miércoles, 17 de agosto de 2011

La vida pasa. Vagas divagaciones tras un fin de semana a los pies de un lago.

Ayer volví de una boda en Francia, con amigos. Un viaje tranquilo y excitante al mismo tiempo, de birbam a Geneve, de Geneve a Annecy, de Annecy a Saint-Joiroz y vuelta atrás. Un paraje impresionante a orillas del Lago de Annecy, rodeado de montañas prealpinas. He dicho que es impresionante porque no se me ocurre un calificativo mejor, lamentable por mi parte, pero es que desde que llegamos a esta increible, que no paradisíaca, tierra, no he cesado de pensar que si aquél escenario hubiera estado bajo el sol que envidian en Europa, estaría muchísimo más violado por el amargo efecto del turismo y el ancho bolsillo ibérico de lo que ya está en el país vecino. ¡Y qué narices! No puedo encontrar un adjetivo mejor porque he hemos todos vuelto de allí impresionado. Me atrevo a decir, desde la ignorancia, que no hay un lago como en el que he estado; kayaks, canoas, veleros y ferrys lo cruzan con total tranquilidad, por no hablar del rumor local, del cual no tengo razón alguna para dudar, que dice que el alcalde bebe un vaso de agua servido directamente del lago durante el día grande de la ciudad, demostrando así que es el lago más limpio del viejo continente.

Ha sido un fin de semana memorable que ninguno de los invitados procedentes de birbam y bizarria olvidaremos jamás. Estoy seguro. Supongo que la huella que me ha quedado a mí ni es ni puede ser la misma que a los demás, que cada uno hemos vivido las diferentes situaciones y choques culturales parece mentira a nuestro modo. Por ejemplo, un amigo, incapaz de acercarse a una preciosa muchacha francesa de cabellos de jengibre, se fustigaba pensando en los años perdidos sin aprender otros idiomas, por los inviernos pasados en el pueblo, solo, disfrutando del campo y de los animales, sin pensar que las elecciones que ha tomado son precisamente lo que le ha ido formando hasta el adulto que mas o menos es hoy. Y sí, es cierto, el tipo, mi amigo, podría haber aprovechado su adolescencia para hacer algo más que tocarse, salir de fiesta, juguetear con alguna droga, y aprender, con sus ritmos, sobre la tierra. Entre otras muchas cosas. Sí, podría haberlo hecho, pero no sería el mismo.

Yo, a rebufo de mi amigo, percibo que el camino es siempre más largo de lo que aparenta, resulta imposible tocar el horizonte, y tras cada montaña hay un valle nuevo que visitar o pastar, según sean tus costumbres alimenticias. Hace más de un año, no mucho más, que volví del Reino Unido; de ese bosque en el sur de Inglaterra. Si bien sigo teniendo presente muchas de las cosas aprendidas allí, casi todas sobre uno mismo, en este largo fin de semana me he percatado de que hay algo que he abandonado como una manzana en la encimera de la cocina. Una manzana que se oxida léntamente y de la cual contemplamos su herrumbre con cierto gusto como el que se percata por vez primera del milagro de la naturaleza, la vida, ese apagarse.

La vida pasa veloz como el cóndor. No te dejes adelantar, no la persigas, cada vida tiene un ritmo.

jueves, 4 de agosto de 2011

El personaje (o La butaca) y III

III. La huérfana butaca (o no elegir bien los títulos y subtítulos)


Pero súbitamente, cuando ya había perdido toda esperanza de que un cuerpo ocupase la huérfana butaca, cuando estoy absolutamente abstraido en las anécdotas que cuenta don Mario y me dispongo a declararme su discípulo así le arranque la oreja a simones o judases, unas piernas colgando de un cuerpo ocupan el lugar abandonado. Son, eran, unas piernas hermosas y largas, femeninas; unas piernas que deliberadamente se cruzan al ritmo contrario que las de don Mario y todos sus discípulos, entre los que, felizmente, por supuesto, me encuentro. Así que me molesta el acto de rebeldía como si fuera propio, como si esas piernas insurgentes me estuviesen declarando la guerra a mí, únicamente a mí, y voy levantando mi vista con intención de decirle cuatro cosas bien dichas a la señora o señorita ¡Es que no sabe usted que cuando el maestro se atusa el pelo la pierna izquierda se superpone a la derecha! ¡Y que cuando se arrasca la cara es al revés! ¡Por dios! ¡Que hay que venir de casa con su obra leida!

