lunes, 6 de julio de 2009

Unas horas en Málaga.

Unas horas en Málaga se esfuman en cada esquina, no queda tiempo de mirar atrás ni de esconderse del sol acechante e impertinente picándome en la coronilla. Unas horas en Málaga saben fuerte e intensas pero saben a poco.

De niño solía decir que era malagueño, viví en esa provincia durante unos años, y fui, por tanto, un niño malagueño, un boqueroncito despistado. Llegaba la Navidad y nos metíamos en el viejo renault 18 (creo recordar) de mi padre dispuestos a ocho horas de viaje con dirección a la capital del reino, a disfrutar de las fiestas con las familias de mis padres, recuerdo con especial ilusión llegar a la casa de mis primos y jugar con ellos durante horas o días, sin parar de correr de un lado a otro, sin parar de gritar, de cantar, de soñar rasgando raquetas que éramos cierta banda de pop adolescente.

Y luego, después de hartarme de oir eso de "andalú arza la pata y apaga la lú", volver al sur, a la tierra que sentía mía como un tortazo de olivos en la pituitaria. Y allí, en esa tierra orgullosa y valiente sentirme "fisno madrileño" por elección popular.

Unas horas en Málaga es olor a vides y a sal, olor a crema solar y a porra antequerana. Unas horas en Málaga dan para enamorarse en cada paso de sus calles y sus mujeres. Unas horas en Málaga es la vida entera sin palabras.

Mi familia volvió a Madriz y el gato, en lugar de la lengua, se comió al boquerón.

viernes, 12 de junio de 2009

Sir Walter Bradbury de la Petanca

Me estoy yendo a la casa de un amigo. Debería irme ya, pero estoy tan agusto aquí, en la semioscuridad de mi habitación, y con los acentos bailando a su antojo, esa es otra, que es probable que el simple hecho de salir de mi casa me lleve toda la tarde con tal de no pisar el ardiente asfalto madrileño. Ya veremos.
La casa de mi amigo no está muy lejos de la mía, si andase hasta allí tardaría unos cuarenta o cincuenta minutos dependiendo del ritmo al que vaya y la cantidad de lindas mujeres que me detenga a observar. En ocasiones el paseo se puede alargar hasta una hora y media, y aunque son las mínimas veces, se debe a alguna compañía con quien comentar las mejores jugadas. Y así, más tarde, en la fresquita casa de mi amigo, analizaremos la moviola con los deberes hechos.
Hoy hace tanto calor... sí, hace tantísimo calor que sólo puedo pensar en estar sentado tranquilamente en su sofá, ahuyentando el bochornoso inicio del verano, tomando un té frío y charlando de cualquier tema absurdo con total seriedad o de cualquier tema transcendental tomandolo a pitorreo. Asi es mi amigo, no se sabe nunca si dice lo que piensa, si piensa después de lo que dice, si piensa, si escupe cócteles molotov, si apaga fuegos lanzando granadas, o si es un auténtico visionario. Para todo tiene mi amigo un visión especial, su postura ante cualquier asunto es siempre sorprendente. Sucede muy a menudo que comienza su discurso en un extremo llamando así nuestra atención para reubicarse lentamente hacia una posición más acomodada. Pero atento, que si ve que alguien se despista vuelve a la carga con una retahila de patrañas incendiarias, desbancando todas las ideas que había defendido minutos antes con fervor.
Un día mi amigo, al que llamamos Sir Walter Bradbury de la Petanca por sus contínuos aspavientos de falso cortesano, nos hablaba de cómo se había formado el universo, él era harto conocedor del tema, había leido en internet tal y cual artículo, conocía revistas extranjeras especializadas que contaban las verdades que a nuestro gobierno no gustaba que se supiesen, incluso llegó a insinuar que había sido protagonista de un avistamiento extraterrestre. ¿Cómo estás tan informado en el tema, Sangenis? Le pregunté burlándome de él comparándole con aquél chaval catalán que en los noventa decía que había visto cómo un ovni, del cual vió salir a tres humanoides, aterrizaba en el tejado de su casa para secuestrar a su madre. Jamás te he visto con nada relacionado con ese tema, nunca antes habías hablado siquiera sobre que te interesasen estos... asuntos. Iba a decir otra palabra, pero sé que se enfada si cree que nos tomamos a broma las cosas de las que habla con pasión. Boa, me contestó, tú sabes que cuando voy a tu casa me subo los seis pisos andando, ¿verdad? y sabes por qué es. Sí, claro , dije, toda tu vida viviste en una casa sin ascensor, te gusta subir escaleras. Esa era la razón que había esgrimido desde que le conozco, pero yo sabía que no era la verdadera, compartíamos un secreto que hasta él mismo había olvidado. Sir sufría pequeñas alucinaciones pasajeras, extrañas y macabras visiones del futuro que nunca se cumplían pero que le atormentaban contínuamente. Una vez esperaba al ascensor en el portal de mi casa cuando en el preciso instante en que se disponía a abrir la puerta recibió un flashazo cerrándola repentinamente. Hay un cadaver, dijo en voz alta, le han asestado trece o catorce puñaladas, es una mujer... joven... rubia, aunque no muy agraciada... tiene los labios morados... debió morir hace horas... y... y el habitáculo es una bañera de sangre. Dió un paso atrás y se dirigió hacia las escaleras de la finca, dispuesto a ascender hasta la casa de mis padres. Esto lo sé porque el conserje presenció la divagación de mi amigo, no te vayas a pensar que me invento los silencios de una anécdota. Cuando le abrí la puerta le note muy nervioso, desconfiado, no tardó en contarme lo que le habia pasado a esa pobre chica a la vez que maldecía por no haber llegado a tiempo. Salí de casa y llamé al ascensor, con cuidado y mucho miedo abrí la puerta para no encontrar nada alli dentro. Traté de calmarle y nos pusimos a jugar al Mariobros.

