Yo no quería discutir. Ella sí. Por eso me apretaba tuercas que aún desconocía que bailasen arrítmicas, tuercas que aleteaban con premura dispuestas a salir a volar, tuercas y no tornillos. Yo no quería discutir, insisto, sin embargo parecía que era su único propósito.
Me costó entender que solo lo hiciera porque creía que antes de irse a la cama conmigo debíamos discutir ciento trece veces.
viernes, 6 de diciembre de 2013
lunes, 13 de mayo de 2013
extraño frente al Thames
extraño un río en mi ciudad
y lindas mujeres horribles corriendo por su ribera
extraño perderme tal vez
y seguramente encontrarme
desangrado en la calle
con la cabeza abierta
por culpa de algún torpe
un torpe que esta vez no seré yo
extraño el extrañamiento del extranjero
el estrangulador abrazo que enviaba
el estentóreo y mudo grito acomplejado
que mi vientre expulsaba
extraño extrañarme y extrañarte
y además te echo de menos
sí, además me echo de menos
y lindas mujeres horribles corriendo por su ribera
extraño perderme tal vez
y seguramente encontrarme
desangrado en la calle
con la cabeza abierta
por culpa de algún torpe
un torpe que esta vez no seré yo
extraño el extrañamiento del extranjero
el estrangulador abrazo que enviaba
el estentóreo y mudo grito acomplejado
que mi vientre expulsaba
extraño extrañarme y extrañarte
y además te echo de menos
sí, además me echo de menos
Londres, 11 de abril de 2013
miércoles, 20 de marzo de 2013
sin título
Si al llegar a casa me encuentras con las llagas abiertas,
con el cuero ajado y sin palabras...
Si al llegar a casa tus manos no tienen mas mariposas que tocar
y huyes al mar y posas revoloteando en las cuencas vacías de mis ojos
la sal gorda que el patrón te ha dado...
Si me encuentras durmiendo es probable que en realidad esté muerto.
Tu dios lo quiera un día rumias plasta a plasta,
desde tu revoltosa cola hasta las astas que luces, y luzco
y apagas las llagas vagas y te das de bruces.
Te has dejado la puerta abierta proclamas
el viento corre por el corredor, y aunque lento
se siente hiriente gritas impertinente pues la corriente
dices ha tirado tus viejas fotos
esas en las que siempre salgo con un ataque de tos
o, mejor dicho, no salgo.
Sí. Si cuando llegas está el café hirviendo en la cafetera,
desbordado, pringando la cocina y la encimera,
y ves un carril zigzagueante como una huella de yarará
surcando el piso yermo aunque abonado
y yo ni piso ni nado ni respiro...
tú, respira tú, tranquila,
solo me ha dado un ataque y estoy sentado
segunda puerta a la derecha como siempre,
en esa habitación que gobierna un espejo.
con el cuero ajado y sin palabras...
Si al llegar a casa tus manos no tienen mas mariposas que tocar
y huyes al mar y posas revoloteando en las cuencas vacías de mis ojos
la sal gorda que el patrón te ha dado...
Si me encuentras durmiendo es probable que en realidad esté muerto.
Tu dios lo quiera un día rumias plasta a plasta,
desde tu revoltosa cola hasta las astas que luces, y luzco
y apagas las llagas vagas y te das de bruces.
Te has dejado la puerta abierta proclamas
el viento corre por el corredor, y aunque lento
se siente hiriente gritas impertinente pues la corriente
dices ha tirado tus viejas fotos
esas en las que siempre salgo con un ataque de tos
o, mejor dicho, no salgo.
Sí. Si cuando llegas está el café hirviendo en la cafetera,
desbordado, pringando la cocina y la encimera,
y ves un carril zigzagueante como una huella de yarará
surcando el piso yermo aunque abonado
y yo ni piso ni nado ni respiro...
tú, respira tú, tranquila,
solo me ha dado un ataque y estoy sentado
segunda puerta a la derecha como siempre,
en esa habitación que gobierna un espejo.
martes, 19 de marzo de 2013
Welcome to Blabla City
Anoche, como todas las noches, soñé con mundos de mierda,
muertes injustas y plagas antediluvianas,
apenas importa, pues también soñé
con paraísos patrocinados por refrescantes bebidas,
y en el telón de azúcar un terrón de acero
y al fondo una postal de una palmera
y un Welcome to Blabla City arañado en la arena,
a los pies de la barbacana de un castillo.
Un niño, un muchacho algo torpe, había robado mi cara
y pisoteaba y pateaba la atalaya arrancándose del pecho
los sueños con napalm y aceite de colza.
El oso del escudo lanzaba besos
y el cerro de los colores se volvió negro.
Mamá, mamá grito al pasillo
sin apenas abrir la puerta, pues me da miedo,
mamá, mamá insisto y no hay respuesta,
así que repto sobre mi barriga helada
hasta el fin de la noche, la mañana.
Pero de nada sirve andar si no hay camino,
ni éxodo que mi nariz ladina no huela,
de nada sirve despertar en el fango
de esta plasta vacuna y pestilente
a la que según parece los dueños del mundo apenas hacen caso
o peor aún: se han acostumbrado
como el tullido a cagarse en las muelas de los otros,
como el fantasma a esconderse de los ojos del adulto,
como el que llega a este jodido verso esperando que al fin
en el siguiente,
no, no, en el siguiente
el autor diga algo interesante o al menos bello,
una imagen que explique porque (mal)gastó su tiempo
sentado en este trono por el que huyen los desperdicios
tres, quizá cinco, minutos mas de lo que se merece.
Aunque onírico un mojón lleva su tiempo.
muertes injustas y plagas antediluvianas,
apenas importa, pues también soñé
con paraísos patrocinados por refrescantes bebidas,
y en el telón de azúcar un terrón de acero
y al fondo una postal de una palmera
y un Welcome to Blabla City arañado en la arena,
a los pies de la barbacana de un castillo.
Un niño, un muchacho algo torpe, había robado mi cara
y pisoteaba y pateaba la atalaya arrancándose del pecho
los sueños con napalm y aceite de colza.
El oso del escudo lanzaba besos
y el cerro de los colores se volvió negro.
Mamá, mamá grito al pasillo
sin apenas abrir la puerta, pues me da miedo,
mamá, mamá insisto y no hay respuesta,
así que repto sobre mi barriga helada
hasta el fin de la noche, la mañana.
Pero de nada sirve andar si no hay camino,
ni éxodo que mi nariz ladina no huela,
de nada sirve despertar en el fango
de esta plasta vacuna y pestilente
a la que según parece los dueños del mundo apenas hacen caso
o peor aún: se han acostumbrado
como el tullido a cagarse en las muelas de los otros,
como el fantasma a esconderse de los ojos del adulto,
como el que llega a este jodido verso esperando que al fin
en el siguiente,
no, no, en el siguiente
el autor diga algo interesante o al menos bello,
una imagen que explique porque (mal)gastó su tiempo
sentado en este trono por el que huyen los desperdicios
tres, quizá cinco, minutos mas de lo que se merece.
Aunque onírico un mojón lleva su tiempo.
martes, 15 de enero de 2013
Nazareth
Como viene siendo normal desde
que el calendario romano se implantó en la totalidad del viejo imperio por la
gracia de uno o varios seres imaginarios creados por la necedad y la necesidad humana
de explicar todo lo que sucede alrededor, un año cuenta con trescientos sesenta
y cinco días, si no es bisiesto, agrupados en doce meses. Mas allá de la
clásica controversia de si aquel primer año dedicado a Rómulo contó con diez o
doce fases lunares. El calendario gregoriano, heredando el corte en juliana de
los romanos, mantuvo la docena, una magnífica coincidencia con la caterva de
discípulos que siguieron a aquél hombre de barba rala que naciera en el pequeño
Belén y que entre otros muchos nombres llevó a su cargo el de el Nazareno.
En uno de esos doce meses que
tuvo 2010, mi amiga Nazareth coincidió con el Coso al sur de Albión y,
sin embargo, no se vieron mas que en una o dos ocasiones según mis
investigaciones, y ninguna o una vez tan solo y a lo lejos, rodeados de gente
en un centro comercial, según me dijeron ambos por separado, como siguiendo un
guion previamente redactado por ellos mismos. Las razones del desencuentro son,
aún hoy, tan desconocidas como evidentes en la fantasía del que escribe. No
obstante, siempre sospeché que estuvieron viviendo juntos durante casi todo el
mes.
