mis mejores ropas permiten resguardarse del frío
yo no las quiero aunque se empeñen en abrazarme cada mañana
aunque se obcequen en adherirse a esta piel pálida de europeo enfermo
a este cuero mixtura de razas inexistentes ya
a esta envoltura heredada de todo aquel que pasara por esta casa
mis mejores ropas limitan, contraen, irritan las sombras nebulosas de la oscuridad
en que me emperro en deambular hasta el fin de mis días
cuando sean mis mejores ropas solo vestigios horadados por lombrices
mis mejores ropas consienten que mis nalgas se congelen contra el granito
del suelo que piso en esta ciudad, del piso en que poso en esta ciudad
mi culo contra el granito aquél que el hombre usurpó de las montañas
mis mejores ropas consienten que resbale una huérfana gota de lluvia furtiva desde mi hombro
por la manga de la camisa, para alojarse en el ajado ojal de la misma
mis mejores ropas no borran mi gesto serio
ni el surco de lágrimas, si hubo alguna, dibujado sobre mis mejillas
autoabofeteados cachetes frente al espejo frío que no me esconde al mundo
ni me muestra como miss ausente de lecturas
teniente de canciones, pendiente de roperos ajenos
maldito cristal que no me refleja si no visto mis mejores ropas!
maldito cristal que me muestra desproporcionado y vergonzoso!
maldito vidrio amoral que me dice las cosas tal cual son
aunque mis ojos no lo quieran escuchar!
sé que debo huir
sé que debo correr
despojarme de ropajes y quedar nudo
como animal o criatura primigenia y llorosa
y sin embargo mañana volveré a cubrirme con mis mejores ropas
y si a la noche tuviera frío alcanzaré a meter mis pies bajo la mesa camilla
así me ardan al contacto con el brasero, por cobarde!
Y le diré a tus hijos la mujer que fuiste, la mujer que hoy eres, escondida en las entrañas del volcán. Les contaré las noches y los días en que no estabas; ni estás.
Les hablaré del aislamiento voluntario, del estruendoso silencio que escondían los gritos dolorosos e infames de las piedras al chocar con las cabezas, y quebrarse.
Haré añicos sus almas, mas renacerán. No te preocupes, es todo por su bien, del mismo modo hicieron nuestros mayores con nosotros, qué hijos de puta.
En días como hoy rumio cada bocado y descubro que la segunda vez sabe siempre peor que la primera. Definitivamente no hay beso como el primero: tímido y torpe; y al mismo tiempo emocionante. ¿Cómo voy a saber qué te gusta a tí si no sé qué quiero yo?
En días como hoy, en los que ni es doce de octubre ni nos equivocamos deliberadamente con las lecciones de historia mal aprendidas en la escuela, me estallan las glándulas lagrimales por lo que pudo ser y no fue, pero, ante todo, explotan por lo que fue y dejó de ser. Lamentablemente.
En días como hoy, camino de espaldas buscando la razón primera de mi existencia, más allá de un encuentro entre sábanas de dos que eran jóvenes y soñadores hace ya más de treinta años. Dos que dijeron que se querían tanto que lo que no querían era cumplir con cierto sacramento. Aunque después cumplieran.
Digo que en estos días, en los que cada vez me siento más cerca del sueño infantil de la mendicidad, en los que me escondo bajo mi parka y dejo que la lluvia inunde mi tonsura incipiente, trato, sin fortuna, reinventarme. Y me quiebro en dos de un tajo que solo la vida asesta tan violento, y me rompo en pedazos como solo los perros destrozan las tareas del colegio, y me descompongo como solo cierto licor de dátil me arrasa el intestino y precipita toda la flora que ¡falso, falso, cien veces falso! un yogur adosó a sus paredes.
En días como hoy, en los que miro por la ventana como mujer de otro siglo, te estoy extrañando, Latinoamérica. Y aunque tengo muy claro por qué, soy incapaz de verbalizarlo sino es así, de esta manera anárquica que tengo de escribir, como pinceladas vírgenes y huérfanas en un lienzo en blanco que jamás podré completar.