Sir daba hoy una nueva versión. no existía tal cadáver rojigualda, nunca existió más alla de su perturbada imaginación. Lo que sí existía era una puerta a otro mundo en el ascensor de la casa de mis padres. Aquél día viajé en el tiempo, bueno... no sé si viajé en el tiempo o en el espacio porque a ellos no les interesa, ellos tratan de engañarte todo el tiempo, tratan de mostrarte un poco... sólo lo suficiente... para que te hagas una idea vaga de lo que hay... para que pienses, para que crezcas a tu antojo... a tu ritmo... Al señor de la Petanca le costaba hablar con fluidez, se le notaba nervioso, irracionalmente descolocado, mirando constantemente el techo del salón de su casa. A ellos no les interesa mostrártelo todo, no les conviene, prefieren enseñarte la casa de Elvis, la del gran Buddy Holly, la de Rodrigo, no sé, cualquier cosa que te deje feliz un rato, cualquier cosa que te haga pensar cuando estés de vuelta... y como en su espacio el cuerpo humano no se degrada puedes vivir muchos años allí y te devuelven al mismo momento en que te hicieron desaparecer... es una cosa de locos... lo sé, pero es real... a mi me pasó.

¿Y... cómo fue?
Pregunté con miedo. No lo sé, pero eso no importa, la cuestión es que fue, y pude volver ¿no? Estoy aqui.

Sí, el estaba ahí, delante de mi, bebiéndose un té helado en la semioscuridad del salón de su casa, de lo que no estaba yo tan seguro es de que él supiera que allí, sentado a su lado, también estaba yo.

lunes, 1 de junio de 2009

birbam.

De todos los lugares que no conocí hay uno que me dejó un poso del que jamás he podido desprenderme. Un lugar gris y magenta, una ciudad de lunares y carreras en las medias, una villa como un ladrido de parpusas pisoteando un baldosín. Un ojo de buey al mundo que da la espalda a la vida. Un eterno corredor de inmensos ventanales, un sueño y, al fin y al cabo, una mentira.

De todas las ciudades del mundo es en birbam, sí, con minúsculas, donde una vez fui feliz sin saberlo. birbam es un gigante malhumorado que no necesita disfrazarse con mayúsculas para ser una gran ciudad con carreteras de circunvalación y murallas medievales olvidadas. No necesita acicalarse para ponerse guapa y, sin embargo, lo hace y se estropea cada mes de diciembre. birbam no necesita tradición para ser historia pero quiere mezclarse con otras ciudades y perder su identidad, pasar desapercibida, abandonar al atardecer su boina en cualquier parque y esperar a que las piedras lloren por ser piedras, esperar que los gatos hablen y se olviden de escalar la fortaleza ya derruida.

birbam amanece cargada de chisperos en el cielo, nubes goyescas que soplan redecillas a las cabezas de aborígenes pardos que pelean por aclararse los cabellos mientras buscan empecinados lianas de buñuelos que llevarse a la boca para romper el ayuno. Churros, porras, tejeringos, tostadas, rosquillas tontas y listas. birbam se va desperezando con el ruido de los coches en las grandes avenidas, con los gritos infantiles en sus calles medievales, con olores que abren boca y viejos pasodobles que suenan en la radio. birbam respira sin esfuerzo, sana, o al menos eso cree, así se siente, fuerte, joven, desconociendo que un cáncer le lleva corroyendo las entrañas desde hace mucho, mucho tiempo.

