jueves, 12 de noviembre de 2009

Calium vs McCorti.

Hacía una hora que Gregory McCorti con tres o cuatro litros de bitter en el estómago había abandonado a sus amigos en el Red Lion entre risas y manotazos en la mesa. Hacía tres horas más que el mismo Gregory McCorti había ido a tomar el té a casa de su abuela con la intención de sacarle algo de guita, pero la abuela no estaba en la casa familiar pues era miércoles, y como todos los miércoles estaba jugando al Cribbage con las amigas. Sin embargo el desesperado Greg tuvo la fortuna de encontrarse con su viejo amigo Stewart en la esquina de High Street y London Road y se fue bajo su hombro al pub antes mentado y en el que en ocasiones trabajaba. Sería la única vez que la diosa le sonriese ese día.
Hacía una hora que el jubilado y exboxeador Frank Calium estaba disfrutando de su serie favorita en la televisión pública en estado de duermevela permanente cuando le despertó de repente el ruido del agua hirviendo en el kettle. ¡Qué raro! Divagó cada día me hago más mayor, no recuerdo querer tomar un té y se encaminó hacia la cocina.
Greg se juró así mismo que conseguiría el dinero ese mismo día y trató de encontrar a su abuela de nuevo, pero por más que aporreó y maltrató la puerta de la casa la suerte y su abuela le estaban dando la espalda. Resignado, dió marcha atrás a sus planes cuando vió que la puerta de la cocina del señor Calium, aquel anciano que cortejara a la madre de su padre hace poco más de dos años y que no conocía en persona, estaba abierta de par en par. Es hora de darle un escarmiento al viejo pensó, y acechó la casa para encontrarle despatarrado en el sillón principal del salón en lo que parecía un profundo sueño. Así que entró en la casa y ni corto ni perezoso puso el agua a hervir, tenía ganas de tomarse aquél té del que no pudo disfrutar con su abuela en dos ocasiones mientras hurgaba en los cajones de los muebles de la cocina, pasillo y habitación del anciano dormilón. Hasta que oyó hervir el agua.
Como si fuera la mísmisima Excalibur Greg tuvo el tiempo justo para sacar la navaja de su bolsillo y desenvainarla cuando encontró al jubilado con cara de pato con una calculadora en su cocina. Dame todo lo que tengas le inquirió acercándosele y blandiendo amenazante el finísimo acero, atento de que el septuagenario no hiciese ningún movimiento extraño, un paso, dos pasos, tres y cada vez acercándosele más. Lo oyó ligeramente. El muchacho estaba tan borracho que apenas alcanzó a ver el primer lanzamiento, sólo sintió el puño en su ojo izquierdo y una manifestación de estrellas en la cabeza. Sacudió la cabeza y abrió el ojo sano en el momento preciso de ver cómo otro inmenso puño se le aproximaba con la fuerza de una locomotora directo a su boca. Esta vez ni siquiera lo oyó.
Greg volvió a abrir los ojos una hora más tarde en el calabozo, sin haber tomado el té aquella tarde y con los bolsillos vacíos como era de esperar. Y es que hay días en los que es mejor no salir de casa y tipos que no valen ni para el hampa.

2.

Cayó el silencio como una lápida en el cementerio. Ningún muerto la oyó.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

1.

No sé si anochece o el sol merienda una lata de mejillones.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Mateo Lorenzo alias Malo.

Los sábados por la mañana eran mañanas de fútbol. Uno se despertaba con lombrices en las piernas, a las siete, se enfundaba la equipación del colegio al completo (espinilleras incluidas) y se dirigía en silencio a la cocina a prepararse el desayuno mientras esperaba a que sonase el horrible timbre del telefonillo y despertase a toda la casa. Al fin había llegado el día. Habías estado esperando ese sábado desde que se acabó el último partido contra el colegio de niños pijos que había al lado del tuyo, que no era más ni menos pijo que el tuyo, pero tenías que odiarlos como odiaste todo lo desconocido hasta que te topaste de narices contra el suelo que pisaba la señora Realidad.