No hace mucho tiempo que visité el país adoptivo de Boabdil. En realidad no es su país adoptivo, nadie le ha acogido allí, pero él lo siente como suyo. Es uno de esos extraños asuntos que mi amigo el moro lleva con soberana tranquilidad y normalidad; así, por ejemplo, el bueno de Boa considera que Granada es su patria chica pese a que sólo ha visitado la ciudad del Darro en dos ocasiones. Suficientes dice él para saber que soy hijo directo del desdichado Boabdil. Y en su paranoia blasfema y maldice el caprichoso destino de tener en su pasaporte el hispano escudo y no el emblema del reino alauí.
Boabdil, a causa de su neura fantasiosa y quizá cierta adicción, visita eventualmente el país vecino; parece una broma pero no falto a la verdad si digo que es el único sello que figura en su despreciado pasaporte. Y para más inri, Boa no tiene intención alguna de visitar otro país, por muy occidental o muy árabe que este sea. La vida nace en el Mediterráneo dice podría conocer Italia o Portugal, o quizá la lejana Grecia, podría visitar el sur de Francia, o las nuevas repúblicas balcánicas, pero no creo que me enseñen nada que no haya visto aquí, en mi barrio, en mi ciudad, en mi región o en mi patria. Podría visitar Argelia, Túnez, quizá Egipto y sus pirámides, o el muro de las lamentaciones de Jerusalem, pero creo firmemente que no serán mejores o más bonitos que en las fotos que todos los turistas hacen y se mueren por enseñar. ¡Yo fui tantas veces a Marruecos...! Jamás tiré una foto, aproveché el momento, disfruté del momento... lo guardé en mi cerebro, eso es viajar. Me niego a coleccionar sellos en el puto salvoconducto como si el mero hecho de que un uniformado me pintarrajee el librito me haga más guay, más culto, o mejor persona.
Así como Boabdil visitó el magreb en múltiples ocasiones, esos días fueron mi primera experiencia allí, y ahora que ha pasado ya suficiente tiempo como para valorar lo que ví, lo que viví o lo que sentí no pienso hacerlo. Me lo guardo para mí. Me lo guardo porque muchos antes que yo fueron a Marruecos, y muchos de aquellos que fueron me contaron con todo tipo de señales qué vieron, qué vivieron y qué sintieron. Escuché historias asombrosas e inquietantes sobre cómo era la vida en un lugar tan cercano geográficamente y tan lejano en espíritu y mentalidad. Cuidado con la policía me dijeron no te vas a librar de un control policial en el que te pidan dinero inventándose que ibas a 140 km/h por tal o cual carretera. Cuidado con los extraños, no te fíes, lo único que quieren es robarte. Cuidado con la comida, no comas ensaladas ni nada que no esté bien cocinado. No bebas agua que no esté embotellada. No hables en francés si no eres francés. ¡Me dijeron tantas cosas!Nos decímos tantas cosas que ¡claro! al final uno cruza el estrecho con mil ojos para comprobar que la experiencia de uno es la única experiencia válida.
