martes, 8 de marzo de 2011

En respuesta a aquella reunión

Sí, acabo de entrar en el blog después de tres semanas más o menos (en realidad no tengo ni idea de cuando entré por última vez), he leído el último post de Boabdil y ardo por dentro. Voy a contar hasta cien con la intención de no vomitar cualquier palabra de la que me pueda arrepentir. 1, 2, 3, 4,... 21, 22, 23,... 44, 45, 46,... 77, 78,... 99 y 100.

No eres tú, Boa, sino yo, quien debería airear mis miserias, si quiero, que no es obligación. Creía que lo tenías claro ya. Hace más de un año que te llamé desde Hampshire y te empapaste de mis lágrimas por teléfono. Imagino que andabas mal de inspiración aquellos días y tuviste que contar aquél episodio saltándote una de las tres primeras reglas que escribimos para embarcarnos en el proyecto cosito (siempre en minúscula, las mayúsculas solo adornan), aquella que dice que jamás se delatarán las identidades de los miembros del proyecto, ni siquiera la propia. ¡Y mucho menos la del otro! Pero lo dejamos pasar, nos costó solucionarlo, pero siempre que hablamos arreglamos nuestros problemas. Es cierto que en esta ocasión no atiendo al teléfono, es cierto que voy a lo mío, pero siempre ha sido así, siempre he vivido en El hombre que casi conoció a Michi Panero, y creo que ya es tarde para cambiar de canción. Pero también es verdad que las cosas no se pueden solucionar por medio de la frialdad dospuntocero, en ocasiones los problemas no se pueden solucionar.
No va a ser por este medio por el que te cuente qué es lo que asola mi ya de por sí perturbada mente, no seré yo quien genuflexe ante mi propia imagen reflejada en el espejo, no serás tú tampoco.

Voy a seguir sin contestar a tus llamadas, voy a seguir sin mirar atrás, entreteniéndome recordando los azulejos lisboetas, la calzada porteña, los senderos del New Forest. 

Y mientras tanto te espero el próximo jueves en el Linares.

No eres tú, Boa, soy yo.


martes, 1 de marzo de 2011

reunión en la parroquia

Fue la semana pasada, no recuerdo el día exacto pero sí puedo decir cuál era el número de cervezas que me había bebido cuando Cataratas apareció. Hasta entonces estaba todo bien, no sé... normal... como siempre, supongo. A veces, cuando estoy con mis amigos en alguna parroquia pierdo la consciencia, no ya por la ingesta masiva de alcohol en tiempo récor sino porque la sola presencia simultanea de más de dos de estos bastardos sin corazón me embriaga. Habíamos terminado ya de ponernos al día cuando Cataratas apareció. Nos habíamos reido mucho con las historias que Sir Walter, que ha estado los tres últimos meses en Australia, nos contó, pero sobre todo nos desternillamos cuando Malo intentó ligar con dos rubias que mareaban huesos de aceituna en el cenicero, que aunque eran rubias no eran las dos jovencitas que él veía. Hecho éste que le ha ocurrido tantas veces que no por repetido nos deja de hacer gracia al grupete de hijos de puta que somos todos reunidos. Uno por uno no estáis mal decía años atrás Vicky pero cuando os juntáis no hay imbéciles como vosotros. Y como no le faltaba razón no se lo cuestionamos nunca.