Mis ojos suben por sus piernas, alcanzan su falda y su camisa, y se entretienen con su pechos, se estancan en su cuello, y cuando pasan la frontera que es su barbilla observan sus ojos brillantes observando al maestro. ¡Dios mío, es la mujer más hermosa que he visto en mi vida! ¡Don Mario! Grito, abandono, no le seguiré más, ahora cruzaré las piernas al ritmo que me mande esta señorita. Por alguna extraña razón las ganas de regañarla se esfuman. Y la observo, absorto y babeante, y un gran charco de esputos se forma en el piso, y mis pies en rebeldía chapotean.

Apenas tardaron 6 segundos en aparecer dos señores de gris con unos palos atados a la cintura que venían a buscarme; me echaron de allí sin golpes, sin empujones, y sin darme ninguna razón por ello. Pero lo peor de todo fue que no me dijeran quién era aquella señorita.

Desde entonces vivo en la puerta del edificio en el cual en la última planta hay un salón en el que un día estuvo don Mario. Duermo entre cartones que el mismo Andrés Herrera, o lanada, envidiaría. Hay muchos eventos, grandes reuniones con personajes famosos, artistas, toreros, modelos, damas de clase alta, políticos, empresarios. Todos me conocen ya, y me saludan por mi nombre, incluso los porteros y los seguratas me conocen, y me traen algo de bollería y un café con leche cada tarde, alrededor de las seis. A veces, me encabrono y quiero entrar, tengo la curiosidad ¡qué coño curiosidad! Es mucho más... ¡has perdido la cabeza! de saber si volverá a aparecer la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Pero, obviamente, nunca me dejan entrar, están todos enamorados de ella y tienen miedo, no sea que la vaya a raptar.

No necesité mucho tiempo para darme cuenta de que necesitaba la ayuda de Andrés Herrera para sacar a el coso de allí. Desgraciadamente la nada no atendía al teléfono; tardé casi una semana en dar con él, aunque cuando lo hice, he de decir, vino presto a buscar al coso. Sobra decir que nos lo llevamos por la fuerza, la oratoria de Andrés, que es escasa, no funcionó; no logramos engañarle así que no hubo más remedio que agarrarle de brazos y piernas, golpearle repetidas veces en el hígado y los riñones y precipitarle al coche de Mateo Lorenzo, que siempre está para arrimar el hombro, que esperaba en ralentí frente a la acera.

El coso está bien, no preocuparse; está en casa, encerrado en su habitación, al parecer. Su madre dice que tiene fiebres y no nos deja subir a verlo, dice que el médico ha dicho que nada de visitas, y menos de los amigotes, que siempre son mala influencia. ¡Acabáramos!

miércoles, 27 de julio de 2011

El personaje (o La butaca) II

II. Presentación del salón y baile.

En mi crecimiento, ¡lo has dicho como si en algún momento se dejase de crecer, sigo creciendo ahora, carajo! he tenido serios problemas con él. No han sido, estos problemas, mas que dilemas internos que sencillamente se pueden resumir en dos palabras: tengo prejuicios. ¡Qué novedad! Pues claro que tienes prejuicios. ¿Quién mierda te crees que eres? Por un lado me apasionaba su manera de narrar, de transportarme con dos frases a la selva amazónica o a un internado militar, pero por otro lado un prurito nacía en mi espalda cada vez que le oía hablar de cómo solucionar los problemas de su país de nacimiento, los obstáculos de América Latina, o las dificultades de su país de acogida. Políticamente estábamos, y estamos, muy lejos. Reconozco que tiene él una formación mayor que la mía, sí, seguramente... y seguramente también aunque dirás probablemente probablemente tenga mejores razones que las mías y, por supuesto, mayor discernimiento. Son asuntos estos que no me preocupan en absoluto. Pues algún día, al mismo ritmo en que yo adquiera esos valores iré perdiendo la pasión, la vehemencia y la creencia irracional en mis palabras por el simple hecho de que son las mías. Y, sobre todo, perderé también las ganas de incordiar por el simple placer de incordiar, porque llamar la atención ha sido y es la única oportunidad que tengo de participar en unos Juegos Olímpicos, siempre y cuando aprueben la propuesta que hice al COI con las 3 millones de firmas adjuntas, reunidas a lo largo y ancho del planeta con el fin de declarar el nudismo espontáneo en los recintos deportivos como lo que es: el más grande espectáculo que puede verse hoy en día. Estaremos todos y ninguno de nosotros de acuerdo en que un Madríbarça no vale doscientos euros. Sin embargo, ver saltar al campo a Jimmi Jump con barretina, mientras los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado resbalan, ridículos, al tratar de atraparle los vale. ¡Pues claro que los vale!

