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martes, 2 de noviembre de 2010

La Revancha

Ni rastro de los cadáveres de Sauquillo y Sorano.

Anduve buscando entre los restos de todos los guerreros a los dos caciques, pero ni modos... únicamente pude ver y remover pútridos despojos descomponiéndose en una suerte de carroña para las aves, una pepitoria divina. Parecía que los infiernos habían abierto una puerta en la mortecina tierra del valle. Algunos hombres jadeaban ansiando la muerte, otros gritaban y se retorcían de dolor clamando auxilio. Les dí muerte a todos, a todos y cada uno de ellos. Ni uno quedó Esta historia sólo la contaré yo pensé encontraré a los dos bastardos que han causado esta sangría y les degollaré, así me cueste el resto de mis días. Comprobé uno a uno que los cuerpos de los déspotas no estaban en el valle, misión que me costó dos días y todas las reservas de agua que fui encontrando en los cintos de los malhechores Con suerte estarán ya muertos allá afuera pensé la mañana del tercer día mirando la colina que delimitaba el valle al sur, y escalé y huí de aquel camposanto sin santificar.

La colina sur en nada se parecía a la que delimitaba el norte, no tenía hoyas en su cima sino una planicie verde como un descuidado campo de golf escocés. Ni yo ni mi sed podíamos creer que allí mismo hubiese un oasis. Corrí a beber de un manantial natural que encontré en la cara sur para empaparme la boca con una fina arena como de playa. Allá arriba no había más que un minúsculo desierto. Entonces caí en la desesperación. Sí, lloré amarga y desconsoladamente, de mi boca brotaron alaridos irreconocibles, el sol me batía y me arrojaba con violencia al suelo a cada paso en mi descenso. Perdí el conocimiento y caí rodando hasta las faldas de la colina. El revolcón hasta allá abajo me destrozó la espalda y me encontré implorando a dios con la voz rota, tumbado en el suelo no me pude levantar.

Desperté de repente con un chorro de algún líquido abrasador en mi cara, traté de abrir los ojos pues el chorro me iba empapando el tronco y los brazos y bajaba hacia mis piernas con menos fuerza, razón por la que pensé que aquella ducha tenía origen humano. Al fin pude abrir los ojos, pero el sol no me dejaba ver con claridad no más que a un hombre con una especie de cantimplora en la mano que reía ¡ah, gachupín, me confundí con usted! Fue usted más aguerrido que todos mis hombres! Reconocí esa voz al instante, la reconocería así pasasen cien años. Poco a poco mis ojos pudieron enfocar al dueño de aquél aullido que, en efecto, era Raúl Sorano ¡Ha sobrevivido! Susurré carraspeando realmente sorprendido ¿Cómo no? Me preguntó sin esperar respuesta y sonriente Usted y yo, gachupín, somos los únicos machos que quedan en la faz de esta tierra eructó alcanzándome la mano para levantarme Ese cobarde hijo de mil putas de Romeo Sauquillo también está ahora en el otro mundo, yo mismo lo ajusticié, a él y a los tres hombres que lo acompañaban Dudé un momento pero le estreché mi mano izquierda al mismo tiempo que con la derecha alcancé un canto afilado como punta de lanza, me reincoporé con su ayuda y, precisamente, gracias al impulso que me daba le asesté con la piedra en la cabeza. Se la clavé en la misma frente, y allí se le quedó alojada una punta en el cráneo. La sangre eruptó a borbotones y sus ojos gritaron, dejando así salir toda la vida que había en ellos. Con mis abrazos agarrándole por la pechera se le fueron apagando los ojos lentamente según le hablaba No, no te vayas, Raulito, aguanta un poco más, hijo del infierno. Escúchame una cosita... Tú, perro, eres el único responsable de la muerte de todos estos hombres, por tu culpa no habrá descendencia en estas tierras y vendrán, de nuevo, hombres extraños a repoblarlas. Si es que te llevas contigo al infierno tu maldición Se le marchó la vida allí mismo, entre temblores y arcadas.

