jueves, 13 de enero de 2011

el chamán

El día que William Donovan Fernandes me abordó en el tren hacía demasiado calor para la época del año en que estábamos. Había llovido esa misma mañana. Fue un chaparrón breve aunque rabioso descargando rayos a lo lejos. El cielo se ennegreció de repente, en un instante, sin que apenas nos diésemos cuenta. Por suerte pudimos resguardarnos en una pequeña cueva. Nos pareció increible que aquella guarida estuviera allí, precisamente allí, en el mismo camino que tantas veces habíamos andado, sin que jamás nos hubiésemos percatado de su presencia, como si hubiese estado esperando convenientemente a ese día de lluvia para abrirse a nuestros ojos. Reconozco que yo dudé en entrar, no sé muy bien por qué pero sentí un escalofrío como el filo de una guadaña arañándome la espalda de abajo a arriba, empujándome súbitamente hacia dentro de la extraña caverna al sentir dicho espasmo jugueteando en mi cuello. Mi amigo Montañero no dudó un instante en adentrarse en el refugio improvisado, encendió su linterna y desde dentro me llamó Coso, venga, sin miedo. Ahí fuera te vas a empapar entré muerto de miedo y cegado por el foco con que me apuntaba. Tropecé. La cueva no era tal, era tan solo un recoveco entre rocas, un recodo de unos dos o tres metros de profundidad en el que ni los pocos animales salvajes que quedaban se escondían. Mi amigo Montañero se tumbó en el suelo y me dijo, entre bostezos, que le avisara cuando pasase la tormenta, que entonces proseguiríamos la caminata, esta vez en dirección al pueblo, a la estación de trenes. Sin embargo, justo cuando cerraba los ojos, la tormenta se interrumpió repentinamente y de un brinco se puso en pie diciendo ¡Venga, vámonos! con un punto de excitación que no había percibido en él en todo el día.

En menos de treinta minutos llegamos a la estación de tren. Mi amigo Montañero impuso un ritmo muy alto al paseo y arrivamos justo en el momento en que el tren con dirección a birbam se aproximaba. El tren estaba bastante lleno pero sin agobios, y aunque había sitio suficiente Mi amigo Montañero se empeño en recorrer tres vagones buscando el lugar ideal en que sentarse y poder estirar las piernas. Bien lo encontró, se sentó, y se durmió, dejándome huérfano de conversación.

Fue entonces cuando William Donovan Fernandes apareció, se me presentó, y comenzó a narrarme una historia que no puedo contar hoy. Quizá mañana tampoco pueda, ni siquiera pasado mañana. Probablemente no sea capaz en toda mi vida de narrar aquella historia como él lo hizo, amén de que juré no desvelarla nunca. Y, aunque no soy de fiar, me siento incapaz de traicionar a aquél hombre de menos de metro sesenta y acento boliviano que se me había sentado cerca a contarme el secreto de su vida.

Bueno, amigo me dijo cuando creyó conveniente yo me apeo acá, espero que sea muy feliz en su vida, y que esto que le he contado le sea de utilidad. No se da cuenta que la vida es como este tren, como este viaje. Vamos pasando, nos cruzamos con lugares y personas, nos hacemos compadres y nos separamos. No hay otra. Me estrechó la mano, dudé, no podía creer que su historia terminase con unas frases tan vacías y manidas. Los ojos se me salían de las órbitas a la vez que trataba de retener que manasen de las cuencas de mis ojos unas lágrimas tímidas y traicioneras Cuídese, y cambiese la ropa no más pueda, no se vaya usted a resfriar.

Mi amigo montañero se despertó algo agitado poco antes de llegar a birbam He tenido un sueño rarísimo... se te sentaba al lado un tipo que te contaba la historia de su vida me dijo ¿En serio? pregunté ¿Y qué decía? Había matado a todas sus mujeres solo porque no podían hacer que lloviese cuando él quería. Sería un chamán interrumpí. No volvimos a hablar jamás del tema.



jueves, 6 de enero de 2011

una camiseta blanca con hormigas

De niños Afano y Marino solían verse todos los miércoles por la tarde en el descampado. Solo ellos lo sabían, ninguno más estábamos invitados.