birbam está como ausente hasta la hora del vermú, momento en que los devotos acuden a las parroquias de cada esquina a empaparse el vientre con cerveza. Después descansa, no hay espacio para trabajar o aparentarlo y generalmente un bostezo es un abrazo caluroso y tres millones de besos desperdiciados por el suelo. Las tardes viajan en tranvías enterrados por el alquitrán de las playas soñadas cada Agosto. birbam tiene una playa en cada azotea pero lo desconoce, prefiere quejarse a abrir los ojos y verse a sí misma atardecer desde el cachito egipcio que esconde. Porque birbam no es sólo el pichismo imperante de barquillos, no te creas, birbam es tierra de todo el que llega, de todo el que estuvo una vez y se marchó, de todo aquél que no imaginó siquiera pisar la huerta que en tiempos hubo.

Y cuando llega la noche se viste de filipina, y vacila con su mantón a quien la mira, y se para a conversar con los organilleros muertos de su gran vía, y se constipa y estornuda la muy casquivana, e inventa historias de sí misma y las graba en un cassette. birbam sueña toda la noche que no duerme, que no acaban nunca los días, que no termina nunca de sonar al revés la cara B del aquél disco de Agustín Lara.

Abur.

domingo, 10 de mayo de 2009

En el inicio

En el inicio ensalzamos praderas, mares, bosques
e ilícitos tobillos desnudos de follaje.
Escalamos el monte de desconocida cumbre
y allí retrocedimos, cobardes y cansados. Entonces quedé solo,
y custodié sin tormento su aspecto en la retina.

Entonces fue que soñé que aquella era mi tierra
y le canté a las praderas de savia fingida,
a mares de uralita y bosques de carbón.
Le canté a las veletas fandangos otoñales,
rezé por las llanuras de raices yermas.
Me aconsejé a mí mismo, a nadie más atiendo,
a nadie más escucho si nadie más soy yo.

En el inicio adquirimos doctrinas celestiales,
imágenes sin nombre, volátiles recuerdos.
Nos encontramos sumisos, adiestrados cual tormenta
manejada por dominantes dioses domadores.

Y el canto se extinguió. Yacía inmóvil,
estancado en membranas omitidas de la tierra,
del polvo, de la arena, de las piedras.
Piedras beatificadas y misericordiosas
piedras en el vientre enlazadas con argollas.

Nunca violé aquél monte púber de los parques,
nunca trabajé la tierra desquiciada de arrobas,
nunca, repito, nunca me empapé.

viernes, 8 de mayo de 2009

Mi amigo Cataratas

Hace escasamente uno o dos días me encontré entre un par de botellines demasiado fríos con un amigo al que solíamos llamar Cataratas. Mi amigo, al que no llamamos así por los enormes vidrios que adornaron de niño sus ojos, ni por su afición por visitar cada verano las cascadas de El salto del ángel, Iguazú, Victoria, o el Niágara, estaba realmente contrariado observando con la languidez propia del derrotado el interior del cuello de su botellín. Resoplaba, bufaba y hasta gruñía con cada uno de los comentarios de los borrachos parroquianos. Resultaba extraño y cómico al mismo tiempo verle así, disfrazado de basilisco, renunciando a su temperamento eternamente risueño y despreocupado.

Yo que no soy de los que se meten en los asuntos de los demás, que no suelo preguntar ¿cómo estás? por miedo a que me lo cuenten y terminen de amargarme el bonito día que por fin acaba, me vi en esta ocasión obligado. Estoy hecho mierda, amigo. Ya no confío en la raza humana. Empezó. Y mucho menos confío en los españoles de más de cuarenta años. Lo cual me resultó comprensible. Me avergüenzan, me dan vergüenza. Se venden... No nos vale con vender cosas, ahora las ideas se venden, las palabras se venden... ¡la mierda se vende! Exclamó. Pero es que además se compra, el noventa por ciento de nuestras relaciones se deben al interés, a agasajarnos con regalos o con palabras, a corrompernos las infancias, a maltratar nuestra inteligencia. Nos tomamos por tontos los unos a los otros, nos lanzamos piedras, nos criticamos por nuestras ropas, nos arañamos, nos pisamos, nos quitamos los asientos en el bus... Y siguió despotricando incoherencias bajando el tono de su voz paulatinamente.

Dejé de prestarle atenión por unos minutos, hasta que le oí farfullar al cuello de su camiseta Esos políticos, esos políticos que dejaron de soñar, esos que no nos dejan soñar. Pero Cata ¿de qué hablas? Eructé. Sus divagaciones llegaron a un punto que por incomprensibles llamaron aún más mi atención.

