

Me despierto con una gran erupción juvenil en la entrepierna, mi monte dolorido debió soñar conmigo y con otros montes de hojas caducas o perennemente otoñales. Me levanto con el dolor provocado por el frote con el colchón durante horas, una extraña paz colorada en mi interior, y aquella melodía que... en fin... que ojalá estuvieras aquí (seas quien seas) Venus. Venus naciendo de conchas boticcelianas, Venus noreuropeas con cascos de vikingos, Venus de rojo bailando sobre salidas de aire en las calles de la Gran Manzana, comiendo manzanas rojas en jardines edénicos, removiendo inquietas el azúcar en el té, sorbiendo granizados de limón en primera línea de batalla, Venus amazónicas, boreales, Venus venusinas al fin y al cabo.

So, so You think you can tell heaven from hell, blue skies from pain?

Y paso media mañana silbando y tratando de recordar mis sueños. Tengo esa extraña sensación de haber caido en las redes de Cupido en un sueño y, sin embargo, ser feliz. Enamorarse del amor, del sueño del amor, de las pelirrojas que viajan en patines y pantaloncitos extremadamente cortos, de las pelirrojas de pecas infinitas y pantorrillas moradas por el frío, de cachetes atomatados, de gruesos labios y ojos verdes... pelirrojas, cientos de pelirrojas en mis sueños, persiguiéndome disfrazadas de blanco matrimonial como si yo fuera Buster Keaton.

En ocasiones la presa es menos apetecible que cualquiera de los galgos.

Entonces, es cuando me doy cuenta de que lo único que permanece es la ignorancia. No recuerdo absolutamente nada de esos sueños de cabellos colorados, no recuerdo un rostro, una sombra, una silueta tras una cortina de acero, un espejo enfrentado a otro espejo. Y me rindo al mirarme los acentos sobre los ojos, y me ahogo en mi flema, y me encierro y me entierro y me araño las muñecas esperando que venga esa pelirroja que desconozco y me obsesiona nadando en espuma onírica.

Yo no quiero soplar desde lejos como si llegase volando y raptarte, europeíta. Lo que quiero es que vengas a buscarme, que me arranques de los sueños y me plantes en un nuevo vergel y no agostarme.