Una tarde del final de la primavera fui con mi padre al centro, a un gran almacén de esos que antes no había en los arrabales de birbam y que ahora brotan como níscalos tras las primeras lluvias del otoño. Al viejo le daba por comprarme algo de ropa elegante cada año por esas fechas. Que si un par de camisas que no estrenaba nunca, que si un pantaloncito corto y un polo con motivos marineros, que si unos naúticos. Siempre sospeché que quería que me cayesen más collejas que a Iker Jiménez en una convención de científicos. A veces me salía con la mía y me compraba un par de camisetas negras con dibujos de zoombies que pretendían ser terroríficos emergiendo de criptas abiertas. Recuerdo que un día, al volver del suplicio de ir de compras con papá, llegué a casa histérico, corrí por el pasillo hacia el cuartito de la cocina buscando la caja de la costura de mamá para tomar prestadas, y a escondidas, las tijeras de hojas puntiagudas. Empecé a sudar inmediatamente, un sudor frío cayendo lentamente por mi espalda, sorteando las escuálidas vertebras de mi escuchimizado cuerpo hasta toparse con la rabadilla y gotearme como una estalactita en los calzoncillos abanderado que mi padre me había comprado precisamente un año antes, el año que no quiso comprarme una camiseta blanca con hormigas. Corrí de nuevo por el pasillo en dirección a mi habitación. Cerré la puerta de un portazo y suspiré con el cogote apoyado en la misma. Un cuarto de hora más tarde, no creo que me demorara mucho más, aparecí en el vestíbulo con la intención de bajar a la calle para jugar con los colegas Papá... que me voy grité, y al tiempo dí un respingo al sentir la voz ronca de mi padre retumbarme entre las costillas y el esternón, desde mi espalda ¿Qué cojones has hecho, desgraciado? Y me soltó un soplamocos que me devolvió a mi habitación resbalando por el pasillo mientras pensaba que si mi padre le hubiese dado un azote en el culo a Carl Lewis en posición de preparadoslistosya! ni con toda la droga del mundo habría sido batido por el simpático canadiense Ben Johnson ¿A quién se le ocurre cortarle por la mitad las perneras al pantalón? Hijo mío eres un ridículo y un imbécil, y no por ese orden. A mí el orden me importaba una mierda, aún no había alcanzado a comprender las propiedades matemáticas, y no tenía gran interés en dominar la materia. Lo único que tenía claro era que, de cualquiera de las maneras, me iban a caer unas cuantas collejas todos los años a finales de junio, en casa o en la calle, y el orden me la sudaba, solo me preocupaba esquivarlas.

Aquel día no conseguí salir a jugar a la calle. Pero pocos días después bajé al descampado, y por casualidad era miércoles por la tarde, justo a la hora en que Afano y Marino solían verse. Creo recordar (no, no lo creo, lo recuerdo perfectamente, pero quería darme esa licencia) que bajé enfadado, huyendo de casa. Me había hecho un pequeño hatillo provisto de un pantalón vaquero y un abrigo para el invierno. No pensé en nada más que ¿y en la calle voy a vivir con el frío que hace en enero? Aparecí caminando con la cabeza gacha, con la cara sucia y bañada en lágrimas, tropezando con cada piedra, deambulando sin rumbo, nervioso, no, nervioso no, estaba acojonado, cagadito de miedo. Tanto como el hijo de un amigo extranjero que se convirtió al judaismo y que solo entendió, al ver que le bajaban los pantalones, por qué los demás le mirábamos con carita de pena y le mesábamos la cabeza cuando se hablaba de la circuncisión.