Para ser sincero recuerdo bastante poco. Únicamente risas y más risas, provocadas por ese ansia de pasarlo bien a toda costa, ese ansia por exprimir cada segundo que pasásemos juntos esa tarde, conscientes de que esos ratos ocurren cada vez con menos frecuencia. Sí recuerdo a Andrés hablando de lo maravilloso que era montar en bicicleta por birbam, esgrimió unas razones buenísimas que soy incapaz de reproducir y que debió surtir efecto en el siempre presente empeño de Andrés por vencer y convencer ya que nos dedicamos a tirarle de la lengua con el fin de descubrir qué había detrás de que un día Andrés, el que espía los tejados, decidiera subirse a una bicicleta cochambrosa y pedalear hasta el centro de birbam. El otro día, pojemplo, tuve que í en metro, no sabeh lo que eh eso... ¡tú no sabeh lo que eh eso! Tío, que me voy ziempre a casa con un doló de guevoh quepaqué. Otra cosa no, pero como orador Andrés Herrera no tiene precio. Ejque no ze pué consentí eso ¿eh? ¡No se pué consentí! Decía Andrés o La Nada así como entredientes y a voz en grito al mismo tiempo. Una vergüenza, por un lao loh vagoneh tópetaoh, que no cabe un pene en vaso de tubo... dezpuéh lah niñah, que ca día están máh guapah, y ejque... ¡claro! Con esta jeta que me ha tocao a mí... ¿quién me ze va a quedá mirando? ¡Dime quién! ¡Claro, como vohotroh soih cada día máh niño pera! Bien vestiditoh, bah, la misma mierda que yo soih, la misma piel de mojón de perro soih. Desde las primeras melopeas Andrés solía perder el control de sus palabras cuando bebía. Como aquél día en que, semanas después de haber delatado al viejo Curruca, se fue al Linares y se tomó tres licores de yerba que vomitó según salía por la puerta en los pies del agente Fraile, al tiempo que acusaba al camarero y dueño del bar de haberle obligado a beberse una botella entera de licor. Por un lado tenía que hacerse el gallito, pero también tenía que justificarse ante el agente, que entró como un rayo al Linares a poner un poco de orden. En un principio multaron al dueño y se le sancionó sin poder abrir un tiempo por dar de beber a un menor de edad. Pero el padre de Andrés, que no quería problemas en el barrio, intercedió alegando que el niño era un embustero y un ladrón, que le había robado una botella y que se la había bebido en el prado. El padre de Andrés Herrera vivía por entonces cagado de miedo, no sabía que habia sido su propio hijo quien había delatado al viejo Curruca. Al parecer tenía sobradas sospechas para creer que el traidor había sido el dueño del Linares, que conocía el secreto del viejo y le había protegido durante años. Así que no es extraño que creyera que por culpa del torpe borrachín de su hijo fuese a dar con sus huesos a la sombra unos añitos. Estuvimos un tiempo sin ver a Andrés, y cuando volvió fue cuando empezó a mirar hacia arriba como si espiase los tejados de birbam. Después pasó tres meses de un verano trabajando en el Linares, intuyo que sin cobrar, pues según decía el propio Andrés sí que había robado una botella, pero no a su padre sino al Linares, y como ya he dicho el padre por miedo a ser delatado ofreció a su hijo como mano de obra al dueño del templo del barrio.

Marino y el Coso anduvieron hablando un buen rato en voz baja, algo separados del resto. En un momento en que Marino marchó al baño, el Coso se me acercó y me dijo Me voy, no aguanto más, Marino está cada día más brasas, y además tengo cosas que hacer. Pagó un par de rondas y se fue. Marino, como suele ser habitual, no se percató de su ausencia hasta que llegó Cataratas. Justo en el momento en que pedíamos la séptima ronda (lo reconozco, a partir de aquí perdí la cuenta).

La tarde ya era noche y como tal había cambiado. El grupo estaba cada vez más pesado, chillábamos más, babeábamos más ante la presencia de las niñas y empezamos a cantar, a gritar improperios a todo el que nos retaba con la mirada. Alguno incluso trató de desnudarse ante la mirada acusadora de una pareja de ancianas que bebía biterkas. Todos menos Cataratas, que miraba el fondo de una caña de cerveza esperando que el Nautilus emergiera de repente. Me acerqué al punki y pasándole un brazo por el hombro pregunté ¿Qué ocurre? Pensé que tenías ganas de vernos. A lo que contestó sin levantar la mirada Sí, sí que tenía ganas de veros, venía muy animado pero... mira, iré al grano, no te lo puedo contar todo pero... sí te voy a decir que me he encontrado con el Coso y no me ha gustado lo que me ha contado... ¿Pero qué te dijo? interrumpí, No te puedo decir nada, le he dado mi palabra, pero... simplemente no está cómodo. Y se hizo un breve silencio molesto como el goteo de un grifo en la noche Sí, yo ya me había dado cuenta... creo que se quiere volver a marchar de aquí, pero... ¡joder! No puede huir toda la vida. Cataratas me miró No es eso dijo, es más serio. Lo siento, no te puedo decir más. Dejó un billete de 10 euros sobre la barra y se marchó esbozando una sonrisa. No le dijo nada a nadie, los demás, un atajo de curdas, ni siquiera se percataron de su huida. Ya en la calle se dio media vuelta y me miró con complicidad, como implorándome a un tiempo que hablase con el Coso y que fuese discreto.