Pero no era, no es, Jimmi Jump a quien fui yo a ver aquella tarde, sino al último premio Nobel de Literatura. Sí, don Mario. Don Mario serio, don Mario atusándose el flequillo, don Mario cruzando las piernas, don Mario escuchando con atención, don Mario conversando, don Mario agarrado del brazo de su esposa, don Mario con el brazo encima del hombro de un amigo, don Mario apoyando a Ollanta Humala. Don Mario, el elegante don Mario, respirando a menos de diez metros de mi butaca, y mi butaca entre una orgía de butacas, y cabezas, y cuerpos con dos piernas que se cruzan cada vez que cruza don Mario sus piernas. Yo estoy, estuve, absorto lo reconozco, con sus palabras. Tanto que apenas me percato que tengo a mi lado, sentado con las piernas cruzadas igual que yo, igual que todo el salón, igual que don Mario, a uno de los más importantes editores del país de adopción de don Mario, que es el mío. Le miro de repente porque me resulta familiar, no le reconozco, caigo en la cuenta de su nombre cuando otro escritor, de cierta fama y que me cae mejor que don Mario pese a que no es ni tan bueno, ni tan alto, ni con el cráneo tan poblado como don Mario, aterriza en el salón y llamándole por su nombre le dice ¡Qué alegría verte! No te esperaba. Y se me queda la carita de tonto habitual; sí, esa de estoy aquí en medio y no tengo la más mínima idea de por qué. El editor pierde el interés a los veinte minutos de comenzar el acto y se va, sin hacer ruido, a un señor así no le hace falta decir adiós para que todo el mundo sepa que se marcha. El asiento queda vacío unos minutos y yo me inquieto, me faltan unas piernas cruzadas a mi derecha, me falta un cuerpo a mi lado respirando discontinuamente, un cuerpo que deje escapar gases sin justificarse ¡Que se jodan todos esos pelotas que vienen a cruzar las piernas al ritmo en que lo hace don Mario! La pierna izquierda sobre la derecha si se retoca el flequillo, la derecha sobre la izquierda si se arrasca en la mejilla.

lunes, 25 de julio de 2011

El personaje (o La butaca) I

I. Presentación del personaje.

No me gusta hablar solo porque siempre me contesto ordinarieces. No me gusta lavarme la cara y despojar a mis ojos de legañas. Me enerva mirarme en el espejo del baño y recitarme un texto apocalíptico, señalando con el índice esta pánfila cara reflejada. No obstante, no encuentro remedio a este ataque de histerismo diario ausente de histeria, y plagado de luces y focos que imagino colgados del techo necesitado de una mano de pintura última. Me enerva, y por eso tirito. Unos dicen que es el pehachecé del jabón que se cuela en las cuencas de mis ojos lo que los irrita, sin embargo, ya en lo más superfluo de mi piel cuarteada y seca reconozco que no es así; no tiene, pues, sentido profundizar, pero lo haré: Me consta que la razón de las lágrimas que brotan y caen en cascada por mis mejillas está únicamente en el convulso cerebro que he ido educando, a lo largo de estos años, como si fuera esta viscera un ordenador desfasado y casi inútil cuya memoria vale sólo para recordarnos aquellos marcianitos, comecocos, lemmings, o simuladores de deportes a los que jugábamos impulsivamente. Siempre en solitario, contra la máquina decíamos aporreando compulsivamente la barra espaciadora del teclado; como abuela con azotador.