Boa, Boaaaa
me gritaron mis amigos cuando pasaba a escasos cinco metros de ellos sin percatarme de su presencia ¿tas flipao o qué? ¿ande vas, chaval? Me sequé las lágrimas rápidamente, de espaldas, tomando todas las precauciones posibles para no ser descubierto. A esas edades toda tu reputación, por mucho que te estés escapando de casa, se puede ir al garete con una lagrimita de nada. Aún con el moquillo colgando en la nariz y voz nasal saludé ¿Qué pasa, tíos? con un gallito que alargaba la i de tíos. Me miraron de arriba a abajo, y extrañados me preguntaron qué me ocurría. Hablamos un buen rato sobre los padres de cada cual, yo tenía un berrinche realmente dramático, pero ahora me río al recordarlo porque precisamente eso es lo que no consigo: recordar por qué discutí con mi padre aquella tarde. Afano, al ver que no me animaba, sacó tras de sí una bolsa llena de lapiceros de colores, rotuladores de punta fina, gomas de borrar, cuadernos, rotuladores de punta gorda con los que más tarde empezaríamos a pintarrajear todos los muros del barrio, botes de colonia, camisetas y hasta un pajaro de madera o de plástico que movía la cabeza como si comiese alpiste de la mano de Marino. ¿De dónde sacasteis todo esto? ¿Habéis robado un banco? ¿Estafasteis a una congregación religiosa? ¿O es que habéis encontrado un tesoro escondido? Pregunté excitadísimo ante las carcajadas de mis dos amigos. Los muy guasones estuvieron retorciéndose en el suelo un buen rato hasta que, más calmados, me contaron de qué se trataba. Reconozco que yo también me arrastré por aquél barrizal arcilloso y seco al darme cuenta de la sarta de gilipolleces que había preguntado. Las más grandes me las guardo, aunque de vez en cuando a alguno de los dos le viene a la cabeza alguna de las dichosas preguntitas y se burlan de mí en secreto, mientras los demás se ríen también y preguntan ¿Eso de qué peli es, tío? Una vez empezaron los primeros avisos de agujetas en el estómago se calmaron y me contaron a qué se habían estado dedicando cada miércoles por la tarde mientras los demás íbamos a jugar al fútbol en el patio del colegio.

Hace unos meses te hablé de Afano y de cómo fue mi primer contacto con el hampa. Aquella historia, aunque real, no es del todo verdad. Fue aquél miércoles por la tarde en que yo trataba de huir de la casa de mis padres, aquella tarde en que me encontré a Afano y Marino en el descampado y croqueteaban en el suelo por mis ocurrencias, aquella tarde en que me contaron el mayor secreto que tenían de niños cuando descubrí que no hacía falta pagar para tener. Mis amigos eran un par de raterillos, dos descuideros, dos chorizos, dos ladronzuelos de poca monta que no se podían resistir a no llevarse aunque fuera una lata de cualquier refresco cuando entraban en un ultramarinos. Robaban para sentirse importantes, no revendían nunca el material, en ocasiones lo regalaban pero, generalmente, se morían de asco o de risa en un agujero que habían cavado en el descampado, precisamente donde estuvimos charlando aquella tarde en que me hice un ridículo hatillo y pretendí huir a algun país lejano.

Me he acordado hoy de ese día porque de repente, como un tartazo en la cara de esos que luego relames con gusto los restos que han quedado en las mejillas, he echado de menos una camiseta blanca con el dibujo de una fila de hormigas rojas atacando los restos de un sandwich donde se podía leer Life´s a Picnic que mi padre no me quiso comprar pero que, guiños del destino, conseguí un día que le pregunté a Afano y Marino un montón de sandeces mientras ellos se retorcían en el suelo. Aquella camiseta blanca con hormigas me la dieron ellos aquél día, la habían choriceado en un gran almacén. Toma esta camiseta, es para tí, ya que te vas supongo que necesitarás ropa me dijo Afano. Sí, toma esta también dijo Marino quitándose una camiseta negra con mil agujeritos de esos para que transpire la piel ¿A tí te gusta el basket, verdad? Te vendrá bien este verano, con tanto agujero tiene que ser fresquita. Les agradecí el detalle, creo. Nos chocamos las manos, por entonces los abrazos nos parecían afeminados, y me dí media vuelta con la intención de seguir mi viaje. A la mañana siguiente nos vimos en clase. Jamás me preguntaron por las camisetas pese a que me veían lucirlas con mucha asiduidad. Sabían que su secreto estaba a salvo conmigo, podían confiar en mí y yo en ellos.

Durante años vestí esa horrible camiseta negra con agujeros mientras todo el mundo me decía lo bien que tenía que ir yo con esa camiseta, así, tan fresca, con el calor que hace sin percartarse de que la camiseta era negra ¡Negra! Que no había dios que pudiese hacer deporte con ella, que los sobacos me empezaban a sudar a mares solo de verla doblada en el armario. La camiseta blanca con hormigas me la robaron una noche. Una putada. Olvidé una mochila con algo de ropa y los apuntes de Ciencias en un bar. Cuando volví la mochila aun estaba allí, pero dentro solo quedaban los malditos apuntes que paseé todo el verano de piscina en piscina, de excursión en excursión y de fiesta en fiesta, sin echarles un ojo hasta el quince de agosto. Así que como vino se fue aquel otro verano en que volví a hacer un hatillo y escapé.