Aún no he hablado con él, no contesta al teléfono. Si soy sincero no recuerdo cuándo fue la última vez que hablé con él, no me refiero a hablar sobre fútbol, coches, literatura, cine, etcétera, sino sentarnos juntos, remover un café y mirarnos a los ojos, como antes. Pero tampoco recuerdo cuántas cañas nos tomamos aquella tarde, ni adónde fuimos después de salir del Linares (¿dónde pensaste que estábamos? De tal palo tal astilla, y ya que nos juntábamos qué mejor que hacerlo en el barrio, ¿no te parece?). Todavía me dura la resaca y un dolor en el costado que alguien me tendrá que explicar, aunque dudo mucho que cualquiera de estos cafres recuerde qué paso.

viernes, 11 de febrero de 2011

21.

Recuerdo aquel callejón en que vivía un gato blanco. Recuerdo mejor al gato que maullaba afinado como una guitarra eléctrica y no me dejaba dormir.

miércoles, 2 de febrero de 2011

el único niño consecuente

Ahora que se me supone adulto, que me imaginan hombre de fuertes convicciones horadadas en el hipotálamo con la pericia del alfarero. Ahora, sé que mi amigo Andres Herrera fue el único niño consecuente que conocí en mi vida. Cuando digo ahora quiero decir en este preciso instante, esta tarde de viernes de finales del mes de Enero, después del brusco chaparrón imprevisto regando el parcheado asfalto de birbam. Cuando digo el único niño, me refiero al niño que permanece alojado en el alma, si existiera, del supuesto adulto que es hoy Andrés Herrera mirando los tejados destilar límpidas gotas de lluvia sobre el parcheado asfalto de birbam. Y cuando digo mi vida hablo de lo único que conozco, de lo único por lo que alguna vez me interesé: yo, birbam, y el parcheado asfalto de birbam. Y no en ese orden precisamente.

Andrés decía, ante las carcajadas de unos y mientras los otros recogían del suelo los ojos atónitos que se les había salido de las órbitas y rodaban por el prado en que gastábamos el tiempo pateando un deshinchado tango blanquinegro, que el sueño de su vida era ser vagabundo. En realidad, todos lo deseábamos, pero solo Andrés era capaz de decirlo en alta voz, henchirse de orgullo como un pavo real y darse ínfulas de hidalgo hambriento del Lazarillo.

En realidad, no sé si todos compartíamos el descabellado sueño de Andrés. Solo puedo hablar por mí, y he de decir que yo sí, que espiaba al viejo Curruca desde mi ventana, que me soñaba aprendiendo de él el noble oficio, la carita de pena, el señora algo de comer haga el favó, ese escabullirse al bar Linares, ese hurgar en todas y cada una de las papeleras de lata que poblaban el barrio... Sí, yo quería ser mendigo, me imaginaba con un cartón de vino y cartel con un lema plagado de faltas de ortografía innecesarias, tirado en una esquina de una calle ancha, señorial, infestada de señoras luciendo abrigos de piel y periódicas permanentes en el cabello tan inapropiadamente rubio. No en el barrio, no, en el barrio no. Yo me iría al centro, como el padre de Andrés, sabía que allí era donde estaba el dinero, donde estaban las basílicas, las grandes iglesias, donde la mendicidad era un arte.