Tomé el agua que llevaba encima y su sombrero, también me probé sus botas que estaban en mucho mejor estado que las mías pero, desafortunadamente, no eran de mi talla. Bebí hasta saciarme y mientras bebía pude oír el relincho de un caballo que no debía andar muy lejos. Anduve en la dirección que me dictaban los oídos, hacia detrás de una colina menor que me dispuse a rodear, en ese trayecto me topé de frente con el jumento que galopaba hacia mí como si fuera un viejo amigo que me reconociera después de mucho tiempo sin vernos. Se paró y relinchó de nuevo, estaba tan quietito, tan parado, que creí que me invitaba a subirme a sus grupas. Así lo hice, y el potro empezó a cabalgar ignorando mis órdenes en dirección al sur.

Cabalgó y cabalgó como si no necesitase descanso durante todo el día, hasta que nuestra sombra se hizo demasiado grande y decidió parar. Quizá le da miedo la noche pensé, pero estaba equivocado. El corcel había cesado en su carrera porque a unos veinte metros más adelante había un masa casi inerte retorciéndose en el suelo. Recuerdo que pensé que el caballo me habría llevado allí para salvar a ese hombre. Aún me quedaba algo de benevolencia, así que salté del lomo del jaco y corrí a asistir al hombre que se doblava en un charco de sangre. Le dí media vuelta al cuerpo y mi sorprendente cara se vió reflejada en sus sorprendidos ojos ¡Oh, es usted, Sauquillo! musité Gachupín bisbiseó asístame, la vida de mi hijo está en juego. Si es por eso no se preocupe, sus propios hombres le dieron muerte antes de que empezase la batalla final. Sus ojos vomitaron dos lágrimas de sangre al tiempo que decía Hijos de puta, los degollaré a todos. Tranquilo, Sauquillo, usted y yo somos los únicos con vida espeté Lléveme a la ciudad y se lo recompensaré pronunció No se haga drama, esto ya terminó, salúdemelos a todos en el infierno y le pisé con la derecha en el cuello hasta ahogarle mientras le pateaba la cabeza con la zurda, trabajo en equipo pensé.

Me subí al lomo del potro sin mirar atrás. Es el último recuerdo que tengo hasta que llegué a la ciudad. Creo que dormí en las ancas del jamelgo hasta entonces. El bicho parecía saber dónde llevarme y así fue, directo a la penitenciaría. Aquí cumplo condena sin saber muy bien por qué. Mi conciencia está tranquila, hice lo que tenía que hacer. Por mí, por Rosalina Sorano, por Román Sauquillo, por el hijo de estos, y por todos los muertos en el valle.

FIN.






lunes, 1 de noviembre de 2010

El día de los difuntos

Entonces comenzó la lluvia de metralla. El chaparrón de metales, aunque esperado, resultó sorpresivo.

Antes apareció un pequeño contingente de no más de diez hombres cabalgando como jockeys en el Grand National desde el norte, arrasando con sus pisadas la poca vegetación que sobrevivía en aquél páramo sangriento. A los diez vaqueros a caballo les perseguían otros veinte hombres a pie, sucios, más bien mugrientos, gritando, quién sabe si por miedo o rabia, y con lo ojos saliéndoseles de las órbitas, veinte hombres armados con cintos y cintos de balas colgando en cruz sobre sus pechos. Yo alcancé a verlos el primero, quizá fui el único. Los hombres de Sauquillo me habían dado un segundo de tranquilidad mientras se cebaban con el cuerpo malherido y casi inerte del niño, de veras que siento lo ocurrido con aquél muchacho más que lo que a continuación voy a relatar, pero yo era sólo un hombre perdido en el desierto entre dos ejércitos que luchaban sin saber muy bien por qué. No podía hacer nada y no podía aguantar más aquella barbaridad. Pensé en huir, comencé a escalar el pequeño monte ubicado en dirección al norte, una colina ridícula con hoyas en la irrisoria cúspide, lo cual le daba un aspecto de urinario de los dioses. Al llegar a la cima fue cuando vi a los diez jinetes, con los ojos nublados por el sudor y los rayos vespertinos del sol a latigazos, tapándome los orejas tan fuerte como podían mis brazos delibitados tras tantas jornadas sin un mísero pedazo de pan, tapándome aquellos oídos sangrantes que no podían soportar más los gritos del pequeño Sauquillo a causa de las vejaciones de aquellos hombres que, se suponía, le tenían que cuidar. No pude reaccionar, mis piernas temblaban y caí a plomo entre las rocas, en una de las hoyas. Agarrotado por el miedo, apenas pude pensar en la vida de todos aquellos hombres que, evidentemente, ni me importaban ni me importan. Casi no me importaba la vida propia. Puedo decir desde el sofá de la vieja casa familiar que deseé la muerte, que la ansié como se desea el sexo de una primera cita en el portal de su casa.