Justicia divina, supongo; porque no aprobé Ciencias aquél septiembre.

martes, 14 de diciembre de 2010

a Morente

Así me yerve en las tripas tu canto
como un volcán ahumando el firmamento,
como el erupto pétreo que te han tirado a la ventana
arrancándotenos para siempre de este mundo de brutos,
de manos blandas y corazones descorazonados.
Así me yerve y me sangra ardiente el alma.

Así me inunde el barro la garganta,
o me rebocen de alquitrán las llagas,
así me escupan, me silencien, me lapiden,
así, de pronto, nos rematan
y se quedan huérfanas de voz seis cuerdas,
cuatro manos que palpan y palmean,
trece millones de almas que aún hoy sueñan
que hoy no existe, que es aún ayer, jamás mañana.
Así, tan rápido, tan pronto, tan desvalida se va...

así tu voz regando estará siempre la vida.
Eternamente.

jueves, 2 de diciembre de 2010

el inútil poder de la barba

Ayer andábamos mi amigo Peludge y yo por el centro de birbam. Peludge se ha marchado a vivir a Valencia y, aunque la distancia no podía ser más corta, su ausencia se me hace se nos hace, en realidad, a todos sus amigos inmensa, insostenible, e indigesta como un desayuno inglés seguido de un buen chocolate caliente con churros o porras ¡o ambos, qué carajo! Caminábamos por la calle Mayor observando las apagadas luces navideñas; habíamos doblado la esquina poco antes, en Bordadores, donde habíamos tomado un par de cañas en ese asturiano que tanto le gusta. Ya en Mayor, mientras Peludge embelesado hablaba degustándose en cada una de sus verdades con aroma a mentira, nos cruzamos con tres actores dos actores y una actriz hube de decir, ya que minutos antes habíamos estado discutiendo sobre lo machista de la lengua castellana. Yo les reconocí de inmediato, siempre he tenido buena memoria para las caras aunque no para los nombres. Los miré dos veces, sobre todo a ella que, preciosa, caminaba entre medias de los dos hombres. En ambas ocasiones ella me devolvía la mirada y en sus ojos creía ver el deseo irrefrenable de pararme. Sueño que se estaba preguntando qué cojones hago yo con estos dos carcas pudiendo ir de la mano de esos dos muchachotes. Lo debo soñar durante mucho rato porque apenas soy consciente de cuándo nos hemos cruzado y cuándo ha desaparecido a mi espalda.
Sé que no me miraba a mí deliberadamente. No soy tan iluso. Soy tremendamente consciente de que era mi barba lo que le había maravillado. Mi barba no es una barba cualquiera, ni tiene tres días ni es digna de poblar las mejillas de Bakunin. Pero tiene algo que incita a varones y  a mujeres a mesarla en cuanto miro para otro lado. Si soy honesto debo decir que odio mi barba, pues me roba todo protagonismo; no son pocos los que se me quedan mirando el perfil de mi mentón barbado buscando ese momento en que algún rayo perdido de sol torna unos pocos de mis castaños pelos en rojizos. Mi judaica nariz se siente profundamente agraviada ante esas inquisitoriales miradas. 
Hace unos años, casualidades de la vida, fuí a ver al mismo amigo a su barrio. Un barrio señorial en el que podía sentir cómo los policías que patrullaban las nobles calles me vigilaban. Obsesiones mías. Aquél día llegué antes de tiempo, cosa poco frecuente en mí y mucho menos en mi amigo,  así que aproveché para pasear por ese barrio que tan buenos y malos recuerdos me provoca. Me crucé en dos ocasiones con una actriz, mucho más famosa que la de ayer, y más mayor. Las dos veces fue ella la que se me quedó mirando ¡Está bien! No me miraba a mí, lo reconozco, sino a mi barba, que por entonces estaba asilvestrada. Muchos eran los que aquellos días, como si fuese lo más original del mundo, me decían  talibán o náufrago. Eran aquellos días convulsos del No a la guerra,  aquellos días en que no llovía en birbam, sino que birbam lloraba.
Cuando volví a casa miré una de esas revistas de cotilleos ya atrasada y, por casualidad, una más,  me encontré a esta actriz en un robado en la playa, con su novio, que no era ni más ni menos que una barba negra mucho más lustrosa que la mía.