Jugábamos en la vieja y minúscula pista de baldosines grises y resbaladizos del colegio, soportando los gritos de padres frustrados convencidos de que sus hijos sí alcanzarían sus sueños, los de los padres. El bocadillo nublado dentro de un bocadillo nublado dentro de otro bocadillo nublado dentro de... Jugábamos con las piernas moradas de frío y castañuelas en la boca, e imitábamos a los profesionales que veíamos en la caja tonta tirándonos al suelo y rodando tanto que nos salíamos a la calle. Un auténtico desbarajuste que tomábamos muy en serio, tanto que todas nuestras vidas se resumían en esa hora escasa en la que jugábamos el partido.
Mateo Lorenzo, no era ni de lejos el mejor futbolista de su edificio. En principio este título inútil hubiese sido harto sencillo teniendo en cuenta que era el único vecino con edad para practicar algún deporte, pero no, para Mateo resultaba dificilísimo correr sin tropezar. No porque fuera especialmente torpe sino porque no veía nada. Portaba unas gafas con unos cristales tan oscuros y tan gruesos que tardaba en identificar el sol en el cielo cosa de cinco minutos, e incluso mirándolo fijamente preguntaba si aquella ligera luz era lo que él estaba pensando que era. Le encantaba patear el balón aunque en raras ocasiones lo lograse, durante años nos acordamos de aquél día en que jugábamos contra el colegio San Francisco un encuentro a vida o vida y nuestra estrella, Epifanio, un chico mayor que nosotros, burló a tres defensores en el córner pisando el balón y girando sobre sí mismo unos trescientos sesenta grados, eso que luego en la prensa deportiva dijeron que lo había inventado cierto astro francés y a lo que llamaron la Ruleta. Epifanio encaró al portero, dió dos pedaladas dejándole en el suelo y sirviendo en bandeja el balón a Mateo, quien solo ante el arco, fue capaz de patear al aire aproximadamente tres segundos antes de que el balón llegase a sus pies. Perdimos aquél partido por un gol, pero siempre se recordó por un cántico espontáneo de todo el colegio y una salida a hombros del mismo. ¡Torero, torero, torero!
Mateo, era y es, el más inteligente de mis amigos, lograba las mejores calificaciones en Matemáticas y en Ciencias, en Lengua castellana y en Historia. Era, de largo, el niño más interesante e inteligente de la clase, alcanzaba razonamientos con una facilidad realmente pasmosa, razonamientos que a los demás nos costó años lograr y que en ocasiones ni siquiera logramos. Su secreto estaba en saber escuchar. Durante años nadie le prestó atención, ni siquiera en casa, y se había dedicado a escuchar las opiniones de los demás y a leer sobre los asuntos que le interesaban. Bien podría haber sido su mote Pitagorín, Tiolisto, Enciclopedio, Telediario, Marisabidillo, Mateomático, Pepe el sabio... Sin embargo le bautizamos como Malo, y no fue como muchos creían por aquél episodio en que le dió un gran pase al balón y no a un compañero. La razón era mucho más sencilla y respondía a la primera sílaba de su nombre y de su apellido. Malo era un niño excepcional y es hoy una gran persona, y además ya me iba tocando hablar bien de algún amigo.

jueves, 29 de octubre de 2009

Una mala fotografía


No tengo ni idea de fotografía, pero lo que sí sé es que es una foto horrible. Está mal enfocada, y el tipo que la ha tomado debe ser más aficionado a beber patxarán que a esta vaina que retrata. Y es que ahora cualquiera que tiene una de esas maquinitas se cree que es el Cartier-Brensson, el tal Man Ray, o el Robert Capa. ¡Qué enfermedad tienen algunos con copiarle a la vida! Que yo no digo que esté mal eso de retratar una cena, dejar una huella, algo que nos pueda recordar un momento (un día) agradable con amigos, ....está bien, si quieres puedes quedarte ahí parado mientras te fotografío con el Big Ben, sí, sí, haz como que entras en esa cabina... Pero, amigo, eso de pasear por el Retiro como si fueras un paparazzi, esta ardilla era la hostia, mírala mordisqueando unos piñones, y no te pierdas esta rubia que hacía footing, jajaja, y estos dos retozándose, no, no, no, mira lo que me he encontrado cerca del palaciodecristal... ¿a que da asco? Pero si es que encima hay que ver las fotos... que no valen nada. Nada, no dicen nada, ni sugieren, ni, ni, ni...

Yo no tengo ni idea de fotografía dice mi amigo Boabdil pero a mí esa me mola, me gusta la perspectiva ¿dónde crees tú que está el centro de la foto? ¿A dónde se te van los ojos? Y señala esa foto de una pareja besándose en París, una foto del Doisneau, haciéndoselas de inteligente, de entendido en la materia, cuando por debajo de la mesa se toca levemente mientras se le van los ojos a los pechos de...