Inglaterra es un país mucho más
grande de lo que uno se imagina al curiosear un mapamundi, lo sé porque jamás
estuve allí; no hace falta abrir los ojos hasta que se levantan las costuras de
los párpados para ver que no es la estepa siberiana, pero por mucho que te
broten lágrimas y se te despunten una a una las pestañas es prácticamente
imposible apreciar la individualidad de las almas apelotonadas en esas grandes
ciudades de casas bajas con escaleras en los portales o en su innumerable
entramado de ciudades dormitorio; ni siquiera en la virtualidad aumentada de
una lupa descubrimos hormigueantes británicos conduciendo nerviosos por el
margen izquierdo sus Jaguar, sus McLaren, sus Aston Martin, sus Rolls Royce,
sus MG, o sus Land Rover, siempre con una pipa detectivesca en los labios,
siempre con un monóculo capado pero elegante, siempre bebiendo té y engullendo
galletas de jengibre. Esta grandeza imperial, geográfica y por tanto física a
la par que espiritual y metafórica, podría ser la única razón de su frustrado
encuentro, y sin embargo no fue así: un día Nazareth me llamó y me dijo Boa, lo
siento mucho pero no he podido ver a tu amigo; no he tenido tiempo. Meses
después el Coso me escribió un email
en que relataba una y mil llamadas sin respuesta al número de Nazareth que yo
mismo le había proporcionado.
Los dos mentían. Yo sabía que
habían pasado al menos un par de semanas juntos en el bosque en que vivía
entonces el Coso.
¿Por qué lo sabía? ¿Qué me hacía
sospechar que el encuentro se produjo con dolorosas consecuencias para ambos?
Fueron muchas las razones que me invitaron a pensar que estuvieron viviendo
juntos durante ese mes. En una ocasión, Nazareth colgó una foto de lo que
parecía un camino por en medio de un bosque en una conocida red social de
internet. Sí, podría ser un bosque en cualquier lugar del mundo, pero la foto
era muy parecida a las que colgaba el
Coso, un camino con árboles a los lados cuyas ramas se unían formando una especie
de túnel sobre el sendero. Sí, es cierto, el bosque en el que vivió mi amigo no
es el único bosque inglés, pero aquella foto desapareció ante un comentario sin
maldad de una amiga común que decía Hala,
zorra, ¿dónde estás?
Fue a partir de aquella
desaparición cuando empecé a dejar volar a mi fantasía. Imaginé el primer
encuentro en una estación de autobús o de tren, los dos mirándose a lo lejos,
dudando ¿es él?, ¿es ella?, hola, no
estaba seguro de que fueras tú, hace mucho que no nos vemos. Sí, mas o menos
desde el cumpleaños de Cataratas. ¡Sí, es cierto! Viniste acompañada por
alguien... un tipo rubio, alto. Sí, Jota. Era mi novio, hace años que no
estamos juntos. Él cogería alguna de sus bolsas haciéndose el caballero,
pero a ella eso ni le gustaba ni le llamaba la atención en un hombre. ¡Vamos, tenemos que subirnos a un bus hasta
mi pueblo y tenemos solo diez minutos para llegar a la parada!
Y qué haces por aquí, qué estudiaste, por qué Inglaterra, están las
cosas tan mal por allí, ¿fumas?, me gusta tu pelo, a mí tus ojos, qué manos mas
suaves, las tuyas sin embargo están secas y agrietadas, ahora te enseño donde
curro, ¿te gusta la cerveza amarga?, me gustas mas tú pero que no se entere
Boa, qué tendrá él que decir, no lo sé, soy vegetariana, yo no.
Y así, sin quererlo, una noche
uno de los dos tocaría la puerta del otro o quizá se escondería furtivamente como
el cazador espera a su presa entre las sábanas del otro durante horas hasta
sorprenderle. Y se amarían profundamente una y otra vez, y otra, y otra. Noche
tras noche hasta alcanzar las madrugadas, y después a la hora de comer, y en la
siesta los fines de semana, y en los baños de los pubs si salían a emborracharse, y en las terrazas de los
restaurantes, y en el asiento de atrás de un coche de alquiler. Hasta que un
día, en la cúspide, Nazareth le diría Llámame
Nazi. ¿Qué? inquiriría el Coso
incrédulo ¿Que te llame qué? Nazi,
llámame Nazi. Y claro, conociendo a
el Coso aquella era una historia imposible. Se terminó el rubor. Se terminó
la magia. Y Nazi huyó del bosque.
lunes, 17 de diciembre de 2012
Pasta y tuco
Hace cuatro años paseaba por las calles de Buenos
Aires de la mano de una mujer hermosísima con la que discutir era tan habitual
y placentero como el sexo. Usted aún no lo sabe pero esta oración
introductoria apenas tiene que ver con lo que a continuación va a narrar, a su
manera, el Coso; simplemente intenta hacer uso del manido truco de llamar
la atención proponiendo un escenario: una relación amorosa tan magnética como
dañina. Dicha ocurrencia se debe a tres razones principales: la primera de
ellas nace en la lectura de algún manual de escritura que dice que hay que
enganchar al lector desde el principio con una sentencia que le agarre de la
pechera y le zarandee por los aires; el Coso es de los que piensan que
poco importa que la oración sea coherente con el resto del relato. En segundo
lugar he de decir que a el Coso le encanta despistar a la gente con
enmarañadas interpelaciones. Eso es lo que ha hecho, y lo ha hecho porque lo
verdaderamente importante de ese enunciado preliminar está en el primer verbo: pasear.
Sí, sí, pasear, y no paseaba, porque lo que interesa a el
Coso es el significado de pasear, la razón por la que alguien empieza
a mover pierna tras pierna de manera mas o menos coordinada con intención de
avanzar en una determinada dirección sin que la causa de ese movimiento sea
desplazarse a un lugar específico e irremediable, ¡eso es lo verdaderamente
importante! Y no que el verbo esté conjugado en copretérito o pretérito
imperfecto de indicativo, ¡vaya
una discusión absurda! Eso no le importa a nadie. Y por fin, en tercer y
último lugar, el Coso considera que ya va siendo hora de que el
lector o lectora se dé cuenta que esto no es mas que una digresión tras otra
con la única intención de alargar el primer párrafo con que empieza este
relato.
Arribé por última vez a Capital Federal después
de un largo viaje de doce horas con las rodillas encogidas en un ómnibus que
atravesaba la Pampa desde Bariloche a Neuquén, y de Neuquén hasta la vieja
estación de Retiro. Después de algo mas de un mes viajando por el interior,
después de atravesar los Alpes y perseguir el rastro de Neruda de Valparaíso a
Chiloé, y haber cruzado de vuelta la cordillera andina de Puerto Montt a San
Carlos de Bariloche, había llegado el momento de despedirse de una ciudad a la
que en silencio, en las noches de pizza y tango en la Catedral, en las noches
de güisqui teachers por diez pesos, solía llamar el birbam de
la Movida; una estupidez supina, una revelación nocturna y huérfana de
patrias chicas bañada en fernet y birra por Palermo Soho. Una comparación algo
necia que probablemente se me ocurrió mientras hacía cola en algún boliche de
Niceto Vega en el que no me dejaron pasar, ni por gaita ni por calcetines
blancos, sino por feo, lo cual siempre creí perfectamente comprensible incluso
hoy, que llevo rotos seis espejos de seis cuartos de baño distintos de cuatro
casas en las que he vivido. Y sin ponerles una mano encima, ahí está el mérito.
Aquella mañana del catorce de diciembre de 2008
quise dar mi último paseo en solitario por Buenos Aires, así que no mas llegué a Retiro tomé un taxi con destino a la vieja casa de Jean Jaures y Zelaya,
dejé las valijas y salí a caminar. Una y otra vez, como venía siendo normal
desde que el random de mi reproductor
de MP3 se quedase estancado, la misma
canción retumbaba en los cascos. Sin embargo, mi cabeza todavía no mostraba
señales de cansancio. Faltaban muy pocos días para que llegase el verano, aún
así el calor era tan agobiante y húmedo que por primera vez deseé con
sinceridad absoluta estar en birbam con mi familia y abandonar los
últimos diez meses de mi vida para siempre. Unos pesados goterones de sudor me
caían por la frente y chocaban en mis mejillas con las lágrimas que en una
ataque contra mi voluntad y mi hombría mal entendida mis ojos expulsaban; las
dos aguas saladas en cordial camaradería se me colaban entre las barbas,
conscientes de que yo tardaría mucho tiempo en volver a cruzarme con el pibe
que levantaba cartones por Paraguay y Laprida, o con la florista de Córdoba y
Jean Jaures. Sí, mis cerdas faciales supieron mucho antes que yo mismo que
sería difícil que mis pies volvieran a tropezar con esas calles de adoquines
levantados por las poderosas raíces de los árboles, prueba evidente de la
fuerza con la que Abya Yala (su naturaleza) arrampla, sacude, zarandea e incluso
estremece no ya las almas de los hombres blancos, mestizos, y originarios,
(permítanme que dude de la existencia de cualquier ente incorpóreo, ruego que
los creyentes no se lo tomen como un
ataque directo, sino como un golpe agnóstico al mentón, un croché de izquierdas
imprevisto pero etéreo, un gancho ni dañino ni beneficioso, un andate a
cagar dialéctico y, por ende, cobarde), sino que arrancaba con violenta y
silenciosa fuerza toda materia plus ultra, toda baratija inútil recién
traída del viejo mundo en carabelas.