¿Y tu experiencia fue? Me pregunta Boabdil que mira por encima de mi hombro la pantalla del portátil en que escribo hoy. Express Marrakesh respondo, y entiende a la primera a qué me refiero. Porque con dos palabras le estoy diciendo a mi amigo que miré las estrellas en la oscuridad del desierto con miedo a peerme, que pasé 10 horas en un coche con la absurda idea de que mis amigos me iban a dejar tirado en medio del Atlas, deshidratado, con toda la ropa cagada, acobardado y semiinconsciente si me volvía a hacer de vientre. Le estoy diciendo que pasé unas horas una noche en la jaima de un bereber mofletudo que me quería vender hasta los bigotes de su hermano o, por lo menos, intercambiarlos por medicinas, bebiendo grappa de dátil, comiendo dátiles y bebiendo té. Le estoy diciendo que probé múltiples medicamentos españoles y oriundos que no hicieron ningún efecto, y que finalmente desesperadamente añado probé el remedio casero que todos recomendaban: Coca Cola y leche condensada. Le estoy diciendo que por muy avisado que estuviera era necesario que sufriese aquella horrible gastritis, el posterior tapón y las actuales pruebas médicas que dictaminarán si tengo algún virus porculero en mi ya de por sí maltrecho aparato digestivo. Le estoy diciendo que mi experiencia es única, que es sólo mía aunque muchos la viviesen antes, y que por tanto es inútil para el siguiente que pregunte; que viajar en páginas de papel o sitios web está bien, pero que es mejor oler la mierda que cagamos porque nos hace más fuertes, más cultos, más arrogantes, más estúpidos, más lo que sea que estés buscando ser. Que no es lo mismo escuchar una canción de Crosby, Stills, Nash and Young que vivirla.
Ayer volví de una boda en Francia, con amigos. Un viaje tranquilo y excitante al mismo tiempo, de birbam a Geneve, de Geneve a Annecy, de Annecy a Saint-Joiroz y vuelta atrás. Un paraje impresionante a orillas del Lago de Annecy, rodeado de montañas prealpinas. He dicho que es impresionante porque no se me ocurre un calificativo mejor, lamentable por mi parte, pero es que desde que llegamos a esta increible, que no paradisíaca, tierra, no he cesado de pensar que si aquél escenario hubiera estado bajo el sol que envidian en Europa, estaría muchísimo más violado por el amargo efecto del turismo y el ancho bolsillo ibérico de lo que ya está en el país vecino. ¡Y qué narices! No puedo encontrar un adjetivo mejor porque he hemos todos vuelto de allí impresionado. Me atrevo a decir, desde la ignorancia, que no hay un lago como en el que he estado; kayaks, canoas, veleros y ferrys lo cruzan con total tranquilidad, por no hablar del rumor local, del cual no tengo razón alguna para dudar, que dice que el alcalde bebe un vaso de agua servido directamente del lago durante el día grande de la ciudad, demostrando así que es el lago más limpio del viejo continente.
Ha sido un fin de semana memorable que ninguno de los invitados procedentes de birbam y bizarria olvidaremos jamás. Estoy seguro. Supongo que la huella que me ha quedado a mí ni es ni puede ser la misma que a los demás, que cada uno hemos vivido las diferentes situaciones y choques culturales parece mentira a nuestro modo. Por ejemplo, un amigo, incapaz de acercarse a una preciosa muchacha francesa de cabellos de jengibre, se fustigaba pensando en los años perdidos sin aprender otros idiomas, por los inviernos pasados en el pueblo, solo, disfrutando del campo y de los animales, sin pensar que las elecciones que ha tomado son precisamente lo que le ha ido formando hasta el adulto que mas o menos es hoy. Y sí, es cierto, el tipo, mi amigo, podría haber aprovechado su adolescencia para hacer algo más que tocarse, salir de fiesta, juguetear con alguna droga, y aprender, con sus ritmos, sobre la tierra. Entre otras muchas cosas. Sí, podría haberlo hecho, pero no sería el mismo.
Yo, a rebufo de mi amigo, percibo que el camino es siempre más largo de lo que aparenta, resulta imposible tocar el horizonte, y tras cada montaña hay un valle nuevo que visitar o pastar, según sean tus costumbres alimenticias. Hace más de un año, no mucho más, que volví del Reino Unido; de ese bosque en el sur de Inglaterra. Si bien sigo teniendo presente muchas de las cosas aprendidas allí, casi todas sobre uno mismo, en este largo fin de semana me he percatado de que hay algo que he abandonado como una manzana en la encimera de la cocina. Una manzana que se oxida léntamente y de la cual contemplamos su herrumbre con cierto gusto como el que se percata por vez primera del milagro de la naturaleza, la vida, ese apagarse.
