domingo, 20 de marzo de 2011

por más quiebros, recortes o bicicletas (o de un tonto enfadado)

I.

Últimamente pido disculpas demasiadas veces. Ciertamente, no sé si es un hecho postivo, y no puedo decir, como siempre hago, que me venga al pairo. No estoy hablando de pisar a alguien en el metro o golpear con la bolsa cargada de libros a una señora de riguroso luto asida al brazo de su hija, que no por ser hija sigue siendo joven. Hablo, escribo, del perturbante hecho de reconocer el error. Sentimos el error como una pierna clavada en el fango que no se ha de liberar, no porque no se quiera sino porque no se puede, porque movemos y removemos la pierna arremolinando el barro, como si fuera el solitario aspa de una hélice condenada a no levantar el vuelo. Más nos valiera cortarnos la pierna y abandonarla, inerte, en la movediza arena. Más nos valiera, sí, mas no arreglaríamos problema alguno. Ni falta que hace eructarán, y morirán con sus miserias y un muñón gangrenado invadiéndoles las entrañas, copulando con sus amargos jugos gástricos, encargando a parisinas cigüeñas miríadas de gusanos que devoran la pierna huérfana y enfangada, oxigenando el barro yermo. Viva la vida gritan, muera la muerte.

Me disculpo, enésima de las disculpas de hoy, porque vuela mi bolígrafo azul y no mi mente. Infinito error que me aboca al fracaso que no alcanzo a regatear, por más quiebros, recortes o bicicletas que me empeño en repetir pisando la cal.

II.

Ya estamos, otra vez, ensuciando con palabras una página en blanco.

III. 

Y así, pedir perdón sea inutil y no importe. Así, se retuerzan las lombrices en las cuencas de los ojos de los preciosos cadáveres que abandonemos ancianos en el lodo, junto a la pierna amputada. Morir joven es un invento de Holliwood dijo; y pedalea un cuerpo ausente de tronco, apenas un par de sutiles piernas alocadas como un niño girando sobre sí mismo, así fueron mis primeros pedos dijo, y empezó a volar, y por más quiebros, recortes o bicicletas que ensayó frente al espejo siempre se sentaba en el banco de piedra mientras los demás pateaban aquél amorfo balón hecho de gomaespuma, papeles viejos y cinta aislante, y repasaba en su cabeza los túneles que tiraría a esos bastardos si un día le dejasen jugar. Y así, después de humillarles, uno a uno, pedirles perdón. Una disculpa hipócrita que también había ensayado una y mil veces frente al vetusto espejo; y revanarles los cuellos, uno a uno, con una encantadora sonrisa atravesando la cara, la mismísima jeta demoníaca que esconden los angelotes rubios clonados del efervescente adolescente de El lago azul. 
 
IV.

Pero nadie espera que alguien le venga a pedir perdón al encontrarnos tirados en el piso después de un quiebro, después de un recorte de salario, o después de que te roben la bicicleta en la puta puerta de tu casa, por mucho que cada segundo que pasa aumentan las posibilidades de haber candado la bici al aire. ¡Eh, ahí tenemos el error! ¿Y después del error viene el perdón, no? Pues hoy no, hoy sólo pediré perdón cuando le abra la cabeza al ladrón. ¡Qué ya está bien, hombre, que parecemos tontos!

domingo, 13 de marzo de 2011

22.