Andrés no lo sabía, o eso pensábamos los demás, pero su padre, efectivamente, iba todos los días al centro, se subía a un autobús y bajaba a un par de manzanas de una famosa iglesia de un barrio de esos en los que la gente anda con prisa todo el día y jamás mira a los lados. A ninguno nos importaba porque el padre de Andrés no bebía. De veras pedía para dar de comer a sus hijos y, aunque a veces Andrés pasaba más calamidades de las normales, como un águila se quitaba la comida de la boca para dársela a su aguiluchos. Jamás vi al viejo Andrés visitar el Linares, como sí hacía el viejo Curruca.

Andrés hablaba con Curruca a menudo y durante un tiempo creíamos que esas tonterías, más serias en él que en el resto de nosotros, de andar pidiendo limosna por ahí se las había cultivado Curruca. Unos decían que el Curruca era el padre de la madre de Andrés, osea su abuelo, y que la madre le descubrió robándole unos ahorillos al poco de mudarse al barrio, y que le había echado de su casa. Palabras. Otros, con más mala baba que otra cosa, decían que era el amante de la madre, sin saber muy bien qué era un amante. Palabras. Unos más allá sabían a ciencia cierta que el Curruca y el viejo Andrés habían sido socios años atrás, antes de llegar al barrio. Al parecer tuvieron en jaque a los grises, o a los nacionales o a yoquecoñoséhijomío que me decía mi padre, cauteloso, cada vez que le preguntaba, por una serie de asaltos que habían perpetrado en el sur del país y que el único refugio que habían encontrado era este barrio de mala estampa a las afueras de birbam. Las tres historias corrían de boca en boca por el barrio. Y la bocas que narraban una negaban las otras dos, sin saber que dos de ellas eran ciertas al mismo tiempo.

Poco tardó Afano en hacerse amigo del Curruca. Pero esa es otra historia.

Entonces, Andrés decía que quería ser mendigo y el descampado era su reino. En ocasiones no nos dejaba entrar en el prado, agarraba unos maderos, afilaba sus puntas, y nos amenazaba con metérnoslos por el ojete y sacárnoslos por la nariz como nos adentrásemos a ese campito que era suyo y solo suyo. ¡Como si nos fuesen a entrar todas esa estacas a un tiempo por el culo! Al rato se le pasaba y, más calmado, se quedaba embobado mirando al cielo.

El viejo Andrés enfermó un otoño y jamás volvió a salir de su casa. El mismo otoño, Andrés había empezado a ir a una instituto en el centro, o eso decía en el barrio. Pero un dia Sir Walter Bradbury de la Petanca y un servidor le seguimos. No llegábamos a creérnoslo. Bradbury tenía una moto destartalada de color naranja, una moto que hacía más ruido que velocidad alcanzaba,. Se la había comprado su padre a un chatarrero para que el niño pudiese hacerle los recados de la tienda, pero esa mañana no tenía muchas ganas de trabajar y como yo he sido siempre un vago redomado no le fue difícil convencerme de seguir al autobús en que Andrés se subía cada mañana para ir al instituto. Cuando llegamos a la que se suponía que era su parada nuestra presa no bajó, tampoco lo hizo en la siguiente parada ni en la siguiente, y en la siguiente tampoco, y así hasta la última parada estuvimos esperando sin suerte alguna. Nos cruzamos con él por casualidad en el camino de vuelta. Él, siempre tan despistado, no se percató de nuestra presencia, pero nosotros sí. Allí estaba, en la puerta principal de esa grandísima iglesia, con los ojos medio cerrados y la cara sucia. Nos sentamos uno a cada lado, pero no nos prestó atención. Sin duda llevaba en la sangre el oficio.

Por la tarde, cuando volvió al barrio, le contamos lo que había pasado esa mañana y él lo negó todo. Juraba que había asistido a clase, como todos los días, e incluso sacó de la mochila los libros y cuadernos con la lección del día. No supimos nunca quién le copiaba los apuntes y jamás nos interesó. Nos daba igual cómo se ganase la vida, no es asunto nuestro nos decíamos unos a otros. Pero un día llegó al barrio con el título. Había terminado el instituto e iba a seguir estudiando. Hoy mira a los tejados con esa pose chulesca que no puede evitar, con ese aire desenfadado y colgado de la parra que Eva lleva en la entrepierna. Hoy trabaja en una asociación que ayuda a los sin techo de un popular barrio del centro de birbam. A Bradbury y a mí nos gusta pensar que tuvimos algo que ver con su cambio, pero no es así.