Entoces comenzó la lluvia de metralla, y los hombres de Sauquillo corrían en todas direcciones buscando un parapeto en que resguardarse. Muchos de ellos se retiraban hacia el norte firmando la muerte, otros huían hacia el sur por el estrechísimo camino del despeñadero y caían como manzanas en la cabeza del físico hacia lo desconocido. Veinte o treinta valientes trataron de hacer frente a los ataques acorazados tras los cadáveres en una especie de campamento improvisado en el centro del valle. Pero los hombres de Sorano arrasaban como vikingos lo que encontraban a su paso, cada vez eran más y más y, borrachos de cólera y sedientos de sangre como estaban, en muy poco tiempo liquidaron a todos y cada uno de los compinches de Sauquillo. Tal era el caos que habían originado que al eliminar a todos sus oponentes no fueron capaces de percatarse de que luchaban contra sí mismos, y así se dieron muerte, dejando que sus propias diferencias y sus odios internos aflorasen en esa borrachera helicoidal de rencor tan divinamente humana.

El cuerpo inerte del niño Sauquillo, cuatro hombres con los pantalones bajados y las lorzas ensangrentadas, Serra con una herida en el bajo vientre, veinte cuates debajo de otros veinte cuerpos sin cabeza, otros tantos decapitados en lo alto del monte que delimitaba con el sur, los fantasmas de Rosalina y Román bailando un vals entre los despojos, ríos de sangres, llamas, diligencias destrozadas, caballos agonizantes, barriles de güisqui agujereados, ratones, ratas, águilas harpías, solitarias, elegantes y tiranas disfrutando del banquete. Pero ni rastro de los cadáveres de Sauquillo y Sorano.

Feliz día de los difuntos.

martes, 3 de agosto de 2010

El crío


Todos los hombres de Sauquillo se levantaron como guindilla en ojete, montaron sus caballos y siguieron las órdenes del propio Sauquillo y tres de los hombres con los que habíamos compartido la charla mientras Serra sin levantar los ojos de la polvorienta tierra me susurró Será mejor que se marche, gachupín, las cosas se van a poner feas. Yo trataré de ayudarle en su huida. Este no es más un lugar seguro. Hablaba Reinaldo Serra como si fuese más importante lo que callaba que lo que decía. Pero yo no quiero huir... quiero conocer el final de esta historia Espeté. Sí, mi compadre, usté quiere saber... pero debe saber que ese final puede ser el suyo como será el mío.

Quedaron muy pocos hombres en aquel campamento, y los que había no querían platicar. A todos les goteaba el miedo de la nariz, sus rictus eran serios, sus ojos semicerrados o perdidos en el horizonte huían del enemigo y la fina arena del desierto que levantaba juguetón el viento, sus bocas pastosamente sedientas escupían tabaco, los cuerpos medio inertes se apoyaban en sus armas. Eventualmente alcanzábamos a oir algún disparo probablemente perdido. Nada indicaba que fuese la batalla final. A Sorano no le quedaban muchos hombres apoyándole y lo más probable es que aquellos que se acercaban fueran desertores.