Hace un par de fines de semana fui al monte con unos amigos y algunas personas que desconocía esa misma mañana al despertar. Habíamos alquilado un autocar de unas treinta plazas y fuimos cantando y riendo unos ochenta kilómetros hacia la sierra. Una señora que no había visto en mi vida llevaba consigo una perrita blanca que estaba enferma. Hacía frío, y las rampas del inicio del camino resultaban altamente perjudiciales para el pobre animal, su dueña se autocompadecía por tener que cargar con ella pero es que no la podía dejar solita en casa, me da una penita horrible, la pobre... Así que hartos de sus quejas, y por solidaridad no vayas a pensar que me junto con una panda de bestias sin sentimientos, dos de mis compañeros se ofrecieron voluntarios para cargar con la perrita. La metimos en la mochila de uno de ellos, con la cabecita del animal sobresaliendo, para que pudiera respirar. La pobre perrita temblaba de frío y de miedo a la vez que agradecía cualquier mano acariciando su cabeza. Durante la operación, la dueña se me presentó, me agarró del brazo y me contó historias de la perra que, evidentemente, no me interesaban en absoluto. Discutimos sobre los Estados Unidos, sobre el capitalismo y el viejo comunismo, sobre el cambio climático y lo muy provechoso que era el cáñamo como material Demasiados plásticos vestís los jóvenes de hoy, con lo bueno que es el cáñamo No pude resistir la tentación de contestar sinceramente Yo... es que el cáñamo lo utilizaba para otras cosas ante los incrédulos oídos ajenos que dejaron escapar leves risas por lo inapropiado de mi respuesta. Aquella señora me miraba la barba con la mirada perdida, como tantas otras veces tantas otras mujeres de la generación de mi padre se habían quedado embobadas mirándome las barbas, probablemente fantaseando con una cara joven y peluda que amaron secretamente hace ya muchos años y, descubiertas en  un peculiar éxtasis místico, se inventaban alguna pelusa entre mi bello facial por el simple  deseo de acariciarla con delicadeza, como quien da una palmada en los cachetes de un bebé, para observar cómo tiemblan las púberes carnes. Otras muchas señoras de la misma generación han sentido repulsa al verme aparecer por sus casas como un vagabundo, como ellas mismas me han dicho. Siempre he tenido debilidad por estas señoras, por la aplastante sinceridad que manifiestan y el pie que dan a ser vaciladas. Amén de que te dan gustosamente dos besos mientras te insultan, cacho guarro.

Me he acordado de la señora del cáñamo y la perrita enferma porque al final del día volvíamos cantando en el ómnibus. Cantábamos con mucho éxito pero pocas aptitudes a Serrat, a Victor Jara, a Aute, y a algunos grupos vascos entre otras barrabasadas incendiarias. Cantábamos básicamente canciones revolucionarias, probablemente trasncochadas,  himnos anarquistas y estúpidas canciones de amor a mujeres que en realidad no son amadas pero que muestran al autor como un fervoroso amante, aunque en cada puerto tenga un marinero que le introduzca su vigoroso aparato en aquél orificio posterior y último de la digestión.  En un momento dado, entre una desafinada Internacional y un ronco tarareo de A las barricadas, la doña, que se sentaba un asiento más atrás de en el que posaba yo mi culo de juez de silla, me llamó por mi nombre y me dijo dando los rodeos típicos de quien no sabe si va a introducir la pata en la trampa o no Yo no sé, porque no te conozco, qué piensas tú de esto que te voy a decir. A los otros, que ya los conozco ,no se lo diría porque sé cómo piensan pero... antes hablábamos de política y ahora... oyéndolos cantar, oyendo las bromitas que disparan... ¿No te da la sensación de que están en el 36, de que así no vamos a llegar nunca a una reconciliación nacional, de que no os interesa cerrar la herida? No me extraña que el Papa dijese lo que dijese el otro día en Barcelona. Ella no se había percatado de que yo cantaba como uno más, en un tono más relajado,  mucho más bajo que el resto, sin hacerme notar para no mostrar a todos mi horripilante voz, pero cantaba con todos ellos y reía las burlas que propinaban a los órganos de poder establecidos, sintiéndome uno más en la sorda queja. Miré para ambos lados sin mover la cabeza y, quizá algo timorato, espeté Mujer, yo entiendo que todo lo que se está diciendo es una broma, que nadie está llamando a tomar las armas y mucho menos aún se ha propuesto encender la mecha para quemar la primera de las muchas iglesias que no ardieron en el 36. Y además nadie lo haría hoy en día. Bueno, bueno, pero sabes lo que te quiero decir Interrumpió. Y yo me dí media vuelta y seguí cantando y riendo las salidas de tono de mis compañeros. 