Una noche, hace ya muchos años, cuando Andrés iba al instituto del centro de birbam, iba caminando por el barrio y alguien, luego se supo que el Curruca, lo tiró al suelo, lo apalizó y se quedó con el dinero que había recaudado ese día. Al parecer no volvió a mendigar. No porque un compañero le hubiese robado, sino porque había sido su propio abuelo. Una semana después el Curruca desapareció del barrio, y no volvió a dar señales de vida. Parece ser que la vieja historia de la orden de busca y captura contra él era cierta, y Andrés dió el chivatazo. Gracias a la recompensa pudo dejar de pedir en aquella grandísima iglesia del centro de birbam. Y así, Andrés Herrera, o la nada puede ir en bicicleta, vestir de azul marino en invierno, silbar si llueve y apuntar a los balcones con la barbilla.


domingo, 23 de enero de 2011

la orquesta ibérica

Recién me abordó una idea colosal. A mano armada se me ha colado en la cama, bajo el edredón del son y la rumba, y me ha tocado las teclas del piano que es mi colchón: Os reuniré a todos en un gran salón semicircular, habrá un banquete y apuestos jóvenes y preciosas mujeres pasearán vinos del país, oportos, alvarinhos, txacolí, vinho verde, riojas, ruedas, valdepeñas, finos, y espumosos cavas, entre otros , ustedes los traerán, háganse cargo. Habrá de comer para todos, no se impacienten. Este come más que yo gritará uno ¡Toma, claro! Soy yo el que paga contestará. Ese es un sucio y su señora luce un bigote fenomenal. Y mirarán todos ustedes al suelo muertos de vergüenza. Vendrá el silencio. Lentamente, timoratos, empezarán a hablarse unos a otros de nuevo. El jamón de su tierra es muy rico, señora. No hay nada como su cava en el mundo, por mucho que digan en la Francia republicana. ¡Qué envidia, oiga, menudos quesos tienen ustedes! ¿Ha probado usted este bacalao? ¡Riquísimo! Tome usted estas anchoas, haga el favor. No es por hacerle un feo a nuestros tomates pero... ¡qué ricos pimientos tiene en el norte, Gervasio! A mí me falta un caldito, que hace mucho frío en estas latitudes.

Y la fiesta habrá empezado con buen pie, y de entre un manantial de conversaciones animosas brotará la orquesta. Primero sonará una zambomba tímida y ronca como mi voz en domingo, y se vendrán los golpes madereros de la txalaparta, fundiéndose y hasta ahogando al navideño instrumento. Lentamente se colarán por debajo de las piernas, como a Khan una falta que chutó Roberto Carlos, los acordes de un cavaquinho meloso y envolvente. Una alboka vomitará sus vientos acompañando a una dolçaina guerrera. Aparecerá la guitarra flamenca, y estará sola un momento, un largo minuto de gloria reconocido y acompañado de castañuelas. Pero estallarán de nuevo los demás con sus hermanos. Y al fin tendremos el caldo de esta orquesta ibérica con que sueño.

Firmado:
El aún nonato Presidente de la República Ibérica.