Dos horas más tarde del último disparo aparecieron los primeros rufianes de vuelta con un bulto, como saco de papas en las grupas de uno de los caballos, que resultó ser uno de los que pretendían traicionar a Sorano. Le arrojaron al suelo y ni corto ni perezoso uno de los vigilantes se acercó a orinarle sobre las heridas. Algunos otros se asomaron también para maltratarle. Un perro eso es lo que es Gritó uno de ellos antes de que otro aparentemente con más galones les separó y dejó que el pobre muchacho que no alcanzaba los dieciocho años de edad pudiese descansar un rato. Parecía que se olvidaron de él y me acerqué a aproximar a sus labios las últimas gotas de agua que quedaban en mi cantimplora. Deme güisqui, compadre... suplicó, ándele, guey, deme algo más fuerte, para qué quiero yo agua en mi lecho de muerte, gachupín... ¡Un momento! ¿Cómo sabía ese hombre que yo era gachupín si no había abierto la boca? Traté de limpiar su tiznada cara y apartarle el pelo de los ojos, me deshice sin muchos problemas de su débil resistencia hasta que le reconocí...

Aunque no había pasado más de una semana desde la primera vez que le ví su aspecto había cambiado muchísimo, como si una semana vagando por el desierto fuesen cinco años entre seres civilizados... y pensé en cómo sería mi aspecto... y corrí en busca de ese pequeño riachuelo a mirarme la cara en su reflejo. Pese a que temblaba como la primera vez ya no era el niño tembloroso que ví entre los hombres de Sauquillo el maldito día en que me crucé con ellos por primera vez en mi vida. Levanté la cara de aquel arroyo y me giré siguiendo los gritos horrorizados del crío ante el atosigamiento de los secuaces de Sauquillo Toma, putito, tú nos metiste en esta, no debiste nacer, maricón increpaba el más violento de todos asestándole una tras otra mil patadas en el abdomen. Era evidente que aquél muchacho no contaba con las simpatías de aquellos hombres. Era evidente que aquél era el hijo de Román Sauquillo.

sábado, 19 de junio de 2010

Hablando con Romeo Sauquillo II

Era evidente que Romeo Saquillo conocía perfectamente el por qué de aquella disputa que no hacía tanto tiempo que había comenzado, pero saltaba a la vista que sabía cómo contar historias, de ahí que se le respetasen todas las licencias literarias a la hora de tratar de desubicar a sus atentos oyentes. Poco importaba que no diese explicaciones de asuntos realmente importantes. Aquél día rompimos nuestra sociedad, repartimos las tierras y el ganado, los hombres eligieron quien quería que fuese su único patrón. Hasta entonces habíamos funcionado bien, según habían decidido los viejos, lo acatamos sin problemas, pinche, si a ellos les funcionó por qué no lo iba a hacer con nosotros. Pues porque ese hijo de mil putas había matado a mi hermano... Ese pinche huevón estaba enamorado de su hermanita y no podía soportar que fuese a huir con Romancito.

Tardamos muchos meses en encontrar el cuerpo, fueron duros meses hostigando a sus hombres, pero al final uno cantó y pudimos encontrar el cadáver en un pozo inútil a cuarenta millas al norte de Cuatrociénagas, con tres disparos en la espalda y con el sexo arrancado... el muy cobarde, el muy puto... mi hermano era sesenta veces más hombre que él, que no tenía los huevos de matarle mirándole a la cara. Nos costó entender el por qué de esa atroz mutilación. Fue imposible hasta que no apareció la sumisa Rosalina de vuelta y en estado.

Aquí donde me ve, un hombre rudo, una bestia ¿no es cierto? Tengo mi astucia también, gachupín, no hay hombre más astuto y capaz que yo en todo el valle. Así que no fue difícil comprender que el padre de la criatura que Rosalina engordaba en su vientre era semilla de mi hermanito. Pero no fuimos alocados, mi cuate, supimos esperar, la guerra estaba declarada pero para el golpe final debíamos aguardar el momento preciso. Todo llega con paciencia, eso es seguro. Y el Diosito y nuestro señor Jesucristo estaban de nuestro lado.

Señor
interrumpió un hombre gritando desde lejos discúlpeme, señor acertó a decir entre jadeos cuando le dieron permiso para acercarse Han visto hombres de Sorano acercándose por el sur. Sauquillo se levantó, esputó al suelo un lapo negro y dijo con sangre en los ojos ¿Cuántos? No más de diez, señor contestó el hombre Vigilen todas las entradas al valle, no queremos que vuelvan a entrar. Y abran fuego si es necesario. Señor, si me disculpa la intromisión dijo Serra que se sentaba a mi lado derecho quizá sean desertores que se una a nuestra causa. No quiero más traidores en mis filas eructó el líder. Habían adoptado un lenguaje castrista, la guerra se les había metido en las venas y fluía como un río sin caudal fijo.