Mira, Boabdil, hace años, una tarde de verano, me encontré a cierto político socialista que me miró realmente mal. Yo iba vestido... bueno tú ya sabes cómo vestía yo hace años. Cataratas tuvo una adolescencia algo complicada aunque muy divertida, estuvo casi dos años viviendo en una Okupa, aunque él prefiere contar que fueron cinco. Solía encontrarme con él en Malasaña, en la plaza de San Ildefonso cuando estaba poblada de árboles y orines, agarrado a una flauta que maltocaba, con cresta y cara de niño pera, con su horrible y pulgosa perra Metadona. Entonces se oía entre los habituales del Grial que mi amigo se había comido una rata por treintamil pesetas. Contaban que un yuppie repeinado con ricitos en el cogote se bajó un día de un taxi y por el mero hecho de reirse del costroso chaval que aporreaba a destiempo un cubo de basura cantando un villancico en Semana Santa le ofreció las treintamil pesetas por cazar, despellejar, cocinar y comerse una apestosa rata. Una leyenda absurda que Cataratas desmintió una y mil veces en aquellos ambientes. Sin embargo entre nosotros, sus amigos del colegio, se le quedó el mote. Llevaba esa camiseta negra con cuatro caras del Che, no sé si la recuerdas, y estaba cruzando una calle, no recuerdo cuál pero era una muy ancha. Todavía no iba con cresta, creo que debía tener unos catorce o quince años y la cara llena de granos. El caso es que este tío, este politicucho, cruzaba con su nada modesto coche la misma calle que yo, ralentizó su velocidad para mirarme bien la camiseta y después la cara. No olvidaré nunca su cara de desprecio, sus ojos azules clavados en mí, su gesto torcido de desaprovación. Esa cara de imbécil se moría por recibir un guantazo.

Hubo un silencio, que aproveché para pedir con todo el sigilo posible dentro de un bar un par de botellines más. Pues hoy me ha pasado más o menos lo mismo. ¡Hoy! Catorce o quince años después me he vuelto a encontrar con otro político socialista, nos hemos cruzado cara a cara, caminando por la calle, en el descanso del curro, ¿sabes? Que me he ido a tomar un café yo sólo, a desconectar de todo. Pues el tipo me llevaba mirando desde muy lejos con cara de haberse comido un hongo ¡alucinaíto perdío que bajaba el pollo la calle! Y todo porque en mi camiseta decía Cuba.

Pero Cata, no entiendo, ¿cuál es el problema?
Le pregunté. En ocasiones conviene no entretenerse mucho con las palabras. ¿Cómo que cuál es el problema? ¡No lo entiendes! ¡Esos hombres! Esos que dicen que lucharon contra el dictador, que de jóvenes pensaban que el mundo se podía cambiar, están ahora bien sentados en sus poltronas, bebiendo el ron que antes no se podían permitir, fumando habanos, y traicionando desde el primer momento que ponen los pies en el suelo cada mañana aquello que dicen que fueron. Y lo peor de todo es que nos miran por encima del hombro a quienes aún creemos en lo que ellos creyeron, como si la lucha se acabase con ellos, como si nosotros no tuviesemos derecho a soñar. ¡Joder, Boa! ¿Me entiendes ahora? Me avergüenzan, me dan vergüenza.

Apuré el final de ese botellín, asentí, dejé unas cuantas monedas sobre la barra del bar, y me marché. Caminé hasta la esquina más próxima, dí media vuelta y desanduve mis pasos, volví a entrar al bar y dije ¿Sabes, Cataratas? El hermano de mi abuelo le rompió la cabeza a un diputado de la República en el Parque de París meses antes de que empezase la guerra. Eso sí que es vergonzoso.

jueves, 23 de abril de 2009

23 de Abril.

¡Ay, Cosito! De todos los amigos que tengo eres el más bocazas, juas juas juas ¡qué manía con meterme prisa! Simplemente esperaba a que llegase hoy, día de San Jorge, para recibir un libro de regalo de parte de algún amigo y un poco de cariño de Doña Inspiración. Pero aún no ha llegado la hora de lo uno o de lo otro. Bien sabes qué es eso de hablar por hablar, no digo que tú lo hagas, digo que lo sabes. No te me enfades. Hoy que sabemos que hay un político que quiere un huevo a un amiguito del alma ¡no te voy a querer yo a ti! Tú que borrabas las estrellas de mis medias lunas y dibujabas aes dentro de un círculo. ¡Cómo hemos cambiado! Nada, no hemos cambiado nada. Yo por lo menos sigo llorando desde que abandoné Granada. ¿Era Granada o era otro lugar? ¿Carrión? ¿Gibraltar? ¿Quilmes? ¿Canudos? ¿Macondo? ¿la Corte y villa?