La foto es una mierda, vamos a ser claros, no se puede ver bien, es la primera vez que un árbol que está detrás se interpone en la visión, y además está a contraluz, nada, un desastre. Si al menos el sol le iluminase algo más que el hombro y medio muslo... ¡si es que ni siquiera está bien cuadrada! ¿Pues sabes una cosa? A mí me gusta. Me gusta lo que veo, cómo va a tener luz un ángel castigado, no amigo, tú estás fuera del reino de los cielos, móntate uno tú si es lo que quieres, pero búscate un sitio, y el sol ya lo tenemos nosotros, sea donde sea: oscuridad eterna.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Pierdes.

Pierdes las llaves o el móvil, el dinero se escapa por un pequeñísimo agujero en tu bolsillo y rueda por el asfalto hasta una alcantarilla. Pierdes el tren, los cómics rotos de Astérix que guardabas con cariño. Pierdes la mano, anillos, un partido de fútbol, la conexión a internet.
Pierdes familia, amigos, seres queridos, pierdes miedos e ilusiones. Pierdes canicas en el gua, chapas, el sabor de los chicles, calcetines en el tendedero, viejas fotos, recuerdos, mensajes en botellas y botellas sin mensaje.
Pierden las palabras su sentido si son demasiadas veces repetidas.
Se pierden guerras, batallas, discusiones, besos, abrazos a lo largo de la vida. Se pierde el rastro, la propia sombra cuando llega la noche, el cordón umbilical cuando nacemos. Se pierde en el bosque Caperucita, y Hansel y Gretel, y además no encuentras a Wally.
Pierdes agua, aceite, un tornillo, la vida si te disparas a bocajarro, y la cabeza. Pierdes pelo, memoria, agilidad, fuerza. Pierdes agujas en pajares, azúcar en la nieve, aviones en Barajas.
Pierdes amores y, sobre todo, el tiempo si intentas recuperarlos.

domingo, 11 de octubre de 2009

¡Ah, era ella tan bonita!

Hacía mucho tiempo que no la veía. Apenas ha cambiado y sin embargo me costó mucho reconocerla. Dudé un momento, no, dudé siete momentos. Como si pudiéramos contar momentos me dijo una vez bajo los arcos de los Ministerios, y yo miré a lo lejos y afirmé Se puede, claro que se puede y abrí un pequeño cuaderno que guardaba en el bolsillo de mi chaqueta.

En realidad está igual a como la recordaba ¡Está bien! Tiene como once o trece años más que entonces pero está igual. Ahora es una mujer, ya no es la niña a la que había que acompañar hasta el portal de su casa, no es la niña que se ruborizaba si sentía mi sexo despertar cuando nos besábamos en la boca del metro, siempre en distintos peldaños de la escalera para solventar la diferencia de altura. Sigue teniendo esos ojos ligeramente achinados y hechiceros, esos ojos que invitan a perderse en su profundidad, a lamerlos y relamerlos. Sigue teniendo un pelo fuerte de caoba brillante como si escondiese el sol en sus raices, y una piel morena como si fuera la mujer primigenia, sin adanes, sin serpientes que inviten a manzanas, como si el mismo dios (el tuyo, el de ellos, el que quieras) hubiese bajado a darle forma con sus manos.

Ya entonces me perdía en sus labios deseando mordiscos de sus dientes, teclas del piano del Maharajá de Kapurthala o del onassis de turno, y los mordía con ansia y hasta rabia, deseando que sangraran en mi boca, que su sangre se mezclase con la mía. En esa época yo también era un niño y no sabía cómo hacer que se colase entre mis sábanas. Aunque, he de reconocer, que me valía con rozarle los senos con mi pecho, con acariciar su culo furtivamente, con pasear de su mano y ser la envidia de otros niños. ¡Ah, era ella tan bonita! Tan bonita como lo es ahora, qué lástima que haya perdido la tulgencia adolescente, que lástima que haya ganado manías de mujer adulta, y que tenga (seguramente) muchos prejuicios y pocas vergüenzas.

De repente levanté la vista del cuaderno porque empezaba a llover, le miré a los ojos y sus ojos no estaban para mí sino para el suelo ¿Pasa algo? Pregunté temeroso de que no le gustase lo que le había escrito. No, no pasa nada... nada malo dijo levantando la cara y dejando que alguna gota de lluvia perdida cayese en sus mejillas Sólo trato de retener este momento, no creo que nunca nadie más me escriba poesías. Yo no lo sabía entonces pero ella ya me había buscado un reemplazo y chocaba su cuerpo contra el de otro, y la prolongación de su cuerpo en una mano empezaría a acompañarle a casa.