La vida pasa veloz como el cóndor. No te dejes adelantar, no la persigas, cada vida tiene un ritmo.
III. La huérfana butaca (o no elegir bien los títulos y subtítulos)
Pero súbitamente, cuando ya había perdido toda esperanza de que un cuerpo ocupase la huérfana butaca, cuando estoy absolutamente abstraido en las anécdotas que cuenta don Mario y me dispongo a declararme su discípulo así le arranque la oreja a simones o judases, unas piernas colgando de un cuerpo ocupan el lugar abandonado. Son, eran, unas piernas hermosas y largas, femeninas; unas piernas que deliberadamente se cruzan al ritmo contrario que las de don Mario y todos sus discípulos, entre los que, felizmente, por supuesto, me encuentro. Así que me molesta el acto de rebeldía como si fuera propio, como si esas piernas insurgentes me estuviesen declarando la guerra a mí, únicamente a mí, y voy levantando mi vista con intención de decirle cuatro cosas bien dichas a la señora o señorita ¡Es que no sabe usted que cuando el maestro se atusa el pelo la pierna izquierda se superpone a la derecha! ¡Y que cuando se arrasca la cara es al revés! ¡Por dios! ¡Que hay que venir de casa con su obra leida!
Mis ojos suben por sus piernas, alcanzan su falda y su camisa, y se entretienen con su pechos, se estancan en su cuello, y cuando pasan la frontera que es su barbilla observan sus ojos brillantes observando al maestro. ¡Dios mío, es la mujer más hermosa que he visto en mi vida! ¡Don Mario! Grito, abandono, no le seguiré más, ahora cruzaré las piernas al ritmo que me mande esta señorita. Por alguna extraña razón las ganas de regañarla se esfuman. Y la observo, absorto y babeante, y un gran charco de esputos se forma en el piso, y mis pies en rebeldía chapotean.
Apenas tardaron 6 segundos en aparecer dos señores de gris con unos palos atados a la cintura que venían a buscarme; me echaron de allí sin golpes, sin empujones, y sin darme ninguna razón por ello. Pero lo peor de todo fue que no me dijeran quién era aquella señorita.
Desde entonces vivo en la puerta del edificio en el cual en la última planta hay un salón en el que un día estuvo don Mario. Duermo entre cartones que el mismo Andrés Herrera, o lanada, envidiaría. Hay muchos eventos, grandes reuniones con personajes famosos, artistas, toreros, modelos, damas de clase alta, políticos, empresarios. Todos me conocen ya, y me saludan por mi nombre, incluso los porteros y los seguratas me conocen, y me traen algo de bollería y un café con leche cada tarde, alrededor de las seis. A veces, me encabrono y quiero entrar, tengo la curiosidad ¡qué coño curiosidad! Es mucho más... ¡has perdido la cabeza! de saber si volverá a aparecer la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Pero, obviamente, nunca me dejan entrar, están todos enamorados de ella y tienen miedo, no sea que la vaya a raptar.
No necesité mucho tiempo para darme cuenta de que necesitaba la ayuda de Andrés Herrera para sacar a el coso de allí. Desgraciadamente la nada no atendía al teléfono; tardé casi una semana en dar con él, aunque cuando lo hice, he de decir, vino presto a buscar al coso. Sobra decir que nos lo llevamos por la fuerza, la oratoria de Andrés, que es escasa, no funcionó; no logramos engañarle así que no hubo más remedio que agarrarle de brazos y piernas, golpearle repetidas veces en el hígado y los riñones y precipitarle al coche de Mateo Lorenzo, que siempre está para arrimar el hombro, que esperaba en ralentí frente a la acera.
El coso está bien, no preocuparse; está en casa, encerrado en su habitación, al parecer. Su madre dice que tiene fiebres y no nos deja subir a verlo, dice que el médico ha dicho que nada de visitas, y menos de los amigotes, que siempre son mala influencia. ¡Acabáramos!