Siempre se arrepienten los almendros de florecer a destiempo.

viernes, 11 de marzo de 2011

también nos bajamos los pantalones

Como dijo el Coso el otro día, ayer nos reunimos otra vez en la parroquia. Esta vez él y yo solos, a las 20.30 en la puerta del Linares me escribió, y pensé que parecía una película del oeste en la que no sabía si yo era el sheriff o el forajido malvado que roba las gallinas, siendo estas simpáticas pero estúpidas aves las mujeres inteligentísimas y preciosas que bailan en el saloon. No me dio la mano al encontrarnos, yo tampoco se la estreché a él. Dos botellines, pidió por mí. ¿Vamos a sentarnos a esa mesa? Aquí somos canción para oídos ajenos espetó, y cuando el Coso se pone así de metafórico más vale hacerle caso. ¡Chicos, aquí tenéis! dijo el párroco señalando un plato de alitas de pollo con salsa del infierno. Me levanté por el plato, que estaba ardiendo, y al sentarme comenzamos a hablar.
No puedo leer más. Lo siento. No puedo contar cómo fue la conversación, sí tengo permiso para decir que hubo reproches mutuos como si fuéramos una pareja a punto de romper. Hubo un momento especialmente tenso que el Coso os contará, al menos eso dijo. Pero no te creas, también nos bajamos los pantalones, nos declaramos amor eterno, pase lo que pase, nos lleve a donde nos lleve la vida y, por fin, tras la ingesta masiva de zumo de cebada me contó el ansiado asunto. Aquello que le había dicho la semana pasada a Cataratas cuando le encontró en la calle, y que tan tocado había dejado al punki. No tengo permiso para desvelarlo, supongo que él lo hará.
Nos marchamos del Linares sujetándonos espalda con espalda porque no nos encontramos los hombros ya que el párroco tenía que cerrar. Así que tuvimos que ir al bar del padre de Afano, que ya apenas se acordaba de nosotros, y si lo hacía disimulaba mejor que Fraga ante una bandera nacional con el pollo. En el camino cambiamos de tercio, y la conversación se fue hacia estas letras, no éstas precisamente sino las que hemos vomitado en los dos últimos años he perdido la cuenta ya en estos instrumentos dospuntocero que llaman blog. No decidimos saltarnos las reglas que redactamos al principio, aquellas sobre la confidencialidad de cada uno y el mínimo de entradas trimestrales de cada cual, pero sí vamos a ser más flexibles. No tiene sentido el eterno rebote de el Coso dadas mis increíbles aptitudes para hacer lo que me venga en gana.
He amanecido tarde hoy, con resaca y la ausencia de aquél dolor en el costado. Un alivio.

martes, 8 de marzo de 2011

En respuesta a aquella reunión

Sí, acabo de entrar en el blog después de tres semanas más o menos (en realidad no tengo ni idea de cuando entré por última vez), he leído el último post de Boabdil y ardo por dentro. Voy a contar hasta cien con la intención de no vomitar cualquier palabra de la que me pueda arrepentir. 1, 2, 3, 4,... 21, 22, 23,... 44, 45, 46,... 77, 78,... 99 y 100.

No eres tú, Boa, sino yo, quien debería airear mis miserias, si quiero, que no es obligación. Creía que lo tenías claro ya. Hace más de un año que te llamé desde Hampshire y te empapaste de mis lágrimas por teléfono. Imagino que andabas mal de inspiración aquellos días y tuviste que contar aquél episodio saltándote una de las tres primeras reglas que escribimos para embarcarnos en el proyecto cosito (siempre en minúscula, las mayúsculas solo adornan), aquella que dice que jamás se delatarán las identidades de los miembros del proyecto, ni siquiera la propia. ¡Y mucho menos la del otro! Pero lo dejamos pasar, nos costó solucionarlo, pero siempre que hablamos arreglamos nuestros problemas. Es cierto que en esta ocasión no atiendo al teléfono, es cierto que voy a lo mío, pero siempre ha sido así, siempre he vivido en El hombre que casi conoció a Michi Panero, y creo que ya es tarde para cambiar de canción. Pero también es verdad que las cosas no se pueden solucionar por medio de la frialdad dospuntocero, en ocasiones los problemas no se pueden solucionar.
No va a ser por este medio por el que te cuente qué es lo que asola mi ya de por sí perturbada mente, no seré yo quien genuflexe ante mi propia imagen reflejada en el espejo, no serás tú tampoco.