Caminé sin rumbo durante alrededor de dos horas,
quizá menos, hasta Aeroparque. El tiempo en Buenos Aires había dejado de
perseguirme para acompañarme en mis muy pocas tareas diarias: las horas parecíanme
durar hora y media, las mañanas se alargaban hasta el puntual plato de pasta y
tuco de las cuatro, las noches se escapaban entre faso y birra, birra y faso en
la terraza de la vieja casa mientras fantaseaba con encontrarme en el pasillo
al espectro de aquél tucumano al que mataron en el sótano en los ochenta,
cuando la casa y prácticamente todo el barrio estaba tomado por la canalla.
Aquella imagen solía aparecérseme en sueños para relatarme dónde podía comprar
el mejor choripán del barrio y el peor mondongo. Capo me dijo mas tarde,
esa misma noche del catorce de diciembre mientras yo duermevelaba Tenés que
probar los chinchulines con el punto justo de limón en el próximo asado. No te
podés marchar sin hacerlo, loco. ¿Qué próximo asado? preguntaba yo El de
mañana a la noche, pelotudo, llevan un mes planeándolo y aún no lo sabés. Diez
meses acá y seguís siendo el mismo salame que llegó. Dejate de joder y
andá a putear a otro en sueños, protesté y prestá atención a tu herida
que está supurando y me estás dejando la pieza como la sábana santa. A
veces me tenía que hacer el canchero, y hablarle como si yo tuviera el control
de la situación, no había otra, si no lo hacía corría el peligro de quedarme de
charleta con él toda la noche, y yo
siempre fui de dormir ocho horas.
Mi cabeza estaba llena de dudas aquellos días, si
bien mi agnosticismo no me permitía confiar en las experiencias que había
tenido durante los últimos meses, algo dentro de mí quería creer en la
veracidad de mi primera experiencia extrasensorial: el día aquel en que las
paredes se comprimieron con un espantoso crujido que retumbó en toda la casa y
redujo el living en casi medio metro
cuadrado (jamás volvimos a recuperar ese espacio), si por casualidad fuera de su interés este hecho sin explicación
lógica, puede consultar los planos del edificio en el organismo o secretaría
que se encargue del desarrollo urbano de la capital argentina, y comprobar así
que, efectivamente, las medidas con que se diseñó, y tal cual quedaron
reflejadas en el catastro porteño, eran las mismas que medio año atrás y sin embargo ya nunca más volvieron a serlo. Aquello tuvo que suceder por
alguna razón física, algo tangible; yo me negaba a reconocer que podía ser un
invento de mi imaginación quizá algo perturbada. También necesitaba creer que
no era el fruto del desvarío la aparición de las primeras y misteriosas sombras
bailarinas que empezaron a perseguirme en la calle y terminaron instalándose
alrededor de la mesa en que cenábamos y charlábamos animosamente los vivos, esa
mesa en que aquellos traviesos espectros me soplaban el cogote mientras
susurraban secretos de la bellísima mujer que solía ser un apéndice de mi brazo
y de todo aquél que se sentaba con nosotros a la mesa a degustar otra vez la ración
diaria de pasta y tuco. Únicamente yo parecía capaz de percibir esas
presencias, y aunque nunca supe si me habían seguido para ayudarme o no,
disfrutaba en aquellos momentos de los secretos de mis comensales sin saber ¡conchaesumadre!
que en muchas ocasiones eran mentiras deliberadas que me confesaban para
dejarme en ridículo. Para que todo el mundo creyese que era yo el que estaba
encantado y no la casa, o la calle Jean Jaures, o el barrio entero del Abasto.
En verdad necesitaba saber si todo aquello era
simplemente una burla de mis caseros o solo el desliz de una clarividencia que
no tenía lo suficientemente entrenada. Por eso salía a pasear a menudo en
solitario, porque necesitaba saber si la ciudad, sus gentes y sus comidas
callejeras podían arrojar algo de luz al tremendo galimatías que había okupado mi entendimiento; tanto que aquel
catorce de diciembre de 2008, al llegar a la Costanera Norte, fantaseé con que
el espíritu del tucumano, harto de hacerme ir hasta allí por un choripán, un pancho, o un sanguche de bondiola o vacío, se había
deslizado dentro de mi reproductor de MP3 y se había quedado anquilosado en su interior, en
cierta canción de Arcade Fire, mangoneándome con palabras mientras mis ojos se perdían observando a
aquella mujer que, estuviera o no estuviera a mi lado realmente, asía mi brazo con
una fuerza tan hercúlea como inútil y se aferraba a mi cintura mientras
murmuraba You're standing next to me, my
mind holds the key sin saber que lentamente se desligaba de mi vida y
soltaba amarre. Sin saber que mi cuerpo y su cuerpo eran dos jaulas que nos
impedían bailar con la persona con la que queríamos bailar. Yo con el
espectro del tucumano, ella también; pero eso ¿a quién le importa ya?
domingo, 23 de septiembre de 2012
Al fín, largo verano, agonizas
Al fín, largo verano, agonizas
y te llevas con tus ínfulas de buen hombre
la moribunda eternidad que tanto ansías.
Al fín huyes, cobarde, porque las hojas de los árboles,
según dices, te hacen cosquillas al rasgar el suelo.
Huyes, maldito embustero, por no quemar las espaldas
de tus hijos en la vendimia, te dices y repites convencido
frente a un espejo con la cabeza gacha,
pues ya ni si quiera tú aguantas
el peso del sol en la coronilla.
Al fin te vas, tal cual viniste, en tu carroza de oro
y lanzando flores a los pueblos como un mesías porculero,
saludando con las manos flojas de la desgana y la soberbia
a los necios perfectamente pigmentados que te adoran.
Al fin emigras, altivo estío.
Permíteme al menos disfrutar
horadando las heridas en las cuencas de tus ojos
con las primeras lágrimas que el otoño nos regala.
y te llevas con tus ínfulas de buen hombre
la moribunda eternidad que tanto ansías.
Al fín huyes, cobarde, porque las hojas de los árboles,
según dices, te hacen cosquillas al rasgar el suelo.
Huyes, maldito embustero, por no quemar las espaldas
de tus hijos en la vendimia, te dices y repites convencido
frente a un espejo con la cabeza gacha,
pues ya ni si quiera tú aguantas
el peso del sol en la coronilla.
Al fin te vas, tal cual viniste, en tu carroza de oro
y lanzando flores a los pueblos como un mesías porculero,
saludando con las manos flojas de la desgana y la soberbia
a los necios perfectamente pigmentados que te adoran.
Al fin emigras, altivo estío.
Permíteme al menos disfrutar
horadando las heridas en las cuencas de tus ojos
con las primeras lágrimas que el otoño nos regala.
miércoles, 11 de julio de 2012
Los días tristes no merecen títulos, ni recuerdos
Recuerdo las gafas rotas de Allende sobre el piso de La Moneda, el humo brotando tras los muros del palacio, el estruendo reventando de cuajo paredes, el polvo sobre los pocos guardias fieles al presidente, los niños corriendo... y los jóvenes, y los viejos... Los recuerdo en ajadas películas y documentales que pusieron en la televisión española. Lo recuerdo en las palabras de un chileno joven y contrariado sentado sobre una banqueta de un chiringuito en la costa del sol Tengo un pasaje a Santiago para el quince de noviembre dice ¿qué voy a hacer ahora?
Recuerdo los tanques en las avenidas, las banderas desconcertadas ondeando sobre mástiles blancos.
Es imposible que recuerdes. Tú no estuviste allí. Me dices y derrumbas con ocho palabras mi memoria inventada, y la aferras al yermo suelo castellano en el que ni siquiera me habían imaginado.
Recuerdo los tanques en las avenidas, las banderas desconcertadas ondeando sobre mástiles blancos.
Es imposible que recuerdes. Tú no estuviste allí. Me dices y derrumbas con ocho palabras mi memoria inventada, y la aferras al yermo suelo castellano en el que ni siquiera me habían imaginado.
sábado, 7 de julio de 2012
domingo, 3 de junio de 2012
Mañana
Mañana voy a dedicarte unas líneas, pensé, cuando en realidad quería hacer un ejercicio masturbatorio, como siempre, frente al espejo, intentando matar de una vez por todas bien al coso bien a boabdil.