Parece gachupín que no podré terminar de contarle la historia hoy, aunque imagino que se hace una idea de cómo han ido transcurriendo los hechos Me dijo clavándome esos ojos llenos de odio. Sí, puedo imaginarlo, sólo déjeme hacerle una pregunta Asintió ¿quién cantó? Dándose la vuelta susurró Quizá el hombre de su derecha le pueda explicar mejor que yo ese asunto ¿verdad, Serra? y miró a Serra esbozando una leve sonrisa que le perdonaba la vida.

Hablando con Romeo Sauquillo

Hace ya muchos años que empezó todo, gachupín, tantos que ya no recuerdo cómo... pero sigo teniendo muy presente el por qué. Es una lástima que usted se haya visto envuelto en tremendo quilombo, mi cuate, pero ya que está acá trataremos de que sea una pieza importante en todo esto. Le guste o no. Y entonces mi corazón se alborotó como un solo de batería de Keith Moon. Decía que fue hace muchos años, sin embargo no viene de antes de los españoles. El padre de Sorano y mi difunto papá fueron purititos compadres. Hicieron juntos un capitalcito asaltando todas y cada una de las diligencias que venían de Monterrey hacia los bancos de los gringos durante un año. No les apresaron nunca, ni modos, no tenían lo que había que tener para ser machos. Les fue más fácil buscar otra ruta... o quizá retuvieron toda la plata en la capital. No lo sé.

Ese pinche puto y yo crecimos juntos, nuestras familias eran las únicas que vivían en este valle, mis papis, mi hermanito y yo, el viejo Sorano y su señora, Raúl, y la linda Rosalina, su hermana. No hubo problemas hasta que nos hicimos grandes. Mi hermanito, el dulce Romancito pretendía a Rosalina en la distancia desde que eran muy críos, era un amor puro, gachupín, él le amaba con toda el alma, fíjese que un día le encontré un verso que había escrito, mi hermanito como un afeminado haciendo versos... mi dulce hermanito... Quisiera tocar tus labios, morder su carne, mas sólo con verlos de lejos me vale. ¿No es tierno? Asentí con la cabeza ligeramente, con miedo a hablar e interrumpir. Al parecer estuvieron viéndose a escóndidas durante un tiempo y tenían pensado huir al norte. Y digo al parecer porque nunca hubo constancia de eso. Pendejadas, imagino. Quisieran o no, no pudieron hacerlo, no les dejaron... no les dejó ese cobarde...

Un día mi hermanito desapareció y fuí en busca de Rosalina y de Raúl, tenía que comprobar que habían huido juntos, si al fin lo habían hecho. Sorano me recibió de malos modos, apenitas me dejó pisar su casa y pedía que me fuese de allá. Decía que también extrañaba a su hermanita desde hacía un tiempo ¿No te parece raro Raúl? Le pregunté ¿No se habrán marchado juntos? Mi hermana es lo suficiente mujer como para irse con la niñita de tu hermano... Me gritó... Pero si estás en lo cierto y les agarro juntos te juro que mato a esos dos pendejos. Y me echó de su casa.

A los días volví por los alrededores y la casa estaba cerrada, parecía que estuviera vacía. Por un tiempo estuve merodeando por allá. Hasta que un día ví movimiento en una habitación, tras las cortinas. Así que volví por la noche y una minúscula luz como de candil brillaba en la misma piecita minúscula de la segunda plata. Presa de la rabia irrumpí en la casa. Allí mismo encontré a los dos hermanos, en silencio, bajo unas frazadas gruesas, temblando.