jueves, 13 de enero de 2011

el chamán

El día que William Donovan Fernandes me abordó en el tren hacía demasiado calor para la época del año en que estábamos. Había llovido esa misma mañana. Fue un chaparrón breve aunque rabioso descargando rayos a lo lejos. El cielo se ennegreció de repente, en un instante, sin que apenas nos diésemos cuenta. Por suerte pudimos resguardarnos en una pequeña cueva. Nos pareció increible que aquella guarida estuviera allí, precisamente allí, en el mismo camino que tantas veces habíamos andado, sin que jamás nos hubiésemos percatado de su presencia, como si hubiese estado esperando convenientemente a ese día de lluvia para abrirse a nuestros ojos. Reconozco que yo dudé en entrar, no sé muy bien por qué pero sentí un escalofrío como el filo de una guadaña arañándome la espalda de abajo a arriba, empujándome súbitamente hacia dentro de la extraña caverna al sentir dicho espasmo jugueteando en mi cuello. Mi amigo Montañero no dudó un instante en adentrarse en el refugio improvisado, encendió su linterna y desde dentro me llamó Coso, venga, sin miedo. Ahí fuera te vas a empapar entré muerto de miedo y cegado por el foco con que me apuntaba. Tropecé. La cueva no era tal, era tan solo un recoveco entre rocas, un recodo de unos dos o tres metros de profundidad en el que ni los pocos animales salvajes que quedaban se escondían. Mi amigo Montañero se tumbó en el suelo y me dijo, entre bostezos, que le avisara cuando pasase la tormenta, que entonces proseguiríamos la caminata, esta vez en dirección al pueblo, a la estación de trenes. Sin embargo, justo cuando cerraba los ojos, la tormenta se interrumpió repentinamente y de un brinco se puso en pie diciendo ¡Venga, vámonos! con un punto de excitación que no había percibido en él en todo el día.

En menos de treinta minutos llegamos a la estación de tren. Mi amigo Montañero impuso un ritmo muy alto al paseo y arrivamos justo en el momento en que el tren con dirección a birbam se aproximaba. El tren estaba bastante lleno pero sin agobios, y aunque había sitio suficiente Mi amigo Montañero se empeño en recorrer tres vagones buscando el lugar ideal en que sentarse y poder estirar las piernas. Bien lo encontró, se sentó, y se durmió, dejándome huérfano de conversación.

Fue entonces cuando William Donovan Fernandes apareció, se me presentó, y comenzó a narrarme una historia que no puedo contar hoy. Quizá mañana tampoco pueda, ni siquiera pasado mañana. Probablemente no sea capaz en toda mi vida de narrar aquella historia como él lo hizo, amén de que juré no desvelarla nunca. Y, aunque no soy de fiar, me siento incapaz de traicionar a aquél hombre de menos de metro sesenta y acento boliviano que se me había sentado cerca a contarme el secreto de su vida.

Bueno, amigo me dijo cuando creyó conveniente yo me apeo acá, espero que sea muy feliz en su vida, y que esto que le he contado le sea de utilidad. No se da cuenta que la vida es como este tren, como este viaje. Vamos pasando, nos cruzamos con lugares y personas, nos hacemos compadres y nos separamos. No hay otra. Me estrechó la mano, dudé, no podía creer que su historia terminase con unas frases tan vacías y manidas. Los ojos se me salían de las órbitas a la vez que trataba de retener que manasen de las cuencas de mis ojos unas lágrimas tímidas y traicioneras Cuídese, y cambiese la ropa no más pueda, no se vaya usted a resfriar.

Mi amigo montañero se despertó algo agitado poco antes de llegar a birbam He tenido un sueño rarísimo... se te sentaba al lado un tipo que te contaba la historia de su vida me dijo ¿En serio? pregunté ¿Y qué decía? Había matado a todas sus mujeres solo porque no podían hacer que lloviese cuando él quería. Sería un chamán interrumpí. No volvimos a hablar jamás del tema.



jueves, 6 de enero de 2011

una camiseta blanca con hormigas

De niños Afano y Marino solían verse todos los miércoles por la tarde en el descampado. Solo ellos lo sabían, ninguno más estábamos invitados.