Se nubla la vista y no hay vapor en el aseo, miro a ambos lados porque mi imagen en la pared vidriosa me yerve las tripas. Excitado, busco mi doblez diaria, y así, al fin, fraccionado, aparece el coso con aire distraido, tarareando mmm mmm mmm mmm de Crash Test Dummies: Once there was this kid who got into an accident and couldn't come to school... Con intención de contarme alguna de sus anécdotas inacabables.

No hace mucho más de dos meses que fui a ver de cerca a un personaje al que admiro pero que no me resulta simpático. Le llamo personaje porque considero que todo aquel al que sólo alcanzo a ver en los medios, ya sean impresos o audiovisuales, son parte de la mentira mediática que asola este y otros muchos paises del mundo. Todos. Lo llamo personaje porque si no le conozco, si no he hablado con él o al menos he oido su dulce tonada en vivo, no existe.


Pero no es este un personaje normal, no es el protagonista de la última serie televisiva de moda sobre adolescentes incapaces de hacer un gallito al hablar, porque pasaron esa desorientada etapa entre despistes, embustes y juegos adultos, diez o quince años atrás. Llevo años siguiéndole, pero no como la exmiss y exmodelo. Te explico: Yo sí he leido su obra. No toda, no te voy a engañar, pero sí me he permitido el lujo de vivir en alguno de los mundos que ha creado. Llevo años siguiéndole, esperando la oportunidad de estar en el mismo salón que él y decirle: Disculpe maestro... y cualquier pavada que se me ocurra; que si fírmeme aquí si es tan amable, que si definitivamente su novela no va de perros, que si apártate que te aúllo, que si mantiene usted un pelazo estupendo, que si de aquellos polvos, estos lodos.

Reflexiona: quizá llamarle personaje sea demasiado... definitivamente me hace falta más vocabulario.

miércoles, 8 de junio de 2011

de una sopa de letras (hasta hoy)

Era tan pequeño como se puede ser a los seis años, tan canijo como un niño de seis años pueda serlo a los siete o a los ocho, y a los nueve también; no era Garbancito y, aunque no quería serlo, en ocasiones elucubraba los beneficios de tan minúscula talla Mamá no me verá cuando no quiera comer repollo, me esconderé bajo la mesa o, mejor aún, en la cesta del pan, y roeré toda la miga del pan de hoy ¡Y la del de víspera también! No tendrán qué mojar en la salsa; así aprenderán. Y seguía dibujando escenas con la cuchara en la sopa de letras Me refugiaré en el cajón de los calcetines cuando quieran que haga mi cama; en la lavadora cuando haya que ducharse; en las alcantarillas, cuando en la calle nos topemos con alguna vecina pesada; en el conducto del aire, como los diminutos, cuando me toque como cada sábado poner la mesa. Y seguía y seguía pilotando avioncitos de papel, manejando autitos que no usan gasolina, viajando por los desagües y las cañerías. Hasta que una colleja divina prolongada en el rechoncho brazo de mi abuela me arrojaba al plato; y yo lloraba, no por el mandoble ganado con razón, ni por el picor de la siempre extremadamente salada sopa de la abuela ardiendo en mis ojos, sino por caer, de súbito, de las musarañas hasta el tórrido plato sopero en que no podía nadar o buscar desesperadamente el trocito de pan que imaginé barquito. Al parecer volvería a perder el autobús de vuelta al colegio.

Así me pasaba la tarde entera castigado en el aseo, haciéndome cortes de manga frente al espejo, desfilando en círculos sobre el plato de ducha y soñando que escapaba por el sumidero a otro lugar, a otro país de los de nuncajamásdelosjamasescuentesquehasestadoaquí.

El castigo duraba lo que tardaba mi padre en llegar a casa después de trabajar. No es que él me liberase sino que sus palabras regañadoras provocaban en mis lacrimales una apertura de compuertas violenta como una falla en un presa. Sin embargo, cuando volvía a la mesa de la cocina descubría que allí, en el mismo lugar donde lo dejé, estaba el maldito plato sopero esperando mi regreso, esbozando con las letras una sonrisa burlona.