martes, 9 de marzo de 2010

Reinaldo Serra

Y de repente un estallido me despertó de un sueño plácido disfrazado de hadas volátiles y aguanieve. Me recosté con violencia buscando en la ventana la batalla y un golpe de metralla como un tornado de clavos le arrancó la vida a los chavos leales a Sorano, a sus últimos valientes. Aunque probablemente, sabiéndose olvidados y desvalidos, habrían pasado sus postreras horas rezándole hasta a los dioses que habrían abandonado vendiéndose al becerro de oro que prometía el cacique. Después fue el humo y gritos afeminados, y mi mano buscó instintivamente una sucia frazada en el suelo que mi memoria recordaba pero yo no, traté de taparme, de esconderme, de huir como los niños entre las sábanas si no lo veo no existe. Pero dos pares de brazos vinieron a rescatarme levantándome del piso con furia y me arrojaron al desierto mientras a mi espalda el viejo refugio ardía. Otra vez dos brazos me agarraron por el cuello y me lanzaron a los lomos de una yegua, aún moribundo pude ver mi sombra en la noche, el refugio flameaba como el astro rey, estallaba con virulencia la dinamita escondida en la bodega, y entre mi incontinente sudor y las feroces explosiones el miedo creció manchándome los pantalones con mis propias boñigas chorreando como cataratas de sangre por entre mis heridas nalgas.
Volví a perder el conocimiento, y con la luz del día y un cubo de agua sucia lleno de esputos y orines sobre mi cabeza, desperté. Cuando pude abrir los ojos y enfocar la figura que me tapaba el sol reconocí inmediatamente la cara sucia de Romeo Sauquillo. Temblé.
Tranquilo, mi cuate, no le vamos a hacer nada, no tiene porque temer, si usted era prisionero de Sorano ahora es mi amigo. Los enemigos de mis enemigos son amigos míos. Su tono conciliador y sus sosegadas palabras no me tranquilizaron en absoluto. Disculpe lo que le hicimos el otro día, gachupín, estábamos nerviosos, imagínese... un gringo no debería deambular solo por estas peligrosas tierras y mas si nos encontramos en esta guerra... ¿verdad que me entiende usted, mi cuate? Yo asentía sin saber muy bien por qué Imagínese, creimos que nos andaba persiguiendo, que ese hijo de mala madre le había enviado, pero ahora podemos confiar en usted, o eso al menos dice Reinaldo dijo señalando a un hombre de pequeña estatura que tardé en reconocer como el hombre que yació conmigo en el refugio la noche anterior, o la anterior, ya no sé. Me acercaron un plato metálico con algo de arroz, unas guindillas y una cantidad ridícula de frijoles que devoré con la premura de quien cree que no va a volver a comer, con el ansia de un bebe moribundo exprimiendo los ajados pechos de su madre.
Me sentía perdido, a estas horas Raúl Sorano debía ser carroña para los cuervos, y así como una maldición antropofágica empecé comiéndome los padrastros y seguí mordiéndome los brazos escuálidos, buscaba la muerte con angustia, con la codicia del que no se cansa de perder.
Tráiganme al gachupín oí gritar a Sauquillo, y se me acercó raudo el traidor que se tendió a mi lado en la guarida de Sorano Hola compa, mi nombre es Serra, Reinaldo Serra, fue un placer salvarle la vida. Muchas gracias contesté sin apenas sentir que mis labios se abrían y se proyectaba desde mis pulmones el aire suficiente para pronunciar esas palabras. Me volvió a levantar con aquellos poderosos brazos que sentí como si fueran los de dos hombres la primera vez, Serra tenía una fuerza desacorde con su minúsculo cuerpo. Cargó conmigo hasta la hoguera en la que se calentaba y descansaba el cacique que susurraba algo a varios de sus compinches, alzó la voz al dirigirse a Reinaldo Déjelo ahí mismo, con cuidado me miró Acá sólo vienen a sentarse los hombres de mi confianza, acomódose, por eso le mandé llamar, preste atención porque sólo se lo voy a decir una vez, preste atención porque su vida y la de todos nosotros depende de esta conversación. Pero tranquilo güey, relájase, le voy a contar el principio de esta historia.