Mañana voy a dedicarte unas líneas, grité: ¡al carajo con el silencio! Déjenme gritar cuando expulso semillas, cuando libero libélulas que no conocerán el éxito o el fracaso como papá, sino que morirán en un pañuelo de papel y huirán por el retrete, o morirán resecos en el tacho de la basura sirviendo de alimento a roedores y cucarachas. Olvídense del cuerpo profético y la sangre derramada, del cordero penitente, de los panes y los peces. Olvídense de llevar en secreto el onanismo, olvídense del milagro de la vida, los dioses juegan a escritores y se inventan fábulas con que amedrentar a los simples. Todo es mentira. Mentira como las palabras que en este blog esgrimí durante tres años, mentira como el aparente silencio de los últimos meses.
Mañana voy a dedicarte unas líneas, pensé, y mañana siempre era mañana, nunca llegaba. Hasta hoy.
He vuelto.
Mañana voy a dedicarte unas líneas, grité: ¡al carajo con el silencio! Déjenme gritar cuando expulso semillas, cuando libero libélulas que no conocerán el éxito o el fracaso como papá, sino que morirán en un pañuelo de papel y huirán por el retrete, o morirán resecos en el tacho de la basura sirviendo de alimento a roedores y cucarachas. Olvídense del cuerpo profético y la sangre derramada, del cordero penitente, de los panes y los peces. Olvídense de llevar en secreto el onanismo, olvídense del milagro de la vida, los dioses juegan a escritores y se inventan fábulas con que amedrentar a los simples. Todo es mentira. Mentira como las palabras que en este blog esgrimí durante tres años, mentira como el aparente silencio de los últimos meses.
Mañana voy a dedicarte unas líneas, pensé, y mañana siempre era mañana, nunca llegaba. Hasta hoy.
He vuelto.
jueves, 8 de marzo de 2012
Cientoveinticuatro
Como si nos hubiésemos quedado helados ambos con la entrada número 123. Ahí termina todo. O eso parece.
No hay ánimo ninguno para seguir con este blog que es un muerto desde hace meses, sin llegar a ser un lastre pues al estar en la nube de internet no pesa y es más etéreo que el pedo de una santa.
Por esta y otras razones que sólo conciernen a Boabdil y al que escribe, hemos decidido que sólo escribiremos cuatro, como mucho cinco, entradas más en las que trataremos de explicar algunos asuntos que no han quedado claros o, mejor dicho, no nos han quedado claros a nosotros dos.
No alargaremos mucho la tortura, no va con nosotros.
Salud.
No hay ánimo ninguno para seguir con este blog que es un muerto desde hace meses, sin llegar a ser un lastre pues al estar en la nube de internet no pesa y es más etéreo que el pedo de una santa.
Por esta y otras razones que sólo conciernen a Boabdil y al que escribe, hemos decidido que sólo escribiremos cuatro, como mucho cinco, entradas más en las que trataremos de explicar algunos asuntos que no han quedado claros o, mejor dicho, no nos han quedado claros a nosotros dos.
No alargaremos mucho la tortura, no va con nosotros.
Salud.
miércoles, 28 de diciembre de 2011
mis mejores ropas
A Boabdil,
a su manera. Puema por puema.
mis mejores ropas permiten resguardarse del frío
yo no las quiero aunque se empeñen en abrazarme cada mañana
aunque se obcequen en adherirse a esta piel pálida de europeo enfermo
a este cuero mixtura de razas inexistentes ya
a esta envoltura heredada de todo aquel que pasara por esta casa
mis mejores ropas limitan, contraen, irritan las sombras nebulosas de la oscuridad
en que me emperro en deambular hasta el fin de mis días
cuando sean mis mejores ropas solo vestigios horadados por lombrices
mis mejores ropas consienten que mis nalgas se congelen contra el granito
del suelo que piso en esta ciudad, del piso en que poso en esta ciudad
mi culo contra el granito aquél que el hombre usurpó de las montañas
mis mejores ropas consienten que resbale una huérfana gota de lluvia furtiva desde mi hombro
por la manga de la camisa, para alojarse en el ajado ojal de la misma
mis mejores ropas no borran mi gesto serio
ni el surco de lágrimas, si hubo alguna, dibujado sobre mis mejillas
autoabofeteados cachetes frente al espejo frío que no me esconde al mundo
ni me muestra como miss ausente de lecturas
teniente de canciones, pendiente de roperos ajenos
maldito cristal que no me refleja si no visto mis mejores ropas!
maldito cristal que me muestra desproporcionado y vergonzoso!
maldito vidrio amoral que me dice las cosas tal cual son
aunque mis ojos no lo quieran escuchar!
sé que debo huir
sé que debo correr
despojarme de ropajes y quedar nudo
como animal o criatura primigenia y llorosa
y sin embargo mañana volveré a cubrirme con mis mejores ropas
y si a la noche tuviera frío alcanzaré a meter mis pies bajo la mesa camilla
así me ardan al contacto con el brasero, por cobarde!
sábado, 17 de diciembre de 2011
puema inconcluso de amor y piedras rompiendo esperanzas como viejos viejos.
Y le diré a tus hijos la mujer que fuiste,
la mujer que hoy eres, escondida
en las entrañas del volcán.
Les contaré las noches y los días
en que no estabas; ni estás.
Les hablaré del aislamiento voluntario,
del estruendoso silencio que escondían
los gritos dolorosos e infames de las piedras
al chocar con las cabezas, y quebrarse.
Haré añicos sus almas, mas renacerán.
No te preocupes, es todo por su bien,
del mismo modo hicieron nuestros mayores
con nosotros, qué hijos de puta.
la mujer que hoy eres, escondida
en las entrañas del volcán.
Les contaré las noches y los días
en que no estabas; ni estás.
Les hablaré del aislamiento voluntario,
del estruendoso silencio que escondían
los gritos dolorosos e infames de las piedras
al chocar con las cabezas, y quebrarse.
Haré añicos sus almas, mas renacerán.
No te preocupes, es todo por su bien,
del mismo modo hicieron nuestros mayores
con nosotros, qué hijos de puta.
sábado, 26 de noviembre de 2011
viernes, 28 de octubre de 2011
En días como hoy
En días como hoy rumio cada bocado y descubro que la segunda vez sabe siempre peor que la primera. Definitivamente no hay beso como el primero: tímido y torpe; y al mismo tiempo emocionante.
¿Cómo voy a saber qué te gusta a tí si no sé qué quiero yo?
En días como hoy, en los que ni es doce de octubre ni nos equivocamos deliberadamente con las lecciones de historia mal aprendidas en la escuela, me estallan las glándulas lagrimales por lo que pudo ser y no fue, pero, ante todo, explotan por lo que fue y dejó de ser.
Lamentablemente.
En días como hoy, camino de espaldas buscando la razón primera de mi existencia, más allá de un encuentro entre sábanas de dos que eran jóvenes y soñadores hace ya más de treinta años. Dos que dijeron que se querían tanto que lo que no querían era cumplir con cierto sacramento.
Aunque después cumplieran.
Digo que en estos días, en los que cada vez me siento más cerca del sueño infantil de la mendicidad, en los que me escondo bajo mi parka y dejo que la lluvia inunde mi tonsura incipiente, trato, sin fortuna, reinventarme. Y me quiebro en dos de un tajo que solo la vida asesta tan violento, y me rompo en pedazos como solo los perros destrozan las tareas del colegio, y me descompongo como solo cierto licor de dátil me arrasa el intestino y precipita toda la flora que ¡falso, falso, cien veces falso! un yogur adosó a sus paredes.
En días como hoy, en los que miro por la ventana como mujer de otro siglo, te estoy extrañando, Latinoamérica. Y aunque tengo muy claro por qué, soy incapaz de verbalizarlo sino es así, de esta manera anárquica que tengo de escribir, como pinceladas vírgenes y huérfanas en un lienzo en blanco que jamás podré completar.
¿Cómo voy a saber qué te gusta a tí si no sé qué quiero yo?
En días como hoy, en los que ni es doce de octubre ni nos equivocamos deliberadamente con las lecciones de historia mal aprendidas en la escuela, me estallan las glándulas lagrimales por lo que pudo ser y no fue, pero, ante todo, explotan por lo que fue y dejó de ser.
Lamentablemente.
En días como hoy, camino de espaldas buscando la razón primera de mi existencia, más allá de un encuentro entre sábanas de dos que eran jóvenes y soñadores hace ya más de treinta años. Dos que dijeron que se querían tanto que lo que no querían era cumplir con cierto sacramento.