Voy a seguir sin contestar a tus llamadas, voy a seguir sin mirar atrás, entreteniéndome recordando los azulejos lisboetas, la calzada porteña, los senderos del New Forest. 

Y mientras tanto te espero el próximo jueves en el Linares.

No eres tú, Boa, soy yo.


martes, 1 de marzo de 2011

reunión en la parroquia

Fue la semana pasada, no recuerdo el día exacto pero sí puedo decir cuál era el número de cervezas que me había bebido cuando Cataratas apareció. Hasta entonces estaba todo bien, no sé... normal... como siempre, supongo. A veces, cuando estoy con mis amigos en alguna parroquia pierdo la consciencia, no ya por la ingesta masiva de alcohol en tiempo récor sino porque la sola presencia simultanea de más de dos de estos bastardos sin corazón me embriaga. Habíamos terminado ya de ponernos al día cuando Cataratas apareció. Nos habíamos reido mucho con las historias que Sir Walter, que ha estado los tres últimos meses en Australia, nos contó, pero sobre todo nos desternillamos cuando Malo intentó ligar con dos rubias que mareaban huesos de aceituna en el cenicero, que aunque eran rubias no eran las dos jovencitas que él veía. Hecho éste que le ha ocurrido tantas veces que no por repetido nos deja de hacer gracia al grupete de hijos de puta que somos todos reunidos. Uno por uno no estáis mal decía años atrás Vicky pero cuando os juntáis no hay imbéciles como vosotros. Y como no le faltaba razón no se lo cuestionamos nunca.

Para ser sincero recuerdo bastante poco. Únicamente risas y más risas, provocadas por ese ansia de pasarlo bien a toda costa, ese ansia por exprimir cada segundo que pasásemos juntos esa tarde, conscientes de que esos ratos ocurren cada vez con menos frecuencia. Sí recuerdo a Andrés hablando de lo maravilloso que era montar en bicicleta por birbam, esgrimió unas razones buenísimas que soy incapaz de reproducir y que debió surtir efecto en el siempre presente empeño de Andrés por vencer y convencer ya que nos dedicamos a tirarle de la lengua con el fin de descubrir qué había detrás de que un día Andrés, el que espía los tejados, decidiera subirse a una bicicleta cochambrosa y pedalear hasta el centro de birbam. El otro día, pojemplo, tuve que í en metro, no sabeh lo que eh eso... ¡tú no sabeh lo que eh eso! Tío, que me voy ziempre a casa con un doló de guevoh quepaqué. Otra cosa no, pero como orador Andrés Herrera no tiene precio. Ejque no ze pué consentí eso ¿eh? ¡No se pué consentí! Decía Andrés o La Nada así como entredientes y a voz en grito al mismo tiempo. Una vergüenza, por un lao loh vagoneh tópetaoh, que no cabe un pene en vaso de tubo... dezpuéh lah niñah, que ca día están máh guapah, y ejque... ¡claro! Con esta jeta que me ha tocao a mí... ¿quién me ze va a quedá mirando? ¡Dime quién! ¡Claro, como vohotroh soih cada día máh niño pera! Bien vestiditoh, bah, la misma mierda que yo soih, la misma piel de mojón de perro soih. Desde las primeras melopeas Andrés solía perder el control de sus palabras cuando bebía. Como aquél día en que, semanas después de haber delatado al viejo Curruca, se fue al Linares y se tomó tres licores de yerba que vomitó según salía por la puerta en los pies del agente Fraile, al tiempo que acusaba al camarero y dueño del bar de haberle obligado a beberse una botella entera de licor. Por un lado tenía que hacerse el gallito, pero también tenía que justificarse ante el agente, que entró como un rayo al Linares a poner un poco de orden. En un principio multaron al dueño y se le sancionó sin poder abrir un tiempo por dar de beber a un menor de edad. Pero el padre de Andrés, que no quería problemas en el barrio, intercedió alegando que el niño era un embustero y un ladrón, que le había robado una botella y que se la había bebido en el prado. El padre de Andrés Herrera vivía por entonces cagado de miedo, no sabía que habia sido su propio hijo quien había delatado al viejo Curruca. Al parecer tenía sobradas sospechas para creer que el traidor había sido el dueño del Linares, que conocía el secreto del viejo y le había protegido durante años. Así que no es extraño que creyera que por culpa del torpe borrachín de su hijo fuese a dar con sus huesos a la sombra unos añitos. Estuvimos un tiempo sin ver a Andrés, y cuando volvió fue cuando empezó a mirar hacia arriba como si espiase los tejados de birbam. Después pasó tres meses de un verano trabajando en el Linares, intuyo que sin cobrar, pues según decía el propio Andrés sí que había robado una botella, pero no a su padre sino al Linares, y como ya he dicho el padre por miedo a ser delatado ofreció a su hijo como mano de obra al dueño del templo del barrio.