miércoles, 13 de enero de 2010

Una larga espera

Recuerde lo que le digo siguió susurrando es un nombre prohibido y la puerta se abrió violentamente golpeando la pared sin que se atisbara a nadie allá afuera El viento está bien bravo hoy dijo el más chaparrito de los dos mientras se ponía en pie y se acercaba al viejo portón. Un aire ligero entraba por el hueco de la puerta como notas de un piano perdidas en la oscuridad de una casa abandonada, un débil aliento que bajaba de las térreas colinas, un soplo tan inútil para abrir la cancela como el golpeo infantil de una mano de goma ¡Virgen de Guadalupe! Gritó el chaparro dando un salto sobre sus pasos y cayendo con el culo en el piso arcilloso al ver a alguien culebreando en la tierra.
Le tumbaron a mi lado, era uno de los esbirros de Sorano, un hombre de mediana estatura, ya mayor, de pelo cano donde lo había, parecía de otras tierras más al norte, tenía unos escandinavos ojos azules y la piel curtida por el sol como un timbal, traía las ropas deshilachadas, venía con los pies desnudos dejando una tímida huella de sangre, si los hombres de Sauquillo fuesen atentos no les costará mucho encontrar este refugio pensé; tenía una fiebre muy alta, estaba muy sucio, como si hubiese vagado por el desierto durante años. Fue un baño de sangre, mis cuates, fue un baño de sangre repetía mientras los dos hombres le daban friegas. De vez en cuando gritaba y pataleaba como preso por un conjuro y los chamacos trataban de contenerle, otras veces dormía plácidamente como un bebito con el dedo gordo en la boca, y las menos hablaba con los ojos en blanco No alcanzamos Santa Catalina... nos tendieron una trampa... esos bandidos nos esperaban... no alcanzamos siquiera la tierra verde... nos patiaron por la espalda... no llegamos a Santa Catalina... fue una trampa de esos cobardes... yo no vi al niño, lo juro... por los hijos de mis hembras... lo juro... no alcanzamos aquél pueblo... lo juro, lo juro, no le ví... no estaba en ningún lugar... aparecieron como fantasmas para patiarnos el trasero... esos bandidos... gallinas... se levantó una gran polvareda... esos culorotos... no llegamos a pisar la tierra verde... nos patiaron... nos cegaron... acoquinados... no se podía ver nada, lo juro... lo juro... no alcanzamos Santa Catalina... aparecieron tras el cerro... malnacidos... lo juro... aparecieron de la nada... no ví al niño... lo juro... no alcanzamos Santa Catalina... alguien les debió de avisar... lo juro, no ví al niño... nos estaban esperando...
Fueron muchas horas aguardando en la obscuridad entre delirios propios y extraños, muchas horas observando a los chamacos haciendo guardia en la ventana, muchas horas sintiendo al viento mecer las cadenas que servían para atar a los caballos, y aún sabiendo esto, en mi mente se figuraba la muerte con su ejército viniendo a buscarme, a buscarnos. Al fin y al cabo eso es lo que estábamos esperando todos. Sauquillo había ganado esta batalla y esta guerra y querría terminar su trabajo.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Un nombre prohibido.

No se preocupe compadre, ya está a salvo. Raúl Sorano se levantó dando un respingo hurgándose el bulto de su sexo en los tejanos, se dió media vuelta y miró a sus camaradas con los brazos en jarra, como si en cualquier momento, preso de la rabia, fuese a desenfundar su revólver y llenarles las molleras de pólvora. Encontraremos a ese hijo de mil putas. Su voz era tan seca y tan calmada que no quedaba otra opción que tomarla en serio. Era evidente que era un hombre respetado por sus secuaces, quienes le miraban temerosos no por pavor sino por sospecha de que la revancha estaba cerca. Casi se olía el miedo en aquella cueva y, sin embargo, aquellos hombres gritaron enrabietados. Más tarde descubriría que el canguelo olía a humedad.

Sorano volvió a mirarme, clavándome en los ojos una mirada perdida, colérica, repentinamente perturbada y borracha por los bramidos de sus acólitos. Eran unos ojos negros sin fondo, encharcados en sangre, unos ojos con un solo acento sobre piel anacardo, una piel cuarteada por el sol, seca como solamente su voz podía ser. Tenía Raúl Sorano una nariz ladina, fina como una aguja de coser, una nariz-faro-orientadora, una brújula de palabras no nacidas en una boca de discretos labios e inmensas piedras amarillas. Traten de levantarle dijo a dos de sus esbirros siéntenle en aquella poltrona. Estos hombres se ocuparán de usted me dijo son buenos cuates, no se preocupe, los demás tenemos que ir a trabajar. Se despidió de mí como se despiden los tipos que no saben si volverán o no y no les inquieta. Dió media vuelta, sin más, y cuando llegaba a la puerta le grité Don Raúl con un gruñido desgarrado Yo no necesito revanchas, no busque problemas. Tranquilo, güey, no es por usted, compadre. Dijo uno de los hombres asiéndome por el brazo. Es por Raúl Sorano replicó el otro.