Aunque después cumplieran.
Digo que en estos días, en los que cada vez me siento más cerca del sueño infantil de la mendicidad, en los que me escondo bajo mi parka y dejo que la lluvia inunde mi tonsura incipiente, trato, sin fortuna, reinventarme. Y me quiebro en dos de un tajo que solo la vida asesta tan violento, y me rompo en pedazos como solo los perros destrozan las tareas del colegio, y me descompongo como solo cierto licor de dátil me arrasa el intestino y precipita toda la flora que ¡falso, falso, cien veces falso! un yogur adosó a sus paredes.
En días como hoy, en los que miro por la ventana como mujer de otro siglo, te estoy extrañando, Latinoamérica. Y aunque tengo muy claro por qué, soy incapaz de verbalizarlo sino es así, de esta manera anárquica que tengo de escribir, como pinceladas vírgenes y huérfanas en un lienzo en blanco que jamás podré completar.
domingo, 16 de octubre de 2011
Express Marrakesh
No hace mucho tiempo que visité el país adoptivo de Boabdil. En realidad no es su país adoptivo, nadie le ha acogido allí, pero él lo siente como suyo. Es uno de esos extraños asuntos que mi amigo el moro lleva con soberana tranquilidad y normalidad; así, por ejemplo, el bueno de Boa considera que Granada es su patria chica pese a que sólo ha visitado la ciudad del Darro en dos ocasiones. Suficientes dice él para saber que soy hijo directo del desdichado Boabdil. Y en su paranoia blasfema y maldice el caprichoso destino de tener en su pasaporte el hispano escudo y no el emblema del reino alauí.
Boabdil, a causa de su neura fantasiosa y quizá cierta adicción, visita eventualmente el país vecino; parece una broma pero no falto a la verdad si digo que es el único sello que figura en su despreciado pasaporte. Y para más inri, Boa no tiene intención alguna de visitar otro país, por muy occidental o muy árabe que este sea. La vida nace en el Mediterráneo dice podría conocer Italia o Portugal, o quizá la lejana Grecia, podría visitar el sur de Francia, o las nuevas repúblicas balcánicas, pero no creo que me enseñen nada que no haya visto aquí, en mi barrio, en mi ciudad, en mi región o en mi patria. Podría visitar Argelia, Túnez, quizá Egipto y sus pirámides, o el muro de las lamentaciones de Jerusalem, pero creo firmemente que no serán mejores o más bonitos que en las fotos que todos los turistas hacen y se mueren por enseñar. ¡Yo fui tantas veces a Marruecos...! Jamás tiré una foto, aproveché el momento, disfruté del momento... lo guardé en mi cerebro, eso es viajar. Me niego a coleccionar sellos en el puto salvoconducto como si el mero hecho de que un uniformado me pintarrajee el librito me haga más guay, más culto, o mejor persona.
Así como Boabdil visitó el magreb en múltiples ocasiones, esos días fueron mi primera experiencia allí, y ahora que ha pasado ya suficiente tiempo como para valorar lo que ví, lo que viví o lo que sentí no pienso hacerlo. Me lo guardo para mí. Me lo guardo porque muchos antes que yo fueron a Marruecos, y muchos de aquellos que fueron me contaron con todo tipo de señales qué vieron, qué vivieron y qué sintieron. Escuché historias asombrosas e inquietantes sobre cómo era la vida en un lugar tan cercano geográficamente y tan lejano en espíritu y mentalidad. Cuidado con la policía me dijeron no te vas a librar de un control policial en el que te pidan dinero inventándose que ibas a 140 km/h por tal o cual carretera. Cuidado con los extraños, no te fíes, lo único que quieren es robarte. Cuidado con la comida, no comas ensaladas ni nada que no esté bien cocinado. No bebas agua que no esté embotellada. No hables en francés si no eres francés. ¡Me dijeron tantas cosas! Nos decímos tantas cosas que ¡claro! al final uno cruza el estrecho con mil ojos para comprobar que la experiencia de uno es la única experiencia válida.
¿Y tu experiencia fue? Me pregunta Boabdil que mira por encima de mi hombro la pantalla del portátil en que escribo hoy. Express Marrakesh respondo, y entiende a la primera a qué me refiero. Porque con dos palabras le estoy diciendo a mi amigo que miré las estrellas en la oscuridad del desierto con miedo a peerme, que pasé 10 horas en un coche con la absurda idea de que mis amigos me iban a dejar tirado en medio del Atlas, deshidratado, con toda la ropa cagada, acobardado y semiinconsciente si me volvía a hacer de vientre. Le estoy diciendo que pasé unas horas una noche en la jaima de un bereber mofletudo que me quería vender hasta los bigotes de su hermano o, por lo menos, intercambiarlos por medicinas, bebiendo grappa de dátil, comiendo dátiles y bebiendo té. Le estoy diciendo que probé múltiples medicamentos españoles y oriundos que no hicieron ningún efecto, y que finalmente desesperadamente añado probé el remedio casero que todos recomendaban: Coca Cola y leche condensada. Le estoy diciendo que por muy avisado que estuviera era necesario que sufriese aquella horrible gastritis, el posterior tapón y las actuales pruebas médicas que dictaminarán si tengo algún virus porculero en mi ya de por sí maltrecho aparato digestivo. Le estoy diciendo que mi experiencia es única, que es sólo mía aunque muchos la viviesen antes, y que por tanto es inútil para el siguiente que pregunte; que viajar en páginas de papel o sitios web está bien, pero que es mejor oler la mierda que cagamos porque nos hace más fuertes, más cultos, más arrogantes, más estúpidos, más lo que sea que estés buscando ser. Que no es lo mismo escuchar una canción de Crosby, Stills, Nash and Young que vivirla.
Boabdil, a causa de su neura fantasiosa y quizá cierta adicción, visita eventualmente el país vecino; parece una broma pero no falto a la verdad si digo que es el único sello que figura en su despreciado pasaporte. Y para más inri, Boa no tiene intención alguna de visitar otro país, por muy occidental o muy árabe que este sea. La vida nace en el Mediterráneo dice podría conocer Italia o Portugal, o quizá la lejana Grecia, podría visitar el sur de Francia, o las nuevas repúblicas balcánicas, pero no creo que me enseñen nada que no haya visto aquí, en mi barrio, en mi ciudad, en mi región o en mi patria. Podría visitar Argelia, Túnez, quizá Egipto y sus pirámides, o el muro de las lamentaciones de Jerusalem, pero creo firmemente que no serán mejores o más bonitos que en las fotos que todos los turistas hacen y se mueren por enseñar. ¡Yo fui tantas veces a Marruecos...! Jamás tiré una foto, aproveché el momento, disfruté del momento... lo guardé en mi cerebro, eso es viajar. Me niego a coleccionar sellos en el puto salvoconducto como si el mero hecho de que un uniformado me pintarrajee el librito me haga más guay, más culto, o mejor persona.
Así como Boabdil visitó el magreb en múltiples ocasiones, esos días fueron mi primera experiencia allí, y ahora que ha pasado ya suficiente tiempo como para valorar lo que ví, lo que viví o lo que sentí no pienso hacerlo. Me lo guardo para mí. Me lo guardo porque muchos antes que yo fueron a Marruecos, y muchos de aquellos que fueron me contaron con todo tipo de señales qué vieron, qué vivieron y qué sintieron. Escuché historias asombrosas e inquietantes sobre cómo era la vida en un lugar tan cercano geográficamente y tan lejano en espíritu y mentalidad. Cuidado con la policía me dijeron no te vas a librar de un control policial en el que te pidan dinero inventándose que ibas a 140 km/h por tal o cual carretera. Cuidado con los extraños, no te fíes, lo único que quieren es robarte. Cuidado con la comida, no comas ensaladas ni nada que no esté bien cocinado. No bebas agua que no esté embotellada. No hables en francés si no eres francés. ¡Me dijeron tantas cosas! Nos decímos tantas cosas que ¡claro! al final uno cruza el estrecho con mil ojos para comprobar que la experiencia de uno es la única experiencia válida.
miércoles, 17 de agosto de 2011
La vida pasa. Vagas divagaciones tras un fin de semana a los pies de un lago.