Hoy no, pero otro día te voy a hablar de mis amigos, de los que me apetezca, de los que me den razones, o de los que me dejen. Hoy no, mejor otro día. Hoy tengo que llorarle a William y a Miguel, y perseguir a Max Estrella por las calles de este Madrid.

Abur.

miércoles, 22 de abril de 2009

Con estos bueyes hay que arar.

Las cosas nunca vienen dadas porque sí. Al menos eso es lo que me ha dado por pensar últimamente. Reconozco que es un idea cercana al adoctrinamiento católico que recibí siendo niño, aun con matices. Cualquiera diría que soy hijo del franquismo (en cierta manera todos lo somos) y no del milagro democrático español. Era mi escuela un colegio católico, de un catolicismo leve pero trasnochado, mi amigo Boabdil se entretenía pintando en las mesas medias lunas y era castigado por proselitismo a pasar las tardes con una tierna monja, pasaban las horas mirándose a la cara contando mentiras. Boabdil las improvisaba. La hermana se las sabía de memoria. En ninguna de aquellas tardes se le explicó a mi amigo qué mal, además de destrozar el mobiliario del aula, cometía al pintar a Catalina sonriendo a una estrella que le cuelga del flequillo, o qué significaba esa maldita palabra que le estuvo persiguiendo durante algún tiempo. A Boabdil le persiguen las palabras y se enfada con ellas o con quien no las tiene en su vocabulario. Como cuando se enfadó con sus padres porque no le habían explicado nunca qué era una plañidera. Boabdil, por supuesto, nunca creyó en dioses ni reyes, y jamás se hizo mahometano, el mote le vino por herencia. Simplemente le gustaba molestar y proclamar una nueva invasión árabe necesaria, y así más tarde comenzó a pintar las paredes de las facultades de ciencias de ciertas ciudades universitarias con lemas incendiarios contra las teorías evolucionistas de Darwin. Por incordiar, lo solía hacer todo por incordiar. Del mismo modo que ahora no ha redactado ni una mísera línea que compartir. Por fastidiar, simplemente.


La vida no ha sido con él ni justa ni injusta, sino que pasa sin prestarle demasiada atención.


Decía que las cosas nunca vienen dadas porque sí. Mi experiencia en la Argentina fue muy positiva, pero no fue un cielo despejado en el que ver el horizonte esplendoroso que suelen cantar canciones de regímenes absolutistas del siglo XX, más bien fue un largo nubarrón con determinados claros. Dulces, carnosos y sabrosos claros que me consolé en pensar que vinieron porque antes lo pasé mal. Sin embargo aún paladeo con gusto las mieles aquellas y olvido los malos ratos.


Tengo un amigo que ya no tiene edad para tener granos en la cara, sin embargo cada vez que llega la primavera le sale el mismo jodido grano en la mejilla derecha, a unos dos o tres centímetros bajo el ojo. No puedes imaginar lo mucho que estas apariciones le perturban cada primero de abril. En tiempos se escondía en casa y no nos dejaba ir a visitarle. Hoy lo lleva mucho mejor, ya ha madurado, o al menos eso cree, y mira para otro lado cuando alguien le recuerda la omnipresencia de esa espinilla eterna. Luego corre al espejo más cercano a mirarse nervioso de reojo, como con miedo, y se dice con la boca pequeña: si estás ahí es porque aún soy joven. Mientras tanto se le va cayendo el pelo en la coronilla, pero eso ya no le importa, alguna chica le dijo un día que los calvos eran muy atractivos. No hay mal que por bien no venga, no hay mal que por bien no venga, se repite como si fuera el conejo de Alicia a través del espejo con distinto parlamento.


La vida viene mal dada, ya está, no hay más. Vendrán días mejores, no me cabe la menor duda. Y mi amigo no tendrá ese estúpido grano, e incluso lo recordará con cariño, y se mirará al espejo y se dirá alguna vez: Yo no sería el mismo de no haber tenido ese grano. Aquél grano me ha hecho más fuerte, soy lo que fue el grano aquél. Aunque también llorará por la maldita espinilla y tratará de olvidarla, no nos engañemos. Y es que como dice una amiga de mi abuela: Con estos bueyes hay que arar. No queda otra. No vale echarse a un lado y llorar, la vida es para los valientes, para los que no se rinden, para los que no se acongojan, es hora de dar batalla, hoy más que nunca.