Fue un viaje de vuelta muy rápido, pese al tapón con que nos brindaba birbam su bienvenida. Y, como siempre, me marché sin despedirme del resto, a escondidas. ¿Qué quieres? Me pongo nervioso, me quiero ir y me voy cuando me quiero ir. Antes, miré a la perrilla andando lentamente por la vereda, temblando, y un  latigazo de compasión me meneo las entrañas. A los pocos días me enteré de que el pobre animal tenía cáncer de pulmón y había sido sacrificado.

Yo, mientras tanto, me voy a afeitar, que no estoy en sierras bolivianas ni estepas siberianas. A ver si al menos así  dejo de mezclar estas historias.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Lo habían olvidado

Ambos habían olvidado la primera vez que sus miradas se cruzaron carentes de interés, habían olvidado cómo en la siguiente ocasión él aguantó la mirada una milésima de segundo más que ella, más joven y tímida, habían olvidado por qué esos ojos les resultaban cada vez más familiares, cómo se habían convertido en una necesidad mutua, una droga, que buscaban por la calle, casi yonquis, casi enfermos, apenas sanos en ese instante maravilloso en que él casi podía olerla y ella imaginaba el calor de su abrazo. Era un mundo de casis, de excitación, de iniciación. Un mundo que no volvería nunca más.
Habían olvidado ya la extraña necesidad de imaginar el nombre del otro Ariadna pensaba él mientras ella se convencía de que se llamaba Rodrigo como mi abuelo, y soñaban conversaciones planeadas como de final de película en blanco y negro Él se me acercará erguido y a paso acelerado apenas percatándose de mi presencia, como perdido. Al fin me verá, me observará de cerca. Será inevitable. Estaré preciosa, tan bonita como jamás me haya visto... y cuando mis ojos se crucen con los suyos ladearé la cabeza y le lanzaré una sonrisa ¿Tienes un cigarrillo? Le preguntaré. Pues... en verdad no fumo me dirá. Yo tampoco. Y aunque no tenga una mísera peseta en el bolsillo se le escaparán del alma unas palabras. Te invito a un café dirá en esencia. Y la calle no será más ya esta aburrida birbam sino aquella ciudad de neón y patinaje sobre hielo.
Habían olvidado cómo se conocieron años antes, y cómo el olvido no había hecho mella en ellos. Lo habían olvidado todo.

martes, 2 de noviembre de 2010

La Revancha

Ni rastro de los cadáveres de Sauquillo y Sorano.

Anduve buscando entre los restos de todos los guerreros a los dos caciques, pero ni modos... únicamente pude ver y remover pútridos despojos descomponiéndose en una suerte de carroña para las aves, una pepitoria divina. Parecía que los infiernos habían abierto una puerta en la mortecina tierra del valle. Algunos hombres jadeaban ansiando la muerte, otros gritaban y se retorcían de dolor clamando auxilio. Les dí muerte a todos, a todos y cada uno de ellos. Ni uno quedó Esta historia sólo la contaré yo pensé encontraré a los dos bastardos que han causado esta sangría y les degollaré, así me cueste el resto de mis días. Comprobé uno a uno que los cuerpos de los déspotas no estaban en el valle, misión que me costó dos días y todas las reservas de agua que fui encontrando en los cintos de los malhechores Con suerte estarán ya muertos allá afuera pensé la mañana del tercer día mirando la colina que delimitaba el valle al sur, y escalé y huí de aquel camposanto sin santificar.

La colina sur en nada se parecía a la que delimitaba el norte, no tenía hoyas en su cima sino una planicie verde como un descuidado campo de golf escocés. Ni yo ni mi sed podíamos creer que allí mismo hubiese un oasis. Corrí a beber de un manantial natural que encontré en la cara sur para empaparme la boca con una fina arena como de playa. Allá arriba no había más que un minúsculo desierto. Entonces caí en la desesperación. Sí, lloré amarga y desconsoladamente, de mi boca brotaron alaridos irreconocibles, el sol me batía y me arrojaba con violencia al suelo a cada paso en mi descenso. Perdí el conocimiento y caí rodando hasta las faldas de la colina. El revolcón hasta allá abajo me destrozó la espalda y me encontré implorando a dios con la voz rota, tumbado en el suelo no me pude levantar.