Ayer volví de una boda en Francia, con amigos. Un viaje tranquilo y excitante al mismo tiempo, de birbam a Geneve, de Geneve a Annecy, de Annecy a Saint-Joiroz y vuelta atrás. Un paraje impresionante a orillas del Lago de Annecy, rodeado de montañas prealpinas. He dicho que es impresionante porque no se me ocurre un calificativo mejor, lamentable por mi parte, pero es que desde que llegamos a esta increible, que no paradisíaca, tierra, no he cesado de pensar que si aquél escenario hubiera estado bajo el sol que envidian en Europa, estaría muchísimo más violado por el amargo efecto del turismo y el ancho bolsillo ibérico de lo que ya está en el país vecino. ¡Y qué narices! No puedo encontrar un adjetivo mejor porque he hemos todos vuelto de allí impresionado. Me atrevo a decir, desde la ignorancia, que no hay un lago como en el que he estado; kayaks, canoas, veleros y ferrys lo cruzan con total tranquilidad, por no hablar del rumor local, del cual no tengo razón alguna para dudar, que dice que el alcalde bebe un vaso de agua servido directamente del lago durante el día grande de la ciudad, demostrando así que es el lago más limpio del viejo continente.
Ha sido un fin de semana memorable que ninguno de los invitados procedentes de birbam y bizarria olvidaremos jamás. Estoy seguro. Supongo que la huella que me ha quedado a mí ni es ni puede ser la misma que a los demás, que cada uno hemos vivido las diferentes situaciones y choques culturales parece mentira a nuestro modo. Por ejemplo, un amigo, incapaz de acercarse a una preciosa muchacha francesa de cabellos de jengibre, se fustigaba pensando en los años perdidos sin aprender otros idiomas, por los inviernos pasados en el pueblo, solo, disfrutando del campo y de los animales, sin pensar que las elecciones que ha tomado son precisamente lo que le ha ido formando hasta el adulto que mas o menos es hoy. Y sí, es cierto, el tipo, mi amigo, podría haber aprovechado su adolescencia para hacer algo más que tocarse, salir de fiesta, juguetear con alguna droga, y aprender, con sus ritmos, sobre la tierra. Entre otras muchas cosas. Sí, podría haberlo hecho, pero no sería el mismo.
Yo, a rebufo de mi amigo, percibo que el camino es siempre más largo de lo que aparenta, resulta imposible tocar el horizonte, y tras cada montaña hay un valle nuevo que visitar o pastar, según sean tus costumbres alimenticias. Hace más de un año, no mucho más, que volví del Reino Unido; de ese bosque en el sur de Inglaterra. Si bien sigo teniendo presente muchas de las cosas aprendidas allí, casi todas sobre uno mismo, en este largo fin de semana me he percatado de que hay algo que he abandonado como una manzana en la encimera de la cocina. Una manzana que se oxida léntamente y de la cual contemplamos su herrumbre con cierto gusto como el que se percata por vez primera del milagro de la naturaleza, la vida, ese apagarse.
La vida pasa veloz como el cóndor. No te dejes adelantar, no la persigas, cada vida tiene un ritmo.
Ha sido un fin de semana memorable que ninguno de los invitados procedentes de birbam y bizarria olvidaremos jamás. Estoy seguro. Supongo que la huella que me ha quedado a mí ni es ni puede ser la misma que a los demás, que cada uno hemos vivido las diferentes situaciones y choques culturales parece mentira a nuestro modo. Por ejemplo, un amigo, incapaz de acercarse a una preciosa muchacha francesa de cabellos de jengibre, se fustigaba pensando en los años perdidos sin aprender otros idiomas, por los inviernos pasados en el pueblo, solo, disfrutando del campo y de los animales, sin pensar que las elecciones que ha tomado son precisamente lo que le ha ido formando hasta el adulto que mas o menos es hoy. Y sí, es cierto, el tipo, mi amigo, podría haber aprovechado su adolescencia para hacer algo más que tocarse, salir de fiesta, juguetear con alguna droga, y aprender, con sus ritmos, sobre la tierra. Entre otras muchas cosas. Sí, podría haberlo hecho, pero no sería el mismo.
Yo, a rebufo de mi amigo, percibo que el camino es siempre más largo de lo que aparenta, resulta imposible tocar el horizonte, y tras cada montaña hay un valle nuevo que visitar o pastar, según sean tus costumbres alimenticias. Hace más de un año, no mucho más, que volví del Reino Unido; de ese bosque en el sur de Inglaterra. Si bien sigo teniendo presente muchas de las cosas aprendidas allí, casi todas sobre uno mismo, en este largo fin de semana me he percatado de que hay algo que he abandonado como una manzana en la encimera de la cocina. Una manzana que se oxida léntamente y de la cual contemplamos su herrumbre con cierto gusto como el que se percata por vez primera del milagro de la naturaleza, la vida, ese apagarse.
La vida pasa veloz como el cóndor. No te dejes adelantar, no la persigas, cada vida tiene un ritmo.
jueves, 4 de agosto de 2011
El personaje (o La butaca) y III
III. La huérfana butaca (o no elegir bien los títulos y subtítulos)
Pero súbitamente, cuando ya había perdido toda esperanza de que un cuerpo ocupase la huérfana butaca, cuando estoy absolutamente abstraido en las anécdotas que cuenta don Mario y me dispongo a declararme su discípulo así le arranque la oreja a simones o judases, unas piernas colgando de un cuerpo ocupan el lugar abandonado. Son, eran, unas piernas hermosas y largas, femeninas; unas piernas que deliberadamente se cruzan al ritmo contrario que las de don Mario y todos sus discípulos, entre los que, felizmente, por supuesto, me encuentro. Así que me molesta el acto de rebeldía como si fuera propio, como si esas piernas insurgentes me estuviesen declarando la guerra a mí, únicamente a mí, y voy levantando mi vista con intención de decirle cuatro cosas bien dichas a la señora o señorita ¡Es que no sabe usted que cuando el maestro se atusa el pelo la pierna izquierda se superpone a la derecha! ¡Y que cuando se arrasca la cara es al revés! ¡Por dios! ¡Que hay que venir de casa con su obra leida!
Mis ojos suben por sus piernas, alcanzan su falda y su camisa, y se entretienen con su pechos, se estancan en su cuello, y cuando pasan la frontera que es su barbilla observan sus ojos brillantes observando al maestro. ¡Dios mío, es la mujer más hermosa que he visto en mi vida! ¡Don Mario! Grito, abandono, no le seguiré más, ahora cruzaré las piernas al ritmo que me mande esta señorita. Por alguna extraña razón las ganas de regañarla se esfuman. Y la observo, absorto y babeante, y un gran charco de esputos se forma en el piso, y mis pies en rebeldía chapotean.
Apenas tardaron 6 segundos en aparecer dos señores de gris con unos palos atados a la cintura que venían a buscarme; me echaron de allí sin golpes, sin empujones, y sin darme ninguna razón por ello. Pero lo peor de todo fue que no me dijeran quién era aquella señorita.
Desde entonces vivo en la puerta del edificio en el cual en la última planta hay un salón en el que un día estuvo don Mario. Duermo entre cartones que el mismo Andrés Herrera, o lanada, envidiaría. Hay muchos eventos, grandes reuniones con personajes famosos, artistas, toreros, modelos, damas de clase alta, políticos, empresarios. Todos me conocen ya, y me saludan por mi nombre, incluso los porteros y los seguratas me conocen, y me traen algo de bollería y un café con leche cada tarde, alrededor de las seis. A veces, me encabrono y quiero entrar, tengo la curiosidad ¡qué coño curiosidad! Es mucho más... ¡has perdido la cabeza! de saber si volverá a aparecer la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Pero, obviamente, nunca me dejan entrar, están todos enamorados de ella y tienen miedo, no sea que la vaya a raptar.
No necesité mucho tiempo para darme cuenta de que necesitaba la ayuda de Andrés Herrera para sacar a el coso de allí. Desgraciadamente la nada no atendía al teléfono; tardé casi una semana en dar con él, aunque cuando lo hice, he de decir, vino presto a buscar al coso. Sobra decir que nos lo llevamos por la fuerza, la oratoria de Andrés, que es escasa, no funcionó; no logramos engañarle así que no hubo más remedio que agarrarle de brazos y piernas, golpearle repetidas veces en el hígado y los riñones y precipitarle al coche de Mateo Lorenzo, que siempre está para arrimar el hombro, que esperaba en ralentí frente a la acera.
El coso está bien, no preocuparse; está en casa, encerrado en su habitación, al parecer. Su madre dice que tiene fiebres y no nos deja subir a verlo, dice que el médico ha dicho que nada de visitas, y menos de los amigotes, que siempre son mala influencia. ¡Acabáramos!