Oí las últimas instrucciones de Sorano a sus compinches, arengó a sus tropas con bravura. En mis delirios lo imaginaba cual Napoleón en la batalla de las pirámides montando un caballo blanco como en el cuadro de Gros. Volverían al mismo lugar donde me encontraron y desde allí hasta el pequeño poblado de Santa Catalina. Repitió en varias ocasiones un nombre que no alcancé a entender. Entonces se oyeron unos disparos y creí que la batalla había empezado ya, los caballos relincharon ferozmente, y un estruendo de taconeo sobre el tambor del desierto irrumpió en la cueva; y el paso se convirtió en trote, y el trote en galope, y el galope en silencio.

Seguramente el miedo unido al dolor me llevaron a un nuevo desmayo. Cuando desperté era de noche y los dos hombres calentaban algo en un fuego en el medio de aquella húmeda habitación. Pasaron al menos cinco minutos sin que abriese la boca o aquellos tipos me mirasen, justo hasta que involuntariamente empecé a toser. Se me acercaron con un cántaro de agua no muy fría y me dieron de beber. Mójese los labios, sólo mójelos. Cuando recuperé el aliento, caí en la cuenta, no sabía quién era el hombre que me había perforado las ancas, se lo había oído a Raúl Sorano en su perorata pero no lo había entendido. Volví a toser, esputé, y dije ¿Quién me hizo esto? Los dos compinches se miraron como queriendo que contestase el otro, como si tuviesen miedo de pronunciar un nombre, y el silencio se apoderó del ambiente hasta que el más tímido de los dos susurró Romeo Sauquillo, pero no lo nombre nunca, güey, es un nombre prohibido.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Raúl Sorano

Venimos buscando a Raúl Sorano dijo el que los encabezaba.
Perdone, señor, pero no sé de quién habla yo...
Por supuesto que sabe de quién estamos hablando, compadre eructó mostrando una dentadura, por llamarlo de alguna manera, trabajosamente podrida. Tenía los ojos verdes, profundamente verdes, y una mirada helada y rencorosa; la cara así como picada por la viruela o... alguna enfermedad cutánea, no sé... lucía sobre la boca un bigote muy poblado, espeso, de largos pelos que no dejaban ver el labio superior. Era un tipo enjuto pero de gran estatura, no sé si diría corpulento; aunque me dió esa impresión en ningún momento bajó de su caballo, así que me puedo confundir con facilidad; pero sí estoy seguro de que era muy alto, unas largas piernas como hilos colgaban sobre los lomos del famélico animal.
Su rasgada voz debía imponer mucho respeto a los compinches que le seguían. Tres o cuatro cuates, quizá cinco, que le jaleaban, unos tipejos escandalosamente rudos, unos perros sucios y fieles. De entre ellos reparé en que el más jovencito (prácticamente un crío) empezó a temblar cuando el cabecilla me interrumpió. Los otros me miraban tan amenazantes como el que sabía hablar.
De verdad, señor, que no sé de quién me habla, puede notar en mi acento que soy extranjero traté de explicar.
No se me haga el sonso gachupín. Todos los maleantes de acá a Alburquerque conocen a Raúl Sorano. Y hubo un silencio; o quizá yo tardé demasiado tiempo en contestar.
De veras que lo siento, caballero pero no entiendo qué quiere de mí me dí media vuelta para recibir un beso de su Colt entre las nalgas. Perdí la conciencia rápidamente, no sé cuánto tiempo he podido estar sangrando hasta que ustedes me encontraron.
No se preocupe, compadre, ahora está a salvo. Quede tranquilo, yo encontraré a ese cobarde hijo de mil putas como me llamo Raúl Sorano