Por la noche, aquella maraña de letras empapadas en caldo viajaban al papel, y del papel a la voz de mi padre, y de su voz a mis oidos vírgenes de historias de piratas, aventureros en mares lejanos, brujas, princesas, caballeros andantes, correspondencias entre niños enamorados, huérfanos en el Mississipi o en grises ciudades del norte brutalmente industrializadas, batallas entre indios y vaqueros, y pandillas de niños detectives con perros salchicha de mascota. No podía remediar temblar cada vez que mi padre hacía una pausa, cada vez que con los ojos entornados sentía que mi padre callaba para pasar de página, temiendo que abandonase en silencio mi habitación, reptando cual yarará devoradora de letras sin sopa.

Recuerdo que en esos seis, siete u ocho años que cargaba en mis debiluchas espaldas me complacía tremendamente que papá viniese a leer a mi habitación las noches que el cansancio le dejaba, desconocedor de que sus cuentos me incitaban a volar cuando debía comer. Pronto, por una mezcla de orgullo y de querer crecer antes de tiempo, me empeñé en mejorar mi lectura, para demostrar que ya era un adulto. Reconozco que las fechas y las edades me bailan como elvis en salpicadero.

Por razones que esgrimiré sólo en presencia de un camarero, marchó toda la familia a la capital. Allí, comencé a tener dos familias en una sola, asunto este que me hizo realmente afortunado ya que, entre otras muchas razones, comencé así a intimar con mi tío y su ronca voz, que empezó a guiarme en mis cada vez más frecuentes visitas a la biblioteca municipal en el inicio, y a su biblioteca personal por el resto de mis días. No es de extrañar que un niño como yo no pudiese dejar de clavar sus ojos en un adulto como mi tío, pues era el mejor contador de historias que conocí jamás. En ocasiones cierro los ojos con fuerza, levanto los brazos y estiro con vehemencia las manos y los dedos, y alcanzo a oirle.

Ahora miro para atrás a menudo; siempre he dicho que uno es su pasado y el de los suyos, que estaremos condenados a perdernos entre la gente, a perder nuestra idiosincrasia personal valga la redundancia. Evidentemente, este pensamiento no es ni original ni mío. La cuestión es que mirando atrás dejo a un lado adelante mi ombligo, y siento que en algún momento de mi infancia creí que leer era cosa de hombres, de adultos, de ciudadanos responsables, y creo que fue porque fueron mi padre y mi tío quienes me incitaron a leer y a escribir. Reconozco que en mi infancia ese cosa de hombres discriminaba a las mujeres. Por suerte, las mujeres de mi vida me enseñaron que no sólo eran más válidas que yo sino más inteligentes y, además, leían más y mejor que yo.

Entonces vuelvo a mirar atrás, y acierto a esquivar el mandoble de la abuela, sin la fortuna de no poder librarme del tropezón, y caigo de la silla abriéndome la cabeza, y corro por el pasillo con la testa ensangrentada, y cuando mamá limpia mi herida más letras que en la biblia brotan desconsoladas.

Mamá lee Cerrarás la llaga mas no podrás cesar este manantial. Ya de niño era un pedante.

martes, 7 de junio de 2011

Cataratas y el quince eme IV

Por un lado está la falta de tiempo, por mucho que seamos dos el día mide 24 horas, no hay más. Por otro lado está la falta de ganas: las ganas de sentarse a escribir, las ganas de acercarse a Sol todos los días, las ganas de achicharrarse bajo el sol de Sol y con razón me dicen que no estoy lo suficientemente comprometido con las causas que predico. Y, por último, está el tercer cateto de este triángulo equilátero: Cataratas empezaba a repetirse cada día que le veía por el kilómetro cero.

Este parlamento que sigue es, básicamente, lo que piensa Cataratas. Con él quiero poner fin a esto. Sol me desborda, lo apoyo, lo sigo con ilusión e, incluso, participo. Pero es una ola que no se puede frenar y a la que yo no puedo dar voz desde aquí. Sobre todo porque esto es una ficción, como todo lo que vertimos, el coso y un servidor, en esta palangana trespuntocero.