Pero súbitamente, cuando ya había perdido toda esperanza de que un cuerpo ocupase la huérfana butaca, cuando estoy absolutamente abstraido en las anécdotas que cuenta don Mario y me dispongo a declararme su discípulo así le arranque la oreja a simones o judases, unas piernas colgando de un cuerpo ocupan el lugar abandonado. Son, eran, unas piernas hermosas y largas, femeninas; unas piernas que deliberadamente se cruzan al ritmo contrario que las de don Mario y todos sus discípulos, entre los que, felizmente, por supuesto, me encuentro. Así que me molesta el acto de rebeldía como si fuera propio, como si esas piernas insurgentes me estuviesen declarando la guerra a mí, únicamente a mí, y voy levantando mi vista con intención de decirle cuatro cosas bien dichas a la señora o señorita ¡Es que no sabe usted que cuando el maestro se atusa el pelo la pierna izquierda se superpone a la derecha! ¡Y que cuando se arrasca la cara es al revés! ¡Por dios! ¡Que hay que venir de casa con su obra leida!
Mis ojos suben por sus piernas, alcanzan su falda y su camisa, y se entretienen con su pechos, se estancan en su cuello, y cuando pasan la frontera que es su barbilla observan sus ojos brillantes observando al maestro. ¡Dios mío, es la mujer más hermosa que he visto en mi vida! ¡Don Mario! Grito, abandono, no le seguiré más, ahora cruzaré las piernas al ritmo que me mande esta señorita. Por alguna extraña razón las ganas de regañarla se esfuman. Y la observo, absorto y babeante, y un gran charco de esputos se forma en el piso, y mis pies en rebeldía chapotean.
Apenas tardaron 6 segundos en aparecer dos señores de gris con unos palos atados a la cintura que venían a buscarme; me echaron de allí sin golpes, sin empujones, y sin darme ninguna razón por ello. Pero lo peor de todo fue que no me dijeran quién era aquella señorita.
Desde entonces vivo en la puerta del edificio en el cual en la última planta hay un salón en el que un día estuvo don Mario. Duermo entre cartones que el mismo Andrés Herrera, o lanada, envidiaría. Hay muchos eventos, grandes reuniones con personajes famosos, artistas, toreros, modelos, damas de clase alta, políticos, empresarios. Todos me conocen ya, y me saludan por mi nombre, incluso los porteros y los seguratas me conocen, y me traen algo de bollería y un café con leche cada tarde, alrededor de las seis. A veces, me encabrono y quiero entrar, tengo la curiosidad ¡qué coño curiosidad! Es mucho más... ¡has perdido la cabeza! de saber si volverá a aparecer la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Pero, obviamente, nunca me dejan entrar, están todos enamorados de ella y tienen miedo, no sea que la vaya a raptar.
No necesité mucho tiempo para darme cuenta de que necesitaba la ayuda de Andrés Herrera para sacar a el coso de allí. Desgraciadamente la nada no atendía al teléfono; tardé casi una semana en dar con él, aunque cuando lo hice, he de decir, vino presto a buscar al coso. Sobra decir que nos lo llevamos por la fuerza, la oratoria de Andrés, que es escasa, no funcionó; no logramos engañarle así que no hubo más remedio que agarrarle de brazos y piernas, golpearle repetidas veces en el hígado y los riñones y precipitarle al coche de Mateo Lorenzo, que siempre está para arrimar el hombro, que esperaba en ralentí frente a la acera.
El coso está bien, no preocuparse; está en casa, encerrado en su habitación, al parecer. Su madre dice que tiene fiebres y no nos deja subir a verlo, dice que el médico ha dicho que nada de visitas, y menos de los amigotes, que siempre son mala influencia. ¡Acabáramos!
miércoles, 27 de julio de 2011
El personaje (o La butaca) II
II. Presentación del salón y baile.
En mi crecimiento, ¡lo has dicho como si en algún momento se dejase de crecer, sigo creciendo ahora, carajo! he tenido serios problemas con él. No han sido, estos problemas, mas que dilemas internos que sencillamente se pueden resumir en dos palabras: tengo prejuicios. ¡Qué novedad! Pues claro que tienes prejuicios. ¿Quién mierda te crees que eres? Por un lado me apasionaba su manera de narrar, de transportarme con dos frases a la selva amazónica o a un internado militar, pero por otro lado un prurito nacía en mi espalda cada vez que le oía hablar de cómo solucionar los problemas de su país de nacimiento, los obstáculos de América Latina, o las dificultades de su país de acogida. Políticamente estábamos, y estamos, muy lejos. Reconozco que tiene él una formación mayor que la mía, sí, seguramente... y seguramente también aunque dirás probablemente probablemente tenga mejores razones que las mías y, por supuesto, mayor discernimiento. Son asuntos estos que no me preocupan en absoluto. Pues algún día, al mismo ritmo en que yo adquiera esos valores iré perdiendo la pasión, la vehemencia y la creencia irracional en mis palabras por el simple hecho de que son las mías. Y, sobre todo, perderé también las ganas de incordiar por el simple placer de incordiar, porque llamar la atención ha sido y es la única oportunidad que tengo de participar en unos Juegos Olímpicos, siempre y cuando aprueben la propuesta que hice al COI con las 3 millones de firmas adjuntas, reunidas a lo largo y ancho del planeta con el fin de declarar el nudismo espontáneo en los recintos deportivos como lo que es: el más grande espectáculo que puede verse hoy en día. Estaremos todos y ninguno de nosotros de acuerdo en que un Madríbarça no vale doscientos euros. Sin embargo, ver saltar al campo a Jimmi Jump con barretina, mientras los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado resbalan, ridículos, al tratar de atraparle los vale. ¡Pues claro que los vale!
Pero no era, no es, Jimmi Jump a quien fui yo a ver aquella tarde, sino al último premio Nobel de Literatura. Sí, don Mario. Don Mario serio, don Mario atusándose el flequillo, don Mario cruzando las piernas, don Mario escuchando con atención, don Mario conversando, don Mario agarrado del brazo de su esposa, don Mario con el brazo encima del hombro de un amigo, don Mario apoyando a Ollanta Humala. Don Mario, el elegante don Mario, respirando a menos de diez metros de mi butaca, y mi butaca entre una orgía de butacas, y cabezas, y cuerpos con dos piernas que se cruzan cada vez que cruza don Mario sus piernas. Yo estoy, estuve, absorto lo reconozco, con sus palabras. Tanto que apenas me percato que tengo a mi lado, sentado con las piernas cruzadas igual que yo, igual que todo el salón, igual que don Mario, a uno de los más importantes editores del país de adopción de don Mario, que es el mío. Le miro de repente porque me resulta familiar, no le reconozco, caigo en la cuenta de su nombre cuando otro escritor, de cierta fama y que me cae mejor que don Mario pese a que no es ni tan bueno, ni tan alto, ni con el cráneo tan poblado como don Mario, aterriza en el salón y llamándole por su nombre le dice ¡Qué alegría verte! No te esperaba. Y se me queda la carita de tonto habitual; sí, esa de estoy aquí en medio y no tengo la más mínima idea de por qué. El editor pierde el interés a los veinte minutos de comenzar el acto y se va, sin hacer ruido, a un señor así no le hace falta decir adiós para que todo el mundo sepa que se marcha. El asiento queda vacío unos minutos y yo me inquieto, me faltan unas piernas cruzadas a mi derecha, me falta un cuerpo a mi lado respirando discontinuamente, un cuerpo que deje escapar gases sin justificarse ¡Que se jodan todos esos pelotas que vienen a cruzar las piernas al ritmo en que lo hace don Mario! La pierna izquierda sobre la derecha si se retoca el flequillo, la derecha sobre la izquierda si se arrasca en la mejilla.
En mi crecimiento, ¡lo has dicho como si en algún momento se dejase de crecer, sigo creciendo ahora, carajo! he tenido serios problemas con él. No han sido, estos problemas, mas que dilemas internos que sencillamente se pueden resumir en dos palabras: tengo prejuicios. ¡Qué novedad! Pues claro que tienes prejuicios. ¿Quién mierda te crees que eres? Por un lado me apasionaba su manera de narrar, de transportarme con dos frases a la selva amazónica o a un internado militar, pero por otro lado un prurito nacía en mi espalda cada vez que le oía hablar de cómo solucionar los problemas de su país de nacimiento, los obstáculos de América Latina, o las dificultades de su país de acogida. Políticamente estábamos, y estamos, muy lejos. Reconozco que tiene él una formación mayor que la mía, sí, seguramente... y seguramente también aunque dirás probablemente probablemente tenga mejores razones que las mías y, por supuesto, mayor discernimiento. Son asuntos estos que no me preocupan en absoluto. Pues algún día, al mismo ritmo en que yo adquiera esos valores iré perdiendo la pasión, la vehemencia y la creencia irracional en mis palabras por el simple hecho de que son las mías. Y, sobre todo, perderé también las ganas de incordiar por el simple placer de incordiar, porque llamar la atención ha sido y es la única oportunidad que tengo de participar en unos Juegos Olímpicos, siempre y cuando aprueben la propuesta que hice al COI con las 3 millones de firmas adjuntas, reunidas a lo largo y ancho del planeta con el fin de declarar el nudismo espontáneo en los recintos deportivos como lo que es: el más grande espectáculo que puede verse hoy en día. Estaremos todos y ninguno de nosotros de acuerdo en que un Madríbarça no vale doscientos euros. Sin embargo, ver saltar al campo a Jimmi Jump con barretina, mientras los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado resbalan, ridículos, al tratar de atraparle los vale. ¡Pues claro que los vale!