Desperté de repente con un chorro de algún líquido abrasador en mi cara, traté de abrir los ojos pues el chorro me iba empapando el tronco y los brazos y bajaba hacia mis piernas con menos fuerza, razón por la que pensé que aquella ducha tenía origen humano. Al fin pude abrir los ojos, pero el sol no me dejaba ver con claridad no más que a un hombre con una especie de cantimplora en la mano que reía ¡ah, gachupín, me confundí con usted! Fue usted más aguerrido que todos mis hombres! Reconocí esa voz al instante, la reconocería así pasasen cien años. Poco a poco mis ojos pudieron enfocar al dueño de aquél aullido que, en efecto, era Raúl Sorano ¡Ha sobrevivido! Susurré carraspeando realmente sorprendido ¿Cómo no? Me preguntó sin esperar respuesta y sonriente Usted y yo, gachupín, somos los únicos machos que quedan en la faz de esta tierra eructó alcanzándome la mano para levantarme Ese cobarde hijo de mil putas de Romeo Sauquillo también está ahora en el otro mundo, yo mismo lo ajusticié, a él y a los tres hombres que lo acompañaban Dudé un momento pero le estreché mi mano izquierda al mismo tiempo que con la derecha alcancé un canto afilado como punta de lanza, me reincoporé con su ayuda y, precisamente, gracias al impulso que me daba le asesté con la piedra en la cabeza. Se la clavé en la misma frente, y allí se le quedó alojada una punta en el cráneo. La sangre eruptó a borbotones y sus ojos gritaron, dejando así salir toda la vida que había en ellos. Con mis abrazos agarrándole por la pechera se le fueron apagando los ojos lentamente según le hablaba No, no te vayas, Raulito, aguanta un poco más, hijo del infierno. Escúchame una cosita... Tú, perro, eres el único responsable de la muerte de todos estos hombres, por tu culpa no habrá descendencia en estas tierras y vendrán, de nuevo, hombres extraños a repoblarlas. Si es que te llevas contigo al infierno tu maldición Se le marchó la vida allí mismo, entre temblores y arcadas.

Tomé el agua que llevaba encima y su sombrero, también me probé sus botas que estaban en mucho mejor estado que las mías pero, desafortunadamente, no eran de mi talla. Bebí hasta saciarme y mientras bebía pude oír el relincho de un caballo que no debía andar muy lejos. Anduve en la dirección que me dictaban los oídos, hacia detrás de una colina menor que me dispuse a rodear, en ese trayecto me topé de frente con el jumento que galopaba hacia mí como si fuera un viejo amigo que me reconociera después de mucho tiempo sin vernos. Se paró y relinchó de nuevo, estaba tan quietito, tan parado, que creí que me invitaba a subirme a sus grupas. Así lo hice, y el potro empezó a cabalgar ignorando mis órdenes en dirección al sur.

Cabalgó y cabalgó como si no necesitase descanso durante todo el día, hasta que nuestra sombra se hizo demasiado grande y decidió parar. Quizá le da miedo la noche pensé, pero estaba equivocado. El corcel había cesado en su carrera porque a unos veinte metros más adelante había un masa casi inerte retorciéndose en el suelo. Recuerdo que pensé que el caballo me habría llevado allí para salvar a ese hombre. Aún me quedaba algo de benevolencia, así que salté del lomo del jaco y corrí a asistir al hombre que se doblava en un charco de sangre. Le dí media vuelta al cuerpo y mi sorprendente cara se vió reflejada en sus sorprendidos ojos ¡Oh, es usted, Sauquillo! musité Gachupín bisbiseó asístame, la vida de mi hijo está en juego. Si es por eso no se preocupe, sus propios hombres le dieron muerte antes de que empezase la batalla final. Sus ojos vomitaron dos lágrimas de sangre al tiempo que decía Hijos de puta, los degollaré a todos. Tranquilo, Sauquillo, usted y yo somos los únicos con vida espeté Lléveme a la ciudad y se lo recompensaré pronunció No se haga drama, esto ya terminó, salúdemelos a todos en el infierno y le pisé con la derecha en el cuello hasta ahogarle mientras le pateaba la cabeza con la zurda, trabajo en equipo pensé.