Entonces, Cataratas dice que Todo esto es tan ilusionante que, en ocasiones se me cae alguna lágrima al vernos en televisión, al ver a los compas de Barcelona, al ver todas las acampadas en las plazas españolas, europeas y latinoamericanas... pero también me yerve la sangre al ver cómo los políticos responsables de esto están tenientes, al ver que los banqueros miran para otro lado y mantienen su impunidad, al ver que los señores de bien miraron y miran con buenos ojos las revueltas en la otra orilla del Mediterráneo y no le dan importancia a lo que está pasando en su propio país. Porque, no nos engañemos, el país pertenece a estos señores encorbatados y ciegos, y no al pueblo... pero eso va a cambiar, está cambiando. Ya sabes, Boa, que si por mi fuera el movimiento estaría más cargado de ideales políticos... poco a poco esto va tomando forma, no lo voy a negar, pero si por mi fuera... Si por mi fuera estaría pidiendo la abolición de la monarquía, no me gusta que pidamos el fin de los privilegios de banqueros y políticos y no el de un rey que puso un señor bajito con bigote y mala leche. Un señor descaradamente afeminado y monotesticular que se vanagloriaba de su hombría y de salvar a España. Pues mira tú como al final es el pueblo el que tiene que salvarse a sí mismo.

Y esto es precisamente uno de los puntos del movimiento que no me gustan: su españolismo. Es cierto que el movimiento se propaga allende las fronteras del estado pero en su inicio, quizá por modestia, no estaba previsto iluminar al mundo como se está haciendo. Intuyo que el internacionalismo que está adquiriendo tiene más que ver con iniciativas propias de españolitos indignados que viven en el extranjero, y no creen que sea posible volver a su país de origen, y la adhesión improvisada y eventual de indignados nacionales. Y entonces le interrumpo ¿Insinúas que aquí el movimiento ha estado orquestado por alguien en la sombra? Y me contesta casi antes de que termine de expresarle mi duda Para nada, si todo esto hubiese sido promovido por alguien o algo no habría tenido el éxito que está teniendo. Por cierto, gran parte de ese éxito tiene que ver con que no es una revolución. Se trata de tomar medidas revisionistas. Y ese es el otro punto que no me gusta del movimiento, aquí lo que hace falta es una revolución, no hablo de tomar el Palacio de Invierno con la fuerza, hablo de tomarlo con la razón.

Y se hace un momento de silencio, Cataratas se seca la frente de sudor con un pañuelo que le presta su chica, una jóven que ha conocido gracias a todo esto, y de la que me dice en susurros que puede llegar a enamorarse.

Por supuesto que hay cosas de esto que sí me gustan, estamos demostrando que no hace falta la violencia para hacernos escuchar. Estamos demostrando que sólo estábamos dormidos. Estamos trabajando para terminar de una vez por todas con la Transición que dejaron a medias nuestros mayores. Probablemente nuestros hijos tendrán que terminar nuestro trabajo, pero nosotros tenemos que avanzar todo lo que podamos. Sin embargo... como te decía, Boa, falta mucho trabajo por hacer. Se oyen cosas muy raras dentro y fuera de Sol, gran parte de la sociedad está en contra de Sol, y eso es estar en contra de la sociedad misma, es estar a favor de mantener el orden establecido. Se oyen voces extrañas hablar de asuntos que no han pensado antes, se nota que no hay gran recapacitación en muchos de los argumentos de los tertulianos, ya sean de televisión, de salón, o de tasca. Pero también se oyen argumentos vacíos dentro de las asambleas, gentes que buscan el aplauso, ese minutito en el que sentirse un Fidel con el poder de la oratoria, materia que jamás estudiaron, por cierto.

Es uno de los grandes problemas de este país, de esta sociedad parcialmente enferma: No hay formación política. Te lo diré de otro modo: a tí te gusta la música asiento te gustan muchos estilos musicales, te gusta el rock and roll, el hip hop, el blues, el jazz, el flamenco, la bossa nova, el reggea, no sé, te gustan muchos estilos diferentes pero... ¿te consideras un experto en todas ellas? ¡Por supuesto que no! contesto ¿te consideras experto en alguna de ellas? ¡No! vuelvo a contestar. Pero te gusta la música, realmente disfrutas de escuchar música y es posible que no concibas el día a día sin oir al menos una canción. Se calla un momento, vuelve a limpiarse la frente y aprovecho Entiendo lo que dices. Creo que sé a dónde quieres llegar. ¿Tocas algún instrumento? me pregunta ¿Sabes solfeo? niego con la cabeza ¿Entonces, por qué hablas de música como si fueras una personalidad en la materia? No, no lo hago vuelvo a negar. ¡Exacto! grita excitado No lo haces, y sin embargo si hablamos de política nos enervamos todos y defendemos posturas indefendibles que no mantendríamos si tuviéramos una formación política adecuada. Este es el mayor problema de este país: la educación aborregante, y estamos aquí dando pasos para solucionarlo.