Marino y el Coso anduvieron hablando un buen rato en voz baja, algo separados del resto. En un momento en que Marino marchó al baño, el Coso se me acercó y me dijo Me voy, no aguanto más, Marino está cada día más brasas, y además tengo cosas que hacer. Pagó un par de rondas y se fue. Marino, como suele ser habitual, no se percató de su ausencia hasta que llegó Cataratas. Justo en el momento en que pedíamos la séptima ronda (lo reconozco, a partir de aquí perdí la cuenta).

La tarde ya era noche y como tal había cambiado. El grupo estaba cada vez más pesado, chillábamos más, babeábamos más ante la presencia de las niñas y empezamos a cantar, a gritar improperios a todo el que nos retaba con la mirada. Alguno incluso trató de desnudarse ante la mirada acusadora de una pareja de ancianas que bebía biterkas. Todos menos Cataratas, que miraba el fondo de una caña de cerveza esperando que el Nautilus emergiera de repente. Me acerqué al punki y pasándole un brazo por el hombro pregunté ¿Qué ocurre? Pensé que tenías ganas de vernos. A lo que contestó sin levantar la mirada Sí, sí que tenía ganas de veros, venía muy animado pero... mira, iré al grano, no te lo puedo contar todo pero... sí te voy a decir que me he encontrado con el Coso y no me ha gustado lo que me ha contado... ¿Pero qué te dijo? interrumpí, No te puedo decir nada, le he dado mi palabra, pero... simplemente no está cómodo. Y se hizo un breve silencio molesto como el goteo de un grifo en la noche Sí, yo ya me había dado cuenta... creo que se quiere volver a marchar de aquí, pero... ¡joder! No puede huir toda la vida. Cataratas me miró No es eso dijo, es más serio. Lo siento, no te puedo decir más. Dejó un billete de 10 euros sobre la barra y se marchó esbozando una sonrisa. No le dijo nada a nadie, los demás, un atajo de curdas, ni siquiera se percataron de su huida. Ya en la calle se dio media vuelta y me miró con complicidad, como implorándome a un tiempo que hablase con el Coso y que fuese discreto.

Aún no he hablado con él, no contesta al teléfono. Si soy sincero no recuerdo cuándo fue la última vez que hablé con él, no me refiero a hablar sobre fútbol, coches, literatura, cine, etcétera, sino sentarnos juntos, remover un café y mirarnos a los ojos, como antes. Pero tampoco recuerdo cuántas cañas nos tomamos aquella tarde, ni adónde fuimos después de salir del Linares (¿dónde pensaste que estábamos? De tal palo tal astilla, y ya que nos juntábamos qué mejor que hacerlo en el barrio, ¿no te parece?). Todavía me dura la resaca y un dolor en el costado que alguien me tendrá que explicar, aunque dudo mucho que cualquiera de estos cafres recuerde qué paso.

viernes, 11 de febrero de 2011

21.