Pero no era, no es, Jimmi Jump a quien fui yo a ver aquella tarde, sino al último premio Nobel de Literatura. Sí, don Mario. Don Mario serio, don Mario atusándose el flequillo, don Mario cruzando las piernas, don Mario escuchando con atención, don Mario conversando, don Mario agarrado del brazo de su esposa, don Mario con el brazo encima del hombro de un amigo, don Mario apoyando a Ollanta Humala. Don Mario, el elegante don Mario, respirando a menos de diez metros de mi butaca, y mi butaca entre una orgía de butacas, y cabezas, y cuerpos con dos piernas que se cruzan cada vez que cruza don Mario sus piernas. Yo estoy, estuve, absorto lo reconozco, con sus palabras. Tanto que apenas me percato que tengo a mi lado, sentado con las piernas cruzadas igual que yo, igual que todo el salón, igual que don Mario, a uno de los más importantes editores del país de adopción de don Mario, que es el mío. Le miro de repente porque me resulta familiar, no le reconozco, caigo en la cuenta de su nombre cuando otro escritor, de cierta fama y que me cae mejor que don Mario pese a que no es ni tan bueno, ni tan alto, ni con el cráneo tan poblado como don Mario, aterriza en el salón y llamándole por su nombre le dice ¡Qué alegría verte! No te esperaba. Y se me queda la carita de tonto habitual; sí, esa de estoy aquí en medio y no tengo la más mínima idea de por qué. El editor pierde el interés a los veinte minutos de comenzar el acto y se va, sin hacer ruido, a un señor así no le hace falta decir adiós para que todo el mundo sepa que se marcha. El asiento queda vacío unos minutos y yo me inquieto, me faltan unas piernas cruzadas a mi derecha, me falta un cuerpo a mi lado respirando discontinuamente, un cuerpo que deje escapar gases sin justificarse ¡Que se jodan todos esos pelotas que vienen a cruzar las piernas al ritmo en que lo hace don Mario! La pierna izquierda sobre la derecha si se retoca el flequillo, la derecha sobre la izquierda si se arrasca en la mejilla.
lunes, 25 de julio de 2011
El personaje (o La butaca) I
I. Presentación del personaje.
No me gusta hablar solo porque siempre me contesto ordinarieces. No me gusta lavarme la cara y despojar a mis ojos de legañas. Me enerva mirarme en el espejo del baño y recitarme un texto apocalíptico, señalando con el índice esta pánfila cara reflejada. No obstante, no encuentro remedio a este ataque de histerismo diario ausente de histeria, y plagado de luces y focos que imagino colgados del techo necesitado de una mano de pintura última. Me enerva, y por eso tirito. Unos dicen que es el pehachecé del jabón que se cuela en las cuencas de mis ojos lo que los irrita, sin embargo, ya en lo más superfluo de mi piel cuarteada y seca reconozco que no es así; no tiene, pues, sentido profundizar, pero lo haré: Me consta que la razón de las lágrimas que brotan y caen en cascada por mis mejillas está únicamente en el convulso cerebro que he ido educando, a lo largo de estos años, como si fuera esta viscera un ordenador desfasado y casi inútil cuya memoria vale sólo para recordarnos aquellos marcianitos, comecocos, lemmings, o simuladores de deportes a los que jugábamos impulsivamente. Siempre en solitario, contra la máquina decíamos aporreando compulsivamente la barra espaciadora del teclado; como abuela con azotador.
Se nubla la vista y no hay vapor en el aseo, miro a ambos lados porque mi imagen en la pared vidriosa me yerve las tripas. Excitado, busco mi doblez diaria, y así, al fin, fraccionado, aparece el coso con aire distraido, tarareando mmm mmm mmm mmm de Crash Test Dummies: Once there was this kid who got into an accident and couldn't come to school... Con intención de contarme alguna de sus anécdotas inacabables.
No hace mucho más de dos meses que fui a ver de cerca a un personaje al que admiro pero que no me resulta simpático. Le llamo personaje porque considero que todo aquel al que sólo alcanzo a ver en los medios, ya sean impresos o audiovisuales, son parte de la mentira mediática que asola este y otros muchos paises del mundo. Todos. Lo llamo personaje porque si no le conozco, si no he hablado con él o al menos he oido su dulce tonada en vivo, no existe.
Pero no es este un personaje normal, no es el protagonista de la última serie televisiva de moda sobre adolescentes incapaces de hacer un gallito al hablar, porque pasaron esa desorientada etapa entre despistes, embustes y juegos adultos, diez o quince años atrás. Llevo años siguiéndole, pero no como la exmiss y exmodelo. Te explico: Yo sí he leido su obra. No toda, no te voy a engañar, pero sí me he permitido el lujo de vivir en alguno de los mundos que ha creado. Llevo años siguiéndole, esperando la oportunidad de estar en el mismo salón que él y decirle: Disculpe maestro... y cualquier pavada que se me ocurra; que si fírmeme aquí si es tan amable, que si definitivamente su novela no va de perros, que si apártate que te aúllo, que si mantiene usted un pelazo estupendo, que si de aquellos polvos, estos lodos.
Reflexiona: quizá llamarle personaje sea demasiado... definitivamente me hace falta más vocabulario.
No me gusta hablar solo porque siempre me contesto ordinarieces. No me gusta lavarme la cara y despojar a mis ojos de legañas. Me enerva mirarme en el espejo del baño y recitarme un texto apocalíptico, señalando con el índice esta pánfila cara reflejada. No obstante, no encuentro remedio a este ataque de histerismo diario ausente de histeria, y plagado de luces y focos que imagino colgados del techo necesitado de una mano de pintura última. Me enerva, y por eso tirito. Unos dicen que es el pehachecé del jabón que se cuela en las cuencas de mis ojos lo que los irrita, sin embargo, ya en lo más superfluo de mi piel cuarteada y seca reconozco que no es así; no tiene, pues, sentido profundizar, pero lo haré: Me consta que la razón de las lágrimas que brotan y caen en cascada por mis mejillas está únicamente en el convulso cerebro que he ido educando, a lo largo de estos años, como si fuera esta viscera un ordenador desfasado y casi inútil cuya memoria vale sólo para recordarnos aquellos marcianitos, comecocos, lemmings, o simuladores de deportes a los que jugábamos impulsivamente. Siempre en solitario, contra la máquina decíamos aporreando compulsivamente la barra espaciadora del teclado; como abuela con azotador.
Se nubla la vista y no hay vapor en el aseo, miro a ambos lados porque mi imagen en la pared vidriosa me yerve las tripas. Excitado, busco mi doblez diaria, y así, al fin, fraccionado, aparece el coso con aire distraido, tarareando mmm mmm mmm mmm de Crash Test Dummies: Once there was this kid who got into an accident and couldn't come to school... Con intención de contarme alguna de sus anécdotas inacabables.
No hace mucho más de dos meses que fui a ver de cerca a un personaje al que admiro pero que no me resulta simpático. Le llamo personaje porque considero que todo aquel al que sólo alcanzo a ver en los medios, ya sean impresos o audiovisuales, son parte de la mentira mediática que asola este y otros muchos paises del mundo. Todos. Lo llamo personaje porque si no le conozco, si no he hablado con él o al menos he oido su dulce tonada en vivo, no existe.
Pero no es este un personaje normal, no es el protagonista de la última serie televisiva de moda sobre adolescentes incapaces de hacer un gallito al hablar, porque pasaron esa desorientada etapa entre despistes, embustes y juegos adultos, diez o quince años atrás. Llevo años siguiéndole, pero no como la exmiss y exmodelo. Te explico: Yo sí he leido su obra. No toda, no te voy a engañar, pero sí me he permitido el lujo de vivir en alguno de los mundos que ha creado. Llevo años siguiéndole, esperando la oportunidad de estar en el mismo salón que él y decirle: Disculpe maestro... y cualquier pavada que se me ocurra; que si fírmeme aquí si es tan amable, que si definitivamente su novela no va de perros, que si apártate que te aúllo, que si mantiene usted un pelazo estupendo, que si de aquellos polvos, estos lodos.
Reflexiona: quizá llamarle personaje sea demasiado... definitivamente me hace falta más vocabulario.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)