Sin embargo, y con todo esto, Cataratas dice que no se va a bajar de este burro, ha hecho un duro ejercicio de consenso consigo mismo, y está encantado de sentarse al lado de compañeros que no piensan lo mismo que él, demostrando la madurez y el compromiso social del movimiento. Y cuando se decida en asamblea abandonar Sol, apoyará al movimiento en los barrios porque, según dice, es la continuidad lógica del movimiento. Y yo estoy de acuerdo.

Salud, compas!

P.D.: Pese a las reminiscencias franquistas que nos trae el dichoso nombre, el movimiento vencerá, porque este es un movimiento real y popular, no como aquél. Termina diciendo el punki.

domingo, 22 de mayo de 2011

Cataratas y el quince eme III

El jueves volví a ver a Cataratas. Fue tarde, alrededor de las 4 de la mañana. Me acerqué a Sol sin móvil, lo cual me dificultó encontrar a muchos amigos y conocidos que sabía que andarían por ahí. Pensándolo bien no andaban mucho, el tránsito por la plaza del kilómetro cero resultaba imposible dada la altísima afluencia de gente.
El jueves hubo muchísima más gente que el miércoles, y el miércoles más que el martes, aún no sabía que conforme irían pasando los días las visitas a Sol crecerían más y más. Quedé ojiplático al oír a un organizador decir por megafonía hoy somos demasiados, pero rápidamente se corrigió Compañeros, compañeras, nunca somos demasiados, simplemente estamos desbordados. Hoy somos muchos más que ayer.

La cuestión es que me encontré tarde al punki, iba deambulando por los alrededores de la bocacalle de Alcalá, más o menos a unos diez metros de donde reubicaron hace poco la estatua del oso y el madroño, cabizbajo y pateando latas de cerveza que luego recogía ¿Qué haces, tú? Saludé como saludamos los callejeros. ¡Coño, Boa! Pensaba que hoy no te iba a ver. Pues nada aquí, que me he juntado a la comisión de limpieza y ¡joder! Esto parece un puto botellón. Yo entiendo que te bebas un par de birras, o seis pero ¡hostias! venirte a hacer botellón con tu botella de güisqui, tu refresco, tus hielos y tu jodido jersey colgado en los hombros, aprovechando que hay una concentración, para irte a la puta discoteca de pijos de la calle Arenal... no me cabe en la cabeza. Mañana saldrá en la caverna mediática que aquí no hay una revolución sino un botellón.
En ese momento, un ciudadano bangladeshí nos roza las caras con una lata de cerveza ¿Cerveza? No, gracias dice Cataratas. Pues yo no te voy a engañar pero... me he tomado lo menos siete cervezas. ¿Y qué? Me dice Pues claro que te has tomado siete ¡qué más da! En este caso lo que me jode es que he oido a un par meterse con ellos. Y en esta revolución no puede haber xenofobia, no hay cabida para el racismo o la homofobia. Todos podemos aportar, todos aportamos. Y sin duda ninguna necesitamos a los inmigrantes para que este movimiento concluya positivamente.

Seguimos hablando durante, al menos, veinte minutos, pero me dijo que no contase más que lo reflejado hasta ahora. Sí puedo decir que me dió la sensación de que cada día está más comprometido con el movimiento, así lo dicen, así lo decimos. Pese a que vengan con el nombre reminiscencias del franquismo.

Cuando llegué a casa miré el móvil, tenía muchas llamadas perdidas y tres mensajes. Uno de ellos, el último que había recibido era de Cataratas: x cierto, sabes q la junta electoral dice q el sábado la concentración es ilegal?

Sí, lo sé, mñn t veo
contesté.