Recuerdo aquel callejón en que vivía un gato blanco. Recuerdo mejor al gato que maullaba afinado como una guitarra eléctrica y no me dejaba dormir.

miércoles, 2 de febrero de 2011

el único niño consecuente

Ahora que se me supone adulto, que me imaginan hombre de fuertes convicciones horadadas en el hipotálamo con la pericia del alfarero. Ahora, sé que mi amigo Andres Herrera fue el único niño consecuente que conocí en mi vida. Cuando digo ahora quiero decir en este preciso instante, esta tarde de viernes de finales del mes de Enero, después del brusco chaparrón imprevisto regando el parcheado asfalto de birbam. Cuando digo el único niño, me refiero al niño que permanece alojado en el alma, si existiera, del supuesto adulto que es hoy Andrés Herrera mirando los tejados destilar límpidas gotas de lluvia sobre el parcheado asfalto de birbam. Y cuando digo mi vida hablo de lo único que conozco, de lo único por lo que alguna vez me interesé: yo, birbam, y el parcheado asfalto de birbam. Y no en ese orden precisamente.

Andrés decía, ante las carcajadas de unos y mientras los otros recogían del suelo los ojos atónitos que se les había salido de las órbitas y rodaban por el prado en que gastábamos el tiempo pateando un deshinchado tango blanquinegro, que el sueño de su vida era ser vagabundo. En realidad, todos lo deseábamos, pero solo Andrés era capaz de decirlo en alta voz, henchirse de orgullo como un pavo real y darse ínfulas de hidalgo hambriento del Lazarillo.

En realidad, no sé si todos compartíamos el descabellado sueño de Andrés. Solo puedo hablar por mí, y he de decir que yo sí, que espiaba al viejo Curruca desde mi ventana, que me soñaba aprendiendo de él el noble oficio, la carita de pena, el señora algo de comer haga el favó, ese escabullirse al bar Linares, ese hurgar en todas y cada una de las papeleras de lata que poblaban el barrio... Sí, yo quería ser mendigo, me imaginaba con un cartón de vino y cartel con un lema plagado de faltas de ortografía innecesarias, tirado en una esquina de una calle ancha, señorial, infestada de señoras luciendo abrigos de piel y periódicas permanentes en el cabello tan inapropiadamente rubio. No en el barrio, no, en el barrio no. Yo me iría al centro, como el padre de Andrés, sabía que allí era donde estaba el dinero, donde estaban las basílicas, las grandes iglesias, donde la mendicidad era un arte.

Andrés no lo sabía, o eso pensábamos los demás, pero su padre, efectivamente, iba todos los días al centro, se subía a un autobús y bajaba a un par de manzanas de una famosa iglesia de un barrio de esos en los que la gente anda con prisa todo el día y jamás mira a los lados. A ninguno nos importaba porque el padre de Andrés no bebía. De veras pedía para dar de comer a sus hijos y, aunque a veces Andrés pasaba más calamidades de las normales, como un águila se quitaba la comida de la boca para dársela a su aguiluchos. Jamás vi al viejo Andrés visitar el Linares, como sí hacía el viejo Curruca.

Andrés hablaba con Curruca a menudo y durante un tiempo creíamos que esas tonterías, más serias en él que en el resto de nosotros, de andar pidiendo limosna por ahí se las había cultivado Curruca. Unos decían que el Curruca era el padre de la madre de Andrés, osea su abuelo, y que la madre le descubrió robándole unos ahorillos al poco de mudarse al barrio, y que le había echado de su casa. Palabras. Otros, con más mala baba que otra cosa, decían que era el amante de la madre, sin saber muy bien qué era un amante. Palabras. Unos más allá sabían a ciencia cierta que el Curruca y el viejo Andrés habían sido socios años atrás, antes de llegar al barrio. Al parecer tuvieron en jaque a los grises, o a los nacionales o a yoquecoñoséhijomío que me decía mi padre, cauteloso, cada vez que le preguntaba, por una serie de asaltos que habían perpetrado en el sur del país y que el único refugio que habían encontrado era este barrio de mala estampa a las afueras de birbam. Las tres historias corrían de boca en boca por el barrio. Y la bocas que narraban una negaban las otras dos, sin saber que dos de ellas eran ciertas al mismo tiempo.