Una tarde del final de la primavera fui con mi padre al centro, a un gran almacén de esos que antes no había en los arrabales de birbam y que ahora brotan como níscalos tras las primeras lluvias del otoño. Al viejo le daba por comprarme algo de ropa elegante cada año por esas fechas. Que si un par de camisas que no estrenaba nunca, que si un pantaloncito corto y un polo con motivos marineros, que si unos naúticos. Siempre sospeché que quería que me cayesen más collejas que a Iker Jiménez en una convención de científicos. A veces me salía con la mía y me compraba un par de camisetas negras con dibujos de zoombies que pretendían ser terroríficos emergiendo de criptas abiertas. Recuerdo que un día, al volver del suplicio de ir de compras con papá, llegué a casa histérico, corrí por el pasillo hacia el cuartito de la cocina buscando la caja de la costura de mamá para tomar prestadas, y a escondidas, las tijeras de hojas puntiagudas. Empecé a sudar inmediatamente, un sudor frío cayendo lentamente por mi espalda, sorteando las escuálidas vertebras de mi escuchimizado cuerpo hasta toparse con la rabadilla y gotearme como una estalactita en los calzoncillos abanderado que mi padre me había comprado precisamente un año antes, el año que no quiso comprarme una camiseta blanca con hormigas. Corrí de nuevo por el pasillo en dirección a mi habitación. Cerré la puerta de un portazo y suspiré con el cogote apoyado en la misma. Un cuarto de hora más tarde, no creo que me demorara mucho más, aparecí en el vestíbulo con la intención de bajar a la calle para jugar con los colegas Papá... que me voy grité, y al tiempo dí un respingo al sentir la voz ronca de mi padre retumbarme entre las costillas y el esternón, desde mi espalda ¿Qué cojones has hecho, desgraciado? Y me soltó un soplamocos que me devolvió a mi habitación resbalando por el pasillo mientras pensaba que si mi padre le hubiese dado un azote en el culo a Carl Lewis en posición de preparadoslistosya! ni con toda la droga del mundo habría sido batido por el simpático canadiense Ben Johnson ¿A quién se le ocurre cortarle por la mitad las perneras al pantalón? Hijo mío eres un ridículo y un imbécil, y no por ese orden. A mí el orden me importaba una mierda, aún no había alcanzado a comprender las propiedades matemáticas, y no tenía gran interés en dominar la materia. Lo único que tenía claro era que, de cualquiera de las maneras, me iban a caer unas cuantas collejas todos los años a finales de junio, en casa o en la calle, y el orden me la sudaba, solo me preocupaba esquivarlas.

Aquel día no conseguí salir a jugar a la calle. Pero pocos días después bajé al descampado, y por casualidad era miércoles por la tarde, justo a la hora en que Afano y Marino solían verse. Creo recordar (no, no lo creo, lo recuerdo perfectamente, pero quería darme esa licencia) que bajé enfadado, huyendo de casa. Me había hecho un pequeño hatillo provisto de un pantalón vaquero y un abrigo para el invierno. No pensé en nada más que ¿y en la calle voy a vivir con el frío que hace en enero? Aparecí caminando con la cabeza gacha, con la cara sucia y bañada en lágrimas, tropezando con cada piedra, deambulando sin rumbo, nervioso, no, nervioso no, estaba acojonado, cagadito de miedo. Tanto como el hijo de un amigo extranjero que se convirtió al judaismo y que solo entendió, al ver que le bajaban los pantalones, por qué los demás le mirábamos con carita de pena y le mesábamos la cabeza cuando se hablaba de la circuncisión.

Boa, Boaaaa
me gritaron mis amigos cuando pasaba a escasos cinco metros de ellos sin percatarme de su presencia ¿tas flipao o qué? ¿ande vas, chaval? Me sequé las lágrimas rápidamente, de espaldas, tomando todas las precauciones posibles para no ser descubierto. A esas edades toda tu reputación, por mucho que te estés escapando de casa, se puede ir al garete con una lagrimita de nada. Aún con el moquillo colgando en la nariz y voz nasal saludé ¿Qué pasa, tíos? con un gallito que alargaba la i de tíos. Me miraron de arriba a abajo, y extrañados me preguntaron qué me ocurría. Hablamos un buen rato sobre los padres de cada cual, yo tenía un berrinche realmente dramático, pero ahora me río al recordarlo porque precisamente eso es lo que no consigo: recordar por qué discutí con mi padre aquella tarde. Afano, al ver que no me animaba, sacó tras de sí una bolsa llena de lapiceros de colores, rotuladores de punta fina, gomas de borrar, cuadernos, rotuladores de punta gorda con los que más tarde empezaríamos a pintarrajear todos los muros del barrio, botes de colonia, camisetas y hasta un pajaro de madera o de plástico que movía la cabeza como si comiese alpiste de la mano de Marino. ¿De dónde sacasteis todo esto? ¿Habéis robado un banco? ¿Estafasteis a una congregación religiosa? ¿O es que habéis encontrado un tesoro escondido? Pregunté excitadísimo ante las carcajadas de mis dos amigos. Los muy guasones estuvieron retorciéndose en el suelo un buen rato hasta que, más calmados, me contaron de qué se trataba. Reconozco que yo también me arrastré por aquél barrizal arcilloso y seco al darme cuenta de la sarta de gilipolleces que había preguntado. Las más grandes me las guardo, aunque de vez en cuando a alguno de los dos le viene a la cabeza alguna de las dichosas preguntitas y se burlan de mí en secreto, mientras los demás se ríen también y preguntan ¿Eso de qué peli es, tío? Una vez empezaron los primeros avisos de agujetas en el estómago se calmaron y me contaron a qué se habían estado dedicando cada miércoles por la tarde mientras los demás íbamos a jugar al fútbol en el patio del colegio.