Me subí al lomo del potro sin mirar atrás. Es el último recuerdo que tengo hasta que llegué a la ciudad. Creo que dormí en las ancas del jamelgo hasta entonces. El bicho parecía saber dónde llevarme y así fue, directo a la penitenciaría. Aquí cumplo condena sin saber muy bien por qué. Mi conciencia está tranquila, hice lo que tenía que hacer. Por mí, por Rosalina Sorano, por Román Sauquillo, por el hijo de estos, y por todos los muertos en el valle.

FIN.






lunes, 1 de noviembre de 2010

El día de los difuntos

Entonces comenzó la lluvia de metralla. El chaparrón de metales, aunque esperado, resultó sorpresivo.

Antes apareció un pequeño contingente de no más de diez hombres cabalgando como jockeys en el Grand National desde el norte, arrasando con sus pisadas la poca vegetación que sobrevivía en aquél páramo sangriento. A los diez vaqueros a caballo les perseguían otros veinte hombres a pie, sucios, más bien mugrientos, gritando, quién sabe si por miedo o rabia, y con lo ojos saliéndoseles de las órbitas, veinte hombres armados con cintos y cintos de balas colgando en cruz sobre sus pechos. Yo alcancé a verlos el primero, quizá fui el único. Los hombres de Sauquillo me habían dado un segundo de tranquilidad mientras se cebaban con el cuerpo malherido y casi inerte del niño, de veras que siento lo ocurrido con aquél muchacho más que lo que a continuación voy a relatar, pero yo era sólo un hombre perdido en el desierto entre dos ejércitos que luchaban sin saber muy bien por qué. No podía hacer nada y no podía aguantar más aquella barbaridad. Pensé en huir, comencé a escalar el pequeño monte ubicado en dirección al norte, una colina ridícula con hoyas en la irrisoria cúspide, lo cual le daba un aspecto de urinario de los dioses. Al llegar a la cima fue cuando vi a los diez jinetes, con los ojos nublados por el sudor y los rayos vespertinos del sol a latigazos, tapándome los orejas tan fuerte como podían mis brazos delibitados tras tantas jornadas sin un mísero pedazo de pan, tapándome aquellos oídos sangrantes que no podían soportar más los gritos del pequeño Sauquillo a causa de las vejaciones de aquellos hombres que, se suponía, le tenían que cuidar. No pude reaccionar, mis piernas temblaban y caí a plomo entre las rocas, en una de las hoyas. Agarrotado por el miedo, apenas pude pensar en la vida de todos aquellos hombres que, evidentemente, ni me importaban ni me importan. Casi no me importaba la vida propia. Puedo decir desde el sofá de la vieja casa familiar que deseé la muerte, que la ansié como se desea el sexo de una primera cita en el portal de su casa.

Entoces comenzó la lluvia de metralla, y los hombres de Sauquillo corrían en todas direcciones buscando un parapeto en que resguardarse. Muchos de ellos se retiraban hacia el norte firmando la muerte, otros huían hacia el sur por el estrechísimo camino del despeñadero y caían como manzanas en la cabeza del físico hacia lo desconocido. Veinte o treinta valientes trataron de hacer frente a los ataques acorazados tras los cadáveres en una especie de campamento improvisado en el centro del valle. Pero los hombres de Sorano arrasaban como vikingos lo que encontraban a su paso, cada vez eran más y más y, borrachos de cólera y sedientos de sangre como estaban, en muy poco tiempo liquidaron a todos y cada uno de los compinches de Sauquillo. Tal era el caos que habían originado que al eliminar a todos sus oponentes no fueron capaces de percatarse de que luchaban contra sí mismos, y así se dieron muerte, dejando que sus propias diferencias y sus odios internos aflorasen en esa borrachera helicoidal de rencor tan divinamente humana.

El cuerpo inerte del niño Sauquillo, cuatro hombres con los pantalones bajados y las lorzas ensangrentadas, Serra con una herida en el bajo vientre, veinte cuates debajo de otros veinte cuerpos sin cabeza, otros tantos decapitados en lo alto del monte que delimitaba con el sur, los fantasmas de Rosalina y Román bailando un vals entre los despojos, ríos de sangres, llamas, diligencias destrozadas, caballos agonizantes, barriles de güisqui agujereados, ratones, ratas, águilas harpías, solitarias, elegantes y tiranas disfrutando del banquete. Pero ni rastro de los cadáveres de Sauquillo y Sorano.

Feliz día de los difuntos.