Poco tardó Afano en hacerse amigo del Curruca. Pero esa es otra historia.

Entonces, Andrés decía que quería ser mendigo y el descampado era su reino. En ocasiones no nos dejaba entrar en el prado, agarraba unos maderos, afilaba sus puntas, y nos amenazaba con metérnoslos por el ojete y sacárnoslos por la nariz como nos adentrásemos a ese campito que era suyo y solo suyo. ¡Como si nos fuesen a entrar todas esa estacas a un tiempo por el culo! Al rato se le pasaba y, más calmado, se quedaba embobado mirando al cielo.

El viejo Andrés enfermó un otoño y jamás volvió a salir de su casa. El mismo otoño, Andrés había empezado a ir a una instituto en el centro, o eso decía en el barrio. Pero un dia Sir Walter Bradbury de la Petanca y un servidor le seguimos. No llegábamos a creérnoslo. Bradbury tenía una moto destartalada de color naranja, una moto que hacía más ruido que velocidad alcanzaba,. Se la había comprado su padre a un chatarrero para que el niño pudiese hacerle los recados de la tienda, pero esa mañana no tenía muchas ganas de trabajar y como yo he sido siempre un vago redomado no le fue difícil convencerme de seguir al autobús en que Andrés se subía cada mañana para ir al instituto. Cuando llegamos a la que se suponía que era su parada nuestra presa no bajó, tampoco lo hizo en la siguiente parada ni en la siguiente, y en la siguiente tampoco, y así hasta la última parada estuvimos esperando sin suerte alguna. Nos cruzamos con él por casualidad en el camino de vuelta. Él, siempre tan despistado, no se percató de nuestra presencia, pero nosotros sí. Allí estaba, en la puerta principal de esa grandísima iglesia, con los ojos medio cerrados y la cara sucia. Nos sentamos uno a cada lado, pero no nos prestó atención. Sin duda llevaba en la sangre el oficio.

Por la tarde, cuando volvió al barrio, le contamos lo que había pasado esa mañana y él lo negó todo. Juraba que había asistido a clase, como todos los días, e incluso sacó de la mochila los libros y cuadernos con la lección del día. No supimos nunca quién le copiaba los apuntes y jamás nos interesó. Nos daba igual cómo se ganase la vida, no es asunto nuestro nos decíamos unos a otros. Pero un día llegó al barrio con el título. Había terminado el instituto e iba a seguir estudiando. Hoy mira a los tejados con esa pose chulesca que no puede evitar, con ese aire desenfadado y colgado de la parra que Eva lleva en la entrepierna. Hoy trabaja en una asociación que ayuda a los sin techo de un popular barrio del centro de birbam. A Bradbury y a mí nos gusta pensar que tuvimos algo que ver con su cambio, pero no es así.

Una noche, hace ya muchos años, cuando Andrés iba al instituto del centro de birbam, iba caminando por el barrio y alguien, luego se supo que el Curruca, lo tiró al suelo, lo apalizó y se quedó con el dinero que había recaudado ese día. Al parecer no volvió a mendigar. No porque un compañero le hubiese robado, sino porque había sido su propio abuelo. Una semana después el Curruca desapareció del barrio, y no volvió a dar señales de vida. Parece ser que la vieja historia de la orden de busca y captura contra él era cierta, y Andrés dió el chivatazo. Gracias a la recompensa pudo dejar de pedir en aquella grandísima iglesia del centro de birbam. Y así, Andrés Herrera, o la nada puede ir en bicicleta, vestir de azul marino en invierno, silbar si llueve y apuntar a los balcones con la barbilla.