Hace unos meses te hablé de Afano y de cómo fue mi primer contacto con el hampa. Aquella historia, aunque real, no es del todo verdad. Fue aquél miércoles por la tarde en que yo trataba de huir de la casa de mis padres, aquella tarde en que me encontré a Afano y Marino en el descampado y croqueteaban en el suelo por mis ocurrencias, aquella tarde en que me contaron el mayor secreto que tenían de niños cuando descubrí que no hacía falta pagar para tener. Mis amigos eran un par de raterillos, dos descuideros, dos chorizos, dos ladronzuelos de poca monta que no se podían resistir a no llevarse aunque fuera una lata de cualquier refresco cuando entraban en un ultramarinos. Robaban para sentirse importantes, no revendían nunca el material, en ocasiones lo regalaban pero, generalmente, se morían de asco o de risa en un agujero que habían cavado en el descampado, precisamente donde estuvimos charlando aquella tarde en que me hice un ridículo hatillo y pretendí huir a algun país lejano.

Me he acordado hoy de ese día porque de repente, como un tartazo en la cara de esos que luego relames con gusto los restos que han quedado en las mejillas, he echado de menos una camiseta blanca con el dibujo de una fila de hormigas rojas atacando los restos de un sandwich donde se podía leer Life´s a Picnic que mi padre no me quiso comprar pero que, guiños del destino, conseguí un día que le pregunté a Afano y Marino un montón de sandeces mientras ellos se retorcían en el suelo. Aquella camiseta blanca con hormigas me la dieron ellos aquél día, la habían choriceado en un gran almacén. Toma esta camiseta, es para tí, ya que te vas supongo que necesitarás ropa me dijo Afano. Sí, toma esta también dijo Marino quitándose una camiseta negra con mil agujeritos de esos para que transpire la piel ¿A tí te gusta el basket, verdad? Te vendrá bien este verano, con tanto agujero tiene que ser fresquita. Les agradecí el detalle, creo. Nos chocamos las manos, por entonces los abrazos nos parecían afeminados, y me dí media vuelta con la intención de seguir mi viaje. A la mañana siguiente nos vimos en clase. Jamás me preguntaron por las camisetas pese a que me veían lucirlas con mucha asiduidad. Sabían que su secreto estaba a salvo conmigo, podían confiar en mí y yo en ellos.

Durante años vestí esa horrible camiseta negra con agujeros mientras todo el mundo me decía lo bien que tenía que ir yo con esa camiseta, así, tan fresca, con el calor que hace sin percartarse de que la camiseta era negra ¡Negra! Que no había dios que pudiese hacer deporte con ella, que los sobacos me empezaban a sudar a mares solo de verla doblada en el armario. La camiseta blanca con hormigas me la robaron una noche. Una putada. Olvidé una mochila con algo de ropa y los apuntes de Ciencias en un bar. Cuando volví la mochila aun estaba allí, pero dentro solo quedaban los malditos apuntes que paseé todo el verano de piscina en piscina, de excursión en excursión y de fiesta en fiesta, sin echarles un ojo hasta el quince de agosto. Así que como vino se fue aquel otro verano en que volví a hacer un hatillo y escapé.

Justicia divina, supongo; porque no aprobé Ciencias aquél septiembre.